barra

viernes, 25 de febrero de 2022

 




Jesús la ofrenda perfecta

El desarrollo de la carta nos ha conducido a observar a Cristo como el eje central en todo el proceso de salvación.  Así como en el Antiguo Testamento era necesario de un sistema de sacrificios donde los penitentes debían acudir al templo para ofrecer sacrificio y así obtener el perdón y la reconciliación.  Este sistema de sacrificios se inició inmediatamente una vez que el pecado se introdujo en la tierra (Gn 3:21). El primer sacrificio fue útil para cubrir la ‘desnudez’ de Adán y Eva, llegando a ser un símbolo de la justicia que cubre al pecador, un manto de justicia que lo podemos observar incluso en los redimidos del fin del tiempo que describe Juan en el libro de Apocalipsis (Ap 7: 9, 13, 14). Esto quiere decir que desde que el pecado se introdujo en el planeta, la obtención del perdón y la justicia siempre ha requerido de un sacrificio.  En el caso de lo que conocemos como el Antiguo Testamento, fueron animales que, de manera simbólica, representaban al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1:29).

Lo que la carta a los Hebreos nos quiere dejar bien claro es que el sacrificio de Cristo es único e irrepetible. Los primeros versículos del capítulo 9 describen un recorrido de lo que era el templo y el uso tanto de los sacerdotes como los sumo sacerdotes (v. 1-8), dejando un hincapié importante relacionado con la ‘imperfección’ de dicho templo y uso. Esta imperfección en ningún caso se debe entender como ineficaz para obtener el perdón, porque los penitentes sí lo obtenían, pero imperfecto porque debía ser repetido diariamente. El sistema de ofrendas y sacrificios era imperfecto (v. 9), pero en el presente, Cristo entro en el santuario celestial, ya no por la sangre de los animales que eran sólo símbolo, sino por su propia sangre “habiendo obtenido eterna redención” (v.11, 12).

La perfección de la ofrenda de Cristo

Ya hemos señalado que el anuncio mesiánico de Cristo tenía un solo objetivo, la redención de la humanidad.  El pecado nos enajenó del lado de Dios y nos condenó a eterna muerte.  El pecado es aborrecido de manera natural por Dios. No estamos en condiciones de explicar dicha situación, sin embargo, es tan extensamente complicado el pecado que nada puede evitar que el penitente deba morir.  En este sentido el hombre, y cuando hablamos del hombre nos referimos a la humanidad, irremediablemente debía morir, no existía otra alternativa, porque la paga del pecado es muerte (Ro 6:23).  Como señalamos anteriormente en otro capítulo, la humanación de Cristo y su identificación con el hombre, lo transformó en un sustituto, es decir, vino a representar al hombre en lo que ninguno y por muy buenos que podría ser (aunque ello es imposible) podría enfrentar la paga del pecado. 

La sustitución se refiere a sustituir en todo sentido y de manera representativa al hombre.  Cristo entonces viene como hombre y lo sustituye recibiendo la paga del pecado, entonces en Cristo, la humanidad si recibió la paga del pecado.  Esta representación fue expiatoria, porque el fue quien recibe los requerimientos de la justicia divina que había sido quebrantada.  Cristo cubre de manera perfecta la justicia divina y por ello es por lo que tiene el ‘derecho’ de ser nuestro defensor y perdonador.

Los distintos servicios del antiguo templo cubrían de distintas maneras cualquier tipo de pecado o acción que ofendiera a Dios. Estas diversas ofrendas describen que nadie queda fuera de la posibilidad de obtener perdón y reconciliación. Cada día el altar estaba encendido, existía la ofrenda de mañana y de tarde, además de las ofrendas que los penitentes traían.  Incluso algunos podían traer una paloma o una efa de harina, representando así que hasta el más pobre en el pueblo podía acceder al perdón. De manera continua el pueblo podía acercarse y ser reconciliados con Dios.

Hebreos nos llama la atención ahora a Cristo, porque Él fue la ofrenda perfecta y el cumplimiento de todo el servicio veterotestamentario.  Su sacrificio en la cruz es el único que no requiere ser repetido, porque Él era la ofrenda anunciada y representada. 

Cuando Cristo muere y resucita, cubre los requerimientos de la justicia divina y entonces gana el derecho de perdonar y redimir.  Por esta razón es que hoy tenemos en Cristo a nuestro redentor, es quien cubrió la penalidad por nosotros, es quien realizó la expiación por el pecado.  Dicha expiación es completa, plena, no le falta nada, no requiere la ayuda de ninguno de nosotros, porque somos imperfectos y pecadores. Sin embargo, Jesús y aunque era humano como lo somos nosotros, no participo de una naturaleza pecaminosa. Cristo derrotó a Satanás como un hombre y no como Dios, aunque tenía todo el poder para hacerlo.  Su victoria en la cruz es un argumento que apunta a Satanás como el gran perdedor, señalando que jamás su rebelión en el cielo tuvo razón.  Cristo al representar al hombre y vencer en la cruz, entregó a toda la creación la mas potente vedad irrefutable que el carácter de Dios es justo y que esa justicia fue cumplida en Cristo. 

Un elemento importante lo encontramos en el versículo 23, “fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos”. Aquí encontramos una alusión a la purificación que se realizaba en el templo una vez al año conocido como el día del perdón.  Pero ¿existe algo impuro en el cielo que deba ser purificado?, indudablemente no, nada es impuro, pero, aquí encontramos una premisa a lo que nos toca como penitentes.  Permítame señalar que el sacrificio de Cristo no es efectivo, si no lo aceptamos a Él de manera personal, por ello es que nuestra decisión es tan importante.  Es necesario que podamos acudir de manera permanente a Jesús, para que Él nos limpie y así caminar y depender de su poder, porque no tenemos vida sin Él.  Cuando Cristo murió y resucitó, no solo ganó el derecho de perdonarnos, sino también de venir una segunda vez, sin relación con el pecado para que vivamos con Él (9:28)

Hoy tenemos en nuestras manos la posibilidad de disfrutar dicha justicia.  Cristo hizo lo imposible, lo que nos queda es aceptar y decidir por Él.  Quisiera compartir tres recomendaciones que nos parece importantes. Primero, agradezca a Dios por Jesús el sustituto, segundo dedique durante este día su vida a Jesús, y tercero, permita que el Espíritu Santo realice transformaciones en su vida.  Lamentablemente si nosotros no aceptamos y nos negamos a la acción del Espíritu Santo, no podremos disfrutar del logro de Cristo, por lo que hoy es tiempo de aceptar el maravilloso regalo divino.

 

Pr. Aarón A. Menares Pavez (Th.D)

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario