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viernes, 18 de octubre de 2019


Principio N°5. “Los miembros de la iglesia experimentan un sano y saludable crecimiento espiritual que incluye su comunión y comprensión adecuada de la enseñanza de Cristo”

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He oído a muchas personas decir que la doctrina no es necesaria cuando hablamos de ser seguidores de Cristo.  Otros señalan que seguir a Cristo, tampoco requiere de religión, asignando un estigma social e histórico a la religión y la doctrina.  Es verdad, Jesús se opuso al tipo de religión y doctrina de su tiempo, sin embargo, dicha religión y doctrina se distanciaba diametralmente a los parámetros establecidos por el mismo Dios en las Sagradas Escrituras.  Es posible que la religión y la doctrina hoy sufra el mismo estigma a causa de interpretaciones particulares y también por el negativo testimonio de algunos líderes religiosos.

No obstante ello, cuando pensamos en la iglesia, debemos asumir que incluye la doctrina; porque la iglesia es compuesta por discípulos que tienen que desarrollarse hacia la madurez espiritual, en este proceso la enseñanza y la doctrina juegan un rol muy importante.
 
Esta realidad se hace muy visible en la iglesia apostólica.  Podemos visualizar a los apóstoles, preocupados de la enseñanza, la edificación, el fortalecimiento en la fe, de la mano con el crecimiento en número que aumentaba día a día.

El crecimiento en la iglesia apostólica, incluía también el crecimiento de cada creyente en su relación con Cristo.  Dicho crecimiento está relacionado con la salvación. Ya hemos señalado que, en el discipulado, se incluye la transformación y renovación espiritual, haciendo una relación entre la justificación y la santificación.  Entonces los discípulos también crecen y fortalecen su vida a partir de la enseñanza o la doctrina bíblica. 

El crecimiento espiritual tiene la lógica del crecimiento físico; es decir, nacemos crecemos y maduramos.  Lo mismo acontece con los discípulos, nacen para Cristo, crecen y deben madurar.  Si entendemos que un niño que no crece, tiene problemas de salud, lo mismo acontece con un seguidor de Cristo que deja de crecer y sólo queda con las primeras impresiones del Maestro. 

En el capítulo anterior, nuestro principio N°4, trató sobre la comunión entre los hermanos y como esta koinonía establecía los nexos necesarios para el crecimiento tan explosivo de la iglesia.  Sin embargo, la sección que brevemente analizamos de Hechos 2, inicia con un imperativo en el crecimiento, este imperativo es tan importante que aparece como el que inicia cualquier crecimiento.  El texto señala que los creyentes “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2: 42), cada una de estas acciones se hacían de manera continua, es decir, era un estilo de vida de la koinonía.  Sobre la comunión y las oraciones, ya lo tratamos anteriormente, sin embargo, nos parece importante dedicar un tiempo para hablar de la primera parte como es el hecho que “perseveraban en la doctrina de los apóstoles” como un elemento fundamental en el proceso de maduración de todo discípulo.

Esto nos hace entender que primero, los apóstoles sí se ocupaban sobre este tema de la confirmación doctrinal de los nuevos discípulos, y segundo que en la vida cristiana es esencial el crecimiento espiritual hacia la madurez.  Los creyentes, ‘perseveraban’, como una acción continua en la doctrina, en el partimiento del pan y en las oraciones, continuamente eran koinonía.  Si lo relacionamos con la comisión evangélica, también visualizamos que Jesús indicó las acciones para cumplir con la misión que nos encomendó, entonces también de manera continua, vamos, enseñamos, bautizamos y hacemos discípulos (Mt 28: 19).  En la comisión evangélica Jesús va a destacar el hecho de ‘enseñar’ que guarden o sigan u obedezcan las cosas que fueron enseñadas por él (v. 20), es decir la enseñanza de Cristo como doctrina se hace fundamental en el proceso de crecimiento hacia la madurez espiritual.

