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jueves, 3 de febrero de 2022

 


Jesús nuestro sumo sacerdote

El servicio ritual de Israel fue la estrategia divina para ilustrar la condición de desventaja en que se encontraban como también la manera por la que ellos podían recibir perdón y reconciliación con Dios.  Dicho sistema, que incluía distintos tipos de ofrendas, era intermediado por los sacerdotes y sumo sacerdotes.  Ningún penitente estaba autorizado para oficiar en lo que conocemos como el Tabernáculo del desierto, a menos que perteneciera a la tribu de Levi, a quién se la había conferido dicho privilegio. Esta estrategia nos es útil también para que podamos comprender los mismos conceptos que los israelitas debían entender y asumir en su liturgia.

En el desarrollo de la carta a los Hebreos, se hace una relación interesante entre los sacerdotes del antiguo sistema y Jesús.  Es así como estos sacerdotes son tomados de entre los hombres “para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados, para que se muestre paciente con los ignorantes… puesto que él también está rodeado de debilidad... por la que debe ofrecer por los pecados, tanto por sí mismo como también por el pueblo” (Heb 5:1-3), el relato continúa y señala que dicha honra no la puede tomar cualquiera, sino quien es llamado por Dios como lo fue Aarón (v.4).

Un punto para considerar es que todo sacerdote o sumo sacerdote descendiente de Aarón, participaba de la debilidad innata producto de su propia naturaleza caída y pecaminosa, lo que le hacía indispensable, por ejemplo, el día de expiación, ofrecer un sacrificio por si mismo, para que de esa manera poder oficiar luego por el pueblo (Heb 5: 4; Lv 4:3; 9:7).

En el caso de Jesús se dice que tampoco se glorificó así mismo haciéndose sumo sacerdote, sino que fue declarado por Dios. Recordemos que el Hijo, quien fue ‘engendrado’ como tal, al momento de su resurrección, recibe el nombramiento por parte de Dios, al igual como lo fue la descendencia de Aarón. También debemos considerar en relación con Jesús que su condición era diferente a la de los sacerdotes y sumo sacerdotes que lo antecedieron, porque si bien, y como hemos señalado, ambos fueron llamados y dispuestos por Dios, Jesús no requirió de una ofrenda para sí, por ser “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores… que no tiene necesidad cada día como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados” (Heb 726, 27). Por lo que la similitud de los sacerdotes levitas y Cristo es que ambos fueron constituidos por Dios, pero los primeros eran deficientes a causa de su condición pecaminosa y Cristo no por ser perfecto.

El antiguo sistema ritual estaba lleno de una tipología que anunciaba a Cristo como el artífice de la salvación no solo de los israelitas, sino que, de toda la humanidad, proveyendo así y por si mismo el camino de la salvación.

Según el orden de Melquisedec

La figura de Melquisedec aparece por tercera vez en toda la Biblia. Una de ellas es la historia original cuando Abraham es bendecido por Melquisedec, y le entrega los diezmos (Gn 14:18-20), la segunda en el Salmo 110 y la tercer en Hebreos.  La referencia en la carta es de Salmos “como dice en otro lugar” refiriéndose a Jesús “tu eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (v. 6). ¿Quién fue Melquisedec? La Biblia no nos entrega mas información que la referida. Melquisedec en los días de Abraham era un rey y sacerdote, en este caso del Dios Altísimo (Gn 14:18). Esta figura es importante, ya que incluía características mesiánicas relacionadas con David (Sal 110: 1,2). En el caso de Melquisedec se identifican ambas, rey y sacerdote. Melquisedec era rey de Salém, una ciudad que se cree sería Jerusalén, la ciudad donde David reinó.

Jesús no podía ser parte del sacerdocio humano, porque no era descendiente de Aarón, sino de Judá (Mt 1:3), por ello también la identificación con Melquisedec que aparece también como un símbolo de Cristo. En Cristo se cumplen también las dos características de Melquisedec -rey y sacerdote-, descendiente directo del rey David y sacerdote del Altísimo, establecido directamente por Dios. Cuyo reino y sacerdocio es eterno.

La alusión a Melquisedec, por supuesto no es casual, sus características, son únicas. El nombre significa, “rey de justicia, u rey de Salem, esto es, rey de paz; sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios” (Heb 7:2, 3). En esta información, encontramos datos importantes sobre el tipo de Cristo como sumo sacerdote como lo fue Melquisedec.

