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viernes, 25 de febrero de 2022

 




Jesús la ofrenda perfecta

El desarrollo de la carta nos ha conducido a observar a Cristo como el eje central en todo el proceso de salvación.  Así como en el Antiguo Testamento era necesario de un sistema de sacrificios donde los penitentes debían acudir al templo para ofrecer sacrificio y así obtener el perdón y la reconciliación.  Este sistema de sacrificios se inició inmediatamente una vez que el pecado se introdujo en la tierra (Gn 3:21). El primer sacrificio fue útil para cubrir la ‘desnudez’ de Adán y Eva, llegando a ser un símbolo de la justicia que cubre al pecador, un manto de justicia que lo podemos observar incluso en los redimidos del fin del tiempo que describe Juan en el libro de Apocalipsis (Ap 7: 9, 13, 14). Esto quiere decir que desde que el pecado se introdujo en el planeta, la obtención del perdón y la justicia siempre ha requerido de un sacrificio.  En el caso de lo que conocemos como el Antiguo Testamento, fueron animales que, de manera simbólica, representaban al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1:29).

Lo que la carta a los Hebreos nos quiere dejar bien claro es que el sacrificio de Cristo es único e irrepetible. Los primeros versículos del capítulo 9 describen un recorrido de lo que era el templo y el uso tanto de los sacerdotes como los sumo sacerdotes (v. 1-8), dejando un hincapié importante relacionado con la ‘imperfección’ de dicho templo y uso. Esta imperfección en ningún caso se debe entender como ineficaz para obtener el perdón, porque los penitentes sí lo obtenían, pero imperfecto porque debía ser repetido diariamente. El sistema de ofrendas y sacrificios era imperfecto (v. 9), pero en el presente, Cristo entro en el santuario celestial, ya no por la sangre de los animales que eran sólo símbolo, sino por su propia sangre “habiendo obtenido eterna redención” (v.11, 12).

La perfección de la ofrenda de Cristo

Ya hemos señalado que el anuncio mesiánico de Cristo tenía un solo objetivo, la redención de la humanidad.  El pecado nos enajenó del lado de Dios y nos condenó a eterna muerte.  El pecado es aborrecido de manera natural por Dios. No estamos en condiciones de explicar dicha situación, sin embargo, es tan extensamente complicado el pecado que nada puede evitar que el penitente deba morir.  En este sentido el hombre, y cuando hablamos del hombre nos referimos a la humanidad, irremediablemente debía morir, no existía otra alternativa, porque la paga del pecado es muerte (Ro 6:23).  Como señalamos anteriormente en otro capítulo, la humanación de Cristo y su identificación con el hombre, lo transformó en un sustituto, es decir, vino a representar al hombre en lo que ninguno y por muy buenos que podría ser (aunque ello es imposible) podría enfrentar la paga del pecado. 

La sustitución se refiere a sustituir en todo sentido y de manera representativa al hombre.  Cristo entonces viene como hombre y lo sustituye recibiendo la paga del pecado, entonces en Cristo, la humanidad si recibió la paga del pecado.  Esta representación fue expiatoria, porque el fue quien recibe los requerimientos de la justicia divina que había sido quebrantada.  Cristo cubre de manera perfecta la justicia divina y por ello es por lo que tiene el ‘derecho’ de ser nuestro defensor y perdonador.

Los distintos servicios del antiguo templo cubrían de distintas maneras cualquier tipo de pecado o acción que ofendiera a Dios. Estas diversas ofrendas describen que nadie queda fuera de la posibilidad de obtener perdón y reconciliación. Cada día el altar estaba encendido, existía la ofrenda de mañana y de tarde, además de las ofrendas que los penitentes traían.  Incluso algunos podían traer una paloma o una efa de harina, representando así que hasta el más pobre en el pueblo podía acceder al perdón. De manera continua el pueblo podía acercarse y ser reconciliados con Dios.

Hebreos nos llama la atención ahora a Cristo, porque Él fue la ofrenda perfecta y el cumplimiento de todo el servicio veterotestamentario.  Su sacrificio en la cruz es el único que no requiere ser repetido, porque Él era la ofrenda anunciada y representada. 

Cuando Cristo muere y resucita, cubre los requerimientos de la justicia divina y entonces gana el derecho de perdonar y redimir.  Por esta razón es que hoy tenemos en Cristo a nuestro redentor, es quien cubrió la penalidad por nosotros, es quien realizó la expiación por el pecado.  Dicha expiación es completa, plena, no le falta nada, no requiere la ayuda de ninguno de nosotros, porque somos imperfectos y pecadores. Sin embargo, Jesús y aunque era humano como lo somos nosotros, no participo de una naturaleza pecaminosa. Cristo derrotó a Satanás como un hombre y no como Dios, aunque tenía todo el poder para hacerlo.  Su victoria en la cruz es un argumento que apunta a Satanás como el gran perdedor, señalando que jamás su rebelión en el cielo tuvo razón.  Cristo al representar al hombre y vencer en la cruz, entregó a toda la creación la mas potente vedad irrefutable que el carácter de Dios es justo y que esa justicia fue cumplida en Cristo. 

Un elemento importante lo encontramos en el versículo 23, “fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos”. Aquí encontramos una alusión a la purificación que se realizaba en el templo una vez al año conocido como el día del perdón.  Pero ¿existe algo impuro en el cielo que deba ser purificado?, indudablemente no, nada es impuro, pero, aquí encontramos una premisa a lo que nos toca como penitentes.  Permítame señalar que el sacrificio de Cristo no es efectivo, si no lo aceptamos a Él de manera personal, por ello es que nuestra decisión es tan importante.  Es necesario que podamos acudir de manera permanente a Jesús, para que Él nos limpie y así caminar y depender de su poder, porque no tenemos vida sin Él.  Cuando Cristo murió y resucitó, no solo ganó el derecho de perdonarnos, sino también de venir una segunda vez, sin relación con el pecado para que vivamos con Él (9:28)

Hoy tenemos en nuestras manos la posibilidad de disfrutar dicha justicia.  Cristo hizo lo imposible, lo que nos queda es aceptar y decidir por Él.  Quisiera compartir tres recomendaciones que nos parece importantes. Primero, agradezca a Dios por Jesús el sustituto, segundo dedique durante este día su vida a Jesús, y tercero, permita que el Espíritu Santo realice transformaciones en su vida.  Lamentablemente si nosotros no aceptamos y nos negamos a la acción del Espíritu Santo, no podremos disfrutar del logro de Cristo, por lo que hoy es tiempo de aceptar el maravilloso regalo divino.

 

Pr. Aarón A. Menares Pavez (Th.D)

 

jueves, 3 de febrero de 2022

 


Jesús nuestro sumo sacerdote

El servicio ritual de Israel fue la estrategia divina para ilustrar la condición de desventaja en que se encontraban como también la manera por la que ellos podían recibir perdón y reconciliación con Dios.  Dicho sistema, que incluía distintos tipos de ofrendas, era intermediado por los sacerdotes y sumo sacerdotes.  Ningún penitente estaba autorizado para oficiar en lo que conocemos como el Tabernáculo del desierto, a menos que perteneciera a la tribu de Levi, a quién se la había conferido dicho privilegio. Esta estrategia nos es útil también para que podamos comprender los mismos conceptos que los israelitas debían entender y asumir en su liturgia.