Podemos observar que para los apóstoles era muy importante desempeñarse como conductores de las iglesias y sus creyentes -todos nuevos- hacia la confirmación en la fe y la madurez espiritual. Esta fue la razón por la que, “convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: no es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas” (Hch 6:2).  Este no es un argumento para no hacer nada o no atender a las personas. Queda más que claro que dedicaron su vida al servicio de los demás, siguiendo el ejemplo de Cristo; la preocupación se relacionaba con una mejor atención, por lo que había que diversificarla, entonces nombraron a siete diáconos (v.3) con el fin de cumplir las tareas necesarias y que ellos no podían hacer, para no desviar su atención en lo que para ellos era fundamental como la oración y “el ministerio de la palabra” (v. 4).

El ministerio de Pablo también se avocaba a esta importante tarea, sus visitas a distintas iglesias tenían la finalidad de fortalecerles en el Señor, pero también aclarar puntos doctrinales que irían dando una identidad al cristianismo.  Sobre el trabajo pastoral de Pablo de confirmación en la fe se dice que “las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo” (Hch 9:31). Que las iglesias o los creyentes fueran ‘edificados’, tiene un sentido de construcción sobre un fundamento, dicho fundamento que es Cristo, se establecía en un cuerpo de creencias y doctrinas que eran necesarias para que las iglesias crecieran y fueran lideradas por el Espíritu Santo.

Una vez que Pablo reclutó a Timoteo, que es descrito como un discípulo de quien había buen testimonio (Hch 16:2), pasaban por las distintas ciudades, donde había iglesias, congregaciones a las que “les entregaban las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén, para que las guardasen. Así las iglesias eran confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día” (v. 4,5).

En este proceso no podemos dejar de lado a la comunidad, la koinonía, donde sus miembros aprenden a pastorear y discipular mutuamente.  El apóstol Pablo al escribir la carta a los Romanos establece esta relación.  La carta está dividida en dos partes, la primera tiene que ver con un tema doctrinal, necesario para su tiempo y clave para nuestros días (Ro 1-11). Comprender el concepto de la salvación es fundamental para optar a la salvación. La segunda parte considera a la iglesia en lo práctico. Comprender el concepto de la salvación es fundamental para optar a la salvación, esto es comprender la doctrina; la enseñanza de Jesús y los apóstoles como una cuestión vital para el fortalecimiento de todo lo práctico, como se observa en la segunda parte de la carta.

Pablo dice “hermanos, os ruego por las misericordias de Dios” (Ro 12:1), la pregunta es ¿Cuáles son las misericordias de Dios?, el apóstol ha tratado en la primera parte de la carta sobre la enseñanza, la doctrina, la salvación, la santificación, ¿cómo es que el hombre es salvo?, ¿cómo es que la gracia de Cristo es real en la vida de cada creyente?  Las misericordias de Dios son los actos divinos en pro de la salvación del hombre, son las profecías que anunciaron al redentor, es la protección que Israel tuvo a través de la historia por Dios, su liberación sobrenatural de Egipto, su paso por el mar rojo, el maná, toda estas son las misericordias de Dios. En resumen, toda la enseñanza de la salvación, el que Dios se hubiera humanado y dado su vida de manera sustitutiva por el hombre.  Esto es enseñanza, doctrina; para que el pecador pueda ser salvo debe entender que está perdido y recurrir al salvador, que las oraciones son respondidas cuando el creyente sabe comunicarse con Dios, todo esto es enseñanza.  Por ello las misericordias de Dios son elementales para la iglesia apostólica, decimos también que lo son para la iglesia contemporánea.

Es necesario antes de iniciar el camino hacia la madurez, decir que es responsabilidad pastoral primeramente y luego de los líderes locales, el confirmar en la enseñanza bíblica a ellos mismos y luego a los nuevos creyentes.  Ningún crecimiento espiritual ni numérico será guiado por el Espíritu Santo, sin un fundamento bíblico, así fue la experiencia de la iglesia apostólica.

