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sábado, 21 de marzo de 2020


Principio N°8. “La iglesia requiere de un liderazgo de servicio y no uno gerencial”



Los grupos humanos necesitan entre otras cosas códigos éticos, de servicio y reglamentaciones que son indispensables para el relacionamiento.  Estos códigos y reglamentaciones deben ser acatados, respetados, valorados y asimilados por todos; con el fin de poder así experimentar armonía.  Los grupos humanos también requieren de liderazgos con el propósito de establecer niveles de gestión y desarrollo que es indispensable para el crecimiento tanto personal como organizacional.

La iglesia como se ha visto es un grupo humano, porque son individuos que están unidos bajo el mandato y liderazgo inicial de Cristo con el fin de alcanzar a las personas el mensaje de salvación.  Dicho objetivo no puede ser realizado en comunidades de una persona, ya que el Señor estableció de manera estratégica la iglesia como una comunidad de muchos para dicha acción.

Los grupos humanos además de lo señalado en cuanto a los códigos y reglamentaciones necesitan de liderazgos de todo tipo con el fin de ordenar y coordinar el trabajo misionero.  En esto los dones espirituales son fundamentales – así lo veremos en el último capítulo-, porque un liderazgo que los considera definitivamente va a permitir que todos los miembros de la comunidad, en la diversidad de sus dones, que han sido otorgados para alguna función específica, tengan la posibilidad de disfrutar un ministerio que será altamente enriquecedor para él y para la iglesia.

Debemos señalar que el liderazgo es un concepto necesario para todo grupo humano, por lo que, desde los gobiernos, empresas y todo tipo de organización las requiere.  El liderazgo en tanto no está libre de la corrupción que impera en muchas áreas de la sociedad, por lo que posiblemente la ética sea en muchos casos distante a la que Jesús espera para su iglesia, por lo que es altamente necesario e indispensable que busquemos a conciencia en el área que nos toca un liderazgo que honre al Señor y que esté al servicio de la misión de la iglesia.

¿Qué es liderazgo?
El liderazgo es influencia que se ejerce en otras personas con el fin que trabajen en pro de un objetivo trazado.  Maxwell reconoce que existen muchas definiciones para liderazgo, pero para él es simplemente influencia, Hitler, Jim Jones, Winston Churchill, Martin Luther King, Jhon F. Kennedy, y Jesús fueron líderes, sin embargo, sus valores y capacidades directivas fueron distintas, pero cada uno tuvo seguidores,[1] como también resultados diversos.

La influencia en otros es casi una cuestión de tipo normal, fuimos creados para relacionarnos e influir en otros.  McManus lo señala categóricamente y dice que los seres humanos han sido creados con la capacidad de influir y ser influenciados, y si somos influenciados por Dios, entonces estaremos capacitados para influir en otros en el sentido adecuado y correcto[2]. 

Somos influenciados por lo que admiramos y contemplamos, White habla de una ley natural que afecta lo intelectual y lo espiritual “según la cual modificamos nuestro ser mediante la contemplación. La inteligencia se adapta gradualmente a los asuntos en que se ocupa. Se asimila lo que se acostumbra a amar y a reverenciar”[3]. 

Entonces debemos asumir que es una cualidad que nos ha entregado el Señor con el propósito que nuestro relacionamiento sea creciente y armónico.  Si bien es cierto que White se refiere a la contemplación que debemos buscar en la persona de Jesús para que podamos ser transformados, ella hace la distinción de esta contemplación como una ley natural, por lo tanto nos es muy útil al hablar de influir en otros por medio de la mutua contemplación y admiración.

En una organización humana debemos asumir también que todos de una u otra manera influenciamos en otros, algo similar a lo que hemos señalado sobre el mutuo discipulado que permite que todos podamos crecer en el mismo objetivo de salvar almas del pecado, entonces esta influencia también acontece en la iglesia, y no solo eso, es necesaria e indispensable. El asunto en cuestión puede tener ribetes delicados, cuando la influencia se desmarca de lo altruista y se vuelve egocéntrica, buscando de manera única la búsqueda de objetivos personalistas, que no benefician al grupo humano en general, en nuestro caso a la iglesia. 

Cindy Tutsch, quien estudió en Elena White los conceptos de liderazgo, señala que, aunque en los tiempos de White, no había literatura sobre liderazgo, se pueden recopilar principios claros al respecto e incluso que son coincidentes con autores contemporáneos que han dedicado muchos años al estudio del liderazgo.