En el desarrollo de la carta a los Hebreos, se hace una relación interesante entre los sacerdotes del antiguo sistema y Jesús.  Es así como estos sacerdotes son tomados de entre los hombres “para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados, para que se muestre paciente con los ignorantes… puesto que él también está rodeado de debilidad... por la que debe ofrecer por los pecados, tanto por sí mismo como también por el pueblo” (Heb 5:1-3), el relato continúa y señala que dicha honra no la puede tomar cualquiera, sino quien es llamado por Dios como lo fue Aarón (v.4).

Un punto para considerar es que todo sacerdote o sumo sacerdote descendiente de Aarón, participaba de la debilidad innata producto de su propia naturaleza caída y pecaminosa, lo que le hacía indispensable, por ejemplo, el día de expiación, ofrecer un sacrificio por si mismo, para que de esa manera poder oficiar luego por el pueblo (Heb 5: 4; Lv 4:3; 9:7).

En el caso de Jesús se dice que tampoco se glorificó así mismo haciéndose sumo sacerdote, sino que fue declarado por Dios. Recordemos que el Hijo, quien fue ‘engendrado’ como tal, al momento de su resurrección, recibe el nombramiento por parte de Dios, al igual como lo fue la descendencia de Aarón. También debemos considerar en relación con Jesús que su condición era diferente a la de los sacerdotes y sumo sacerdotes que lo antecedieron, porque si bien, y como hemos señalado, ambos fueron llamados y dispuestos por Dios, Jesús no requirió de una ofrenda para sí, por ser “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores… que no tiene necesidad cada día como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados” (Heb 726, 27). Por lo que la similitud de los sacerdotes levitas y Cristo es que ambos fueron constituidos por Dios, pero los primeros eran deficientes a causa de su condición pecaminosa y Cristo no por ser perfecto.

El antiguo sistema ritual estaba lleno de una tipología que anunciaba a Cristo como el artífice de la salvación no solo de los israelitas, sino que, de toda la humanidad, proveyendo así y por si mismo el camino de la salvación.

Según el orden de Melquisedec

La figura de Melquisedec aparece por tercera vez en toda la Biblia. Una de ellas es la historia original cuando Abraham es bendecido por Melquisedec, y le entrega los diezmos (Gn 14:18-20), la segunda en el Salmo 110 y la tercer en Hebreos.  La referencia en la carta es de Salmos “como dice en otro lugar” refiriéndose a Jesús “tu eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (v. 6). ¿Quién fue Melquisedec? La Biblia no nos entrega mas información que la referida. Melquisedec en los días de Abraham era un rey y sacerdote, en este caso del Dios Altísimo (Gn 14:18). Esta figura es importante, ya que incluía características mesiánicas relacionadas con David (Sal 110: 1,2). En el caso de Melquisedec se identifican ambas, rey y sacerdote. Melquisedec era rey de Salém, una ciudad que se cree sería Jerusalén, la ciudad donde David reinó.

Jesús no podía ser parte del sacerdocio humano, porque no era descendiente de Aarón, sino de Judá (Mt 1:3), por ello también la identificación con Melquisedec que aparece también como un símbolo de Cristo. En Cristo se cumplen también las dos características de Melquisedec -rey y sacerdote-, descendiente directo del rey David y sacerdote del Altísimo, establecido directamente por Dios. Cuyo reino y sacerdocio es eterno.

La alusión a Melquisedec, por supuesto no es casual, sus características, son únicas. El nombre significa, “rey de justicia, u rey de Salem, esto es, rey de paz; sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios” (Heb 7:2, 3). En esta información, encontramos datos importantes sobre el tipo de Cristo como sumo sacerdote como lo fue Melquisedec.

Hay mucha especulación sobre su persona, desde que haya sido el Espíritu Santo, un ser angelical o una preexistencia de Jesús, en la literatura extraeconómica se cree que fue Sem, uno de los hijos de Noe, sin embargo, no podemos afirmar ninguna de estas posibilidades. Para el autor de Hebreos es importante continuar el pensamiento de David en relación con lo trascendental que fue en su historia con Abraham, el padre de los hebreos como pueblo.  En el relato bíblico las genealogías entregan los inicios y finales de las personas, por ejemplo, de Abraham se dice que fue hijo de Taré, se casó con Sara, tuvo hijos y murió. Este dato no existe de Melquisedec, ello entonces no quiere decir que no tenga un principio como si lo es en el caso de Dios.  Que Melquisedec, no tenga principio ni final de días es simplemente que no existe dicho registro.  En ese sentido es semejante al Hijo que, si bien como humano tiene un inicio y final, como Dios no lo tiene.  En esto entonces debemos identificar a Jesús con Melquisedec y hacer la diferencia con los sacerdotes que descendían de Aarón, que si tuvieron un final.

Por último, en la relación de Abraham con Melquisedec, el patriarca le entrega los diezmos y el rey de Salém lo bendice, y no solo ello, le da a Abraham ‘pan y vino’. Un interesante obsequio que algunos ven una relación con Cristo también.

Cristo como sumo sacerdote

En el relato hay una alusión directa a la experiencia de Cristo en el Getsemaní, donde el Señor determina morir por la humanidad. Allí “ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente” (5:7). El tema de su sacrificio no era solo morir, y decimos solo morir porque, aunque nadie quiere morir, la muerte de Cristo incluía recibir la paga del pecado y por consecuencia de ello experimentar la separación con su Padre. Este es el profundo significado de su muerte y su sacrificio, más allá de una muerte ‘común’.

Su identificación con el penitente lo hizo ser obediente (v.8) y dicha obediencia lo llevó incluso a la cruz (Fil 2:8).  Cristo aprendió la obediencia de acuerdo con su naturaleza humana, pero ello difiere un tanto de la obediencia de los humanos, porque él no tenía la rebeldía interior, ni tampoco existía una resistencia natural a oponerse a Dios. Ese no fue el problema de Cristo, su desafío consistió en ser obediente en los padecimientos incluida la muerte.  En Cristo se cumplieron las profecías mesiánicas, por ejemplo, las del siervo sufriente (Is 50:4, 53). Al venir y cumplir, fue obediente, porque era la única forma de restaurar a los perdidos.

Cristo es presentado como el gran sumo sacerdote, el único capaz de dar solución al problema del pecado. En este sentido ni los descendientes de Aarón que oficiaban en el tabernáculo del desierto, y tampoco Melquisedec, de quien se refiere como un símbolo, son suficientes para terminar y eliminar el pecado. La acción de perdonar, justificar y redimir siempre ha sido un derecho de Dios. por lo que, y aunque los antiguos israelitas acudían al tabernáculo con sus ofrendas, y ponían sus manos en la víctima a ser sacrificada, siempre el perdón ha venido de Dios.  No podemos olvidar este elemento, porque sólo Él tiene el derecho y es digno de perdonar.

