Jesús nuestro sumo sacerdote
El servicio ritual de Israel fue
la estrategia divina para ilustrar la condición de desventaja en que se
encontraban como también la manera por la que ellos podían recibir perdón y reconciliación
con Dios. Dicho sistema, que incluía
distintos tipos de ofrendas, era intermediado por los sacerdotes y sumo
sacerdotes. Ningún penitente estaba
autorizado para oficiar en lo que conocemos como el Tabernáculo del desierto, a
menos que perteneciera a la tribu de Levi, a quién se la había conferido dicho
privilegio. Esta estrategia nos es útil también para que podamos comprender los
mismos conceptos que los israelitas debían entender y asumir en su liturgia.
En el desarrollo de la carta a
los Hebreos, se hace una relación interesante entre los sacerdotes del antiguo
sistema y Jesús. Es así como estos
sacerdotes son tomados de entre los hombres “para que presente ofrendas y
sacrificios por los pecados, para que se muestre paciente con los ignorantes…
puesto que él también está rodeado de debilidad... por la que debe ofrecer por
los pecados, tanto por sí mismo como también por el pueblo” (Heb 5:1-3), el
relato continúa y señala que dicha honra no la puede tomar cualquiera, sino
quien es llamado por Dios como lo fue Aarón (v.4).
Un punto para considerar es que
todo sacerdote o sumo sacerdote descendiente de Aarón, participaba de la
debilidad innata producto de su propia naturaleza caída y pecaminosa, lo que le
hacía indispensable, por ejemplo, el día de expiación, ofrecer un sacrificio
por si mismo, para que de esa manera poder oficiar luego por el pueblo (Heb 5:
4; Lv 4:3; 9:7).
En el caso de Jesús se dice que
tampoco se glorificó así mismo haciéndose sumo sacerdote, sino que fue
declarado por Dios. Recordemos que el Hijo, quien fue ‘engendrado’ como tal, al
momento de su resurrección, recibe el nombramiento por parte de Dios, al igual
como lo fue la descendencia de Aarón. También debemos considerar en relación
con Jesús que su condición era diferente a la de los sacerdotes y sumo sacerdotes
que lo antecedieron, porque si bien, y como hemos señalado, ambos fueron
llamados y dispuestos por Dios, Jesús no requirió de una ofrenda para sí, por
ser “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores… que no tiene
necesidad cada día como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero
sacrificios por sus propios pecados” (Heb 726, 27). Por lo que la similitud de
los sacerdotes levitas y Cristo es que ambos fueron constituidos por Dios, pero
los primeros eran deficientes a causa de su condición pecaminosa y Cristo no
por ser perfecto.
El antiguo sistema ritual estaba
lleno de una tipología que anunciaba a Cristo como el artífice de la salvación
no solo de los israelitas, sino que, de toda la humanidad, proveyendo así y por
si mismo el camino de la salvación.
Según el orden de Melquisedec
La figura de Melquisedec aparece
por tercera vez en toda la Biblia. Una de ellas es la historia original cuando
Abraham es bendecido por Melquisedec, y le entrega los diezmos (Gn 14:18-20),
la segunda en el Salmo 110 y la tercer en Hebreos. La referencia en la carta es de Salmos “como
dice en otro lugar” refiriéndose a Jesús “tu eres sacerdote para siempre, según
el orden de Melquisedec” (v. 6). ¿Quién fue Melquisedec? La Biblia no nos
entrega mas información que la referida. Melquisedec en los días de Abraham era
un rey y sacerdote, en este caso del Dios Altísimo (Gn 14:18). Esta figura es
importante, ya que incluía características mesiánicas relacionadas con David
(Sal 110: 1,2). En el caso de Melquisedec se identifican ambas, rey y
sacerdote. Melquisedec era rey de Salém, una ciudad que se cree sería Jerusalén,
la ciudad donde David reinó.
Jesús no podía ser parte del
sacerdocio humano, porque no era descendiente de Aarón, sino de Judá (Mt 1:3),
por ello también la identificación con Melquisedec que aparece también como un
símbolo de Cristo. En Cristo se cumplen también las dos características de
Melquisedec -rey y sacerdote-, descendiente directo del rey David y sacerdote
del Altísimo, establecido directamente por Dios. Cuyo reino y sacerdocio es
eterno.
La alusión a Melquisedec, por
supuesto no es casual, sus características, son únicas. El nombre significa, “rey
de justicia, u rey de Salem, esto es, rey de paz; sin padre, sin madre, sin
genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho
semejante al Hijo de Dios” (Heb 7:2, 3). En esta información, encontramos datos
importantes sobre el tipo de Cristo como sumo sacerdote como lo fue
Melquisedec.