Según Tutsch, La influencia como tal en lo referente al liderazgo no aparece en sus escritos, sin embargo “ella parece redefinir las reglas, tanto de la administración como del liderazgo, al concederle la máxima relevancia al servicio y al altruismo”. En sus recomendaciones a los dirigentes de la iglesia, White pone el énfasis en que además de dirigir y conducir, sean capaces de inspirar a otros y que sean elementos de crecimiento para el bien.

El foco central en lo relativo al liderazgo en White estaba en lo espiritual, es decir, el conocimiento de Dios fue el objetivo supremo para ella, si un individuo apreciaba en profundidad el amor de Dios demostrado en el Calvario, decidiría ser un fiel seguidor de Cristo, y este pensamiento era la base para todo el pensamiento de ella sobre liderazgo, sin Dios no puede haber un liderazgo real.  En el análisis que hace Tutsch, concluye que, a diferencia de los autores contemporáneos sobre liderazgo, que destacan las obras del Espíritu, White destaca al Espíritu Santo como el más elevado de los dones[4].

Existen diversas clasificaciones de liderazgo, estas clasificaciones han sido el resultado de la praxis en el tiempo y del estudio objetivo sobre el tema.  Con el tiempo el liderazgo ha mutado desde distintas perspectivas y visiones.  Desde el perfil del líder hasta la estrategia en el liderazgo. 

Desde que la tierra existe podemos observar el desarrollo del liderazgo, tanto en culturas paganas como la israelita se evidencia la conducción hacia un objetivo.  Egipto, por ejemplo, debió construir las pirámides y conducir el gobierno como también a sus ejércitos, lo mismo se puede decir de imperios como el Babilónico, el Medo Persa o Romano.  Israel, en tanto se vio beneficiado por liderazgos fuertes, como el de Jacob, José, Moisés y Josué.  Todos ellos avanzaron bajo una columna vertebral literalmente originada en Dios, pero que se llevó a cabo por medio de personas que lideraron a este grupo humano como lo es Israel.

En el pasado el liderazgo de tipo transaccional era el que predominaba, otorgando premios y castigos con el fin de lograr que las personas hicieran algo o bien alcanzar los objetivos trazados.  El liderazgo transaccional, aunque ya no es el que predomina, se puede ver en distintas esferas donde la transacción sigue siendo el eje.  Un ejemplo de ello se puede observar en comunidades donde la cultura narco es liderada por traficantes de droga.  Los jerarcas de dicha ‘organización’ compran con favores acciones y lealtades de las personas. 

Este patrón usado por la mafia es peligroso, ya que la lealtad se centra en los favores, estableciendo patrones de integridad y valores propios, que por supuesto no son los valores ni la integridad que es la que determina lo bueno y malo en la sociedad en general.  Es posible que otras organizaciones también consigan una cierta movilidad a partir de algunos ‘favores’ que le permitan mantener cierto status quo.

Por medio de la prensa nos podemos dar cuenta de cuestiones de tipo fraudulentas en congregaciones religiosas por el mal uso de diezmos y de enriquecimiento del pastor u obispo. Al escuchar la defensa del pastor, señala que la gente lo quiere y defiende porque él los ayuda, sin embargo, hay otros que no lo defienden porque evidentemente no reciben su ayuda. 

He visto un par de series americanas que describen a partir de la mirada hollywoodense como algunos políticos se cuidan las espaldas, se hacen favores y se cobran favores. Es decir, yo te ayudo, pero tú me ayudas, haciendo un intercambio de favores. 

Recuerdo con mucho cariño cuando iniciaba mi ministerio, me atreví a decirle al pastor guía una aberración en este sentido.  Mi intención no era mala, yo quería quedar bien con mi jefe y mentor.  Entonces en una de aquellas reuniones que siempre teníamos, le dije: pastor, yo estoy haciendo mi mejor esfuerzo, -era muy cierto-, él me observó y me señaló que estaba de acuerdo con eso, pero que había que seguir la ruta paso a paso.  Entonces yo pensé que era mi oportunidad para quedar muy bien con él; a fin de cuentas, era mi jefe y él debía hacer un informe de mi persona en mi calidad de alumno en práctica.  Le dije: pastor, en el trabajo que realizaremos en el distrito quede tranquilo, porque yo cuidaré de sus espaldas.  Hoy me río de mí mismo, -mi jefe quedó en silencio, sonrió y me miró-.  Yo pensé que lo había hecho muy bien y que a cambio recibiría una respuesta de su parte diciendo, ah, ¡qué bueno!, entonces quédese tranquilo, porque yo también le cuidaré sus espaldas.  Sin embargo, cuando comenzó a hablar, yo comencé a enterrarme en mi silla.  Me dijo, -gracias-, pero no es necesario porque Jesús cuida de mis espaldas.