Gracias a la obediencia de Cristo hasta la cruz, “vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (v.9), así y gracias a su obediencia, nosotros podemos de manera libre aceptar la invitación y obedecer a sus requerimientos como una consecuencia lógica de la entrega que los penitentes a la voluntad de Cristo como salvador y Señor.  Así lo señala Pablo como una obediencia a la fe (Ro 1:5; 16:26). En dicho proceso somos capacitados para que una vez aceptado el llamado de Cristo avancemos haciendo su voluntad (1Pe 1:2). Si bien es cierto que sólo el Señor es perfecto, somos perfeccionados por fe, gracias a su perfecto sacrificio. Ninguna persona se salva por su propia obediencia, sino por la de Cristo, sin embargo, cuando hemos recibido al Señor, somos perfeccionados en Él (1Ti2:5).

Nuevamente tenemos a Jesús como único. Nuestro sumo sacerdote, más excelso que nadie, declarado por Dios como sumo sacerdote, que es también la ofrenda perfecta, quien perdona, justifica, santifica y un día nos dará la redención final, cuando le veamos en las nubes de los cielos.

 Pr. Aarón A. Menares Pavez© Th.D

 


jueves, 27 de enero de 2022

 


Jesús nuestro reposo

Uno de los grandes problemas de nuestros días es el agotamiento físico y emocional.   Posiblemente el aumento de los problemas relacionados con la mente se ha conocido con mayor detalle en los últimos años, a causa del mayor conocimiento al respecto, sin embargo, es una verdad irrefutable que nuestra sociedad está cansada.

Hebreos capítulo 3, nos va a hablar sobre un reposo que es capaz de entregar descanso y calma a quién determine de manera consciente aceptarlo.

El autor de la carta ya ha señalado que Jesús es superior a los profetas y a los ángeles, cuestiones que para los oidores de la carta dichos elementos eran fundamentales en su vida y liturgia; ahora les dice que el Hijo es superior a Moisés, quien era un ícono de autoridad. Moisés quien fue el libertador de Israel y que hablaba con Dios cara a cara (Nm 12:6-8). En el argumento de la carta, los profetas, los ángeles y Moisés, están bajo la trascendencia del Hijo, por que es la expresión misma de Dios (He 1:2).

Moisés tuvo gloria, pero del Hijo tuvo más gloria, porque es el fundamento de la casa (3:6). Quienes han creído en Cristo, son “participantes del llamamiento celestial” (3:1). Sobre este tema del llamamiento por parte de Dios a los creyentes, se centra en lo relacionado a la salvación del pecado y sus consecuencias. Un llamado a seguir a Cristo que incluye la aceptación del poder sobrenatural para cambiar las percepciones en quienes lo aceptar como su salvador y Señor. 

El problema del pecado es central en la humanidad y totalmente inhabilitador para que las personas sean libres de su sometimiento. El pecado es el real causante de todas las desgracias; es literalmente una carga pesada e insoportable para la débil naturaleza humana.  El pecado no solo trajo la muerte, sino que también la esclavitud. Entre otras cosas, las enfermedades de todo tipo son un resultado del pecado, incluso el Coronavirus que tiene sometido aún al planeta, causando enfermedad y muerte. 

Los pecadores que no han aceptado el llamado de Cristo viven como esclavos del pecado y sus consecuencias. En realidad, este es el tema del evangelio; salvar y liberar a los esclavos por el pecado (Lc 4:28). Pero Jesús invita permanentemente a encontrar la solución al problema. El señaló, “venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt 11:28). Por otro lado, el llamado proviene de quien ha estado con Jesús desde siempre; son llamados por la acción del Padre quien es el que siempre ha estado con el Hijo. “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Jn 6:44), la expresión original aquí sería que somos ‘arrastrados’ por el Padre poniendo un acento importante en el anhelo por parde de Dios que podamos ser salvos.

La intención y deseo de Jesús es proveer descanso, reposo a quienes están agobiados por el pecado, porque al ir a Jesús obtenemos descanso y paz como en ningún otro lugar, ya que sólo Él es capaz de brindar la paz (Jn 14: 27) que el mundo no puede dar.

“Si oyereis hoy su voz”

Lo que sigue a continuación es muy gráfico sobre el pecado y sus consecuencias, pero también sobre esta invitación que se hace y que no se debe dejar pasar como aconteció en el pasado.  Otro elemento que se presenta aquí es lo que impide que la obra de liberación y sanadora por parte de Cristo sea realizada. Este elemento es la soberbia espiritual que condenó a toda una generación a la muerte y le impidió disfrutar del descanso prometido. Dicha soberbia puede ir desde la incredulidad, como es el caso acá descrito, pero también la soberbia de creer que son las obras mérito de salvación, cuestión que Calvino señalaba como idolatría.

El relato nos lleva a la experiencia de Israel en el desierto.  Dicha experiencia fue trascendental y determinante para que Israel vagara ‘perdido’ durante 40 años, cuando pudo haber disfrutado del premio mucho antes.  El autor de la carta toma de David para hablar de las nefastas consecuencias sobre la incredulidad (Sal 95:7-11), “como en la provocación, en el día de la tentación… donde me tentaron vuestros padres; me probaron” (He 3:8, 9).

El pueblo era muy renuente a molestarse y discutir en relación con la dirección que Dios conducía su recorrido hacia la tierra prometida. Un ejemplo de ello es cuando objetivamente el pueblo se vio sin agua en Refidim y “altercó el pueblo con Moisés, y dijeron: danos agua para que bebamos. Y Moisés les dijo: ¿Por qué altercáis conmigo? ¿Por qué tentáis a Jehová?” (Ex 17:2). Por supuesto que esta tentación no se refiere a instigar a Dios a pecar, sino que es una manifiesta acción de confrontación directa con Él.  También hay una referencia a Cades, lugar que se ha transformado en un símbolo del rechazo a la salvación.  En Cades el pueblo determinó no avanzar según la promesa, aunque el informe de todos los espías coincidía que la tierra era como la que Jehová les había prometido, sólo dos de ellos apoyaron avanzar -Josué y Caleb- y los otros diez no (Nm 13, 14). Ambos casos tuvieron consecuencias directas, Dios ejecutó juicios, en el primero hubo muertos, en el segundo Dios determinó que sólo los jóvenes entrarían en la tierra prometida, los demás murieron en el desierto.

El ejemplo es útil y la invitación es muy clara, “si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación” (He 3:15). El endurecer los corazones se relaciona con aquellos que se oponen a Dios, como Faraón, por ejemplo, que endureció su corazón y de manera obtusa impedía que Israel saliera de Egipto; el énfasis aquí es porque “andan vagando en su corazón” (v.10). un corazón endurecido es un fuerte impenetrable a la acción del Espíritu Santo. No es que no tenga poder, sino que la única manera para que pueda actuar es cuando se le permite actuar. Isaías lo describe de manera muy clara, Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos” (Is 55:8). El pecado se habitúa, porque ‘siempre andan vagando en su corazón’, cuestión que es característica de quien está distante de Dios, no porque Dios así lo desee, sino porque así lo ha determinado en su corazón. 