Si bien es cierto que la espiritualidad no es medible de manera empírica, los resultados de tipo práctico en la vida de los discípulos se hacen evidentes, porque al asociarse con otros discípulos que mantienen una comunión estrecha con Jesús, serán motivados e inspirados a pasar tiempo con el Señor, quien en una relación de tipo comunión y gracias a la acción sobrenatural del Espíritu Santo realizará cambios de todo tipo en la experiencia de los nuevos discípulos. 

El camino hacia la madurez espiritual es ascendente desde el nacimiento, pasando por las etapas naturales del crecimiento.  Ogden, en su libro “Discipulado que transforma” propone dos modelos en este trayecto, el primero lo denomina modelo de Jesús, y el segundo el modelo de Pablo.

El modelo de Jesús se inicia a partir de una etapa de prediscipulado, donde Jesús es quien invita, mientras que los que serán invitados también están buscando, quieren saber si Jesús es o no el mesías. La siguiente etapa, la primera, los discípulos observan insitu, el ejemplo vivo del maestro, observan e imitan, luego están listos para observar a Jesús y la naturaleza de su ministerio y misión. En la segunda etapa el maestro es provocador, los discípulos aprenden y preguntan, están listos para interactuar con Jesús y se identifican públicamente con él. La tercera etapa el maestro es alentador y los discípulos salen a ministrar, están listos para probar la autoridad de Jesús por medio de ellos. La cuarta etapa Jesús delega y los discípulos ahora son apóstoles y están dispuestos a asumir la responsabilidad de hacer discípulos[1].

El modelo de Pablo en tanto, se inicia con la etapa infantil donde existe la necesidad de ejemplo y dirección y el discípulo imita al modelo a seguir -en este caso es Pablo-, la segunda etapa la denomina primaria, donde la necesidad es de amor incondicional y protección, el discípulo se identifica y el modelo a seguir es un héroe.  La tercera etapa es de adolescencia, allí la necesidad es de libertad creciente y formación de la identidad, el discípulo es exhortado y el modelo es un capacitador. La cuarta y última etapa es de adulto, el discípulo es edificado, pero también edifica recíprocamente y el modelo ahora es un igual[2].

Nuestra propuesta consta de cuatro etapas, la primera es el nuevo nacimiento, al que ya nos hemos referido, la segunda etapa es la de niños, la tercera la hemos denominado crecimiento continuo y la última es la madurez.  En todas las etapas, nos parece necesario e indispensable que la koinonía sea el centro de toda operación.  Hemphill pone el énfasis en el aspecto y la figura de la familia, por lo que el discipulado mutuo es indispensable para el desarrollo espiritual en la koinonía de los nuevos discípulos[3]

Etapa del nuevo nacimiento
Los niños llegan al mundo como un resultado de un milagro, el nacimiento viene precedido por la gestación y la formación intrauterina.  El proceso de unas 40 semanas en promedio consiste en la madurez del embrión para la vida natural.  Dicha madurez se puede observar en que sus órganos están en condiciones para poder respirar y vivir.  Al nacer todo bebé necesita irremediablemente del auxilio de sus padres, ya que no está en condiciones de vivir por sí mismo.  Es decir, un bebé que recién nació necesita de la madre para alimentarse, necesita de un lugar adecuado para dormir, de una temperatura propicia, de ropa y otros cuidados indispensables.  Un bebé que nace y no tiene estos cuidados, lamentablemente está condenado a morir. 

Esta paradoja también es una realidad con el nuevo nacimiento de los nuevos creyentes.  Jesús le dijo a Nicodemo que debía nacer de nuevo si quería ser parte del reino de Dios (Jn 3:5).  El nuevo nacimiento tiene que ver con un cambio de vida, literalmente se acuerdo a Pablo es un milagro sobrenatural, al igual que el nacimiento a la vida física que es un verdadero milagro, “de modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2Co 7:17).  Los creyentes de la iglesia apostólica estaban conociendo al Señor y se realizaba el milagro del nuevo nacimiento, tal cual como acontece en la vida de los nuevos creyentes.  Los recién nacidos para el reino de los cielos entonces no pueden ser abandonados, porque requieren cuidado parental para su crecimiento.

