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viernes, 16 de agosto de 2019


Principio N°4.

“Los miembros de la iglesia experimentan alegría en la comunión los unos con los otros”



He tenido la bendición de ministrar distintos tipos de iglesias, todas muy buenas; porque no existen las malas iglesias, posiblemente existan iglesias con algún tipo de enfermedad que requieren atención para buscar soluciones al respecto.  De todas las iglesias, que ya señalé que disfruté ministrando cada una, recuerdo dos de ellas cuya característica y singularidad radicaba en la comunidad.

Una de estas iglesias parecía una verdadera familia, hacía muy grato ser pastor de dicha comunidad eclesial, ya que existía armonía entre los hermanos; no había divisiones egoístas. Los hijos eran como hijos de todos, ya que pudieron verlos crecer.  Recuerdo que esta característica hacía muy fuerte la evangelización, ya que los hermanos que no eran miembros o venían de otra latitud, se quedaran felices de continuar congregándose allí, porque el ambiente que se generaba era grato y familiar.

La otra iglesia, también poseía una característica de amor fraternal; permitía ser una plataforma de auxilio para quienes asistían por primera vez. No puedo olvidar que un grupo de hermanos que participaban en una clase de escuela sabática utilizaban una estrategia poco convencional para hacer la misión.  En una especie de investigación secreta, ellos averiguaban que hermano había llegado a la ciudad y que aún no asistían 

permanentemente a ninguna iglesia, lo invitaban a participar de algún culto, especialmente el del sábado, pero la invitación incluía un delicioso almuerzo; lo mismo acontecía con algún estudiante de la Biblia, o una persona que comenzaba a asistir a la iglesia, y que aún no pertenecía a la comunidad.  El almuerzo consistía en una rica lasaña, y una torta característica de la ciudad con todo el grupo.  Cada familia llevaba ensaladas, jugos y postres diversos para ese almuerzo misionero.  Como resultado, tanto las personas que pertenecían a la iglesia, pero que por alguna razón no estaban asistiendo, se quedaban allí y los estudiantes o interesados de la Biblia posteriormente se bautizaban, porque antes de su bautismo, ya pertenecían a la comunidad eclesiástica.

Podríamos mencionar muchas iglesias con características puntuales al respecto, sin embargo, el mejor ejemplo lo encontramos en el libro de los Hechos. Necesitamos pensar en la iglesia apostólica como el mejor ejemplo para las iglesias contemporáneas.  La experiencia apostólica, fue acompañada por un denominador común que por lo menos en nuestros días es distinto.  Ellos fueron discriminados y perseguidos por reunirse y adorar el nombre de Jesús, incluso a riesgo de sus propias vidas.  Sin embargo, en cierta medida hoy también los cristianos son discriminados y ‘perseguidos’ de alguna manera por seguir a Jesús, ya que nuestra sociedad cada vez se condiciona a ser altamente secularizada.
Se ha mencionado en capítulos anteriores que la iglesia como comunidad, está enfocada en cumplir con la misión que Cristo dejó, y que ésta se centra en la evangelización, en la salvación de las personas.  También hemos dicho que la comunidad eclesiástica debe vivir una buena experiencia en sus relaciones humanas; estableciendo esto como un deber y condicionante para que el Espíritu Santo se manifieste en medio de la iglesia.

Los primeros cristianos, que en su mayoría eran judíos convertidos a Cristo, habían aceptado a Jesús como el Salvador y siendo muchos de ellos testigos de su muerte, resurrección y ascensión al cielo, se gozaban en la proclamación de su mensaje. 

La comunidad eclesial llegó a tener ciertas características que deben ser un modelo para las comunidades eclesiales de nuestro tiempo.  Es verdad que se hace un tanto difícil por estar imbuidos en una sociedad que le cuesta relacionarse y que también le cuesta mucho el altruismo.

Pablo describe a la iglesia y sus miembros como un cuerpo armónico y que juntos cumpliendo cada uno sus respectivas funciones, dan como resultado la vida de la iglesia.  “De quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Ef 4: 16).  En este mismo sentido, quisiéramos abocarnos a tres prácticas de la iglesia apostólica como comunidad, que nos parece necesario que repliquemos en nuestros días. 

Existe coincidencia entre Wagner, Hemphill y Schwartz, sobre la importancia y relevancia que tiene el amor mutuo entre los hermanos.  Lo podemos observar en la experiencia que la primera iglesia tuvo y como esta característica le permitió alcanzar objetivos misionales, nunca vistos hasta ahora. 

