Principio N°9. “El Espíritu Santo brinda 'dúnanis' y 'exousia' para el cumplimiento de la misión”
Antes de ascender al
cielo, Jesús dejó a sus discípulos una estrategia clara para el cumplimiento de
la misión; estrategia que si bien es cierto provenía de parte suya; podríamos
considerarla como la acción humana, gerencial o administrativa. Además de ello el Señor les señaló que, en
esta empresa redentora, contarían con un accionar divino que se encargaría de
las cuestiones en las que la fortaleza humana era limitada; proveyendo de esa
manera el sustento de toda estrategia a realizar por los discípulos.
El trabajo misionero a
realizar debía ser iniciado desde Jerusalén y abarcar a todo el mundo, así se
cumplirían las palabras de Cristo al anunciar la señal distintiva sobre el fin
del mundo, que este evangelio sea predicado en todo el mundo (Mateo
24:14). El Señor les dice “yo enviaré la
promesa de mí Padre sobre vosotros; pero quedaos, vosotros en la ciudad de
Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas
24:49), el mismo Lucas en el libro de
los Hechos complementa este relato de la ascensión de Cristo al cielo, y
destaca la misma expresión; “pero recibiréis poder” (Hechos 1:8), poniendo el
énfasis en el poder por sobre las estrategias y virtudes de los apóstoles;
destacando que sólo gracias a dicho poder sería posible la evangelización y el
cumplimiento de la misión de Cristo de anunciar a todo el mundo las buenas
nuevas.
El poder del Espíritu
Santo aquí es describo con la palabra dunamin, que viene de dunamis (δύναμις), significa poder, dinamismo. Dicho poder proviene de Dios (Sal 28:4; 2Co
13:4) y se relaciona con el Espíritu Santo prometido por Jesús (Zac 4:6) y cuya
manifestación práctica se hace efectiva en los discípulos.
Cuando Jesús comisionó a los
setenta que fueron enviados les describe que en el contexto de la
evangelización les confería “potestad de hollar serpientes y escorpiones, y
sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará” (Lucas 10:19), acá Lucas
utiliza la misma expresión dunamis para describir dicho poder.
Este concepto no es
introducido por casualidad, sino que toma todo su significado en el accionar
divino a favor de sus hijos a través de toda la historia.
Para los griegos dunamis
describe toda la vida en el cosmos como dinámica, y el principio cósmico para
los griegos es lo mismo que Dios.
En el Antiguo Testamento
se describe el poder de un Dios personal, que es activo. El poder de Dios se ha
manifestado en la creación del mundo y en su accionar con sus hijos él es
Jehová de los ejércitos, es bueno señalar que ejércitos en la LXX en ocasiones
usa la expresión dunamis, él es Señor de todos los poderes (2Re17:16). El poder
divino que crea el mundo, y que también lo sustenta.
En el Nuevo Testamento es
Jesús como Mesías a quien se lo relaciona con el poder de Dios (Is 9:5; Sal
110:2) cumpliendo con los propósitos salvíficos y redentivos que sólo él como
Mesías puede cumplir en el contexto del plan de salvación[1].
La indicación del Señor a
los discípulos fue muy clara, asociado al descenso del Espíritu Santo,
recibirían un poder sobrenatural que los capacitaría para cumplir con la misión
(Hch 1:8). No hay lugar para alguna
interpretación distinta en este aspecto.
En esta asociación divino-humana, que inicia en Dios y que utiliza
canales imperfectos como el humano, tiene como horizonte un panorama exitoso
gracias a esta garantía sobrenatural y que se manifiesta en el elemento humano.
En todo grupo humano se
requiere ejercer el poder, como lo señalamos en el capítulo anterior, la
administración, requiere la delegación en un contexto de estructura eclesial.
Las estructuras en un ambiente social son necesarias, porque el grupo, en este
caso la iglesia requiere tomar un rumbo para cumplir con el mandato
divino. Sin embargo, en este sentido en
los grupos humanos como la iglesia, es posible que el poder se desfigure del
objetivo divino y que en esta combinación divino-humana se distancie de lo
divino, revirtiendo el orden y estableciendo lo humano por sobre lo divino.
No hay dudas que el poder
en lo social es atractivo y hasta codiciable.