Es una tremenda responsabilidad que tiene la koinonía con los nuevos creyentes o discípulos, ya que han nacido por el Espíritu a una nueva vida.  Por la fe estos nuevos discípulos, han dejado una vida de acciones contrarias a la vida espiritual y posiblemente muchas de ellas serán abandonadas en el camino hacia la madurez espiritual.  Lo importante en este sentido es a no dejarlos solos y conducirlos en un tipo de relación maestro aprendiz que incluirá compromisos en cuanto a tiempo y dedicación personalizada que serán esenciales para que el nuevo discípulo no solo se integre a la koinonía, sino que en un tiempo cercano también pueda fortalecer y conducir a otros hacia la madurez espiritual.

Con una delicadeza que podemos comparar a la que los padres tienen por sus hijos que recién han nacido, los discípulos que participan y viven en la koinonía deben atender con dedicación a los recién nacidos.

En resumen, de esta primera etapa podemos decir que el nuevo discípulo responde al cuidado parental que recibe su maestro, y que juntos participan activamente de la koinonía. El maestro en tanto provee de la atención parental requerida en la etapa de un recién nacido.

Etapa de niños
La crianza de los hijos incluye del apoyo de los padres, hasta que ellos aprendan a desarrollarse solos, o hacia la madurez; lo mismo debe acontecer en el contexto de la iglesia.  La iglesia apostólica, no olvidemos que crecía en gran manera y no dejaban de apoyarse mutuamente. 

La segunda etapa la hemos denominado niños, por las características naturales que poseen los niños. Los niños son inocentes, son crédulos, no cuestionan las indicaciones de sus padres, en cuanto a sus maestros de escuela, llegan a ser casi una ley infranqueable lo dicho por ellos.  Estas características también acontecen en los nuevos discípulos, por ello es que es indispensable que en el contexto de la koinonía los ‘niños’ espirituales no permanezcan solos, ya que por su inocencia es posible que sean presa fácil de cualquier viento de doctrina adulterada.

Regresando a Romanos, luego que el apóstol señala la importancia de la doctrina y la enseñanza, continúa con recomendaciones hacia la comunidad eclesiástica.  Pablo inicia con una serie de recomendaciones de tipo práctica que nos parecen importantes “No os conforméis a este siglo” “transformaos”, que nadie “tenga más alto concepto de sí que el que debe tener” y una orientación a servir a partir de los dones espirituales entre otras recomendaciones de tipo práctica que fortalecen la koinonía (Ro 12:2-8).

Los nuevos discípulos deben aprender a crecer y ser fortalecidos, primero por la enseñanza de la doctrina de los apóstoles y las directrices que Jesús dejó y también es necesario que los nuevos discípulos en su etapa de niños, sean acompañados en un proceso de discipulado.  No podemos tener koinonía, sin la enseñanza y sin un crecimiento.  El camino hacia la madurez se relaciona con dos cuestiones que interactúan en el proceso. El primero es de tipo relacional con Cristo, y el segundo es de tipo cognitivo con la asimilación de la doctrina.  Algunos pueden asimilar sólo lo doctrinario; sin embargo, su crecimiento carecerá del poder divino que en este proceso es fundamental, porque no existe crecimiento espiritual, sin la fuente original de poder como lo es el Espíritu Santo.  

En nuestro recorrido vamos a observar primero las etapas del crecimiento y en una segunda parte veremos cómo actúan las decisiones humanas influenciados por el Espíritu Santo.

Para los apóstoles, que ya señalamos su preocupación incluía que los creyentes fueran confirmados en la fe, es decir, que las enseñanzas de Cristo fueran asimiladas y llegaran a ser un sello distintivo en la vida de cada uno. Los apóstoles manifestaron tal vez su preocupación, porque posiblemente muchos habían quedado en la etapa primera, del nuevo nacimiento.  Otros probablemente habían avanzado y llegado al nivel de niño y aprendiz, quedando en dicha etapa para siempre. Esto conlleva una preocupación sobre los creyentes, ya que se conforman con ser parte de la iglesia, sin optar a ningún tipo de compromiso con la misión. 