Nunca más hablamos del tema, ese año concluyó muy bien y yo aprobé mi práctica, tengo los mejores recuerdos de ese pastor, un gran siervo de Dios.  Él me enseñó que lo transaccional no es necesario en el ministerio porque los ministros dependemos literalmente de Jesús. 

En el presente se está hablando de liderazgo transformacional, donde el líder inculca pasión por la misión y visión de la empresa.  Este liderazgo a diferencia del mecanicista, ve la oportunidad que sus dirigidos sean capaces de aprender y desarrollarse en el área que le hace feliz y como consecuencia el resultado podrá ser más grato.

Este liderazgo es carismático cercano y también de servicio, cualidades que son altamente buscadas en estos días cuando las personas quieren ver en sus líderes a individuos que conozcan de manera cercana la realidad de los demás.  Que sean capaces de empatizar y comprender las distintas personalidades de sus dirigidos y que sean capaces de conducir más que señalar el camino hasta que sus dirigidos sean capaces de hacerlo solos. 

Este tipo de liderazgo es muy cercano a los principios que podemos encontrar en la Biblia sobre liderazgo, porque, así como el evangelio transforma a las personas, y también un discípulo hace lo mismo, un líder está llamado a acompañar y desafiar a otros en un proceso transformador hacia una meta u objetivo. 

Por supuesto que en un liderazgo relacionado con la iglesia los objetivos no son los mismos que en una empresa o de tipo político, ya que la meta es distinta.  Blackaby distingue estos dos tipos de liderazgos, él señala que, aunque hay similitudes, la diferencia se encuentra en los objetivos finales.  Mientras el liderazgo secular se motiva por sus propios objetivos, o los de la junta de su empresa, jefes o cualquier ente superior; pero los resultados están condicionados por las respuestas sociales y de mercado. 

El liderazgo espiritual en tanto se ocupa de conducir a las personas hacia el lugar que Dios tiene para ellos.  Los líderes creistianos enfrentan dos desafíos, el primero es descubrir cuál es el temario de Dios, si comprende lo que Él espera y desea. Para ello es necesario una comunión de mucha intimidad con Dios, sólo así estará en condiciones para influir en otros, que es el segundo desafío[5].
Tutsch resume a White y describe lo que el líder espiritual requiere, 1) Se recibe autoridad del Espíritu Santo, 2) Recibe del Espíritu la voluntad de trabajar en equipo, 3) Escucha la voz de Dios mediante el Espíritu, 4) Cree que la sencillez es un prerrequisito para recibir la bendición del Espíritu, 5) Asume que el llamamiento lleva el sello del Espíritu, 6) Es llamado por el Espíritu sin importar su género[6].

Entonces definitivamente hablamos de liderazgo espiritual como concepto.  Dicho liderazgo en ninguna manera desestima las cualidades que se reconocen en un líder, y que son compartidas tanto con el liderazgo secular como espiritual.  El gerenciamiento es altamente necesario en la iglesia, de hecho, lo podemos visualizar ampliamente en la iglesia apostólica, porque de lo contrario no habría podido tener el éxito que nos alcanza hasta nuestro tiempo.

El gerenciamiento y la administración tanto de recursos como de personas es indispensable en todo grupo humano.  Ninguna iglesia estaría en condiciones de avanzar y crecer, sin una debida administración.

El apóstol Pablo menciona la administración eclesiástica como un don y valor importante, y que debe ser atendido respetado y cuidado.  “Os rogamos hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan” (1Te 5:12), lo mismo le dice a Timoteo, en cuanto a los obispos, o ancianos “que gobiernen bien” (1Ti 5:12). El énfasis del apóstol está en la iglesia y en este aspecto destaca lo administrativo y puntualmente hace un destaque en el líder de mayor trascendencia en la iglesia como lo era el obispo de la iglesia local. 

