Hebreos habla de Jesús
En realidad, el texto de la carta
a los Hebreos habla de Jesús, lo hace porque toda la Biblia lo pone como eje
central. Sin embargo, la carta nos
entrega elementos frescos y dinámicos sobre su persona y su cumplimiento
profético, no solo misional, sino que lo sitúa en el lugar y honor que le
corresponde. La profecía veterotestamentaria
ha dedicado gran parte de su énfasis en hablar del Mesías. Los datos de la profecía, la poesía y la
historia bíblica cumplen su objetivo al señalarnos que a la humanidad un día
vendría Dios hecho hombre para representar y sustituir al penitente. El gran objetivo misional de Jesús podríamos entenderlo
desde dos aristas que se unen y complementan en una sola. Primero Jesús vino a
este mundo para dar su vida y salvar a la raza humana, porque sólo en Él y
creyendo en Él los humanos tenemos salvación (Jn 3:15). En una segunda arista
está la relacionada con la revelación de quien es Dios y junto con ello llegar,
aunque sea en un mínimo a comprender lo trágico del pecado y mostrarnos, aunque
con todas las limitaciones de naturaleza pecaminosa a nosotros, quien es Dios y
su carácter, cuestión que fuimos limitados cuando se introdujo el pecado en el
planeta (Gn 3: 24; Ro 3:23).
Hebreos presenta a Jesús como
dicho cumplimiento y además le asigna una cantidad de roles, que si bien es
cierto le son por derecho, son también ilustrativos para que podamos comprender
lo que estamos señalando. Primero lo terrible y desastroso que es el pecado y
que exigió la vida del Hijo de Dios como nuestro sustituto y segundo el amor de
un Dios que es soberano y que tal vez, desde una perspectiva muy humana y
limitada, podría haber eliminado fácilmente a los penitentes y no lo hizo, sino
que los redimió, que ministra cada día de nuestras vidas en favor de una
salvación que no hemos ganado, pero que recibimos por su acción expiatoria y
sustitutiva.
En estos días
El autor de Hebreos pone el énfasis
en la revelación, no en la revelación general, sino en la especial y aún más en
el objetivo de toda la revelación que es Jesús.
Es interesante que cuando asumimos que la revelación es progresiva,
entendemos que dicha progresión es porque los humanos logramos comprender de
menos a más una verdad y no porque el objeto de la revelación sea de menor a
mayor. En este caso la dignidad de quien es la revelación se mantiene de la misma
manera de principio hasta ‘estos días’. Dicho
de otra manera, la persona de Jesús no ha venido a crecer desde que llegó a la
tierra hasta ser entronizado en el cielo. La persona de Jesús siempre ha tenido
el mismo valor y la misma dignidad como Hijo.
Lo que el autor de la carta quiere destacar es que no solo es que “en
estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (He 1:1), dando paso al
proceso histórico de Jesús en la tierra (Ga 4:4) y su ministerio en favor de
las personas en Galilea. No es sólo que
Dios habló por medio del Hijo, sino que habló en el Hijo mismo. No es sólo que
se manifestó y se expresó en la persona del Hijo, sino que por medio de la
encarnación se hizo visible a los hombres quien es Dios, a quien nadie puede
ver (1Ti1:16). El Hijo es el Verbo encarnado (Jn1:1), en quien “habita corporalmente
toda la plenitud de la deidad” (Col 2:9). Por esto mismo Jesús dijo que “el que
me ha visto a mí ha visto al Padre (Jn 14:9).
Entonces el mensaje de la carta fundamenta
todo su contenido en el eje central de toda la profecía, porque sin el
cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, no podríamos gozarnos con
el mensaje de Hebreos, no podríamos alegrarnos con las gratas noticias que
tiene la carta y que nos conduce al único texto que describe literalmente que
Jesús vendrá por segunda vez “sin relación con el pecado, para salvar a los que
le esperan” (He 9:28). En otras palabras, quienes esperamos la segunda venida
de Cristo, lo hacemos a partir de la base de su triunfo como sacrificio
expiatorio, que lo convirtió en un Sumo Sacerdote en el santuario celestial y
que por dicho triunfo frente al pecado la muerte y su autor, el ganó el derecho
de redimir a sus hijos.