Nuestro principio N°4, “Los miembros de la iglesia experimentan alegría en la comunión los unos con los otros”, intenta describir dicha experiencia y propone buscar replicarlo en nuestro tiempo.  Una experiencia de alegría y comunión entre los hermanos no solo será una plataforma adecuada para la misión, o para establecer cualquier plan de discipulado; también proveerá un ambiente sólido y restaurador entre las personas que participan activamente de dicha iglesia. 

En este capítulo veremos tres características de la iglesia apostólica, la comunión entre los hermanos, la oración de comunidad y de intercesión y cómo la misión se llevaba en la comunidad de la iglesia.

La comunidad entre los hermanos
El registro de Lucas en el libro de los Hechos contiene la historia de la primera iglesia.  Entre ellas sus luchas, conflictos, anhelos sufrimientos y esperanzas, que se resumían en el anhelo de ver nuevamente a Jesús.  En la sección de Hechos 3: 42 al 47, existen algunas características del grupo eclesiástico, entre ellas podemos observar, crecimiento en la doctrina, que veremos más adelante, milagros, comunión, koinonía, crecimiento de iglesia, solidaridad y altruismo. Finalmente, la participación en reuniones, la alabanza permanente a Dios y la misión, “porque se añadía cada día a la iglesia los que serían salvos” (v.47).

Estar unidos puede llegar a tener más de una interpretación.  En medio de la sociedad que vivimos, estar unidos es casi una virtud que cuesta lograr, ya que posiblemente se privilegian los asuntos personales más que los del grupo, por motivos egoístas o de lucha por el poder, incluso en la misma iglesia.  Esto se aplica a todo el quehacer eclesiástico, sea este en temas misionales, de funcionamiento o de responsabilidad como mayordomos o también en cuanto a temas financieros como las ofrendas y los diezmos.  Nuestra sociedad es egoísta, hedonista y a la carta; porque se busca lo que nos acomode personalmente, más que una búsqueda de la voluntad de Dios en cuanto a los propósitos misionales y en el que desea involucrarnos.

Entonces estar juntos no necesariamente será estar unidos, porque la tendencia es a estar en el grupo social, pero estar solos.  En este sentido la iglesia apostólica tiene mucho para entregarnos, ya que, según el registro bíblico, ellos permanecían unidos en comunión, eran koinonía, que en sí es más que un grupo social. La koinonía es un grupo indivisible, que mantiene su fortaleza porque los une un propósito más grande que cualquier motivo humano.

Las estadísticas señalan un aumento en suicidios y enfermedades de tipo emocionales como la depresión.  Esto en gran medida se puede deber al tipo de sociedad que se ha construido, una sociedad solitaria, de mucho trabajo, de exigencias sociales que obligan a la competencia insana.  Entonces, la comunidad o la koinonía de la iglesia trae en sí un componente totalmente distinto a lo que nuestra sociedad pregona.

Hechos señala que “todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas” (Hech 3:44). Ken Hemphill, en su libro “El modelo de Antioquía”, describe que el tipo de relación en la iglesia de Antioquía tenía una base tipo familia.  Una familia que se ha construido sobre una sólida base afectiva y de protección; permite que sus hijos se desarrollen adecuada y armoniosamente. Lo mismo acontece con la iglesia, si esta logra tener un relacionamiento altruista y de armonía entre sus miembros, es el mejor lugar para que las personas con problemas de soledad o cualquier tipo de situación que los aflija, encuentren un hogar que provea esperanza; ya que podrán los nuevos creyentes fortalecer su vida tanto espiritual como emocional.  Hemphill también hace una alusión a la expresión hermanos, asignando con ello un valor especial a la familia eclesiástica[1].

Los creyentes compartían incluso en la mesa, se sustentaban los unos a los otros; haciendo de esta práctica una verdadera expresión de amor entre los hermanos.  Hemphill, hace una importante aclaración, en cuanto el versículo 45, “y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno”.  No es que los creyentes quedaron sin propiedades de manera particular, sino que algunos de ellos aportaron con bienes para el sustento de los más necesitados.  Esto es lo más cercano a lo que hoy podrían ser las ofrendas que son distribuidas para las necesidades de la iglesia y también para atender a familias necesitadas.

