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jueves, 6 de enero de 2022

 


Hebreos habla de Jesús

En realidad, el texto de la carta a los Hebreos habla de Jesús, lo hace porque toda la Biblia lo pone como eje central.  Sin embargo, la carta nos entrega elementos frescos y dinámicos sobre su persona y su cumplimiento profético, no solo misional, sino que lo sitúa en el lugar y honor que le corresponde.  La profecía veterotestamentaria ha dedicado gran parte de su énfasis en hablar del Mesías.  Los datos de la profecía, la poesía y la historia bíblica cumplen su objetivo al señalarnos que a la humanidad un día vendría Dios hecho hombre para representar y sustituir al penitente.  El gran objetivo misional de Jesús podríamos entenderlo desde dos aristas que se unen y complementan en una sola. Primero Jesús vino a este mundo para dar su vida y salvar a la raza humana, porque sólo en Él y creyendo en Él los humanos tenemos salvación (Jn 3:15). En una segunda arista está la relacionada con la revelación de quien es Dios y junto con ello llegar, aunque sea en un mínimo a comprender lo trágico del pecado y mostrarnos, aunque con todas las limitaciones de naturaleza pecaminosa a nosotros, quien es Dios y su carácter, cuestión que fuimos limitados cuando se introdujo el pecado en el planeta (Gn 3: 24; Ro 3:23).

Hebreos presenta a Jesús como dicho cumplimiento y además le asigna una cantidad de roles, que si bien es cierto le son por derecho, son también ilustrativos para que podamos comprender lo que estamos señalando. Primero lo terrible y desastroso que es el pecado y que exigió la vida del Hijo de Dios como nuestro sustituto y segundo el amor de un Dios que es soberano y que tal vez, desde una perspectiva muy humana y limitada, podría haber eliminado fácilmente a los penitentes y no lo hizo, sino que los redimió, que ministra cada día de nuestras vidas en favor de una salvación que no hemos ganado, pero que recibimos por su acción expiatoria y sustitutiva.


En estos días

El autor de Hebreos pone el énfasis en la revelación, no en la revelación general, sino en la especial y aún más en el objetivo de toda la revelación que es Jesús.  Es interesante que cuando asumimos que la revelación es progresiva, entendemos que dicha progresión es porque los humanos logramos comprender de menos a más una verdad y no porque el objeto de la revelación sea de menor a mayor. En este caso la dignidad de quien es la revelación se mantiene de la misma manera de principio hasta ‘estos días’.  Dicho de otra manera, la persona de Jesús no ha venido a crecer desde que llegó a la tierra hasta ser entronizado en el cielo. La persona de Jesús siempre ha tenido el mismo valor y la misma dignidad como Hijo.  Lo que el autor de la carta quiere destacar es que no solo es que “en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (He 1:1), dando paso al proceso histórico de Jesús en la tierra (Ga 4:4) y su ministerio en favor de las personas en Galilea.  No es sólo que Dios habló por medio del Hijo, sino que habló en el Hijo mismo. No es sólo que se manifestó y se expresó en la persona del Hijo, sino que por medio de la encarnación se hizo visible a los hombres quien es Dios, a quien nadie puede ver (1Ti1:16). El Hijo es el Verbo encarnado (Jn1:1), en quien “habita corporalmente toda la plenitud de la deidad” (Col 2:9). Por esto mismo Jesús dijo que “el que me ha visto a mí ha visto al Padre (Jn 14:9).

Entonces el mensaje de la carta fundamenta todo su contenido en el eje central de toda la profecía, porque sin el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, no podríamos gozarnos con el mensaje de Hebreos, no podríamos alegrarnos con las gratas noticias que tiene la carta y que nos conduce al único texto que describe literalmente que Jesús vendrá por segunda vez “sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (He 9:28). En otras palabras, quienes esperamos la segunda venida de Cristo, lo hacemos a partir de la base de su triunfo como sacrificio expiatorio, que lo convirtió en un Sumo Sacerdote en el santuario celestial y que por dicho triunfo frente al pecado la muerte y su autor, el ganó el derecho de redimir a sus hijos.