Siete acciones del Hijo
Los primeros dos versículos de la
carta presentan un listado de siete acciones del Hijo, cada una está enmarcada
en esta revelación progresiva.
“A quien constituyó heredero
de todo”. Aquí encontramos una relación
al Salmo 2:8 “pídeme y te daré por herencia las naciones. Y como posesión tuya
los confines de la tierra”, es Cristo quien ha triunfado en la cruz, sin embargo,
es Él, el Hijo que ha estado desde el principio junto al Padre estableciendo el
universo y el tiempo. Es el Hijo, el Verbo quien es creador junto al Padre (Pro
8:22). Entonces el que el Hijo sea constituido heredero de todo, le asigna su
derecho de posesión por ser primero el dueño creador, originador y sustentador
y también como el que recupera para Dios o para sí mismo lo que había sido usurpado,
pero esta vez no lo hace como Dios, sino que como Dios encarnado, como Emmanuel
que por su muerte también le es por derecho ser heredero de todo.
“Por quién asimismo hizo el
universo”. Ya señalamos el hecho que el Hijo junto al Padre ha creado el
universo y la tierra. Este concepto se repite en el Nuevo Testamento, dando sustento
a que el Hijo no solo es redentor sino también el creador, asignando así un
doble valor trascendental a la obra de Cristo al venir a este mundo. “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin
él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn 1:3). Es el Hijo quien da
origen junto al Padre de todas las cosas, esta es su autoridad por derecho y
naturaleza por ser divino. Pablo señala que en “El fueron creadas todas las
cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles;
sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado
por medio de el y para Él” (Col 1:16), porque “Él es la imagen del Dios
invisible, el primogénito de toda creación” (Col 1:15).
“siendo resplandor de su
gloria”. La gloria de Dios, en realidad se habla de la gloria divina o bien
de la misma naturaleza. La gloria de Dios conduce a la adoración y del Verbo se
dice que “vimos su gloria” (Jn 1:14). La gloria que los israelitas veían en el
santuario descender de la nube (Ex 40:35), la misma gloria que Moisés pidió ver
y que Dios hizo un lugar en la roca y lo cubrió para que pudiera ver esa gloria
(Ex 33:22). Pablo dice que Jesús es “el único que tiene inmortalidad, que habita
en luz inaccesible” (1Ti 6:16). Las obras de Jesús revelaron dicha gloria,
Jesús manifestó la Shekhiná en medio de ellos. El mismo Señor, se autoproclamó
como luz a este mundo, “aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía
a este mundo” (Jn 1:9), “entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo”
(Jn 9:5).
“imagen misma de su sustancia”.
El Hijo es la imagen, es decir tiene la
marca de la sustancia del Padre. Jesús por ser Hijo, es la fiel estampa del ser
inmortal y trascendente de Dios. En el Hijo todos los atributos de Dios se
manifiestan de manera inherentes y naturalmente porque es la sustancia suya.
Jesús le respondió a Felipe con claridad “el que me ha visto a mí, ha visto al
Padre… creedme que yo soy en el Padre y el Padre en mí” (Jn 14: 9, 11).
“sustenta todas las cosas con
la palabra de su poder”. El Hijo es quien lleva, conduce, rige todo lo que
Él ha creado. Lo que ha creado es sustentado por El mismo. Él es creador y
sustentador de todo lo que ha creado y permanece en el tiempo, sustentando a
sus hijos, aquellos que por su decisión lo han aceptado como su Salvador. Pero
el Hijo sustenta todo, porque es Dios, sustenta el universo, los mundos, y este
mundo aun en medio del pecado y la muerte, sustenta nuestras vidas, nos brinda
la fortaleza sustentadora de cada día.
