Principio N°10. “La iglesia necesita más de un dinamismo carismático y no uno basado en la personalidad”
Es más que común en todo
grupo humano, la búsqueda incesante de liderazgos con el fin de aportar al
proyecto de todos. En el caso de una empresa, pueden ser los desafíos de
crecimiento y alcance tanto en calidad como en cantidad. Generalmente se trabaja con algún tipo de perfil
capaz de cumplir un desempeño según la tarea a encomendar. Entre estas, se considera la personalidad y
habilidades como también la historia y desempeño en otras empresas con
requerimientos similares.
Al describir esta
estrategia, en ningún caso estamos señalando que sea negativo, muy por el contrario,
es necesario que todo grupo humano, y esto incluye también la iglesia, cuente
con las mejores y más capacitadas personas con el fin de cumplir con la misión
que Jesús ha encomendado. Tampoco es
malo que el liderazgo en la iglesia sea ejercido por personas cuyo historial
señala que ha sido una bendición en una u otra función o ministerio en la
iglesia local. El problema no es saber
elegir a quien califique de mejor manera; es más Dios espera que desarrollemos
un ministerio abarcante, completo y de la mejor manera, por lo que es necesario
que los mejores calificados en todas las áreas puedan aportar de la mejor forma.
El problema en cuestión
radica en no atender a la indicación del Espíritu Santo, quien es el que
capacita y desarrolla los dones en los miembros de toda iglesia. Entonces es
posible que una personalidad dinámica, pueda esconder a otras personas que
podrán cumplir también un liderazgo de bendición a la iglesia, pero que al ser
opacados es posible que no identifiquemos los dones con los que el Señor los ha
dotado. Entonces se hace necesario
seguir rigurosamente la estrategia apostólica para que de esta manera en la
iglesia podamos tener, tanto aquellos rasgos de personalidad atrayentes, como
también los dones espirituales al servicio de la misión.
Hechos 6 lo describe de
manera clara. Primero existe una
necesidad, la iglesia había crecido y había un grupo que al parecer no estaba
siendo atendido (v.1), luego los apóstoles convocaron a la congregación y
expresaron el problema (v.2); entonces buscaron a siete varones que cumplieran
con algunas características que nos parece son aplicables a toda elección de
liderazgo en la iglesia hasta nuestros días.
Las características
incluían dos cuestiones fundamentales, la primera, de buen testimonio y la
segunda llenos del Espíritu Santo y sabiduría (v.3). Estas características podrían ser
comprendidas como competencias personales. Mathew Henry señala que “no era suficiente que fuesen honestos y espirituales;
habían de ser también competentes, no sólo en el conocimiento de las Escrituras”[1]. Al introducirnos en esta temática que puede incluso ser
incómoda, es necesario que lo hagamos entendiendo que la iglesia, a pesar de
ser un grupo humano que es liderado al igual que cualquier empresa,
definitivamente no es una empresa. Esta
es una verdad sin objeción, por lo tanto, nuestra aproximación en el liderazgo
eclesiástico debe asumir que los objetivos y metas no pueden centrarse en los
sueños personales, sino en los propósitos divinos para el presente y futuro de
la iglesia.
Al asumir que es el Espíritu Santo quien guía y conduce los destinos de la
iglesia, asumimos también que en su inmensa bondad el Espíritu Santo, que como
hemos señalado en el capítulo anterior capacita con poder; también lo hace con
los dones espirituales, que son los regalos con los que la iglesia es
capacitada para avanzar de la mano del Señor en la proclamación del mensaje de
salvación.
En lo que sigue de este último capítulo, vamos a intentar responder sobre
los dones del Espíritu, ¿Qué son? ¿Cuál es su propósito? ¿Cómo la iglesia puede
experimentar la bendición de los dones espirituales?
Los dones del Espíritu ¿Qué son?
Los dones espirituales son regalos con los que el Señor capacita a cada
miembro de la iglesia cristiana. La manifestación del Espíritu Santo en el
contexto apostólico y de proclamación de la salvación en Jesucristo, tuvo su
manifestación inicial en el Pentecostés cuando la naciente iglesia clamaba por
la promesa que Jesús les hiciera antes de ascender al cielo (Hechos 1:8). La manifestación poderosa convirtió a los
presentes en agentes transformadores de otros en seguidores de Jesús. La experiencia de pentecostés acompañó con
eventos sobrenaturales que no solo les hizo experimentar a ellos el poder
sobrenatural del Espíritu, sino que también quienes los observaron pudieron
testificar de lo acontecido y el tipo de acción no humana a la que asistían,
como por ejemplo el que los hombres pudieran hablar en los idiomas nativos de
todos los presentes (Hechos 2:7, 8).