El descanso se promete a aquellos que no rechazan la invitación que se les hace, la misma que hizo Jesús de descansar en Él. El mayor obstáculo es la incredulidad que conduce a la no aceptación de la salvación.  La incredulidad, aparece como el mayor de los males en nuestros días. Un tiempo de comprobación científica de todo y que en muchos debilita la fe y la confianza en un Dios sobrenatural que es capaz de atender a cada uno de los que lo aceptan. En realidad, Él se encarga de todos, sin embargo, el descanso o reposo es sólo para quienes lo buscan y aceptan. 

Una de las consecuencias de la aceptación es la obediencia, obediencia que viene como resultado de la invitación. Israel desobedeció y no entró en el reposo; si lo hubiera hecho, habrían entrado. Lo mismo acontece con nosotros, la aceptación a la invitación de Jesús trae como consecuencia la obediencia, porque la obra de salvación incluye la rehabilitación de los pecadores (Lc 6:46; Jn 14: 15, 21, 23, 24, 28; 1Pe 1:2; Ef 2:1-3), esto en ningún caso quiere decir que somos salvos por la obediencia, sino que es el resultado lógico de haber aceptado la invitación.

El reposo prometido en Cristo es que su influencia vivificadora se manifiesta en el creyente.  Ya el reinado del pecado acabó gracias al éxito del segundo Adán (Ro 5:15), entonces en Cristo los pecadores obtenemos descanso y paz, reposo de las obras del mal. Para acceder a dicho reposo no podemos ir con incredulidad, porque lo aceptamos por fe y por fe le permitimos actuar en nuestro ser completo.

 

El reposo sabático símbolo del reposo en Cristo

El ejemplo del día de reposo es importante. Aunque no es el tema hablar del sábado y su importancia que sabemos tiene, aquí se usa el reposo del sábado para ilustrar lo que es Jesús.  El día de reposo, es más que el sábado que para nosotros es el día especial de adoración y día para congregarnos de manera especial también. El sábado también es Cristo o una ilustración de lo que es nuestro Señor. Por ello que Hebreos 4: 3, hace una referencia al sábado de la creación como un símbolo del reposo que ofrece el Señor a los que aceptan la ‘invitación’.

Consideremos la siguiente relación de los días de la creación y lo que fue creado. El primer día Dios creó la Luz (Gn 1:3-5), pero las lumbreras aparecieron el tercer día (1: 14-19), el segundo día fueron creados el firmamento, el cielo y el mar (1: 6-8) y el quinto los ocupantes: las aves y los peses (1: 20-23); el tercer día la tierra seca y la vegetación (1:9-11), y el sexto los animales terrestres y al ser humano (1: 24; 26-31). ¿Y el sábado que fue creado? En realidad, no fue creado nada. El sábado aparece como el día en que Jehová ‘viene’ a estar con su creación; es ‘Dios con nosotros’. Una figura hermosa que nos habla de Jesús que es ‘Dios con nosotros’. Por ello, y, además, de lo importante que es el sábado en nuestra vida de adoración a Dios, el sábado debemos entender que Dios ‘viene’ a estar con nosotros de manera especial, en el día de ‘reposo’ para estar con el dador del reposo.

‘Queda un reposo’

“Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios” (4:9), esta aseveración es decir literalmente una culminación, algo pleno y completo, como el reposo sabático que aparece luego de la obra de la creación que fue culminada, esta expresión es la única en el Nuevo Testamento; queda un sábado de descanso, entrar en dicho reposo es participar de manera plena de la redención y la salvación. Una redención que fue plena, completa y que a la ofrenda del calvario no se le adiciona nada.

Dicho reposo es posible disfrutar desde el día que aceptamos su invitación a descansar, a reposar. Pasar de muerte a vida (Jn 5:24), pasar de las tinieblas a su luz admirable (1Pe 2:9), pasar de una vida temporal a la eterna (Jn 10:28), porque en ese trayecto de nueva vida en Cristo, está su segunda venida que colmará de gozo, paz y reposo a sus hijos que aceptaron hoy la invitación.  Al reposo se accede sin dudar, sin resistirse, se accede con fe, sin incredulidad, sólo así hoy accedemos al reposo en Cristo y un día nos gozaremos cuando aparezca por segunda vez, “sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (He 9:28).

 Pr. Aarón A. Menares Pavez ©(Th.D)

 

 

 


domingo, 23 de enero de 2022

 


Jesús, único e irrepetible

He leído la siguiente expresión en a lo menos dos importantes autores que han dedicado mucho tiempo para hablar sobre Jesús. Esta se relaciona con la muerte de Cristo y señala que es ‘única e irrepetible’, la expresión grafica de manera elocuente dicho sacrificio. De hecho, es uno de los ejes en la carta a los Hebreos, “Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados” (Heb 9:28). 

La muerte de Cristo es única e irrepetible, porque Él es único e irrepetible.  Desde que ingresó por Adán el pecado, deben haber muerto millones de personas, por lo que la muerte de Cristo en ese sentido sería una más de las tantas muertes. Sin embargo, su muerte es presentada en todo el Nuevo Testamento como una muerte única y trascendental. Dicha singularidad radica en la trascendencia de esa muerte que lo diferencia con los otros tantos muertos que hubo antes que Jesús muriere e incluso los que han muerte hasta nuestros días.  Su muerte tiene características fundamentales en el contexto de la solución para con el pecado.

Algunas de las características de la muerte de Cristo podrían ser su carácter representativo, que Él toma el lugar del penitente y recibe el castigo que el penitente merecía. También su muerte es expiatoria, es decir, que es capaz como ninguna de satisfacer la justicia de Dios y con ello vencer al pecado.  Una tercera singularidad es que el que muere no es un humano común, sino que es el Hijo de Dios.

Cuando hablamos de este asunto, no podemos quedar sorprendidos por la gracia divina que no escatimó nada con el fin de salvar a la humanidad y además vencer al pecado, o dicho al revés, solucionar el problema del pecado y de esa manera ofrecer a la humanidad salvación y vida eterna en Cristo.

Un punto para considerar es lo grave que es el pecado.  La Biblia señala que la paga del pecado es muerte (Ro 6:23), entonces y desde este punto, no existe otro camino que el castigo o dicho de otra manera el resultado o la consecuencia del pecado que es la muerte.  La solución sólo podía venir de Dios, sin embargo, y como Él es Dios, no puede morir, entonces el Hijo se humana cumpliendo en sí las leyes de nuestra naturaleza para poder morir.  ¿Puede darse cuenta de lo impactante de esto? Es imposible no pensar que cuando el Hijo estaba en la Cruz y muere, dicha muerte afectó también a toda la divinidad, trayendo una separación (Mt 27:46) entre ellos provocada por el pecado, que nunca habían experimentado.

Entonces es bueno que con mucha reverencia podamos observar el accionar del Hijo cuando se humanizó y las consecuencias que ello trajo para Él y para nosotros.