Ya señalamos que Hemphill pone el acento en el aspecto de familia en el desarrollo hacia la madurez, y en este mismo sentido destaca el hecho en poner atención a un crecimiento primero, no forzado y segundo que respete al igual que el crecimiento en los niños su edad[4].  El sustento del crecimiento se fundamenta en la adecuada nutrición de los primeros años de vida, ya que, así como los infantes son totalmente dependientes, los cristianos infantes “son igualmente dependientes y necesitan atención constante y cuidadosa”[5], donde también  debe considerarse la inspiración y motivación que el maestro entrega al nuevo discípulo y que traerá como resultado en una imitación de vida o lo que hemos señalado anteriormente como la reproducción.  En este sentido el ejemplo y testimonio del maestro es vital para que el nuevo creyente adquiera un compromiso de vida con Cristo.

La etapa de niños requiere urgentemente que el nuevo creyente logre un conocimiento sobre el Hijo de Dios, ya que esto traerá como resultado una intimidad profunda con Cristo y su palabra. El objetivo es alcanzar una madurez en el tiempo de manera permanente[6]. Es a lo que Pablo lo ocupó con dedicación. Para el apóstol este proceso de crecimiento no solo incluye la relación discípulo maestro, sino que de manera intencionada señala que este proceso de inducción y apoyo a los nuevos discípulos debe realizarse en función y de acuerdo a los dones que cada creyente ha recibido por el Espíritu Santo.  El fin del apóstol es “perfeccionar a los santos… para la edificación” (Ef 4:12), con el fin “que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto” (v.13). Con el propósito que exista un crecimiento espiritual y pasar desde la niñez hacia la madurez, “para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error” (Ef 4:14).

El apóstol espera que un crecimiento que incluye el apoyo de la relación discípulo maestro, conduciendo el crecimiento desde niño hacia la madurez debe tener el ingrediente de los dones espirituales.  Esta asociación tiene la finalidad de dar vigor al creyente o discípulo con el fin de fortalecerlo cuando vengan dificultades de tipo doctrinal[7].  Ogden destaca en esta asociación entre maestro discípulo y los dones espirituales como indispensables para el fortalecimiento de los nuevos creyentes, a lo que describe como un desarrollo de un liderazgo que sea capaz de aportar a la koinonía[8].

En resumen, de esta etapa podemos señalar que el discípulo aprende por imitación y es conducido a descubrir su don, en cuanto al maestro, está dispuesto a ser un modelo para el discípulo y fortalece el liderazgo del nuevo discípulo ayudándole a descubrir su don.

Etapa de crecimiento continuo
El camino hacia la madurez a nuestro juicio debe incluir una etapa de crecimiento continuo.  El paso desde la niñez a la madurez no es automático y tampoco sólo es físico, también es emocional.  La etapa de la juventud no siempre es de madurez plena, porque está en proceso hacia la madurez integral.  Hay algunos que llegan a la adultez, no obstante, lo físico no es congruente con lo emocional, por lo que no podríamos decir que son maduros como personas.  Algo similar acontece con el creyente, el paso de la niñez a la madurez en algunos casos puede tardar más que en otros.  El problema se centra en que algunos pasan toda una vida en la koinonía siendo niños o adultos inmaduros espirituales, cuestión que les impide alcanzar la plenitud de la bendición que Dios espera y desea para ellos. 

Una etapa de crecimiento continuo es necesaria en todo el proceso, y decimos proceso, porque el crecimiento espiritual es un proceso de toda la vida.  No obstante, el peligro que corremos es a conformarnos y quedarnos en un estado estático, lo que impediría la madurez espiritual.

La etapa de niños al igual que el crecimiento físico, debe conducir a los creyentes a la madurez, ya que el peligro que vislumbraron los apóstoles era quedarse en una constante niñez espiritual y no permitir crecer constantemente hacia la madurez.  Existen advertencias como la registrada en la carta a los Hebreos. “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño” (He 5:12-13).