Peter Wagner, define el
don espiritual como “un atributo especial que el Espíritu Santo da a cada
miembro del cuerpo de Cristo según la gracia de Dios para usarlo dentro del
contexto de su cuerpo”[2]. En realidad, lo que hizo Wagner es poner en
orden lo que la Biblia dice sobre los dones espirituales, que siempre están y
estarán en función del cuerpo de Cristo; es decir de la iglesia. Los objetivos para alcanzar son dos, uno
interno y el otro externo. El interno se debe al crecimiento espiritual de cada
creyente, y cómo los dones espirituales permiten que los seguidores de Cristo
puedan crecer en armonía con la voluntad de Dios. El segundo se debe al
crecimiento y fortalecimiento de la iglesia en relación con la proclamación del
evangelio. El que exista crecimiento de
iglesia se debe a la acción del Espíritu Santo como agente capacitador y líder
de la iglesia y también al hecho que los creyentes son usados por el poder
divino en su calidad de testigos de Cristo.
Aunque la acción del
Espíritu Santo la podemos observar en toda la Biblia, tanto como agente
regenerador y capacitador, es en el Nuevo Testamento que nos entrega a manera
práctica y descriptiva la manera como los dones llegan a ser una bendición para
la iglesia en el contexto de la misión encomendada por Cristo.
El tratado de Teología
Adventista al definir los dones del Espíritu destaca las tres palabras con las
que el Nuevo Testamento usa para referirse a ellos. La primera es Járis, jarismata, gracia o
favor, un ‘don de gracia’ usado por Pablo. La segunda es pneumatikós, un
adjetivo, ‘espiritual’ como Jarísmata es usada por Pablo para referirse a
‘cosas espirituales’, la tercera es doreá, don, porque cuando el Espíritu Santo
está presente en la vida le siguen los jarismata de 1 Corintios 12. Esta expresión
se encuentra en Hechos cuando se promete el don del Espíritu Santo (2:38),
también los creyentes recién convertidos en Samaria recibieron el Espíritu Santo
cuando Pedro Pablo les impusieron sus manos (8:17-20), allí fue cuando Simón el
mago deseo comprar ese ‘don’, también cuando Cornelio y su familia creyeron,
recibieron el don ‘doreá’ (10:44-46)[3]. En resumen, el don es
descrito como una gracia, un favor, que es espiritual, un don, un regalo que se
relaciona íntimamente con la gracia de Dios[4].
Los dones del Espíritu
Los textos en donde
encontramos los dones espirituales son, Romanos 12: 3-8, 1Corintios 12: 4-11,
Efesios 4: 12-16, 1Pedro 4: 10, 11. Cada
uno aporta entre sí y deben ser asumidos como un todo en relación con el cuerpo
de Cristo.
Romanos inicia la segunda
parte de la carta para hablar de lo práctico, la primera parte el apóstol
entregó argumento sólido sobre la salvación, la fe, la santificación y el
estilo de vida. En la segunda parte su preocupación es aplicar en la iglesia la
enseñanza y lo más importante el crecimiento tanto interno como externo.
No es casualidad que el
apóstol antes de hablar de los dones espirituales destaque el hecho que nadie
“tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino… conforme a la
medida de fe que Dios repartió a cada uno” (v.3). Para el apóstol es imperioso poner este
énfasis, porque al conocer la naturaleza humana, asumía también la posibilidad
de disputarse los liderazgos de manera inapropiada. Luego Pablo destaca con la ilustración del
cuerpo, lo que Dios espera de la Iglesia. De ahí entonces el concepto de cuerpo
de Cristo. “Porque de la manera que en
un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma
función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos
miembros los unos de os otros. De manera que, teniendo diferentes dones, según
la gracia que nos es dada… úsese conforme a la medida de la fe” (v. 4-6).
La figura del cuerpo es
muy ilustrativa, porque ningún miembro del cuerpo es más importante que otro,
siendo cada uno un verdadero complemento entre sí para un funcionamiento
perfecto. El énfasis de Pablo en Romanos
es cómo los dones pueden beneficiar a la iglesia. Elena White hablando de la importancia sobre
este tema de la distribución de dones, dice que en el contexto de la iglesia
los creyentes “no reciben los mismos dones, pero se promete algún don del
Espíritu a cada siervo del Maestro”[5].