Hay mucha especulación sobre su
persona, desde que haya sido el Espíritu Santo, un ser angelical o una
preexistencia de Jesús, en la literatura extraeconómica se cree que fue Sem,
uno de los hijos de Noe, sin embargo, no podemos afirmar ninguna de estas
posibilidades. Para el autor de Hebreos es importante continuar el pensamiento
de David en relación con lo trascendental que fue en su historia con Abraham,
el padre de los hebreos como pueblo. En el
relato bíblico las genealogías entregan los inicios y finales de las personas,
por ejemplo, de Abraham se dice que fue hijo de Taré, se casó con Sara, tuvo
hijos y murió. Este dato no existe de Melquisedec, ello entonces no quiere
decir que no tenga un principio como si lo es en el caso de Dios. Que Melquisedec, no tenga principio ni final
de días es simplemente que no existe dicho registro. En ese sentido es semejante al Hijo que, si
bien como humano tiene un inicio y final, como Dios no lo tiene. En esto entonces debemos identificar a Jesús con
Melquisedec y hacer la diferencia con los sacerdotes que descendían de Aarón,
que si tuvieron un final.
Por último, en la relación de
Abraham con Melquisedec, el patriarca le entrega los diezmos y el rey de Salém
lo bendice, y no solo ello, le da a Abraham ‘pan y vino’. Un interesante
obsequio que algunos ven una relación con Cristo también.
Cristo como sumo sacerdote
En el relato hay una alusión directa
a la experiencia de Cristo en el Getsemaní, donde el Señor determina morir por
la humanidad. Allí “ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al
que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente” (5:7).
El tema de su sacrificio no era solo morir, y decimos solo morir porque, aunque
nadie quiere morir, la muerte de Cristo incluía recibir la paga del pecado y
por consecuencia de ello experimentar la separación con su Padre. Este es el
profundo significado de su muerte y su sacrificio, más allá de una muerte ‘común’.
Su identificación con el penitente
lo hizo ser obediente (v.8) y dicha obediencia lo llevó incluso a la cruz (Fil
2:8). Cristo aprendió la obediencia de
acuerdo con su naturaleza humana, pero ello difiere un tanto de la obediencia de
los humanos, porque él no tenía la rebeldía interior, ni tampoco existía una
resistencia natural a oponerse a Dios. Ese no fue el problema de Cristo, su
desafío consistió en ser obediente en los padecimientos incluida la muerte. En Cristo se cumplieron las profecías
mesiánicas, por ejemplo, las del siervo sufriente (Is 50:4, 53). Al venir y
cumplir, fue obediente, porque era la única forma de restaurar a los perdidos.
Cristo es presentado como el gran
sumo sacerdote, el único capaz de dar solución al problema del pecado. En este
sentido ni los descendientes de Aarón que oficiaban en el tabernáculo del
desierto, y tampoco Melquisedec, de quien se refiere como un símbolo, son suficientes
para terminar y eliminar el pecado. La acción de perdonar, justificar y redimir
siempre ha sido un derecho de Dios. por lo que, y aunque los antiguos israelitas
acudían al tabernáculo con sus ofrendas, y ponían sus manos en la víctima a ser
sacrificada, siempre el perdón ha venido de Dios. No podemos olvidar este elemento, porque sólo
Él tiene el derecho y es digno de perdonar.
Gracias a la obediencia de Cristo
hasta la cruz, “vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le
obedecen” (v.9), así y gracias a su obediencia, nosotros podemos de manera
libre aceptar la invitación y obedecer a sus requerimientos como una
consecuencia lógica de la entrega que los penitentes a la voluntad de Cristo
como salvador y Señor. Así lo señala
Pablo como una obediencia a la fe (Ro 1:5; 16:26). En dicho proceso somos
capacitados para que una vez aceptado el llamado de Cristo avancemos haciendo
su voluntad (1Pe 1:2). Si bien es cierto que sólo el Señor es perfecto, somos
perfeccionados por fe, gracias a su perfecto sacrificio. Ninguna persona se
salva por su propia obediencia, sino por la de Cristo, sin embargo, cuando
hemos recibido al Señor, somos perfeccionados en Él (1Ti2:5).
Nuevamente tenemos a Jesús como único.
Nuestro sumo sacerdote, más excelso que nadie, declarado por Dios como sumo
sacerdote, que es también la ofrenda perfecta, quien perdona, justifica, santifica
y un día nos dará la redención final, cuando le veamos en las nubes de los
cielos.
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