Como hemos señalado en capítulos anteriores, la iglesia apostólica sí tenía un organigrama y una ruta a seguir; eso es liderazgo. En este sentido podemos entender que dicho liderazgo, aunque visiblemente era de los apóstoles y otros como lo son los líderes locales, el mayor líder era el Espíritu Santo. 

En todo el relato del libro de los Hechos es evidente que los líderes humanos eran guiados y conducidos por el Espíritu Santo.  Los misiólogos reconocen en Hechos 16 un argumento fuerte sobre la Missio Dei (Misión de Dios).  El relato presenta a Pablo siendo guiado por visión hacia Macedonia (Hch 16: 6-10), entregando dos claras lecciones, primero que es el Espíritu Santo quien guía, lidera y conduce la misión y la iglesia y segundo que los líderes humanos deben ser no solo sensibles a la influencia divina, sino que deben ser dóciles y obedientes a su mandato.

Una cuestión que debemos asumir de manera concreta es que el liderazgo espiritual no solo debe basarse en cuestiones de tipo gerencial, aunque como hemos señalado ya, son altamente necesarias.  El líder espiritual cuenta con los talentos necesarios, pero es formado por Dios, no se vuelve líder porque ocupa un cargo o porque tiene un curso en el área; debe tener idoneidad adecuada para ser un líder espiritual[7].

El líder espiritual, busca complacer la voluntad de Dios y reúsa autoproclamarse como la pieza elemental de la iglesia, aunque ésta sea una tentación tan fuerte que incluso pueda hacer cambiar sus propios parámetros de honestidad e integridad, si su fortaleza no está en el Espíritu Santo. Los peligros en este sentido son grandes, ya que podríamos entrar en una suerte de abuso de poder sobre los dirigidos, cuestión que debería estar lejos de nuestros límites eclesiásticos. En el próximo capítulo veremos esta cuestión de manera más amplia.

Liderazgo y discipulado
Es indiscutible la relación que podemos encontrar entre los conceptos de discipulado y liderazgo, ambos tienen un común denominador como lo es la dirección divina en primer lugar, un crecimiento transformador -crecimiento que es permanente y no termina-, y un servicio a la misión que Cristo le encomendó a la iglesia.  Robert Clinton elaboró una escala de crecimiento en el líder, pasando desde la iniciativa divina del llamado, hasta la madurez del líder. En las primeras tres etapas, Dios está formando al líder, dicho proceso considera rasgos de carácter que serán adaptador y usados por Dios, estas características personales se relacionarán con los dones que el Señor les ha entregado, la formación es a partir de la mentoría y se puntualiza en alguna necesidad de la iglesia local.

Las primeras dos etapas, señala Clinton, es la experiencia de la conversión, en la fase 3, el líder recibe cierta capacitación, puede ésta ser formal de un seminario o puntualmente para el servicio de la iglesia local. En las últimas 3 (segunda etapa), el líder queda al servicio de Dios y la iglesia, asume su lugar y ministerio, en este caso hablamos de la iglesia local. Si en las primeras 3 etapas, Dios obra en el líder, en la segunda parte (las últimas tres) se observa un liderazgo maduro, un liderazgo que evidencia a Cristo en el individuo.

La fase 4 se hace notoria la manifestación de los dones espirituales con las características personales del líder, lo que potencia de manera evidente su radio de acción e influencia. La fase 5 se evidencia que el líder debe crecer y poner el énfasis no en él, sino en la iglesia y en permitir al Espíritu Santo que lo utilice para beneficio de la misión, ahora está en condiciones de liderar, porque ha conseguido credibilidad y autoridad, danto paso a la última etapa, la 6, cuya influencia es permanente, amplia, porque a través del tiempo, ha crecido, madurado y servido al Señor y su iglesia.

Podríamos señalar de manera responsable que el liderazgo es también discipulado, o que el discipulado es liderazgo, ya que en ambos casos se genera influencia, hay seguidores y resultados de tipo práctico.