Lo podemos observar en la política y en diversas organizaciones
incluidas algunas congregaciones religiosas.
Los apóstoles se vieron enfrentados a un caso de un hombre que quedó
admirado de las maravillas que ellos hacían con las personas. Los milagros fueron objeto de observación y
además de un anhelo egoísta para sus propios objetivos personales.
Felipe aquel diácono que
fue separado para cumplir este ministerio, se transformó también en
evangelista. El evangelio predicado por
este diácono tenía los dos elementos para que la manifestación divina pueda
actuar. Como persona, Felipe ponía todo su corazón en la predicación de Jesús y
dicho sincero trabajo, era acompañado por el poder del Espíritu Santo. Fue en Samaria que la predicación de Felipe
trajo como resultado que muchos aceptaran a Jesús como el Señor y Salvador y
fueran bautizados (Hch 8:12). El trabajo evangelístico de Felipe causó gran
conmoción en la ciudad que llamó la atención de un hombre llamado Simón, que es
descrito como un hombre que “ejercía la magia… y que había engañado a la gente…
haciéndose pasar por un grande” (Hch 8:9).
Le llamó la atención primero los comentarios de las personas y luego fue
testigo de cómo las personas eran persuadidas, bautizadas y se realizaban
muchos milagros por mano de Felipe, entonces Simón también creyó y no solo eso,
también se bautizó y se convirtió en un seguidor de Felipe (v. 13).
Hasta aquí podríamos
decir que la misma obra realizada en todos los nuevos creyentes, era realizada
también en Simón. Sin embargo, él estaba buscando engrandecer su propio nombre,
cuestión que es totalmente contraria al principio de los seguidores de Cristo,
porque el foco nunca puede estar en los individuos, sino que en el Señor.
El trabajo misionero en
Samaria requirió la llegada de Pedro y Juan, quienes “oraron por ellos para que
recibiesen el Espíritu Santo… entonces les imponían las manos, y recibían el
Espíritu Santo… cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles
se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo: dadme también a mí
este poder” (Hch 8:15-19). Para los
apóstoles la actitud de Simón pareció una aberración y le declararon de manera
concreta que dicha acción no estaba en los planes de Dios (v.21).
Esta historia es una
clara representación de lo que no se debe hacer con respecto al poder, porque
el poder prometido y conferido, en ningún caso es para beneficio personal, sino
para que como individuos nos gocemos por como el poder divino utiliza a quien
se lo permite. La visión de Simón al respecto
no puede ser la nuestra.
La misión se cumple con
dúnamis, así lo señaló Jesús, este poder como ya se ha señalado no es producto
de la experiencia o de la influencia, y aunque la experiencia y la influencia
son importantes y atesoran una trayectoria que es respetada, el trabajo a
realizar sólo fue logrado con el poder divino que los capacitaba y hacía los
milagros con el fin de fortalecer la fe de los nuevos creyentes en Jesús como
su Salvador y Señor.
Elena White, describe
como “gloriosos los resultados que acompañaron al ministerio de los apóstoles”,
señala que ellos no cumplían su misión por su propio poder sino con el del Dios
viviente, que al cumplir dicha labor debieron enfrentar muchos desafíos de todo
tipo y que su voluntad estaba resuelta a una entrega por la misión
encomendada. Ella dice que “con el poder
de la Omnipotencia, Dios obraba por intermedio de ellos para hacer triunfar el
evangelio”[2].
Esta es una de las
distinciones que podemos hacer de la comunidad eclesiástica con otras comunidades. Es posible que, en muchas comunidades, el
altruismo sea un valor importante, sin embargo, cuando nos referimos a la
iglesia, no basta con el altruismo, la verdad es que la misión evangélica se
debe considerar como sobrenatural, porque si usamos el pensamiento paulino de
lucha espiritual (Ef 6:12), entendemos que dicha lucha se desarrolla en la
mente de cada persona. Es allí, donde la
voluntad de todo individuo debe tomar la decisión de entregarse por completo a
Cristo. En este conflicto, los agentes
humanos son importantes, pero no determinantes, ya que quien es el que toca
directamente la mente o el corazón es el Espíritu Santo, porque él es quien
convence de pecado (Jn 16:8). A esto se
refería Jesús con el ‘poder’ de lo alto, señalando al pentecostés y el descenso
del Espíritu Santo para capacitar a la iglesia y así ésta pueda cumplir la
misión.
En el contexto de la
comisión de los setenta, el Señor también establece una estrategia a seguir, de
la misma manera Jesús enfatiza que dicha estrategia sería acompañada con el
elemento sobrenatural. Cuando los discípulos regresaron de la misión encomendada,
el Señor luego de haber oído los testimonios que incluso los demonios se les sujetaban,
de manera gozosa les dice que les otorga “potestad de hollar serpientes y
escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo” (Lc 10:19).
Jesús confirió a sus
discípulos autoridad (ἐξουσία), que también es necesaria en el desarrollo y
avance en el cumplimiento de la misión. Esta autoridad (exousia), también es
traducida como poder, sin embargo, tiene una diferenciación con dúnamis que
hace a ambos términos entregar un significado complementario en cuanto a la
promesa del Señor sobre el Espíritu Santo.
Ambas expresiones no son innatas en el ser humano, ambas provienen de
Dios, en este caso de Jesús. Mientras que dúnamis significa potestad,
dinamismo, capacidad, exousia significa autoridad[3].
La acción de la autoridad
es propia de Dios como fuente de toda potestad y legalidad (Lc 12:5; Hch1:7; Ro
9:21). La voluntad de Dios abarca también el dominio incluso sobre Satanás (Ap
13: 5-7, Lc 22:53)[4];
el mal queda bajo la soberanía de Dios, es decir, Satanás no puede actuar sin
que Dios se lo permita; un caso de esto lo encontramos en la historia de
Job.
En la persona de Cristo
la autoridad denota el derecho y la potestad de actuar dado por Dios, es una
potestad cósmica, pero con referencia humana. Él perdona los pecados y expulsa
demonios (Mc 3:15), también enseña con autoridad (Mt 7:28).
En el caso de la Iglesia,
su autoridad proviene de Cristo, fue el Señor quien confirió autoridad a los
discípulos (2Co 10:8) por ello esta delegación incluye responsabilidad personal[5].
Cristo entregó poder,
autoridad a los apóstoles para hacer milagros, Él podía hacerlo porque tenía
“vida en sí mismo” (Jn 5:26), y “el Espíritu sin medida” (Jn 3:34), e incluyó a
lo más “débil y lo necio de este mundo” (1Co1:27)[6], en
este desafío de salvación. Los apóstoles predicaron, sanaron y
expulsaron demonios como consecuencia de esta delegación, pero también a causa
de su relación y comunión con Jesús, porque esta autoridad parte de Jesús y
ellos son enviados por Él.[7]
Poder sin dumanis y
exousia
A esta altura es
necesario que podamos asumir y de buena manera que es necesario que algunos
sean quienes lideren y estén por sobre los demás. Acá hay un principio de orden
que la iglesia necesita mantener con el fin de alcanzar la misión encomendada
por el Señor. Ya señalamos en el
capítulo anterior sobre liderazgo que, en el contexto de la iglesia, algunos
cumplen esta necesaria función. Pablo a
los Tesalonicenses les recuerda lo importante de esta cuestión, en un ruego les
recuerda que reconozcan a quienes les presiden en el Señor (1Tes 5:12); debemos
entender que este privilegio también es un regalo de parte de Dios, es también
la exousia, la autoridad conferida por el Espíritu Santo para dirigir, para
liderar, y para conducir a la iglesia.
El mismo apóstol señala a
los romanos sobre este don, ya que quien preside debe hacerlo con solicitud (Ro
12:8), un don que como todos los dones, debe ser llevado con la dignidad del llamado, con humildad y
mansedumbre (Ef 4:1,2), en tanto Pedro agrega que los dones deben ser
“ministrados conforme al poder que Dios da” (1Pe 4:10,11), es decir con toda la
fuerza, el poder y vigor que Dios le da.
Antes de iniciar esta sección,
debemos dejar en claro que la asignación de autoridad y estructura eclesiástica
es necesaria y si se aplica adecuadamente es una tremenda bendición. El problema está en la naturaleza humana, que
es débil, y si en el liderazgo se requiere integridad, en el liderazgo
eclesiástico se requiere además dependencia total del Espíritu Santo y un
abandono de los intereses personales. Esta última cuestión es lo que en
ocasiones puede debilitar que este don cumpla adecuadamente su bendición en la
iglesia.