La ilustración paulina
del cuerpo es esencial para el éxito en la evangelización, porque sólo de esta
manera se puede producir lo que se denomina sinergia, es decir, que, unidas
todas las fuerzas, la iglesia puede avanzar con mayor facilidad, porque no
existen miembros que están velando por su propio interés, sino que por el
contrario, han abandonado dichos intereses, para aportar al interés general de
la iglesia.
Los dones presentados en
Romanos son: Profecía, servicio, enseñanza, exhortación, liberalidad, presidir,
misericordioso.
En 1 Corintios 12, el
apóstol presenta tres categorías funcionales en relación con los miembros,
asumiendo que en todos es el mismo Dios quien opera (v. 4). Estas categorías
son:
a.
Diversidad de dones (v.4)
b.
Diversidad de ministerios (v.5)
c.
Diversidad de operaciones (v.6)
En esta apreciación para
el apóstol es importante que podamos asumir que es “Dios, que hace todas las
cosas en todos” (v.6), y para “provecho” (v.7), para el apóstol es así; si se
recibe algo es para que todos sean beneficiados, de esta manera se identifica
que es un don del Espíritu Santo.[6]
Estas manifestaciones que son para ‘provecho’ y ‘edificación de los demás’[7], cuestión que observaremos en Efesios 4, deben estar
bien asumidas por todos, ya que es un principio de acción en el contexto de una
iglesia donde los dones espirituales son relevantes. Las manifestaciones aquí descritas son:
palabra de sabiduría, palabra de ciencia, fe, dones de sanidades, dones
otorgados por el “mismo Espíritu” (v.9).
Los dones descritos en 1Corintios son: sanidad, hacer milagros,
profecía, discernimiento de espíritu, diversos géneros de lenguas,
interpretación de lenguas. El versículo 11
Pablo enfatiza nuevamente que es el “Espíritu quien reparte a cada uno en
particular como él quiere”. El énfasis
en este punto es importante y debería hacernos reflexionar en el hecho que no
somos nosotros quienes determinamos un don u otro, una tentación con la que
debemos lidiar en todas las esferas eclesiásticas. Lo más seguro es aprender a
depender del Espíritu Santo en lo referente a la conducción y guía de la
iglesia. Probablemente nos ahorraríamos más de un dolor de cabeza si
permitiéramos su influencia de manera permanente.
En Efesios 4, el contexto es la unidad, “un cuerpo, un Espíritu, como
fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe,
un bautismo, un Dios” (v.4, 5). Es Cristo quien da los dones “subiendo a lo
alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres” (v. 8). Podemos concluir entonces que para el apóstol
la cuestión de unidad es indispensable en la recepción adecuada de los dones en
la iglesia. Si no existe unidad de
propósito y cohesión en el grupo, entonces la iglesia se privaría de este
regalo y bendición.
Pablo en Efesios pone un acento importante con relación a la edificación de
los miembros, dicha edificación está orientada en su comunión con Cristo y
también en el adquirir herramientas necesarias en el contexto de la
predicación. En otras palabras, el apóstol espera que los miembros sean
equipados con el fin que sean capaces de cumplir su misión con el don que Dios
les ha concedido.
Los dones en Efesios son los siguientes: Apóstoles, profetas, evangelistas
y pastores-maestros. El apóstol hace una
descripción en cuanto a los propósitos de los dones.
a. Perfeccionar a los santos (v.12)
b. Edificar a los miembros (v.16)
c. Brindar solidez doctrinal (v.14)
d. Mantener la unidad (v.13)
Podemos concluir en lo que respecta a Pablo, que su énfasis al presentar
los dones espirituales es claro, primero, solo en un contexto de unidad es
posible que la iglesia pueda avanzar como un cuerpo. Los miembros de la iglesia deben velar por
abandonar su egoísmo y ambición personal porque sólo así podrán disfrutar del
don que Dios les ha dado. El ministerio
eclesiástico es altruista y es indispensable que todas las personalidades sean
escondidas en la de Cristo, para que sólo él prevalezca.
En 1 Pedro 4, el objetivo es que todo sea para “glorificar a Jesucristo, a
quién pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos”
(v.11). Al igual que en Pablo, el
apóstol Pedro va a destacar el reconocimiento por parte de los miembros de su
incapacidad para cumplir la misión encomendada, para depender del Espíritu
Santo en la administración de la iglesia.