Ni como Adán antes del pecado ni como Adán después del pecado

La discusión en torno a la naturaleza humana de Cristo ha traído tensión desde muchos años.  Dicha tensión también se relaciona con la naturaleza humana y el pecado.  ¿Cuándo somos pecadores? ¿Nacemos pecadores? ¿Nacemos sin pecado y nos transformamos en pecadores cuando accedemos a la tentación? Este cuestionamiento trae consecuencias también a la vida práctica, porque si al nacer no somos pecadores porque no hemos accedido a la tentación, entonces es posible con la ayuda de Dios someter el pecado y vencerlo. Sin embargo, en este punto la Escritura es muy clara para señalarnos que todo ser humano descendiente de Adán, nace bajo el pecado; es decir, nacemos como pecadores, aunque no cometamos actos pecaminosos.  En este sentido no son los actos pecaminosos los que determinan si somos o no pecadores, sino que son una consecuencia de una naturaleza debilitada por el pecado.  El apóstol Pablo lo expresa de manera muy clara, el señala que, por Adán, por su acción pecaminosa, “pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro 5:12) y que porque “todos pecaron… están destituidos de la gloria de Dios” (Ro 3:23).

A diferencia de Adán antes del pecado, ahora no era sólo porque accedía a una tentación, sino que era pecador porque no resistió la primera prueba de fidelidad que Dios puso en Edén (Gn 2:17).  Permítame un pequeño alcance sobre las capacidades de Adán antes del pecado. Por ejemplo, su cuerpo recién había salido de las manos del creador, por lo que no padecía de enfermedades ni debilidades en ese sentido. Por otro lado, su naturaleza en sí era perfecta y santa, es decir, Él estaba capacitado para rechazar la tentación; a diferencia de nosotros que necesitamos de la ayuda divina. Su condición santa era igual a la de los ángeles, por lo que, en su vida, no había lugar para el pecado, sino que sólo para adorar a Dios. posiblemente no lo podamos entender porque nuestra naturaleza ‘heredada’ de Adán está muy debilitada no solo en que somos pecadores, sino que también nuestro cuerpo está demasiado desgastado y nuestras vidas en el mejor de los casos llegan al 10% de lo que vivió Adán, incluso luego de haber pecado.

La situación de Adán cambió luego de haber pecado, eso quiere decir, transformándose en pecador. Su naturaleza inmediatamente fue debilitada producto del pecado. Dicha condición le impedía buscar de manera natural a Dios y requirió de un intermediario, en este caso requería buscar un cordero, sacrificarlo y por fe en el redentor futuro alcanzar el perdón de sus pecados.

En nuestro caso es igual que el de Adán luego del pecado, nacemos en una condición de tremenda desventaja espiritual, por ello es por lo que Jesús le señaló a Nicodemo que debía nacer de nuevo (Jn 3:3). En ese trayecto espiritual es el Espíritu Santo quien nos da la fortaleza para la nueva vida en Cristo (2Co 5:17).

Pero ¿Qué pasa con Cristo? ¿Qué naturaleza tomo cuando vino a este mundo?  El autor de Hebreos señala que Cristo vino a socorrer a los humanos y no a los ángeles, porque ellos no requerían la salvación, y habla de una descendencia, en este caso la de Abraham, que es la misma de Adán, porque también es descendiente de Adán (He 2:16).  Jesús debía ser “en todo semejante a sus hermanos” (v. 17). El énfasis del autor de la carta no está puesto en si Jesús tenía o no naturaleza como la de Adán antes o después del pecado.  Su preocupación es que se logre comprender que el Hijo, de quién se explayo en el capítulo 1 que era de la misma esencia de Dios, y que era uno de los tres que componen la divinidad era ‘semejante en todo’ a sus hermanos.

La expresión ‘carne y sangre’ es muy clara para referirse a los humanos, a diferencia de las potestades espirituales (Efe 6:12), es decir, y aunque ya se hizo la diferencia con los ángeles, la ‘sangre y carne’ es plena humanidad.  En este caso nosotros, sus ‘hermanos’.  La identificación del Hijo con la humanidad es plena. En la encarnación se produjo un milagro incomprendido ya que el Hijo fue ofrecido por el Padre para que en su humanidad (Jn 3:15, 16), nosotros podamos optar a la vida eterna. El nacimiento de Jesús respetó la dinámica de las leyes de la humanidad, salvo en su concepción, porque fue engendrado por el Espíritu Santo (Lc 1: 35), cuestión que podríamos igualar con Adán que fue creado por Dios y, a diferencia de Adán nació de una mujer según toda ley biológica (Ga 4:4), haciendo de Él partícipe de toda la experiencia humana como nosotros.

Por otro lado, tampoco podemos dividir a Jesús, que parte de Él es divina y que parte es humana. Por ello decimos que Él es ‘único e irrepetible’.  A diferencia de Adán, Jesús era Dios hecho hombre. Adán fue un hombre perfecto, pero creado como hombre.  Jesús nació como hombre, pero era Dios, porque Dios no puede dejar se ser Dios. Sin embargo, en toda su vida, no actuó como Dios, sino que como un hombre que dependía de Dios.

Cristo vino en ‘carne y sangre’ para “librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (v.15), ese es el objetivo, porque nuestra ‘carne y sangre’ no podía, era imposible a causa de la pecaminosidad inherente.

Cristo fue ‘semejante a sus hermanos’ y padeció siendo tentado’ (v. 17, 18), porque participó de la humanidad, bajo las mismas leyes físicas y biológicas que experimentamos cada uno, pero con una virtud única, ‘sin pecado’. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He 4:15).  El tema de la semejanza es una cuestión que debe quedar clara. Como hemos señalado Jesús era un hombre en toda su plenitud, sin embargo, ello lo aleja de una naturaleza pecaminosa como lo somos nosotros. El mismo autor de la carta lo pone de manifiesto y señala al hablar de Jesús que era “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (He 7:26).

Entonces ¿Cómo era Jesús? El no tenía ni la naturaleza de Adán antes del pecado, porque y aunque compartía una naturaleza no pecaminosa, el cuerpo de Cristo sí era caído y afectado por el pecado, porque sufrió enfermedad y debilidades naturales como las que todos tenemos, de hecho, Cristo también murió.  Tampoco era como Adán después del pecado, porque si bien compartían un cuerpo limitado por el tiempo y la muerte, Adán ya se había convertido en pecador y Jesús nunca lo fue.

Permítame compartir sólo una cita de Elena White y recomendarle el tomo 7-A del Comentario Bíblico Adventista, ella señala de la siguiente manera al referirse a Jesús. “No debemos tener dudas en cuanto a la perfección impecable de la naturaleza humana de Cristo” (1MS: 299, 300). Nuevamente señalamos de Cristo como ‘único e irrepetible’.

Para nuestra reflexión

Para algunos este es un tema de controversia, porque ponen el énfasis en la obediencia. Si bien es cierto que Jesús ha trazado el camino, seguir a Jesús es una consecuencia activa y cognitiva que cada creyente debe experimentar, no obstante, no olvide que somos salvos por fe y no por imitación. La nueva vida en Cristo nos transforma en hijos de Dios y de esa manera permitimos que nuestras vidas sean controladas por el Espíritu Santo, y ello nos conduce a la obediencia. Pero debemos comprender que la única obediencia que es acreditada para nuestra salvación es la de Cristo. Porque su obediencia y entrega absoluta, su triunfo en la tentación, su triunfo en la cruz y luego al resucitar, es lo único que nos es acreditable para la salvación.