Es un hecho que en manos humanas el poder se corrompe, y para ello no hay
mucho que hacer. La Biblia advierte
sobre ello, sobre quienes usan el poder, que “en las manos humanas se corrompe
fácilmente. Algunos lo usan para oprimir a otros (Ecl. 4:1; 8:9; Miq. 2:1, 2;
Stg. 5:1 sigs.). Los dones que Dios dio para crear riqueza y belleza y para
traer orden y armonía al mundo, se usan para explotar y humillar a otros. En el
reino espiritual “el poder del Espíritu Santo” (Rom. 15:13) se ha interpretado
equivocadamente como una fuerza impersonal y se ha usado para manipular a la
gente en formas que niegan su integridad y su dignidad (cf. Hech. 8:18–23).[8]
El mal uso del poder se puede identificar por lo menos en dos áreas, la
primera es la relacionada con la estructura social, que generalmente son piramidales. La otra área se relaciona con el tipo de
influencia que se ejerce en el liderazgo, dicha influencia se transforma en un
poder importante, pasando desde el instante en que, por ejemplo, un ministro da
un consejo a alguna persona, hasta cuando está por sobre otros, sean estos
pocos o muchos. Es en este mismo ámbito
que ha sido aprovechado por muchos ministros para abusos de tipo emocional e
incluso sexual.
Permítame que podamos reflexionar sobre el caso de David, el gran rey,
aquel que antecede en la genealogía de nuestro Salvador. A los dos pecados ya conocidos por todos
cuando adulteró y luego mandó matar al esposo de Betsabé, podemos agregar abuso
de poder y sexual, la Biblia dice que una vez que David la vio, y que era
hermosa, mandó llamarla y la tomó a Betsabé (2Sam 11:4).
La primera acción de David fue acoso sexual y para luego concretar su
acción; que si fue grata o no para Betsabé, no lo sabemos, en el contexto que
se dieron las cosas, ella tenía muy pocas alternativas para negarse para el
rey; en nuestros días dicha acción se la conoce como acoso y abuso sexual. Por otro lado, David utiliza su influencia y
poder para anular a Urias, y finalmente asesinarlo.
El rey utilizó toda su influencia y poder, para que Urías durmiera con
Betsabé, y de esa manera el hijo que había sido concebido por el rey sería el
hijo de Urías y todo estaría bien, para el rey (v.5,8-13) sin embargo la
fidelidad de Urías era tan grande que la estrategia no funcionó.
Ante esta situación, el rey envió a Joab una carta por mano de Urías, en la
que literalmente estaba su condena de muerte (v. 14-16). Urías obedeció lealmente, no tenía otra
opción tampoco. Ya todos conocemos como concluye esta historia de abuso de
poder. Dios se encargó luego de
restaurar al rey, como lo hace con todos nosotros, sin embargo, cargó con esta
pesada historia por muchos años. Por otro lado, Joab, el cómplice del rey,
tampoco tenía muchas opciones para no ejecutar la orden que había recibido, sin
embargo, siempre hay una alternativa, desconocemos lo que habría sucedido con
él si hubiera sido íntegro.
El libro “Peligros del poder”, de Richard Exley considera esta temática en
el contexto ministerial. Aborda de manera amplia el caso del tele-evangelista
Jimmy Swaggart, sobre su caída en pecado que se hizo pública y su posterior
restauración. El texto aborda los dos tópicos de poder que se ve enfrentado un
ministro. Sea este de tipo sexual, o de tipo abuso de poder sobre la
iglesia.
Exley hablando del poder señala que en sí mismo no es malo, pero es
peligroso, y el poder más peligroso de todos es aquel que se disfraza con el
ropaje de religión. Continúa tomando las palabras de Richard Foster que el
poder puede ser una fuerza muy destructiva en todo contexto, pero al servicio
de la religión es simplemente diabólico[9]. El abuso de poder es otra manera más de
corrupción, cuestión que Pablo alertó al joven Timoteo para su ministerio (1Ti
6:5).
