Jesús la ofrenda perfecta
El desarrollo de la carta nos ha
conducido a observar a Cristo como el eje central en todo el proceso de
salvación. Así como en el Antiguo
Testamento era necesario de un sistema de sacrificios donde los penitentes debían
acudir al templo para ofrecer sacrificio y así obtener el perdón y la
reconciliación. Este sistema de
sacrificios se inició inmediatamente una vez que el pecado se introdujo en la
tierra (Gn 3:21). El primer sacrificio fue útil para cubrir la ‘desnudez’ de
Adán y Eva, llegando a ser un símbolo de la justicia que cubre al pecador, un
manto de justicia que lo podemos observar incluso en los redimidos del fin del
tiempo que describe Juan en el libro de Apocalipsis (Ap 7: 9, 13, 14). Esto quiere
decir que desde que el pecado se introdujo en el planeta, la obtención del
perdón y la justicia siempre ha requerido de un sacrificio. En el caso de lo que conocemos como el
Antiguo Testamento, fueron animales que, de manera simbólica, representaban al
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1:29).
Lo que la carta a los Hebreos nos
quiere dejar bien claro es que el sacrificio de Cristo es único e irrepetible. Los
primeros versículos del capítulo 9 describen un recorrido de lo que era el
templo y el uso tanto de los sacerdotes como los sumo sacerdotes (v. 1-8),
dejando un hincapié importante relacionado con la ‘imperfección’ de dicho
templo y uso. Esta imperfección en ningún caso se debe entender como ineficaz
para obtener el perdón, porque los penitentes sí lo obtenían, pero imperfecto
porque debía ser repetido diariamente. El sistema de ofrendas y sacrificios era
imperfecto (v. 9), pero en el presente, Cristo entro en el santuario celestial,
ya no por la sangre de los animales que eran sólo símbolo, sino por su propia
sangre “habiendo obtenido eterna redención” (v.11, 12).
La perfección de la ofrenda de
Cristo
Ya hemos señalado que el anuncio
mesiánico de Cristo tenía un solo objetivo, la redención de la humanidad. El pecado nos enajenó del lado de Dios y nos
condenó a eterna muerte. El pecado es
aborrecido de manera natural por Dios. No estamos en condiciones de explicar
dicha situación, sin embargo, es tan extensamente complicado el pecado que nada
puede evitar que el penitente deba morir.
En este sentido el hombre, y cuando hablamos del hombre nos referimos a
la humanidad, irremediablemente debía morir, no existía otra alternativa,
porque la paga del pecado es muerte (Ro 6:23).
Como señalamos anteriormente en otro capítulo, la humanación de Cristo y
su identificación con el hombre, lo transformó en un sustituto, es decir, vino
a representar al hombre en lo que ninguno y por muy buenos que podría ser
(aunque ello es imposible) podría enfrentar la paga del pecado.
La sustitución se refiere a
sustituir en todo sentido y de manera representativa al hombre. Cristo entonces viene como hombre y lo
sustituye recibiendo la paga del pecado, entonces en Cristo, la humanidad si
recibió la paga del pecado. Esta representación
fue expiatoria, porque el fue quien recibe los requerimientos de la justicia divina
que había sido quebrantada. Cristo cubre
de manera perfecta la justicia divina y por ello es por lo que tiene el ‘derecho’
de ser nuestro defensor y perdonador.
Los distintos servicios del
antiguo templo cubrían de distintas maneras cualquier tipo de pecado o acción
que ofendiera a Dios. Estas diversas ofrendas describen que nadie queda fuera
de la posibilidad de obtener perdón y reconciliación. Cada día el altar estaba encendido,
existía la ofrenda de mañana y de tarde, además de las ofrendas que los penitentes
traían. Incluso algunos podían traer una
paloma o una efa de harina, representando así que hasta el más pobre en el
pueblo podía acceder al perdón. De manera continua el pueblo podía acercarse y ser
reconciliados con Dios.
Hebreos nos llama la atención
ahora a Cristo, porque Él fue la ofrenda perfecta y el cumplimiento de todo el
servicio veterotestamentario. Su
sacrificio en la cruz es el único que no requiere ser repetido, porque Él era
la ofrenda anunciada y representada.
Cuando Cristo muere y resucita,
cubre los requerimientos de la justicia divina y entonces gana el derecho de
perdonar y redimir. Por esta razón es
que hoy tenemos en Cristo a nuestro redentor, es quien cubrió la penalidad por
nosotros, es quien realizó la expiación por el pecado. Dicha expiación es completa, plena, no le
falta nada, no requiere la ayuda de ninguno de nosotros, porque somos imperfectos
y pecadores. Sin embargo, Jesús y aunque era humano como lo somos nosotros, no
participo de una naturaleza pecaminosa. Cristo derrotó a Satanás como un hombre
y no como Dios, aunque tenía todo el poder para hacerlo. Su victoria en la cruz es un argumento que apunta
a Satanás como el gran perdedor, señalando que jamás su rebelión en el cielo
tuvo razón. Cristo al representar al
hombre y vencer en la cruz, entregó a toda la creación la mas potente vedad irrefutable
que el carácter de Dios es justo y que esa justicia fue cumplida en Cristo.
Un elemento importante lo
encontramos en el versículo 23, “fue, pues, necesario que las figuras de las
cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas,
con mejores sacrificios que estos”. Aquí encontramos una alusión a la
purificación que se realizaba en el templo una vez al año conocido como el día del
perdón. Pero ¿existe algo impuro en el
cielo que deba ser purificado?, indudablemente no, nada es impuro, pero, aquí
encontramos una premisa a lo que nos toca como penitentes. Permítame señalar que el sacrificio de Cristo
no es efectivo, si no lo aceptamos a Él de manera personal, por ello es que
nuestra decisión es tan importante. Es
necesario que podamos acudir de manera permanente a Jesús, para que Él nos
limpie y así caminar y depender de su poder, porque no tenemos vida sin Él. Cuando Cristo murió y resucitó, no solo ganó
el derecho de perdonarnos, sino también de venir una segunda vez, sin relación
con el pecado para que vivamos con Él (9:28)
Hoy tenemos en nuestras manos la posibilidad
de disfrutar dicha justicia. Cristo hizo
lo imposible, lo que nos queda es aceptar y decidir por Él. Quisiera compartir tres recomendaciones que
nos parece importantes. Primero, agradezca a Dios por Jesús el sustituto,
segundo dedique durante este día su vida a Jesús, y tercero, permita que el
Espíritu Santo realice transformaciones en su vida. Lamentablemente si nosotros no aceptamos y nos
negamos a la acción del Espíritu Santo, no podremos disfrutar del logro de
Cristo, por lo que hoy es tiempo de aceptar el maravilloso regalo divino.
Pr. Aarón A. Menares Pavez (Th.D)