Las tentaciones de Jesús no se comparan con las nuestras.  Ninguno de nosotros, por ejemplo, ha sido tentado a usar su divinidad, para vencer la tentación. De ello fue el tenor de las tentaciones de Cristo. Habría sido muy fácil para Él que como Dios vencer al tentador, sin embargo, lo hizo como un humano y gracias a su triunfo es que nosotros podemos vencer en nuestro caminar asidos de su mano.

Pr. Aarón A. Menares Pavez©(Th.D)

miércoles, 12 de enero de 2022

 



Mi Hijo eres tú

Es imposible no experimentar admiración cuando hablamos de la persona de Cristo.  Toda la historia de la salvación lo ha tenido como centro y el eje indispensable en la solución al problema del pecado, por ello Jesús es nuestro salvador.  Por esto es por lo que se hace trascendental, observar lo relativo a su encarnación. De ello, la Biblia ha presentado tanto profecías en el Antiguo Testamento como su cumplimiento en el Nuevo Testamento que nos conducen a la persona de Jesús, dando cuenta que en Él se cumplieron las promesas mesiánicas.  Por otro lado, comprender la naturaleza de Cristo, será importante para percibir aún mejor su papel como nuestro representante y vicario redentor como también que es lo que a nosotros los pecadores nos toca para así ser salvados por Él.

La carta a los Hebreos como hemos visto inicia hablando de la persona de Jesús, de su rol en el plan de salvación, su cumplimiento profético y además se lo presenta como Dios hombre que logró por medio de su obra sacrificial y representativa, la purificación de nuestros pecados por sí mismo (He 1:3).  Anteriormente pudimos observar siete acciones del Hijo que están presentes en los versículos 2 y 3 del capítulo 1. Dichas acciones dan cuenta de la naturaleza divina y también humana de nuestro Redentor y de su condición única que lo hacen nuestro Salvador.

El versículo 4 se habla de Jesús como el Hijo, y que es mejor que cualquier criatura celestial, como son los ángeles, sencillamente, porque Él no es una criatura más, sino que es junto al Padre y al Espíritu Santo  también el creador de toda criatura como lo son los ángeles. 

El texto señala de la siguiente manera, de Jesús que “fue hecho tanto superior a los ángeles, cuando heredó más excelente nombre que ellos” (v.4). El que Jesús haya sido ‘hecho’ superior a los ángeles como señala el texto, en ninguna manera está diciendo que en algún momento fue creado ‘tanto superior que los ángeles’, debemos entender el texto en su contexto, porque no está hablando sobre un supuesto origen del Hijo, sino que está hablando sobre su rol como el salvador, como el sustituto, como la ofrenda que ha sido útil para solucionar el problema del pecado.

Los ángeles son seres creados (Co 1:16), por lo que son súbditos de Dios y le deben honra y gloria, así como todas las criaturas. El Hijo en tanto no, porque es Dios, ya que la plenitud de Dios habita en Él (Col 2:9). Los ángeles fueron creados con inteligencia y emociones propias, por ello alaban a Dios por sus grandezas (Lc 2:13). Están sujetos a Dios y cumplen una función en cuanto a nosotros de ser colaboradores de apoyo mientras estemos en este mundo, hasta que el Señor regrese o que bajemos al descanso (Sal 91:11). La Biblia menciona muchas ocasiones en que los ángeles manifestaron actividad en un contexto específico. Los ángeles también han participado y colaborado en la manifestación profética como por ejemplo con Daniel (Dn 9:21) e incluso en el contexto del nacimiento de Jesús (Lc 2:13).

Jesús es superior que los ángeles porque también participó de su creación, como todo lo creado en este planeta y en el universo. El texto dice que Jesús “heredó más excelente nombre que ellos”, es decir ‘más excelente’, más ‘diferente’ que el de los ángeles, porque su nombre es superior a todo nombre, porque es el Hijo, porque es Dios. Dicho ‘nombre’ ya era suyo incluido en el contexto de su humillación (He 5:8) y antes de la creación (He 1:2). 

Aunque entendemos que la dignidad del Hijo es de siempre, ocurre algo singular, al humanizarse y cumplir el rol de representante de la humanidad. En Jesús encontramos la unión perfecta entre la divinidad y la humanidad, por ello es que llegó a ser el único puente que los pecadores encontramos para acudir a Dios y librarnos del pecado. La muerte vicaria de Jesús cumple con los requerimientos que exigía la justicia divina por el pecado, porque nada ni nadie podría haberlo logrado. Por ello es el canto de gloria que toda la creación celebra porque Jesús el León triunfó y fue capaz de desatar los sellos y con ello calmar el llanto de Juan, lo maravilloso de esta visión es que el triunfo del león lo realiza como un cordero degollado (Ap 5:5); Jesús, el Cordero que quita el pecado del mundo (Jn 1:29).  Pero es en la resurrección de Cristo, cuando el Padre ante todo el universo lo declara como el Hijo encarnado, como el gran y único triunfador sobre el pecado. Así lo describe Lucas, “la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el Salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado” (Hch 13:33).


“Yo te he engendrado”

"Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy, y otra vez, ¿yo seré a él Padre y él me será a mi hijo? (He 1: 5)

El autor de la carta toma del Antiguo Testamento siete citas para fundamentar su propuesta (Sal 2:7; 2Sa 2:14; Sal 89: 27; 97: 7; 104: 4; 45: 6; 102: 25-27; 110:1), cinco de ellas de los Salmos, una de los libros históricos y una del Pentateuco.

Como una primera observación, el texto nos deja claro el contraste entre los ángeles y el Hijo. En la Biblia los ángeles son también denominados como “Hijos de Dios” (Gn 6:2, 4; Job 1:6; 2:1; 38:7), porque son criaturas de Dios. De Jesús en tanto se lo señala como Hijo de Dios, con las cualidades únicas que ya hemos señalado. A ninguno de los ángeles se lo llama como el Hijo de Dios en particular, sino como hijos de Dios. Jesús es presentado aquí como el ‘Hijo’ de Dios como la esencia misma de Dios, como Dios mismo.

Para nuestra reflexión vamos a considerar dos de las siete citas. la primera es de Salmos y se refiere de la siguiente manera, “Yo publicaré el decreto; Jehová te ha dicho: mi hijo eres tú; yo te engendré hoy” (Sal 2:7). Pablo señala de Jesús, “que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos” (Ro 1:4), por lo que en este sentido estaría su originalidad y no por ser derivado por ser engendrado como podemos entender en la naturaleza nuestra, ya que el Hijo es tan eterno como el Padre y el Espíritu Santo, sin embargo, es el único de los tres que murió y resucitó. Es evidente de acuerdo con el contexto que el autor de la carta no está pensando en otra cosa que el lugar de privilegio de Jesús como el cumplimiento mesiánico, es importante la entronización de Cristo después de su resurrección, porque vino como un siervo y llegó a ser reconocido como Mesías.

