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domingo, 23 de enero de 2022

 


Jesús, único e irrepetible

He leído la siguiente expresión en a lo menos dos importantes autores que han dedicado mucho tiempo para hablar sobre Jesús. Esta se relaciona con la muerte de Cristo y señala que es ‘única e irrepetible’, la expresión grafica de manera elocuente dicho sacrificio. De hecho, es uno de los ejes en la carta a los Hebreos, “Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados” (Heb 9:28). 

La muerte de Cristo es única e irrepetible, porque Él es único e irrepetible.  Desde que ingresó por Adán el pecado, deben haber muerto millones de personas, por lo que la muerte de Cristo en ese sentido sería una más de las tantas muertes. Sin embargo, su muerte es presentada en todo el Nuevo Testamento como una muerte única y trascendental. Dicha singularidad radica en la trascendencia de esa muerte que lo diferencia con los otros tantos muertos que hubo antes que Jesús muriere e incluso los que han muerte hasta nuestros días.  Su muerte tiene características fundamentales en el contexto de la solución para con el pecado.

Algunas de las características de la muerte de Cristo podrían ser su carácter representativo, que Él toma el lugar del penitente y recibe el castigo que el penitente merecía. También su muerte es expiatoria, es decir, que es capaz como ninguna de satisfacer la justicia de Dios y con ello vencer al pecado.  Una tercera singularidad es que el que muere no es un humano común, sino que es el Hijo de Dios.

Cuando hablamos de este asunto, no podemos quedar sorprendidos por la gracia divina que no escatimó nada con el fin de salvar a la humanidad y además vencer al pecado, o dicho al revés, solucionar el problema del pecado y de esa manera ofrecer a la humanidad salvación y vida eterna en Cristo.

Un punto para considerar es lo grave que es el pecado.  La Biblia señala que la paga del pecado es muerte (Ro 6:23), entonces y desde este punto, no existe otro camino que el castigo o dicho de otra manera el resultado o la consecuencia del pecado que es la muerte.  La solución sólo podía venir de Dios, sin embargo, y como Él es Dios, no puede morir, entonces el Hijo se humana cumpliendo en sí las leyes de nuestra naturaleza para poder morir.  ¿Puede darse cuenta de lo impactante de esto? Es imposible no pensar que cuando el Hijo estaba en la Cruz y muere, dicha muerte afectó también a toda la divinidad, trayendo una separación (Mt 27:46) entre ellos provocada por el pecado, que nunca habían experimentado.

Entonces es bueno que con mucha reverencia podamos observar el accionar del Hijo cuando se humanizó y las consecuencias que ello trajo para Él y para nosotros.

Ni como Adán antes del pecado ni como Adán después del pecado

La discusión en torno a la naturaleza humana de Cristo ha traído tensión desde muchos años.  Dicha tensión también se relaciona con la naturaleza humana y el pecado.  ¿Cuándo somos pecadores? ¿Nacemos pecadores? ¿Nacemos sin pecado y nos transformamos en pecadores cuando accedemos a la tentación? Este cuestionamiento trae consecuencias también a la vida práctica, porque si al nacer no somos pecadores porque no hemos accedido a la tentación, entonces es posible con la ayuda de Dios someter el pecado y vencerlo. Sin embargo, en este punto la Escritura es muy clara para señalarnos que todo ser humano descendiente de Adán, nace bajo el pecado; es decir, nacemos como pecadores, aunque no cometamos actos pecaminosos.  En este sentido no son los actos pecaminosos los que determinan si somos o no pecadores, sino que son una consecuencia de una naturaleza debilitada por el pecado.  El apóstol Pablo lo expresa de manera muy clara, el señala que, por Adán, por su acción pecaminosa, “pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro 5:12) y que porque “todos pecaron… están destituidos de la gloria de Dios” (Ro 3:23).

A diferencia de Adán antes del pecado, ahora no era sólo porque accedía a una tentación, sino que era pecador porque no resistió la primera prueba de fidelidad que Dios puso en Edén (Gn 2:17).  Permítame un pequeño alcance sobre las capacidades de Adán antes del pecado. Por ejemplo, su cuerpo recién había salido de las manos del creador, por lo que no padecía de enfermedades ni debilidades en ese sentido. Por otro lado, su naturaleza en sí era perfecta y santa, es decir, Él estaba capacitado para rechazar la tentación; a diferencia de nosotros que necesitamos de la ayuda divina. Su condición santa era igual a la de los ángeles, por lo que, en su vida, no había lugar para el pecado, sino que sólo para adorar a Dios. posiblemente no lo podamos entender porque nuestra naturaleza ‘heredada’ de Adán está muy debilitada no solo en que somos pecadores, sino que también nuestro cuerpo está demasiado desgastado y nuestras vidas en el mejor de los casos llegan al 10% de lo que vivió Adán, incluso luego de haber pecado.

La situación de Adán cambió luego de haber pecado, eso quiere decir, transformándose en pecador. Su naturaleza inmediatamente fue debilitada producto del pecado. Dicha condición le impedía buscar de manera natural a Dios y requirió de un intermediario, en este caso requería buscar un cordero, sacrificarlo y por fe en el redentor futuro alcanzar el perdón de sus pecados.