Aquí los dones señalados son los siguientes: el habla, (conforme a la
Palabra de Dios), y ministrar, (conforme al poder que Dios otorga).
Los dones y la iglesia
Regresemos al doble propósito de los dones espirituales, señalamos que
primero son para fortalecer la vida y crecimiento espiritual de cada creyente y
en segundo lugar para el crecimiento de la iglesia. En cuanto al crecimiento espiritual los dones
tienen un rol fundamental porque afianzan la comunión y dependencia en Dios y
puntualmente en la conducción del Espíritu Santo. La esencia de la vida cristiana radica en
depender, como ya se ha señalado, sólo depende quien reconoce sus limitaciones
y debilidades. Ninguna persona con
características de autosuficiencia espiritual está en condiciones de depender.
Esto es porque cree tener las habilidades necesarias para enfrentar los
desafíos espirituales, sin embargo, si asumimos una total pecaminosidad en el
hombre también debemos asumir una total y absoluta incapacidad para enfrentar
los desafíos de la vida espiritual.
La siguiente declaración de Elena White describe en el contexto del
pentecostés, cómo el Espíritu Santo fortifica la vida espiritual por medio de
las habilidades que Él entrega a los creyentes. “Bajo la obra del Espíritu
Santo, aun los más débiles, ejerciendo fe en Dios, aprendían a desarrollar las
facultades que les habían sido confiadas y llegaron a ser santificados,
refinados y ennoblecidos. Mientras se sometían con humildad a la influencia
modeladora del Espíritu Santo, recibían de la plenitud de la deidad y eran
amoldados a la semejanza divina”[8].
Lo que White está señalando acá son los dos elementos básicos para que el
Espíritu Santo realice su obra. Ella señala que los más débiles
aprendían a desarrollar facultades que se les habían confiado, y en
segundo lugar habla de un sometimiento en humildad a la influencia modeladora
del Espíritu Santo. En lo referente al
crecimiento personal por medio de los dones del espíritu, se relaciona al gozo
que experimenta el creyente o discípulo cuando es usado para la honra y gloria
de Dios. Esta vivencia le permite al creyente ver y experimentar como el poder
divino se manifiesta en él y es capaz también de observar los milagros que
fluyen en su propia vida y a través suyo.
Así se fortalece su comunión personal con Dios, buscando con mayor
ahínco la oración y el estudio de la Biblia, porque sólo así puede estar más
conectado con la fuente de poder espiritual y que comienza a dar sentido a su
caminar con Dios.
Wagner señala algunas de las bondades de los dones espirituales en las
personas. El señala en primer lugar que
le permite al creyente ser un mejor cristiano y le brinda una mayor capacidad
de permitir a Dios que lo use para su obra, en segundo lugar, el creyente
encuentra su lugar en la iglesia con más facilidad, brindando así la
posibilidad de integración con el grupo y desarrollar su don, en tercer lugar
agrega un elemento que fortalece no solo la vida espiritual, sino la vida
emocional y social, porque al creyente que descubre su don, tiende a
desarrollar una autoestima sana, cuestión sumamente importante en un grupo
social y también en la iglesia. Por último, Wagner pone el énfasis que conocer
los dones espirituales le permite al creyente glorificar a Dios (1Pedro 4:
10,11)[9].
El gozo de servir al Señor es invaluable, y el gozo de servirlo con el don
que el Señor ha otorgado, no solo glorifica al Señor, sino que produce alegría
y salud emocional. Por esta razón es que debemos tener cuidado de no ser
obstáculos cuando un creyente crece y glorifica a Dios con su don. Los
resultados son maravillosos tanto para él como para la iglesia. Esta era la
razón por la que tanto insistió Jesús con respecto a la manifestación del
Espíritu Santo en los discípulos. White
señala que, desde el momento de la llegada del Consolador, “Cristo había de
morar continuamente por el Espíritu en el corazón de sus hijos. Su unión con
ellos era más estrecha que cuando Él estaba personalmente con ellos… de tal
manera que los hombres, mirándolos, se maravillaban; y al fin los reconocían,
que eran de los que habían estado con Jesús”[10],
ella continúa señalando que lo que sucedió con esos discípulos puede acontecer
también con los seguidores de nuestros días[11].