El segundo texto para considerar está en el contexto del reinado de David y su deseo de edificar una casa para el Señor, se le señala que un descendiente de él será quien recibirá todo el honor. David ocupa un lugar importante en la genealogía humana de Cristo, no obstante, cada uno de los descendientes de David, como Salomón que construyó el templo y que precedieron a Jesús, son parte de dicha línea genealógica que conducía al que cumpliría la profecía como el Mesías.

 En realidad, más allá de la construcción del templo hay un mensaje mesiánico referido a Cristo como descendiente de David en su genealogía humana. “Yo le será a él Padre, y él me será a mi hijo” (2Sm 7:14). Los profetas anunciaron que este ‘hijo’ sería el Señor de Israel (Mi 5:2), que sería el Hijo dado, un príncipe de cuatro nombres; “admirable, consejero Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz” (Is 9:6); Señor y Maestro de las naciones (Is 55:4); quien tendría todo el derecho (Ez 21:27).

El cumplimiento de esta profecía hecha a David es celebrado por boca de Zacarías, el padre de Juan el Bautista, “bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo” Lc 1:68). El Hijo, el cumplimiento de la profecía veterotestamentaria, tan anhelada, ve su cumplimiento en los días de Jesús y el Nuevo Testamento testifica de ello. Dios ha provisto la salvación por medio de “su Hijo, nuestro señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne” (Ro 1:3).

Entonces ante la pregunta si a algún ángel le ha declarado Hijo, la respuesta es a ninguno, porque sólo Jesús es su Hijo unigénito, por lo que es totalmente superior a cualquier ángel. Entonces por ello y al poner el énfasis en lo que hemos descrito se “dice: adórenle todos los ángeles de Dios” (v6), porque es digno de toda alabanza, por ser Dios, pero también, por ser declarado Hijo, triunfador y reconocido por toda criatura como el Señor.

Adoremos al Hijo

Al finalizar esta reflexión, solo nos queda recordar que nuestro Salvador ha sido declarado por Dios como el Hijo de Dios en poder cuando logró la victoria en su resurrección. Es por ello por lo que hoy nosotros, que somos menos que los ángeles podemos de manera sencilla acercarnos a Dios; por medio de quien ganó el derecho de establecer un puente propicio para que podamos buscar la salvación. Es sólo en Jesús que podemos tener esperanza y es sólo en Él que tenemos la oportunidad de una nueva vida. Entonces podemos ir con todo lo que somos, o sin nada y en adoración entregar nuestro corazón, para que así Él realice su obra de redención en cada uno de nosotros.

 

Pr. Aarón A. Menares Pavez ©
Doctor en Teología

 

jueves, 6 de enero de 2022

 


Hebreos habla de Jesús

En realidad, el texto de la carta a los Hebreos habla de Jesús, lo hace porque toda la Biblia lo pone como eje central.  Sin embargo, la carta nos entrega elementos frescos y dinámicos sobre su persona y su cumplimiento profético, no solo misional, sino que lo sitúa en el lugar y honor que le corresponde.  La profecía veterotestamentaria ha dedicado gran parte de su énfasis en hablar del Mesías.  Los datos de la profecía, la poesía y la historia bíblica cumplen su objetivo al señalarnos que a la humanidad un día vendría Dios hecho hombre para representar y sustituir al penitente.  El gran objetivo misional de Jesús podríamos entenderlo desde dos aristas que se unen y complementan en una sola. Primero Jesús vino a este mundo para dar su vida y salvar a la raza humana, porque sólo en Él y creyendo en Él los humanos tenemos salvación (Jn 3:15). En una segunda arista está la relacionada con la revelación de quien es Dios y junto con ello llegar, aunque sea en un mínimo a comprender lo trágico del pecado y mostrarnos, aunque con todas las limitaciones de naturaleza pecaminosa a nosotros, quien es Dios y su carácter, cuestión que fuimos limitados cuando se introdujo el pecado en el planeta (Gn 3: 24; Ro 3:23).

Hebreos presenta a Jesús como dicho cumplimiento y además le asigna una cantidad de roles, que si bien es cierto le son por derecho, son también ilustrativos para que podamos comprender lo que estamos señalando. Primero lo terrible y desastroso que es el pecado y que exigió la vida del Hijo de Dios como nuestro sustituto y segundo el amor de un Dios que es soberano y que tal vez, desde una perspectiva muy humana y limitada, podría haber eliminado fácilmente a los penitentes y no lo hizo, sino que los redimió, que ministra cada día de nuestras vidas en favor de una salvación que no hemos ganado, pero que recibimos por su acción expiatoria y sustitutiva.


En estos días

El autor de Hebreos pone el énfasis en la revelación, no en la revelación general, sino en la especial y aún más en el objetivo de toda la revelación que es Jesús.  Es interesante que cuando asumimos que la revelación es progresiva, entendemos que dicha progresión es porque los humanos logramos comprender de menos a más una verdad y no porque el objeto de la revelación sea de menor a mayor. En este caso la dignidad de quien es la revelación se mantiene de la misma manera de principio hasta ‘estos días’.  Dicho de otra manera, la persona de Jesús no ha venido a crecer desde que llegó a la tierra hasta ser entronizado en el cielo. La persona de Jesús siempre ha tenido el mismo valor y la misma dignidad como Hijo.  Lo que el autor de la carta quiere destacar es que no solo es que “en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (He 1:1), dando paso al proceso histórico de Jesús en la tierra (Ga 4:4) y su ministerio en favor de las personas en Galilea.  No es sólo que Dios habló por medio del Hijo, sino que habló en el Hijo mismo. No es sólo que se manifestó y se expresó en la persona del Hijo, sino que por medio de la encarnación se hizo visible a los hombres quien es Dios, a quien nadie puede ver (1Ti1:16). El Hijo es el Verbo encarnado (Jn1:1), en quien “habita corporalmente toda la plenitud de la deidad” (Col 2:9). Por esto mismo Jesús dijo que “el que me ha visto a mí ha visto al Padre (Jn 14:9).

Entonces el mensaje de la carta fundamenta todo su contenido en el eje central de toda la profecía, porque sin el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, no podríamos gozarnos con el mensaje de Hebreos, no podríamos alegrarnos con las gratas noticias que tiene la carta y que nos conduce al único texto que describe literalmente que Jesús vendrá por segunda vez “sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (He 9:28). En otras palabras, quienes esperamos la segunda venida de Cristo, lo hacemos a partir de la base de su triunfo como sacrificio expiatorio, que lo convirtió en un Sumo Sacerdote en el santuario celestial y que por dicho triunfo frente al pecado la muerte y su autor, el ganó el derecho de redimir a sus hijos.

 

Siete acciones del Hijo

Los primeros dos versículos de la carta presentan un listado de siete acciones del Hijo, cada una está enmarcada en esta revelación progresiva.