La preocupación es a no enredarse o conformarse con los primeros pasos de la niñez, el creyente debe crecer en armonía con la voluntad de Dios; el alimento sólido es apropiado para hombres maduros, quienes por la práctica constante tienen sus facultades ejercitadas para discernir el bien y el mal[9].

F.F. Bruce comentando este texto dice que en la iglesia apostólica, la influencia de la moral griega, era un estorbo para asimilar lo importante de la doctrina, entonces dice Bruce, aquí hay reprensión al respecto, ya que “han sido cristianos durante tanto tiempo, que deberían ser capaces de enseñar a otros; pero como están las cosas, ustedes mismos necesitan ser enseñados”[10], la inmadurez espiritual, producto de la falta de estudio serio, los había llevado incluso a considerar teorías que no tenían sustento bíblico[11].  Esta misma cuestión acontece en las congregaciones contemporáneas, ya que al ser débil su aproximación con la doctrina, son presa fácil de especuladores y son arrastrados según el vaivén de la embarcación social los conduzca, anteponiendo cualquier elemento por sobre la Palabra de Dios. 

Entonces en esta etapa, se requiere continuar creciendo en la aproximación con el texto bíblico, con la doctrina, tal cual iniciamos nuestro principio N°5, la doctrina de los apóstoles y la enseñanza de Cristo es fundamental para todo crecimiento espiritual, por ello es que Pedro pone el énfasis en este aspecto, al instar en todo el proceso de crecimiento a una búsqueda incansable como “recién nacidos”, la leche espiritual para así poder crecer de manera permanente (1Pe 2:2).

El apóstol Pablo hablando sobre las limitaciones de los judíos que no aceptaban a Cristo como el redentor, exhorta a los Corintios a buscar, ya sin un velo que obstaculiza la mirada hacia Dios, como acontecía en el santuario terrenal (2Co 3:13); ahora la promesa había sido cumplida en Cristo, por lo que el crecimiento como resultado de una comunión directa con la fuente de poder como los el Salvador, es una realidad.

El velo ha sido quitado por el sacrificio de Cristo (v. 14), y aquellos que lo acepten y se conviertan, dicho velo se quitará (v.16).  Entonces, el crecimiento hacia la madurez espiritual es una consecuencia de la aceptación de Jesús como el salvador. “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2Co 3:17).

Aquí hay una alusión a la experiencia de Moisés cuando pasó 40 días en la presencia de Dios y bajó con las tablas de la ley. Su rostro resplandecía, entonces Moisés, debía poner un velo en su rostro cuando hablaba con los hombres, y solo se lo quitaba, cuando estaba en la presencia de Dios (Ex 34:32, 33).  Pablo señala que la gloria de los cristianos es como la de Moisés, es un reflejo de la gloria del Señor. Dicha gloria se manifiesta por medio del Espíritu Santo, es la experiencia de la salvación que conduce a los creyentes en el proceso de la salvación que incluye la justificación, la santificación y la glorificación final[12].

Entonces el creyente o discípulo, debe buscar intencionalmente una comunión tal que le permita crecer de manera permanente; esta es una condición indispensable camino hacia la madurez.  El problema que se puede generar es el conformismo espiritual, es creer que se está suficientemente bien, debido a que las acciones posiblemente no están en confusión con los parámetros cristianos, sin embargo, ello no significa un total crecimiento espiritual.

En resumen, de esta tercera etapa podemos señalar que el discípulo debe estar atento a la enseñanza siempre, también es necesario buscar a Dios de manera permanente. En su relación con el maestro, continúa un discipulado que ahora es mutuo de fortalecimiento. En cuanto al maestro, debe ser un conocedor de la doctrina, tiene que continuar conduciendo a sus discípulos y ser un ejemplo de comunión con Dios.