Si los dones espirituales colmaron la vida de la naciente iglesia cristiana
e imbuidos por el poder sobrenatural del Espíritu Santo se gozaron con los
dones que les fueron concedidos y por supuesto que los pusieron al servicio de
Dios y de la iglesia, eso quiere decir que dicha experiencia también puede ser
nuestra hoy. Los ingredientes son los mismos, estamos los discípulos modernos y
es el mismo Espíritu que concede los dones y capacita, por lo que también
podemos estar atentos a descubrir como Dios cumple su promesa en medio nuestro.
Ahora vamos a ver el segundo objetivo que tienen los dones, el primero
tenía que ver con la vida espiritual de los creyentes, el segundo se relaciona
con la misión y la evangelización.
Es esencial que este segundo objetivo sea visto a la luz de la ilustración
paulina sobre el cuerpo. el cuerpo
humano cuenta con muchos órganos, algunos que visiblemente son más notorios que
otros, también están los órganos de los sentidos como por ejemplo los ojos y la
vista, aunque algunas personas carecen de la visión, la mayoría de las personas
pueden disfrutar de ella. Los otros
sentidos también cobran relevancia, como el tacto, el olfato o el gusto. Están los órganos internos que cumplen una
función tremendamente importante, por ejemplo, el corazón, el hígado o el
cerebro. Definitivamente ningún cuerpo
podría funcionar sin el cerebro, o un corazón sano, o un hígado que realice el
trabajo químico de desintoxicación.
Entre los miembros externos, están los brazos, las manos, las piernas y los
pies; tanto las manos como los pies cuentan con dedos, y cada uno de ellos son
importantes en el funcionamiento total del cuerpo. Por ello es que la ilustración del cuerpo
para describir la iglesia es muy clara y concreta, porque, así como todos los
miembros del cuerpo se complementan y se necesitan mutuamente para que el
cuerpo funcione adecuadamente. Los
miembros del cuerpo de Cristo, es decir, la iglesia, también se deben
complementar y mutuamente necesitar, para así poder avanzar en los propósitos
que Cristo tiene para con la ella.
Christian Schwarz, hablando de ministerios en la iglesia basados en los
dones espirituales hace una de las declaraciones más acertadas sobre los
resultados en el contexto eclesiástico. Él señala que “cuando los creyentes
viven en consonancia con sus dones espirituales, no trabajan por fuerza propia,
sino que el Espíritu se Dios obra en ellos. De tal manera, cristianos
totalmente normales pueden tener un rendimiento extraordinario”[12].
Esto definitivamente es así, porque no es el componente humano el que florece,
sino que el componente humano queda bajo la tutela, control y dirección del
divino. Schwarz señala que es importante
para los creyentes descubrir su don espiritual, que como ya se ha señalado
todos hemos sido bendecidos por lo menos con un don. La importancia de
descubrir el o los dones espirituales se relaciona directamente con llevar a la
práctica el sacerdocio de todos los creyentes[13],
que de una u otra manera responsabiliza a los discípulos contemporáneos a
desarrollar un ministerio bajo la conducción del Espíritu Santo; y todo
ministerio se lleva a cabo a partir de los dones espirituales.
La Doctora Silvia Scholtus presenta tres principios sobre la administración
de los dones espirituales: 1) El Espíritu Santo es quien administra los dones,
2) Es el Espíritu Santo el que se encarga de generar un organismo, un cuerpo
ordenado, que permite la expresión de los dones otorgados para la misión, 3) En
el otorgamiento de los dones no hay distinción racial, social o de género[14]. Nos parece que este orden de principios abarca
la finalidad y describe de manera ordenada y práctica los dones en el contexto
eclesiástico.
Existe la tentación de intentar determinar a partir de los sentidos los
dones recibidos o que se cree haber recibido.
Existe también la tentación doble cuando los creyentes no están en
armonía y bajo el control del Espíritu Santo, de los celos y el intento de
debilitar el liderazgo de otro, porque su don, puede ser tal vez más notorio
que otros. Es cierto que el que canta
bien y alaba a Dios con ello, tendrá una vitrina más visible que aquel que está
con una sonrisa en la puerta de entrada del templo dando la bienvenida a los
asistentes. O tal vez incluso en el
cuerpo de ministros puede existir este tipo de celos que trae consecuencias
nefastas a la conducción de la iglesia y lo más dramático es que damos al
Espíritu Santo argumentos para no acompañar nuestro trabajo misionero.