“A quien constituyó heredero de todo”.  Aquí encontramos una relación al Salmo 2:8 “pídeme y te daré por herencia las naciones. Y como posesión tuya los confines de la tierra”, es Cristo quien ha triunfado en la cruz, sin embargo, es Él, el Hijo que ha estado desde el principio junto al Padre estableciendo el universo y el tiempo. Es el Hijo, el Verbo quien es creador junto al Padre (Pro 8:22). Entonces el que el Hijo sea constituido heredero de todo, le asigna su derecho de posesión por ser primero el dueño creador, originador y sustentador y también como el que recupera para Dios o para sí mismo lo que había sido usurpado, pero esta vez no lo hace como Dios, sino que como Dios encarnado, como Emmanuel que por su muerte también le es por derecho ser heredero de todo.

“Por quién asimismo hizo el universo”. Ya señalamos el hecho que el Hijo junto al Padre ha creado el universo y la tierra. Este concepto se repite en el Nuevo Testamento, dando sustento a que el Hijo no solo es redentor sino también el creador, asignando así un doble valor trascendental a la obra de Cristo al venir a este mundo.  “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn 1:3). Es el Hijo quien da origen junto al Padre de todas las cosas, esta es su autoridad por derecho y naturaleza por ser divino. Pablo señala que en “El fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de el y para Él” (Col 1:16), porque “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación” (Col 1:15).

“siendo resplandor de su gloria”. La gloria de Dios, en realidad se habla de la gloria divina o bien de la misma naturaleza. La gloria de Dios conduce a la adoración y del Verbo se dice que “vimos su gloria” (Jn 1:14). La gloria que los israelitas veían en el santuario descender de la nube (Ex 40:35), la misma gloria que Moisés pidió ver y que Dios hizo un lugar en la roca y lo cubrió para que pudiera ver esa gloria (Ex 33:22). Pablo dice que Jesús es “el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible” (1Ti 6:16). Las obras de Jesús revelaron dicha gloria, Jesús manifestó la Shekhiná en medio de ellos. El mismo Señor, se autoproclamó como luz a este mundo, “aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Jn 1:9), “entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo” (Jn 9:5).

“imagen misma de su sustancia”.  El Hijo es la imagen, es decir tiene la marca de la sustancia del Padre. Jesús por ser Hijo, es la fiel estampa del ser inmortal y trascendente de Dios. En el Hijo todos los atributos de Dios se manifiestan de manera inherentes y naturalmente porque es la sustancia suya. Jesús le respondió a Felipe con claridad “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre… creedme que yo soy en el Padre y el Padre en mí” (Jn 14: 9, 11).

“sustenta todas las cosas con la palabra de su poder”. El Hijo es quien lleva, conduce, rige todo lo que Él ha creado. Lo que ha creado es sustentado por El mismo. Él es creador y sustentador de todo lo que ha creado y permanece en el tiempo, sustentando a sus hijos, aquellos que por su decisión lo han aceptado como su Salvador. Pero el Hijo sustenta todo, porque es Dios, sustenta el universo, los mundos, y este mundo aun en medio del pecado y la muerte, sustenta nuestras vidas, nos brinda la fortaleza sustentadora de cada día.

“habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de si mismo”. De toda la historia de la salvación, lo acontecido en el Calvario se centra como el centro.  Es decir, no podemos nosotros hoy tener la esperanza de una segunda venida de Cristo, sin que primero haya existido el Calvario. Como hemos señalado el Hijo es quien junto al Padre ha creado todo el universo, sin necesidad de ayuda, por ser suficiente para ello. De igual manera la salvación la realizó sólo.  Este es un gran misterio que abordaremos durante toda la eternidad futura.  En realidad, el Hijo se hace humano, vive como humano -nunca pecador ni con tendencias al pecado- sufriendo el acoso y tentación del diablo de manera sofocante. Es Jesús este ser divino humano, pero que no podemos dividir que parte de Él era divina y que parte humana; porque llegó a ser un ser único e inigualable. Ni siquiera como Adán, ni antes o después del pecado. De hecho, Pablo lo señala como un segundo Adán (Ro 5:12-21; 1Co 15:45).  El hecho es que en Jesús existe un misterio, porque fue la ofrenda perfecta, única y capaz de brindar la expiación. En otras palabras, la expiación solo podría ser realizada si Dios recibía las consecuencias del pecado. Por lo que como Dios no puede morir, se humanizó para poder morir y de esta manera cumplir dicha expiación y así, y sólo así “efectuar la purificación de nuestros pecados”.

El apóstol Pablo lo declara de manera sencilla, “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2Co 5:21), “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Ga 3:13). El texto de Hebreos señala que por medio de su sacrificio efectuó “la purificación de nuestros pecados”, por ello es que Cristo es nuestro Salvador y Redentor y en quien y de manera exclusiva obtenemos perdón y nueva vida. La Cruz es un hecho consumado que garantiza nuestra salvación y que todo el proceso hasta el encuentro con el Señor sea antes que descansemos en el sueño de la muerte o al verlo regresar.

“se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”. Cristo alcanza nuevamente su lugar al lado del Padre. Fue junto al Padre que creó y sustenta el universo y nuestro planeta; fue junto al Padre que planificaron la salvación de la humanidad (1Pe 1:20). Estar a la diestra de la majestad es una figura de honor y de poder, el término Majestad designa la gloria personal y propia de Dios, la grandeza, referida a Dios mismo. La resurrección de Cristo completa su exaltación (Fil 2:8-11).

En lo relativo a nosotros Pablo señala que “juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Ef 2:6), cumpliendo con ello que Jesús, que es Dios con nosotros, nos brinda acceso de regreso a Dios, acceso que fue interrumpido con el ingreso del pecado.  Jesús, quien ha experimentado el peso del pecado y que lo ha vencido con su propia determinación, sin ayuda, es presentado nuevamente en el cielo, en el santuario celestial como Dios, pero como hombre que nos ha sustituido y por cuyo acto expiatorio ganó el derecho también de ser nuestro abogado defensor, para que de esta manera podamos acceder por medio de Él nuevamente a Dios.

 

Toda la confianza en Él

Vivimos en medio de tantas turbulencias que de pronto nos hacen desviar la mirada. Algo así como lo que le sucedió a Pedro cuando caminó por el mar.  De hecho, el milagro se había consumado, Pedro caminó por el mar, sin embargo, una vez que dejó de mirar a quien los mantenía sobre las aguas, se hundió. Nuestros días son difíciles y es muy posible dejar de mirar a Jesús. Esto puede traer como consecuencia que también nos podamos hundir. Pero, la historia de Pedro nos presenta una ilustración, ya que, en medio de la desesperación, allí estaba Jesús, quien tendió sus manos para levantarlo y sacarlo de las aguas.

No tenemos un Señor limitado, por el contrario, a quien servimos es poder en si mismo. Hoy después de haber logrado la victoria nos defiende en un juicio que ya tiene veredicto, dicho veredicto es salvación y vida a quien acepta y cree en Jesús. Al caminar con él podremos visualizar su tierna voz y su fuerte mano, para levantarnos y conducirnos, así como conduce su creación cada día, hasta que sea el último suspiro o hasta que lo veamos regresar en las nubes de los cielos.

 

Pr. Aarón A. Menares Pavez ©
Doctor en Teología