Según lo visto por Clinton el líder crece a través del tiempo y llega a ser un influyente líder que integra tanto sus dones naturales y espirituales como su experiencia que evidencia su madurez espiritual y emocional, llegando a ser un aporte significativo, en este caso a la misión de la iglesia.
En este proceso, por supuesto que es imposible que dicho crecimiento sea sólo a causa de las virtudes personales o a causa de un buen manejo de personas.  Es verdad que acontece y posiblemente la madurez en un líder le permita disfrutar resultados sorprendentes, pero, hablamos del liderazgo en la iglesia, y como hemos señalado anteriormente, nuestro foco está centrado en la iglesia local, por lo que hablamos del líder de la iglesia local y el pastor de la iglesia local.  En este caso, las virtudes naturales, el manejo de personas y la madurez emocional, deben ir en dependencia del poder divino que brinda el Espíritu Santo, ya que como la misión de la iglesia no es natural, el liderazgo en la iglesia tampoco; en ambos casos se requiere el poder celestial, de lo contrario los resultados podrían ser funestos.

Al igual que el crecimiento cristiano, el discipulado y el liderazgo cristiano requiere del auxilio, guía, conducción y liderazgo total del Espíritu Santo.

En este mismo sentido Maxwell habla de 5 niveles de liderazgo. El primero es de posición, es decir, las personas lo siguen porque tienen que hacerlo, el segundo nivel es de permiso, ya que las personas lo siguen porque quieren hacerlo, el tercero de producción, las personas lo siguen por lo que el líder ha hecho por la organización, el cuarto es desarrollo de personas, las personas lo siguen por lo que el líder ha hecho por ellas, y el quinto es el pináculo, las personas lo siguen por quien es como líder y lo que representa[8].

En este sentido Maxwell también describe un liderazgo creciente hacia la madurez, dicha madurez es coincidente con la madurez espiritual que entrega un tipo de certificación especial al liderazgo. Un liderazgo integral que destaca la dependencia del Espíritu Santo y la administración templada de las virtudes sean estas naturales o que se han fortalecido por la experiencia.

A esta altura, quisiera compartir una pregunta ¿será que quienes nos ven como líder, tengan el anhelo de liderar como lo hacemos? Nos parece que reflexionar en esto nos hace bien.  Los discípulos anhelaban parecerse en alguna medida a su líder Jesús.  A través de la vida hemos conocido a personas a quienes admiramos y tomamos prestado algunas ideas, maneras, modos y estrategias cuando lideramos.  Definitivamente estamos agradecidos de ellos, pero ¿Quiénes estarán agradecidos de nosotros?  El peligro es quedar en los dos primeros niveles que describe Maxwell, donde las personas nos siguen porque deben hacerlo, porque está en el cronograma, o porque sencillamente, no tienen otra alternativa. 

El máximo de un líder es que sea seguido porque su vida de integridad es altamente notoria, haciéndole creíble, por lo que seguirlo resulta natural y llega a ser un privilegio que ese líder nos invite a trabajar con él.

¿Cómo liderar en la iglesia?
Antes de iniciar esta sección quisiéramos justificar el liderazgo en la iglesia, ¿es necesario? ¿podría la iglesia ser liderada sólo por el Espíritu Santo, sin el elemento humano?  La respuesta a la primera pregunta es definitivamente sí.  Es necesario por ser un grupo humano, donde todos tienen la posibilidad de reflexionar, pensar e idear, por lo que se requiere que todo ese caudal de fortaleza sea encausado adecuadamente para el beneficio de la iglesia y no para el de alguno o algunos. 

Sobre la segunda pregunta la respuesta es difícil responder, porque para Dios nada es imposible y en definitiva es Él quien dirige y lidera la iglesia, no obstante Dios se ha valido de los humanos para compartir dicho liderazgo, de hombres y mujeres que son llamados por Él para cumplir esta tarea, por ello la respuesta a nuestra segunda pregunta es no.

Dios podría haber iniciado la evangelización con ángeles, sin embargo, su plan de misión incluyó a individuos como lo fueron los apóstoles.  Dicho plan fue de tal envergadura que la iglesia creció a tal nivel que se requirió al igual como lo hizo Moisés liderar a partir de otras personas.

Así lo podemos observar en la elección de los primeros diáconos.  “Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo” (Hch 6:3), o en el nombramiento de ancianos locales (Hch 14:23).  La diversidad en el liderazgo es buena, y en la iglesia es más que necesaria; la iglesia local requiere de manera urgente que más personas con las mismas características requeridas en Hechos 6, puedan acompañar en el liderazgo.  Por ello es verdad que la iglesia es liderada por el Espíritu Santo, sin embargo, es Él mismo quien espera que el liderazgo sea realizado por personas que le permitan ser usadas y sean una bendición para la misión que Cristo estableció para la iglesia. 