El versículo 46, añade que perseveraban en el templo, es decir vivían y experimentaban la liturgia del templo y también perseveraban en sus casas, comían juntos con alegría y sencillez; haciendo de esto un estilo de vida que tal vez llenaba las horas que no estaban en sus actividades seculares.

Hasta aquí hemos observado un estilo de vida práctica que puede orientarnos para encontrar algunas acciones para realizar y cumplir en nuestras iglesias contemporáneas.  De las acciones de los versículos 42 y 43, nos avocaremos en el siguiente capítulo, que se relacionan con el crecimiento en el conocimiento de la Palabra y en el crecimiento en el relacionamiento para con Dios.

La base social para que la iglesia pueda crecer y permanecer viva en el tiempo está en sus miembros y en la cohesión que éstos tengan los unos con los otros.  La unidad de tipo koinonía, en ningún caso anulaba ni la individualidad de cada uno, ni sus dones espirituales. Anular estar dos virtudes, sería transformar la iglesia, en algo parecido a una secta, donde solo algunos serían los privilegiados de aportar y los demás estarían asignados para escuchar y obedecer.  El secreto del éxito en la iglesia apostólica radicaba en su dependencia del Espíritu Santo, en el aporte que cada uno entregaba con su don y por supuesto en permanecer unidos.  La unidad en este caso estaba bajo un supremo motivo que no es más que la promesa de Cristo de su regreso.  El perdón de los pecados, la nueva vida en Cristo y la esperanza en una resurrección y ascensión al cielo, hizo que los anhelos terrenales quedaran escondidos en las promesas del Salvador.

Existe abundante información neotestamentaria que describe a la iglesia como una comunidad unida y que sus miembros se apoyan mutuamente. El apoyo no solo es de comida, también es espiritual y emocional. 

Pablo señala “Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros” (1Tes 4:12), “por tanto, alentaos los unos a los otros” (1Tes 4:18), “Exhortaos los unos a los otros” (Heb 3:13), aún más, el apóstol insiste, “animaos unos a otros, y edificaos unos a otros” (1Tes 5:11). 
Si la familia eclesiástica aprende a cuidar de cada uno de sus miembros, entonces posiblemente estaremos en condiciones de ser testigos de milagros sorprendentes, tal como acontecía en la iglesia que naciera con la esperanza de Jesús resucitado.
En este capítulo nos hemos propuesto señalar tres cuestiones importantes para la iglesia de hoy que podemos visualizar en la iglesia de Antioquía, el primero ya ha sido presentado, el segundo es la oración mutua y por último el sentido de misión.

Oración mutua
¿Qué podemos decir de la oración en el contexto de la iglesia? Nuestra pregunta se transforma en elemental cuando intentamos llevar una vida de oración.  Entendemos que cada seguidor de Cristo ha aprendido a mantener una comunión personal con Dios por medio de la oración.  La oración es más importante y trascendental de lo que podemos imaginar.  La oración literalmente nos pone en contacto con Dios.  Los orientales tienen distintos y exigentes rituales para comunicarse con lo que para ellos es dios, y hacemos la distinción con dichas prácticas porque nuestro objetivo como cristianos es comunicarnos con el Dios verdadero, quien es un ser personal, que está en el cielo y no buscar una comunicación dentro de nosotros para conectarnos con un todo que es el dios panteísta de muchas religiones.

Pensar en la oración, sin reflexionar sobre quien es Dios también puede ser un error, ya que la disposición al orar quedará remitida a quien o a qué vamos a orar.  La Biblia señala que Dios es Excelso, grande, Todopoderoso, Omnisapiente, Omnipresente, creador del cielo y de la tierra, creador de nuestro hábitat, de nosotros, es quien sustenta nuestras vidas.  Por ello decimos con claridad que la oración es un regalo divino que nos pone a los humanos finitos y limitados por el tiempo y el pecado en contacto directo con Dios.

Al hablar de comunicarnos con Dios, no estamos apoyando experiencias sobrenaturales que son características de afectaciones emocionales y la pérdida de la realidad.  Tampoco estamos hablando de la experiencia que llegaron a tener los profetas, porque no lo somos, porque la revelación necesaria para la salvación, la obtenemos en la Biblia. 

El hecho que la oración sea la manera como nos comunicamos con Dios, hace de ella un elemento poderoso en toda experiencia cristiana.  Los seguidores de Cristo buscan tiempo de calidad para hablar con Dios sobre sus vidas, sobre como recibir ayuda sobrenatural para vencer acciones pecaminosas y que los separan de Él. 