Cuando los miembros de una congregación logran aprender a depender primero
de Dios, y luego a permitir que cada uno desarrolle su don, entonces la iglesia
es la que se verá beneficiada y por supuesto que la obra del Señor que es
salvar a más personas para el cielo.
La segunda tentación sobre esto se relaciona con obstaculizar el ministerio
de otros a causa de los celos. En ello
nos parece que caemos en un pecado de gran magnitud, aunque reconocemos que
ante Dios todos los pecados le ofenden.
Ambas acciones (celos y limitar a otros en sus dones) que son más que
frecuentes, deben ser erradicadas de toda congregación.
Es un deber tanto de los ministros que vivimos de la iglesia, como de los
ministros locales y que dedican un servicio como ofrenda a Dios y que no viven
de la iglesia, intentar buscar una armonía y motivar a que cada miembro clame
en humilde y sincera oración que lo capacite en el don que se le ha
conferido. Entonces como ya se ha hecho
referencia, nuestras iglesias pasarán a ser extraordinarias. Peter Wagner señala que los dones cuando
obran en conjunto en una congregación que quiere crecer, en todas las áreas, y
está dispuesta a pagar el precio del crecimiento, esa iglesia verá la bendición
divina y sí crecerá[15].
Lo que hemos planteado en este capítulo es que la iglesia necesita más de
un dinamismo carismático y no uno basado en la personalidad, se refiere más que
a deconstruir un liderazgo que se base en la persona, es a la búsqueda de un
movimiento eclesiástico guiado por el Espíritu Santo. Mientras más miembros asuman su
responsabilidad en el contexto de la misión, más miembros buscarán de manera
incansable como servir al Señor, y la manera de servirlo, glorificarlo y
honrarlo es por medio de la obra que Él hace en cada creyente, y esto incluye
los dones.
Ningún miembro está demás en la iglesia, cada creyente debe asumir su parte
que le corresponde en la proclamación de la verdad. Nadie es tan ignorante o neófito para no ser
usado por Dios; no podemos olvidar que es Dios quien otorga los dones, y que en
ese otorgamiento no existen barreras de tipo racial de edad o de género, porque
es Él quien en su inmensa sabiduría los confiere.
El problema humano es su orgullo y la tentación para no depender de
Dios. Si logramos abandonar nuestros
propios intereses y caer de rodillas ante Dios en una sincera y honesta
búsqueda de su dirección, con seguridad cada miembro encontrará su lugar de
acción en la iglesia. La iglesia
necesita de miembros consagrados y que dependan de Dios, que entreguen sus
dones al servicio. En este camino no estamos
solos, porque es Él quien escoge y capacita.
“El Señor escoge sus propios agentes, y cada día, bajo diferentes
circunstancias, los prueba en su plan de acción. En cada esfuerzo hecho de todo
corazón para realizar su plan, él escoge a sus agentes, no porque sean
perfectos, sino porque mediante la relación con él, pueden alcanzar la
perfección”[16].
Pr. Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en teología
[1]
Mattew Henry, Comentario Bíblico de Mathew Henry (Barcelona: Clíe, 1999), 1518
[2]
Peter Wagner, Sus dones espirituales (Barcelona: Clíe, 1980), 38
[3]
Tratado de Teología Adventista, 689, 690.
[4]
Wagner, Ibid, 40.
[5]
Elena White, Palabras de Vida del Gran Maestro, 263.
[6]
Arnoldo Canclini, Comentario bíblico del Continente Nuevo: 1Corintios (Puebla
México: Unilit, 1996), 196.
[7] John
Walvoord, (El conocimiento bíblico, un comentario expositivo: Nuevo Testamento,
tomo 3: 1Corintios-Filemón (Puebla, México: Edición Las Américas, 1996, 49.
[8]
Elena White, Los hechos de los apóstoles (Buenos Aires: Asociación Casa Editora
Suramericana, 1997), 41.
[9] Wagner, 45-47.
[10] White, Camino a Cristo, 75.
[11]
Ibid.
[12]
Schwarz, Las ocho características básicas de una iglesia saludable, 24.
[13]
Ibid.
[14]
Silvia Schoutus, “El Espíritu de Dios y los dones” Kerygma, Engenheiro Coelho,
SP, Vol 14, , NÚMERO 1, P. 35-54.
[15]
Wagner, Sus dones espirituales pueden ayudar a crecer a su iglesia, 55.
[16]
Elena White, Palabras de vida del gran Maestro, 265.
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