“habiendo efectuado la
purificación de nuestros pecados por medio de si mismo”. De toda la historia
de la salvación, lo acontecido en el Calvario se centra como el centro. Es decir, no podemos nosotros hoy tener la
esperanza de una segunda venida de Cristo, sin que primero haya existido el
Calvario. Como hemos señalado el Hijo es quien junto al Padre ha creado todo el
universo, sin necesidad de ayuda, por ser suficiente para ello. De igual manera
la salvación la realizó sólo. Este es un
gran misterio que abordaremos durante toda la eternidad futura. En realidad, el Hijo se hace humano, vive
como humano -nunca pecador ni con tendencias al pecado- sufriendo el acoso y
tentación del diablo de manera sofocante. Es Jesús este ser divino humano, pero
que no podemos dividir que parte de Él era divina y que parte humana; porque
llegó a ser un ser único e inigualable. Ni siquiera como Adán, ni antes o después
del pecado. De hecho, Pablo lo señala como un segundo Adán (Ro 5:12-21; 1Co
15:45). El hecho es que en Jesús existe
un misterio, porque fue la ofrenda perfecta, única y capaz de brindar la expiación.
En otras palabras, la expiación solo podría ser realizada si Dios recibía las
consecuencias del pecado. Por lo que como Dios no puede morir, se humanizó para
poder morir y de esta manera cumplir dicha expiación y así, y sólo así “efectuar
la purificación de nuestros pecados”.
El apóstol Pablo lo declara de
manera sencilla, “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para
que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2Co 5:21), “Cristo nos redimió
de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Ga 3:13). El texto de
Hebreos señala que por medio de su sacrificio efectuó “la purificación de
nuestros pecados”, por ello es que Cristo es nuestro Salvador y Redentor y en
quien y de manera exclusiva obtenemos perdón y nueva vida. La Cruz es un hecho
consumado que garantiza nuestra salvación y que todo el proceso hasta el
encuentro con el Señor sea antes que descansemos en el sueño de la muerte o al verlo
regresar.
“se sentó a la diestra de la
Majestad en las alturas”. Cristo alcanza nuevamente su lugar al lado del
Padre. Fue junto al Padre que creó y sustenta el universo y nuestro planeta; fue
junto al Padre que planificaron la salvación de la humanidad (1Pe 1:20). Estar a
la diestra de la majestad es una figura de honor y de poder, el término
Majestad designa la gloria personal y propia de Dios, la grandeza, referida a
Dios mismo. La resurrección de Cristo completa su exaltación (Fil 2:8-11).
En lo relativo a nosotros Pablo
señala que “juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los
lugares celestiales con Cristo Jesús” (Ef 2:6), cumpliendo con ello que Jesús,
que es Dios con nosotros, nos brinda acceso de regreso a Dios, acceso que fue
interrumpido con el ingreso del pecado.
Jesús, quien ha experimentado el peso del pecado y que lo ha vencido con
su propia determinación, sin ayuda, es presentado nuevamente en el cielo, en el
santuario celestial como Dios, pero como hombre que nos ha sustituido y por
cuyo acto expiatorio ganó el derecho también de ser nuestro abogado defensor, para
que de esta manera podamos acceder por medio de Él nuevamente a Dios.
Toda la confianza en Él
Vivimos en medio de tantas turbulencias
que de pronto nos hacen desviar la mirada. Algo así como lo que le sucedió a
Pedro cuando caminó por el mar. De hecho,
el milagro se había consumado, Pedro caminó por el mar, sin embargo, una vez
que dejó de mirar a quien los mantenía sobre las aguas, se hundió. Nuestros días
son difíciles y es muy posible dejar de mirar a Jesús. Esto puede traer como
consecuencia que también nos podamos hundir. Pero, la historia de Pedro nos
presenta una ilustración, ya que, en medio de la desesperación, allí estaba
Jesús, quien tendió sus manos para levantarlo y sacarlo de las aguas.
No tenemos un Señor limitado, por
el contrario, a quien servimos es poder en si mismo. Hoy después de haber logrado
la victoria nos defiende en un juicio que ya tiene veredicto, dicho veredicto
es salvación y vida a quien acepta y cree en Jesús. Al caminar con él podremos
visualizar su tierna voz y su fuerte mano, para levantarnos y conducirnos, así
como conduce su creación cada día, hasta que sea el último suspiro o hasta que
lo veamos regresar en las nubes de los cielos.

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