 

Siete acciones del Hijo

Los primeros dos versículos de la carta presentan un listado de siete acciones del Hijo, cada una está enmarcada en esta revelación progresiva.

“A quien constituyó heredero de todo”.  Aquí encontramos una relación al Salmo 2:8 “pídeme y te daré por herencia las naciones. Y como posesión tuya los confines de la tierra”, es Cristo quien ha triunfado en la cruz, sin embargo, es Él, el Hijo que ha estado desde el principio junto al Padre estableciendo el universo y el tiempo. Es el Hijo, el Verbo quien es creador junto al Padre (Pro 8:22). Entonces el que el Hijo sea constituido heredero de todo, le asigna su derecho de posesión por ser primero el dueño creador, originador y sustentador y también como el que recupera para Dios o para sí mismo lo que había sido usurpado, pero esta vez no lo hace como Dios, sino que como Dios encarnado, como Emmanuel que por su muerte también le es por derecho ser heredero de todo.

“Por quién asimismo hizo el universo”. Ya señalamos el hecho que el Hijo junto al Padre ha creado el universo y la tierra. Este concepto se repite en el Nuevo Testamento, dando sustento a que el Hijo no solo es redentor sino también el creador, asignando así un doble valor trascendental a la obra de Cristo al venir a este mundo.  “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn 1:3). Es el Hijo quien da origen junto al Padre de todas las cosas, esta es su autoridad por derecho y naturaleza por ser divino. Pablo señala que en “El fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de el y para Él” (Col 1:16), porque “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación” (Col 1:15).

“siendo resplandor de su gloria”. La gloria de Dios, en realidad se habla de la gloria divina o bien de la misma naturaleza. La gloria de Dios conduce a la adoración y del Verbo se dice que “vimos su gloria” (Jn 1:14). La gloria que los israelitas veían en el santuario descender de la nube (Ex 40:35), la misma gloria que Moisés pidió ver y que Dios hizo un lugar en la roca y lo cubrió para que pudiera ver esa gloria (Ex 33:22). Pablo dice que Jesús es “el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible” (1Ti 6:16). Las obras de Jesús revelaron dicha gloria, Jesús manifestó la Shekhiná en medio de ellos. El mismo Señor, se autoproclamó como luz a este mundo, “aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Jn 1:9), “entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo” (Jn 9:5).

“imagen misma de su sustancia”.  El Hijo es la imagen, es decir tiene la marca de la sustancia del Padre. Jesús por ser Hijo, es la fiel estampa del ser inmortal y trascendente de Dios. En el Hijo todos los atributos de Dios se manifiestan de manera inherentes y naturalmente porque es la sustancia suya. Jesús le respondió a Felipe con claridad “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre… creedme que yo soy en el Padre y el Padre en mí” (Jn 14: 9, 11).

“sustenta todas las cosas con la palabra de su poder”. El Hijo es quien lleva, conduce, rige todo lo que Él ha creado. Lo que ha creado es sustentado por El mismo. Él es creador y sustentador de todo lo que ha creado y permanece en el tiempo, sustentando a sus hijos, aquellos que por su decisión lo han aceptado como su Salvador. Pero el Hijo sustenta todo, porque es Dios, sustenta el universo, los mundos, y este mundo aun en medio del pecado y la muerte, sustenta nuestras vidas, nos brinda la fortaleza sustentadora de cada día.

“habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de si mismo”. De toda la historia de la salvación, lo acontecido en el Calvario se centra como el centro.  Es decir, no podemos nosotros hoy tener la esperanza de una segunda venida de Cristo, sin que primero haya existido el Calvario. Como hemos señalado el Hijo es quien junto al Padre ha creado todo el universo, sin necesidad de ayuda, por ser suficiente para ello. De igual manera la salvación la realizó sólo.  Este es un gran misterio que abordaremos durante toda la eternidad futura.  En realidad, el Hijo se hace humano, vive como humano -nunca pecador ni con tendencias al pecado- sufriendo el acoso y tentación del diablo de manera sofocante. Es Jesús este ser divino humano, pero que no podemos dividir que parte de Él era divina y que parte humana; porque llegó a ser un ser único e inigualable. Ni siquiera como Adán, ni antes o después del pecado. De hecho, Pablo lo señala como un segundo Adán (Ro 5:12-21; 1Co 15:45).  El hecho es que en Jesús existe un misterio, porque fue la ofrenda perfecta, única y capaz de brindar la expiación. En otras palabras, la expiación solo podría ser realizada si Dios recibía las consecuencias del pecado. Por lo que como Dios no puede morir, se humanizó para poder morir y de esta manera cumplir dicha expiación y así, y sólo así “efectuar la purificación de nuestros pecados”.

El apóstol Pablo lo declara de manera sencilla, “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2Co 5:21), “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Ga 3:13). El texto de Hebreos señala que por medio de su sacrificio efectuó “la purificación de nuestros pecados”, por ello es que Cristo es nuestro Salvador y Redentor y en quien y de manera exclusiva obtenemos perdón y nueva vida. La Cruz es un hecho consumado que garantiza nuestra salvación y que todo el proceso hasta el encuentro con el Señor sea antes que descansemos en el sueño de la muerte o al verlo regresar.

“se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”. Cristo alcanza nuevamente su lugar al lado del Padre. Fue junto al Padre que creó y sustenta el universo y nuestro planeta; fue junto al Padre que planificaron la salvación de la humanidad (1Pe 1:20). Estar a la diestra de la majestad es una figura de honor y de poder, el término Majestad designa la gloria personal y propia de Dios, la grandeza, referida a Dios mismo. La resurrección de Cristo completa su exaltación (Fil 2:8-11).

En lo relativo a nosotros Pablo señala que “juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Ef 2:6), cumpliendo con ello que Jesús, que es Dios con nosotros, nos brinda acceso de regreso a Dios, acceso que fue interrumpido con el ingreso del pecado.  Jesús, quien ha experimentado el peso del pecado y que lo ha vencido con su propia determinación, sin ayuda, es presentado nuevamente en el cielo, en el santuario celestial como Dios, pero como hombre que nos ha sustituido y por cuyo acto expiatorio ganó el derecho también de ser nuestro abogado defensor, para que de esta manera podamos acceder por medio de Él nuevamente a Dios.

 

Toda la confianza en Él

Vivimos en medio de tantas turbulencias que de pronto nos hacen desviar la mirada. Algo así como lo que le sucedió a Pedro cuando caminó por el mar.  De hecho, el milagro se había consumado, Pedro caminó por el mar, sin embargo, una vez que dejó de mirar a quien los mantenía sobre las aguas, se hundió. Nuestros días son difíciles y es muy posible dejar de mirar a Jesús. Esto puede traer como consecuencia que también nos podamos hundir. Pero, la historia de Pedro nos presenta una ilustración, ya que, en medio de la desesperación, allí estaba Jesús, quien tendió sus manos para levantarlo y sacarlo de las aguas.

No tenemos un Señor limitado, por el contrario, a quien servimos es poder en si mismo. Hoy después de haber logrado la victoria nos defiende en un juicio que ya tiene veredicto, dicho veredicto es salvación y vida a quien acepta y cree en Jesús. Al caminar con él podremos visualizar su tierna voz y su fuerte mano, para levantarnos y conducirnos, así como conduce su creación cada día, hasta que sea el último suspiro o hasta que lo veamos regresar en las nubes de los cielos.

 

Pr. Aarón A. Menares Pavez ©
Doctor en Teología

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