Jesús, único e irrepetible
He leído la siguiente expresión
en a lo menos dos importantes autores que han dedicado mucho tiempo para hablar
sobre Jesús. Esta se relaciona con la muerte de Cristo y señala que es ‘única e
irrepetible’, la expresión grafica de manera elocuente dicho sacrificio. De hecho,
es uno de los ejes en la carta a los Hebreos, “Cristo fue ofrecido una sola vez
para llevar los pecados” (Heb 9:28).
La muerte de Cristo es única e
irrepetible, porque Él es único e irrepetible.
Desde que ingresó por Adán el pecado, deben haber muerto millones de
personas, por lo que la muerte de Cristo en ese sentido sería una más de las
tantas muertes. Sin embargo, su muerte es presentada en todo el Nuevo
Testamento como una muerte única y trascendental. Dicha singularidad radica en
la trascendencia de esa muerte que lo diferencia con los otros tantos muertos
que hubo antes que Jesús muriere e incluso los que han muerte hasta nuestros
días. Su muerte tiene características
fundamentales en el contexto de la solución para con el pecado.
Algunas de las características de
la muerte de Cristo podrían ser su carácter representativo, que Él toma el
lugar del penitente y recibe el castigo que el penitente merecía. También su
muerte es expiatoria, es decir, que es capaz como ninguna de satisfacer la
justicia de Dios y con ello vencer al pecado.
Una tercera singularidad es que el que muere no es un humano común, sino
que es el Hijo de Dios.
Cuando hablamos de este asunto,
no podemos quedar sorprendidos por la gracia divina que no escatimó nada con el
fin de salvar a la humanidad y además vencer al pecado, o dicho al revés,
solucionar el problema del pecado y de esa manera ofrecer a la humanidad salvación
y vida eterna en Cristo.
Un punto para considerar es lo
grave que es el pecado. La Biblia señala
que la paga del pecado es muerte (Ro 6:23), entonces y desde este punto, no
existe otro camino que el castigo o dicho de otra manera el resultado o la
consecuencia del pecado que es la muerte.
La solución sólo podía venir de Dios, sin embargo, y como Él es Dios, no
puede morir, entonces el Hijo se humana cumpliendo en sí las leyes de nuestra
naturaleza para poder morir. ¿Puede
darse cuenta de lo impactante de esto? Es imposible no pensar que cuando el Hijo
estaba en la Cruz y muere, dicha muerte afectó también a toda la divinidad,
trayendo una separación (Mt 27:46) entre ellos provocada por el pecado, que nunca
habían experimentado.
Entonces es bueno que con mucha
reverencia podamos observar el accionar del Hijo cuando se humanizó y las
consecuencias que ello trajo para Él y para nosotros.
Ni como Adán antes del pecado
ni como Adán después del pecado
La discusión en torno a la
naturaleza humana de Cristo ha traído tensión desde muchos años. Dicha tensión también se relaciona con la
naturaleza humana y el pecado. ¿Cuándo
somos pecadores? ¿Nacemos pecadores? ¿Nacemos sin pecado y nos transformamos en
pecadores cuando accedemos a la tentación? Este cuestionamiento trae
consecuencias también a la vida práctica, porque si al nacer no somos pecadores
porque no hemos accedido a la tentación, entonces es posible con la ayuda de
Dios someter el pecado y vencerlo. Sin embargo, en este punto la Escritura es
muy clara para señalarnos que todo ser humano descendiente de Adán, nace bajo el
pecado; es decir, nacemos como pecadores, aunque no cometamos actos pecaminosos. En este sentido no son los actos pecaminosos
los que determinan si somos o no pecadores, sino que son una consecuencia de
una naturaleza debilitada por el pecado.
El apóstol Pablo lo expresa de manera muy clara, el señala que, por
Adán, por su acción pecaminosa, “pasó a todos los hombres, por cuanto todos
pecaron” (Ro 5:12) y que porque “todos pecaron… están destituidos de la gloria
de Dios” (Ro 3:23).
A diferencia de Adán antes del
pecado, ahora no era sólo porque accedía a una tentación, sino que era pecador
porque no resistió la primera prueba de fidelidad que Dios puso en Edén (Gn
2:17). Permítame un pequeño alcance
sobre las capacidades de Adán antes del pecado. Por ejemplo, su cuerpo recién
había salido de las manos del creador, por lo que no padecía de enfermedades ni
debilidades en ese sentido. Por otro lado, su naturaleza en sí era perfecta y
santa, es decir, Él estaba capacitado para rechazar la tentación; a diferencia
de nosotros que necesitamos de la ayuda divina. Su condición santa era igual a
la de los ángeles, por lo que, en su vida, no había lugar para el pecado, sino
que sólo para adorar a Dios. posiblemente no lo podamos entender porque nuestra
naturaleza ‘heredada’ de Adán está muy debilitada no solo en que somos
pecadores, sino que también nuestro cuerpo está demasiado desgastado y nuestras
vidas en el mejor de los casos llegan al 10% de lo que vivió Adán, incluso
luego de haber pecado.
La situación de Adán cambió luego
de haber pecado, eso quiere decir, transformándose en pecador. Su naturaleza
inmediatamente fue debilitada producto del pecado. Dicha condición le impedía
buscar de manera natural a Dios y requirió de un intermediario, en este caso
requería buscar un cordero, sacrificarlo y por fe en el redentor futuro alcanzar
el perdón de sus pecados.