Etapa de la madurez
Es muy difícil hacer la separación entre la etapa anterior y esta, ya que es muy difícil determinar la madurez espiritual.  La espiritualidad es imposible medirla, no existe un estudio que determine si una persona es o no espiritual.  Lo que podemos vislumbrar son los resultados que el evangelio realiza en un individuo, y aunque ello puede ser tangible, no lo podemos medir. Por ejemplo, ¿Quién puede señalar el porcentaje de espiritualidad que tiene Ud., o yo?  Las percepciones pueden ser muy subjetivas, incluso el tema cultural también podría jugar a favor o en contra.  Por ejemplo, una persona convertida de oriente, tendrá una aproximación a la reverencia, distinta de uno de occidente en cuanto a sus acciones.  Lo mismo podríamos señalar en cuanto a las épocas, posiblemente una persona de hace dos siglos atrás, tendrá una aproximación en cuanto a lo cultural distinto en relación a la adoración.  La manera de orar en el contexto bíblico es con las manos alzadas, la manera de orar en nuestro tiempo generalmente es de rodillas, ojos cerrados y la cabeza escondida.  Sin embargo, no podríamos señalar cuál de las dos es más espiritual que la otra.

Podemos decir que el tipo de comunión que alcancemos a tener con Dios va a determinar el nivel espiritual del creyente.  Entonces en este sentido dependerá de cada uno permitir que el Espíritu Santo realice una obra de regeneración y restauración, pero ello continúa siendo singular.  La madurez espiritual otorga certeza de fe, en la medida que se aprende a confiar en Dios.  Así lo podemos visualizar en varios personajes bíblicos.  Por ejemplo, Daniel, aunque joven, lo descrito en la Biblia de su historia nos señala que espiritualmente era una persona madura.  Daniel, no se ufanaba de su espiritualidad con los demás, Daniel simplemente dependía de Dios, porque había sustentado su experiencia en la comunión con Dios, eso hacía de él un creyente espiritualmente íntegro y cuyo testimonio así lo manifestaba. 

Nos parece relevante la recomendación que Pablo le entrega al joven Timoteo en relación a su crecimiento espiritual. La Biblia es necesaria para muchas cosas de tipo práctico y de enseñanza, como hemos tratado en este capítulo, entonces el apóstol le dice a su joven discípulo que la Biblia es inspirada por Dios, es útil para enseñar, para conducir a una persona “a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2Ti 3:16, 17). Posiblemente Pablo nos está entregando la clave de la madurez espiritual. Una persona madura espiritualmente es aquella que está ‘enteramente preparada’, al igual que Daniel, para enfrentar los desafíos de la vida, manifestando de manera natural y no forzada; es decir hablamos de una experiencia de madurez espiritual.

El estudio de la Biblia lleva al creyente a una regeneración del ser. Para poder permanecer en dicho estado y llevar fruto, debemos buscar en ella una comunión personal e íntima con Dios (Jn 15: 5-7).  El hombre perfecto es aquel que por medio del estudio de la Escritura y de una comunión íntima con Dios, está bien equipado para todo trabajo al que sea llamado[13].

La parábola de la vid y los pámpanos es una invitación a la permanencia en Cristo.  A permanecer en Cristo se aprende, y dicho aprendizaje nunca acaba, porque se transforma en el sustento de la vida espiritual. 

En este crecimiento al permanecer, Jesús dice que el resultado será que habrá fruto y que en el proceso es necesario primero, aceptar la acción divina y la toma de decisiones que lo fortalecerán. 

La parábola pone el acento en el crecimiento espiritual a tal nivel de llegar a una permanencia en Jesús.  En este proceso, algunas ramas deben ser cortadas o enmendadas para que así los pámpanos puedan llevar frutos (Jn 15: 2).  Entonces algunas cuestiones, experiencias o hábitos posiblemente están impidiendo que nuestra vida espiritual pueda llegar a tener relevancia; por lo que habrá en algunos casos que abandonar y en otros enmendar, ya que, de lo contrario, según la parábola, no permitimos que la obra de regeneración se realice. 