La cuestión radica en el fin último, es decir, que es lo que observamos
como objetivo final, si este objetivo está lleno de ambición y egoísmo,
entonces con seguridad estaremos ante un posible abuso de poder. El señor advirtió de los falsos profetas,
considerándolos como lobos rapaces, porque Jesús dice, “no todo el que me dice:
Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad
de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor,
¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echaos fuera demonios y en tu nombre
hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: nunca os conocí; apartaos de
mí, obradores de maldad” (Mt 7:15-17, 21-23).
Los falsos profetas causan la impresión de ser reales y honestos, como
ovejas, pero en realidad son lobos rapaces.
La manera de identificarlos es por su carácter, el resultado de su vida,
y no los de su ministerio. Por el
contrario, señala Exley, “el sistema del mundo mide el éxito por el resultado
final. El carácter de una persona tiene poca relación con la posición que ocupa
en la comunidad, mientras peque en forma privada y continúe produciendo
aceptablemente”[10].
Si la estrategia de Cristo para la evangelización es la testificación y el
discípulado, entonces vale la pena reflexionar en este tan trascendente punto
como lo es el poder. Sin el poder la estrategia no es capaz de cumplirse, es
necesario ser buenos y humildes administradores en la causa del Señor, es
necesario asumirlo de esta manera, porque sólo así el poder sobrenatural
prometido y conferido será visible en el liderazgo eclesiástico en todo nivel.
En resumen, el poder como tal no puede ser malo, en el contexto de un
liderazgo eclesiástico se hace necesario y vital. Fue Jesús quien entregó poder
dinámico que los capacitaría para la evangelización, también confirió poder de
autoridad para liderar, para realizar milagros como un elemento también en pro
de la predicación.
Sin embargo, y asumiendo nuestra condición caída, se hace muy necesario que
el poder sea ejercido sin vicios de corrupción y de cualquier tipo de abuso; no
es ese el poder que nos permitirá conducir a la iglesia al encuentro con Jesús
en su segunda venida. Cualquier indicio
de ambición de poder va a conducir a cometer pecado contra el Señor. Así como David posiblemente disminuyó en
algún momento su culpa, hasta que fue confrontado con el profeta, los David
modernos posiblemente en el silencio de la soledad en algún instante puedan
llegar a pensar que cualquier abuso de poder quedará en ese silencio, sin
embargo sabemos que eso no es verdad, porque es Dios quien guía y conduce la
iglesia, y si esperamos ver que la iglesia avance, entonces necesitamos liderar
de manera íntegra y permitir que sólo sea el poder dunamis y de exusia que
lidere la iglesia.
De esta manera esperamos buenas noticias en la evangelización, porque nos
esperan grandes momentos de triunfo en el futuro cercano, así lo declara Elena
White cuando el poder del Espíritu Santo se manifieste, como fue en
Pentecostés. Ella describe en una de sus visiones, “a centenares y miles de
personas visitando las familias y explicándoles la Palabra de Dios. Los
corazones eran convencidos por el poder del Espíritu Santo, y se manifestaba un
espíritu de sincera conversión”[11].
Pr. Aarón A. Menares Pavez ©
Doctor en Teología
[1]
Gerhard Kittel, Diccionario Teológico (Grand Rapids, Mi: Desafío, 2002), 190.
[2]
Elena White, Los Hechos de los Apóstoles (Buenos Aires: Asociación Casa
Editora, 1997), 490
[3]
Comentario Bíblico Adventista, 5: 762.
[4]
Kitell, 238.
[5]
Kitell, ibid..
[6] Matthew
Henry, Comentario Bíblico de Mattew Henry (Barcelona: Clíe, 1999), 1218.
[7]
Zorzoli, Poe, Comentario Bíblico Hispano (El Paso, TX: Mundo Hispano, 2012),
15:57.
[8] Sinclair
Ferguson, Nuevo Diccionario de Teología (El Paso, Tx: Casa Bautista de
Publicaciones, 2005), 750.
[9]
Richard Exley, Peligros del poder (Silver Spring, Md: Asociación Ministerial de
la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, 1998) , 61
[10] Ibid,
105.
[11]
Elena White, El evangelismo, 507.

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