En nuestro caso es igual que el
de Adán luego del pecado, nacemos en una condición de tremenda desventaja
espiritual, por ello es por lo que Jesús le señaló a Nicodemo que debía nacer
de nuevo (Jn 3:3). En ese trayecto espiritual es el Espíritu Santo quien nos da
la fortaleza para la nueva vida en Cristo (2Co 5:17).
Pero ¿Qué pasa con Cristo? ¿Qué naturaleza
tomo cuando vino a este mundo? El autor
de Hebreos señala que Cristo vino a socorrer a los humanos y no a los ángeles,
porque ellos no requerían la salvación, y habla de una descendencia, en este
caso la de Abraham, que es la misma de Adán, porque también es descendiente de Adán
(He 2:16). Jesús debía ser “en todo
semejante a sus hermanos” (v. 17). El énfasis del autor de la carta no está
puesto en si Jesús tenía o no naturaleza como la de Adán antes o después del
pecado. Su preocupación es que se logre
comprender que el Hijo, de quién se explayo en el capítulo 1 que era de la
misma esencia de Dios, y que era uno de los tres que componen la divinidad era ‘semejante
en todo’ a sus hermanos.
La expresión ‘carne y sangre’ es
muy clara para referirse a los humanos, a diferencia de las potestades
espirituales (Efe 6:12), es decir, y aunque ya se hizo la diferencia con los ángeles,
la ‘sangre y carne’ es plena humanidad. En
este caso nosotros, sus ‘hermanos’. La identificación
del Hijo con la humanidad es plena. En la encarnación se produjo un milagro
incomprendido ya que el Hijo fue ofrecido por el Padre para que en su humanidad
(Jn 3:15, 16), nosotros podamos optar a la vida eterna. El nacimiento de Jesús
respetó la dinámica de las leyes de la humanidad, salvo en su concepción,
porque fue engendrado por el Espíritu Santo (Lc 1: 35), cuestión que podríamos
igualar con Adán que fue creado por Dios y, a diferencia de Adán nació de una
mujer según toda ley biológica (Ga 4:4), haciendo de Él partícipe de toda la
experiencia humana como nosotros.
Por otro lado, tampoco podemos
dividir a Jesús, que parte de Él es divina y que parte es humana. Por ello
decimos que Él es ‘único e irrepetible’. A diferencia de Adán, Jesús era Dios hecho
hombre. Adán fue un hombre perfecto, pero creado como hombre. Jesús nació como hombre, pero era Dios,
porque Dios no puede dejar se ser Dios. Sin embargo, en toda su vida, no actuó
como Dios, sino que como un hombre que dependía de Dios.
Cristo vino en ‘carne y sangre’
para “librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la
vida sujetos a servidumbre” (v.15), ese es el objetivo, porque nuestra ‘carne y
sangre’ no podía, era imposible a causa de la pecaminosidad inherente.
Cristo fue ‘semejante a sus
hermanos’ y padeció siendo tentado’ (v. 17, 18), porque participó de la
humanidad, bajo las mismas leyes físicas y biológicas que experimentamos cada
uno, pero con una virtud única, ‘sin pecado’. “Porque no tenemos un sumo
sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue
tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He 4:15). El tema de la semejanza es una cuestión que
debe quedar clara. Como hemos señalado Jesús era un hombre en toda su plenitud,
sin embargo, ello lo aleja de una naturaleza pecaminosa como lo somos nosotros.
El mismo autor de la carta lo pone de manifiesto y señala al hablar de Jesús
que era “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (He 7:26).
Entonces ¿Cómo era Jesús? El no
tenía ni la naturaleza de Adán antes del pecado, porque y aunque compartía una naturaleza
no pecaminosa, el cuerpo de Cristo sí era caído y afectado por el pecado,
porque sufrió enfermedad y debilidades naturales como las que todos tenemos, de
hecho, Cristo también murió. Tampoco era
como Adán después del pecado, porque si bien compartían un cuerpo limitado por
el tiempo y la muerte, Adán ya se había convertido en pecador y Jesús nunca lo
fue.
Permítame compartir sólo una cita
de Elena White y recomendarle el tomo 7-A del Comentario Bíblico Adventista,
ella señala de la siguiente manera al referirse a Jesús. “No debemos tener
dudas en cuanto a la perfección impecable de la naturaleza humana de Cristo”
(1MS: 299, 300). Nuevamente señalamos de Cristo como ‘único e irrepetible’.
Para nuestra reflexión
Para algunos este es un tema de
controversia, porque ponen el énfasis en la obediencia. Si bien es cierto que
Jesús ha trazado el camino, seguir a Jesús es una consecuencia activa y
cognitiva que cada creyente debe experimentar, no obstante, no olvide que somos
salvos por fe y no por imitación. La nueva vida en Cristo nos transforma en hijos
de Dios y de esa manera permitimos que nuestras vidas sean controladas por el
Espíritu Santo, y ello nos conduce a la obediencia. Pero debemos comprender que
la única obediencia que es acreditada para nuestra salvación es la de Cristo. Porque
su obediencia y entrega absoluta, su triunfo en la tentación, su triunfo en la
cruz y luego al resucitar, es lo único que nos es acreditable para la
salvación.
Las tentaciones de Jesús no se
comparan con las nuestras. Ninguno de
nosotros, por ejemplo, ha sido tentado a usar su divinidad, para vencer la
tentación. De ello fue el tenor de las tentaciones de Cristo. Habría sido muy
fácil para Él que como Dios vencer al tentador, sin embargo, lo hizo como un
humano y gracias a su triunfo es que nosotros podemos vencer en nuestro caminar
asidos de su mano.
Pr. Aarón A. Menares Pavez©(Th.D)

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