Es probable que en este proceso experimentemos incomodidad, en el caso que una ‘rama’ sea limpiada y levantada o incluso dolor cuando la ‘rama’ sea quitada.  Esta acción del labrador, que según nos entrega la parábola es el Padre (v.1), cumple la finalidad que el creyente lleve fruto en una primera etapa, para luego llevar más fruto (v.2).  Es necesario tomar decisiones personales que puedan involucrar cuestiones que puedan estar muy arraigadas en nuestra vida, pero que a todas luces nos están impidiendo una cercanía con Dios y a la ves están impidiendo que como creyentes llevemos fruto.  Jesús quien se auto proclama como la Vid, señala que una vez iniciado este proceso de limpieza están las condiciones para que el creyente comience a permanecer en Él, y de esta manera el creyente no solo podrá llevar fruto en una primera etapa, o más fruto en una segunda, sino que ahora puede llevar mucho fruto (v.5).

En este mismo sentido la experiencia del creyente alcanza una intimidad con Cristo que le permite estar en armonía con la voluntad de Dios.  Jesús describe esta experiencia de permanencia en el, destacando el hecho que su voluntad está expresada en su Palabra, “pedid todo lo que queréis y os será hecho” (v. 7), el Señor ya fue claro que este proceso es el que conduce a la salvación y quien se resista a caminar con Dios, su destino en el juicio no es bueno (v. 6).

En resumen, de lo que hemos señalado en este capítulo, podemos señalar que, si los primeros creyentes en la iglesia apostólica cuantificaron como importante el estudio de las enseñanzas y doctrinas de Cristo y los apóstoles, nos pone como objetivo mirar con cuidado dichas enseñanzas que nos conducirán a una experiencia de comunión y permanencia en Cristo y que nos permitirá vivir en armonía con la voluntad de Dios.

En esta última etapa, tanto el maestro como el discípulo hacen de su comunión por medio del estudio de la enseñanza de la Biblia, la doctrina el fundamento de su vida y además experimentan y se gozan armónicamente en una alabanza a Dios ofreciendo sus dones espirituales que son utilizados de bendición ya sea para su propio crecimiento, para beneficio de la iglesia y para el establecimiento del reino de Dios hasta el encuentro en la segunda venida de Cristo.  Es posible que los dones de los discípulos conduzcan al nuevo discípulo a una labor de tal trascendencia que llegue a ser incluso más visible que el maestro, cumpliendo lo dicho por Cristo que los discípulos podrían llegar mayores obras (Jn 14: 12).

León Morris dice que este hecho es una realidad con la acción poderosa del Espíritu Santo, ya que Jesús los había comisionado antes de ascender al cielo. El libro de los Hechos es una clara evidencia de esto, un relato lleno de milagros y poderosas conversiones[14] que dieron no solo el inicio, sino el crecimiento de la iglesia cristiana que hasta este día continúa en el proceso de espera de la consumación de la historia.


Pr. Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología

[1] Gregory J. Ogden, Discipulado que transforma: El modelo de Jesús (Barcelona: Clie, 2006), 88
[2] Ibid, 108
[3] Hemphil, El modelo de Antioquía, 184
[4] Hamphill, Ibid, 186.
[5] Ibid, 188.
[6] Carro, Daniel, Comentario bíblico mundo hispano (El paso, tex: Mundo Hispano, 1993), 174.
[7] Walvoord, John F. and Zuck, Roy B, El conocimiento bíblico, un comentario expositivo: Nuevo Testamento (Puebla: Las Américas, 1996), 3:178}
[8] Ogden, Ibid, 51
[9] Matthew Henry, Comentario bíblico de Matthew Henry ( Terrasa: Clíe, 1999), 1799
[10] F. F. Bruce, La epístola a los Hebreos (Michigan: Desafío, 20002) , 108
[11] Ibid.
[12] John F. Walvoord, El conocimiento bíblico, un comentario expositivo: Nuevo Testamento, tomo 3: 1 Corintios-Filemón (Puebla: Ediciones Las Américas, 1996), 85

[13] Vidal Valencia, Comentario bíblico del continente nuevo: 1 Timoteo, 2 Timoteo, Tito (Miami, Fl: Unilit, 1996), 170.
[14] León Morris, El evangelio según Juan vol. 2 (Barcelona: Clíe, 2005) 269.

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