Tanto Pablo como Pedro
El apóstol Pablo y Pedro, dedican tiempo en sus escritos para describir cualidades, virtudes y acciones de los líderes locales. Dicha recomendación puntualmente está señalada para el liderazgo de mayor trascendencia en una iglesia como lo es el de los obispos, o ancianos, o pastores.  Ambos apóstoles coinciden en por lo menos tres áreas en las que dicho liderazgo debe ser considerado. Uno de ellos es el personal, el otro se relaciona con la iglesia en sí y el tercero con la opinión de otros que no son parte de la iglesia sobre el líder.  Cada uno de estos ámbitos forman parte de la identidad que el liderazgo debe tener en la iglesia.

Entre las recomendaciones que el apóstol Pablo le entrega a Timoteo podemos encontrar que el líder debe ser irreprensible o íntegro, dicha integridad  se evidencia en su familia, su trato con su mujer e hijos y en el estilo de vida que lleva, por otro lado en relación directa con la iglesia, debe ser una persona que sabe enseñar y no solo ello, también es conocedor tanto de la doctrina bíblica, sino también de todo lo referente al conocimiento necesario en su esfera de influencia (1Timoteo 3: 1-7). Algo similar encontramos en las recomendaciones que el apóstol le entrega a Tito, con el fin de un buen liderazgo en la iglesia (Tito 2:1-7).

Como podemos observar, el mensaje del apóstol está centrado también en la madurez del líder, era la preocupación tanto para Timoteo como para Tito.  Pablo como hombre de mucha cultura y que además en su adultez, tuvo su encuentro con Cristo camino a Damasco entendía perfectamente que el cristiano debe buscar la madurez espiritual y en este caso puntual hablamos de un liderazgo maduro e integral, donde no solo va a primar lo congnitivo, sino lo testimonial, es decir el producto final que es un liderazgo empoderado tanto con el conocimiento formal y también con toda la experiencia adquirida.

En tanto Pedro también nos regala algunas gemas en relación con el liderazgo. En este caso puntual nos gustaría destacar el aspecto pastoral del apóstol. Pedro habla de ‘apacentar’, cuidar, no imponiendo el liderazgo, “no teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1Pedro 5:1-3).  En este sentido al igual que Pablo, Pedro habla como un líder consolidado, un hombre cuya experiencia sabe de caídas y de momentos fuertes.  El apóstol Pedro también está señalando un liderazgo maduro, cuyo mayor soporte es su comunión con Jesús.

Entonces podemos concluir que, así como el crecimiento espiritual es una realidad cuando de manera intencional el creyente busca honesta y sinceramente al Señor, también podemos relacionar dicho crecimiento con el crecimiento discipular y como un símil el liderazgo. Es la voluntad de Dios que dicho crecimiento sea una realidad, porque de esta manera, tanto el líder como los liderados se benefician y propician un sano crecimiento integral en la iglesia.

La iglesia requiere con urgencia de un liderazgo espiritual, con características de servicio, el gerenciamiento es útil, en la medida de su sometimiento al liderazgo inicial del Espíritu Santo como el mayor de los dones.  Los líderes eclesiásticos son responsables de una búsqueda permanente hacia la madurez espiritual, para que de esta manera su liderazgo no solo destaque por sus virtudes naturales, sino como un todo integral al servicio de la misión de la iglesia.

Pr. Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología


[1]Desarrolle el líder que está en usted (Nashville, TN: Caribe, 1996), 6.
[2]Erwin Raphael McManus, Atrape su momento divino (Miami: Unilit, 2004), 104, 105.
[3] Elena White, El Conflicto de los siglos (Buenos Aires: ACES, 2012), 611.
[4] Cindy Tutsch, El líder y el liderazgo (Florida: Apia, 2009), 26-29.
[5] Henry Blackaby, Llamado a ser un líder de Dios (Nashville, TN: Caribe, 2004), 181.
[6] Tutsch, 51-53.
[7] Oswald Sanders, Liderazgo espiritual (Grand Rapids: Portavoz, 1994), 17, 18.
[8] Jhon Maxwell, 5 Niveles  de liderazgo (Center Street, New York, 1976), 11.

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