Hay mucha especulación sobre su persona, desde que haya sido el Espíritu Santo, un ser angelical o una preexistencia de Jesús, en la literatura extraeconómica se cree que fue Sem, uno de los hijos de Noe, sin embargo, no podemos afirmar ninguna de estas posibilidades. Para el autor de Hebreos es importante continuar el pensamiento de David en relación con lo trascendental que fue en su historia con Abraham, el padre de los hebreos como pueblo.  En el relato bíblico las genealogías entregan los inicios y finales de las personas, por ejemplo, de Abraham se dice que fue hijo de Taré, se casó con Sara, tuvo hijos y murió. Este dato no existe de Melquisedec, ello entonces no quiere decir que no tenga un principio como si lo es en el caso de Dios.  Que Melquisedec, no tenga principio ni final de días es simplemente que no existe dicho registro.  En ese sentido es semejante al Hijo que, si bien como humano tiene un inicio y final, como Dios no lo tiene.  En esto entonces debemos identificar a Jesús con Melquisedec y hacer la diferencia con los sacerdotes que descendían de Aarón, que si tuvieron un final.

Por último, en la relación de Abraham con Melquisedec, el patriarca le entrega los diezmos y el rey de Salém lo bendice, y no solo ello, le da a Abraham ‘pan y vino’. Un interesante obsequio que algunos ven una relación con Cristo también.

Cristo como sumo sacerdote

En el relato hay una alusión directa a la experiencia de Cristo en el Getsemaní, donde el Señor determina morir por la humanidad. Allí “ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente” (5:7). El tema de su sacrificio no era solo morir, y decimos solo morir porque, aunque nadie quiere morir, la muerte de Cristo incluía recibir la paga del pecado y por consecuencia de ello experimentar la separación con su Padre. Este es el profundo significado de su muerte y su sacrificio, más allá de una muerte ‘común’.

Su identificación con el penitente lo hizo ser obediente (v.8) y dicha obediencia lo llevó incluso a la cruz (Fil 2:8).  Cristo aprendió la obediencia de acuerdo con su naturaleza humana, pero ello difiere un tanto de la obediencia de los humanos, porque él no tenía la rebeldía interior, ni tampoco existía una resistencia natural a oponerse a Dios. Ese no fue el problema de Cristo, su desafío consistió en ser obediente en los padecimientos incluida la muerte.  En Cristo se cumplieron las profecías mesiánicas, por ejemplo, las del siervo sufriente (Is 50:4, 53). Al venir y cumplir, fue obediente, porque era la única forma de restaurar a los perdidos.

Cristo es presentado como el gran sumo sacerdote, el único capaz de dar solución al problema del pecado. En este sentido ni los descendientes de Aarón que oficiaban en el tabernáculo del desierto, y tampoco Melquisedec, de quien se refiere como un símbolo, son suficientes para terminar y eliminar el pecado. La acción de perdonar, justificar y redimir siempre ha sido un derecho de Dios. por lo que, y aunque los antiguos israelitas acudían al tabernáculo con sus ofrendas, y ponían sus manos en la víctima a ser sacrificada, siempre el perdón ha venido de Dios.  No podemos olvidar este elemento, porque sólo Él tiene el derecho y es digno de perdonar.

Gracias a la obediencia de Cristo hasta la cruz, “vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (v.9), así y gracias a su obediencia, nosotros podemos de manera libre aceptar la invitación y obedecer a sus requerimientos como una consecuencia lógica de la entrega que los penitentes a la voluntad de Cristo como salvador y Señor.  Así lo señala Pablo como una obediencia a la fe (Ro 1:5; 16:26). En dicho proceso somos capacitados para que una vez aceptado el llamado de Cristo avancemos haciendo su voluntad (1Pe 1:2). Si bien es cierto que sólo el Señor es perfecto, somos perfeccionados por fe, gracias a su perfecto sacrificio. Ninguna persona se salva por su propia obediencia, sino por la de Cristo, sin embargo, cuando hemos recibido al Señor, somos perfeccionados en Él (1Ti2:5).

Nuevamente tenemos a Jesús como único. Nuestro sumo sacerdote, más excelso que nadie, declarado por Dios como sumo sacerdote, que es también la ofrenda perfecta, quien perdona, justifica, santifica y un día nos dará la redención final, cuando le veamos en las nubes de los cielos.

 Pr. Aarón A. Menares Pavez© Th.D

 


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