En nuestro caso es igual que el de Adán luego del pecado, nacemos en una condición de tremenda desventaja espiritual, por ello es por lo que Jesús le señaló a Nicodemo que debía nacer de nuevo (Jn 3:3). En ese trayecto espiritual es el Espíritu Santo quien nos da la fortaleza para la nueva vida en Cristo (2Co 5:17).

Pero ¿Qué pasa con Cristo? ¿Qué naturaleza tomo cuando vino a este mundo?  El autor de Hebreos señala que Cristo vino a socorrer a los humanos y no a los ángeles, porque ellos no requerían la salvación, y habla de una descendencia, en este caso la de Abraham, que es la misma de Adán, porque también es descendiente de Adán (He 2:16).  Jesús debía ser “en todo semejante a sus hermanos” (v. 17). El énfasis del autor de la carta no está puesto en si Jesús tenía o no naturaleza como la de Adán antes o después del pecado.  Su preocupación es que se logre comprender que el Hijo, de quién se explayo en el capítulo 1 que era de la misma esencia de Dios, y que era uno de los tres que componen la divinidad era ‘semejante en todo’ a sus hermanos.

La expresión ‘carne y sangre’ es muy clara para referirse a los humanos, a diferencia de las potestades espirituales (Efe 6:12), es decir, y aunque ya se hizo la diferencia con los ángeles, la ‘sangre y carne’ es plena humanidad.  En este caso nosotros, sus ‘hermanos’.  La identificación del Hijo con la humanidad es plena. En la encarnación se produjo un milagro incomprendido ya que el Hijo fue ofrecido por el Padre para que en su humanidad (Jn 3:15, 16), nosotros podamos optar a la vida eterna. El nacimiento de Jesús respetó la dinámica de las leyes de la humanidad, salvo en su concepción, porque fue engendrado por el Espíritu Santo (Lc 1: 35), cuestión que podríamos igualar con Adán que fue creado por Dios y, a diferencia de Adán nació de una mujer según toda ley biológica (Ga 4:4), haciendo de Él partícipe de toda la experiencia humana como nosotros.

Por otro lado, tampoco podemos dividir a Jesús, que parte de Él es divina y que parte es humana. Por ello decimos que Él es ‘único e irrepetible’.  A diferencia de Adán, Jesús era Dios hecho hombre. Adán fue un hombre perfecto, pero creado como hombre.  Jesús nació como hombre, pero era Dios, porque Dios no puede dejar se ser Dios. Sin embargo, en toda su vida, no actuó como Dios, sino que como un hombre que dependía de Dios.

Cristo vino en ‘carne y sangre’ para “librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (v.15), ese es el objetivo, porque nuestra ‘carne y sangre’ no podía, era imposible a causa de la pecaminosidad inherente.

Cristo fue ‘semejante a sus hermanos’ y padeció siendo tentado’ (v. 17, 18), porque participó de la humanidad, bajo las mismas leyes físicas y biológicas que experimentamos cada uno, pero con una virtud única, ‘sin pecado’. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He 4:15).  El tema de la semejanza es una cuestión que debe quedar clara. Como hemos señalado Jesús era un hombre en toda su plenitud, sin embargo, ello lo aleja de una naturaleza pecaminosa como lo somos nosotros. El mismo autor de la carta lo pone de manifiesto y señala al hablar de Jesús que era “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (He 7:26).

Entonces ¿Cómo era Jesús? El no tenía ni la naturaleza de Adán antes del pecado, porque y aunque compartía una naturaleza no pecaminosa, el cuerpo de Cristo sí era caído y afectado por el pecado, porque sufrió enfermedad y debilidades naturales como las que todos tenemos, de hecho, Cristo también murió.  Tampoco era como Adán después del pecado, porque si bien compartían un cuerpo limitado por el tiempo y la muerte, Adán ya se había convertido en pecador y Jesús nunca lo fue.

Permítame compartir sólo una cita de Elena White y recomendarle el tomo 7-A del Comentario Bíblico Adventista, ella señala de la siguiente manera al referirse a Jesús. “No debemos tener dudas en cuanto a la perfección impecable de la naturaleza humana de Cristo” (1MS: 299, 300). Nuevamente señalamos de Cristo como ‘único e irrepetible’.

Para nuestra reflexión

Para algunos este es un tema de controversia, porque ponen el énfasis en la obediencia. Si bien es cierto que Jesús ha trazado el camino, seguir a Jesús es una consecuencia activa y cognitiva que cada creyente debe experimentar, no obstante, no olvide que somos salvos por fe y no por imitación. La nueva vida en Cristo nos transforma en hijos de Dios y de esa manera permitimos que nuestras vidas sean controladas por el Espíritu Santo, y ello nos conduce a la obediencia. Pero debemos comprender que la única obediencia que es acreditada para nuestra salvación es la de Cristo. Porque su obediencia y entrega absoluta, su triunfo en la tentación, su triunfo en la cruz y luego al resucitar, es lo único que nos es acreditable para la salvación.

Las tentaciones de Jesús no se comparan con las nuestras.  Ninguno de nosotros, por ejemplo, ha sido tentado a usar su divinidad, para vencer la tentación. De ello fue el tenor de las tentaciones de Cristo. Habría sido muy fácil para Él que como Dios vencer al tentador, sin embargo, lo hizo como un humano y gracias a su triunfo es que nosotros podemos vencer en nuestro caminar asidos de su mano.

Pr. Aarón A. Menares Pavez©(Th.D)

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