Esto entonces en cuanto a la oración privada, sin embargo, el registro bíblico nos orienta a unirnos en oración por otras personas y con otras personas también.  Si la oración privada tiene poder, la oración de comunidad debe tener mucho poder también.  El apóstol Santiago señala a la oración como importante en la vida del creyente, primero en lo íntimo, luego en la koinonía, ¿“está alguno de vosotros afligido? Haga oración” (Stgo 5:13), si está enfermo, entonces debe llamar a los ancianos para que oren por él y lo unjan, y la oración de fe actuará (v. 15), luego añade … “confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros” (Stgo 5:16), estableciendo una práctica necesaria para la comunidad eclesial, puesto que orar por otros en unidad con los otros le permite a la koinonía experimentar y ver como Dios responde. 

La oración entre los hermanos, o bien la oración en la comunidad eclesiástica es una bendición que cuenta con la promesa de la presencia de Cristo y del Espíritu Santo. “Jesús dijo: “Porque donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18:20). La presencia de Cristo en la comunidad se da dónde están dos o tres congregados en su nombre, por lo que el orar con otros nos pone en contacto con la divinidad según su promesa. “La congregación cristiana es una forma de sociedad o de agregación humana muy especial, porque en ella se encuentra Cristo. El que autoriza, faculta y habilita una congregación cristiana es Dios a través de la presencia del Espíritu Santo en cada uno de los congregados”[2]

Si consideramos la oración como un regalo divino, una bondad de Dios para que nosotros a pesar de nuestra finitud y limitación, podamos comunicarnos con él, entonces en nuestras congregaciones debemos gastar más tiempo para orar los unos por los otros y orar juntos por motivos puntuales de la iglesia. Mathew Henry comentando el texto de Santiago señala que al creyente “la oración le pone en comunicación con nuestro Padre Celestial, en quien se halla la fuente de todos los bienes y, por tanto, de todos los remedios”.[3]

Siempre recuerdo mi iglesia cuando era niño.  La iglesia era unida, las reuniones permanecían con mucha asistencia, incluso en días de frio y lluvia.  Recuerdo que llegaron muchos jóvenes, en realidad eran unos seis años más que yo, que tenía unos 11 años. También asistían jóvenes universitarios, lo que le dio a la iglesia vida y todas las actividades mantenían la koinonía.

Al pasar el tiempo, tres jóvenes dejaron de asistir a la iglesia.  Entonces se organizó una vigilia de oración, para pedir a Dios que tocara el corazón de estos jóvenes y que regresaran.  No recuerdo los temas, incluso no recuerdo haber estado en las reuniones, sino que junto a otros niños estaba afuera.  En la entrada del templo estaba Marcos, un joven de la iglesia que miró hacia el sur, y allí venía Cecilia una de las chicas por las que la iglesia estaba orando, quien se reintegró a la comunidad, para no irse nunca más.  Yo quedé muy impactado porque ante mis ojos era testigo de la respuesta a las oraciones de la iglesia.  La historia de Marcos y Cecilia no concluyó allí, ya que hoy llevan cerca de 40 años casados.

La oración en la comunidad eclesiástica es real y necesaria, fortalece la fe tanto de los que oran y de aquellos por los que oramos.  Juntos somos testigos de grandes milagros que Dios realiza, así lo vivió la iglesia apostólica, así lo ha vivido la iglesia a través de toda la historia, incluyendo en los momentos más oscuros como han sido las terribles persecuciones que le ha tocado vivir. 

La historia de Pedro en la cárcel y la iglesia orando por él, es un claro ejemplo del poder que tiene la oración en medio de la koinonía de los hermanos.  Herodes había matado a Santiago y metió preso a Pedro, bien custodiado y pretendía liberarlo luego de la fiesta de la pascua. Sin embargo, Dios estaba dispuesto a manifestar su poder para fortalecer la fe de su iglesia.  “Así que Pedro estaba custodiado en la cárcel; pero la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él” (Hch 12:5).

Posiblemente hemos explorado muy poco este tema de la oración, pero, lo cierto es que hay poder sobrenatural cuando oramos por algún motivo especial como iglesia.  No puedo imaginar esa iglesia orando de manera somera, imagino a esa iglesia orando con el corazón afligido y apelando a la grandeza divina que es capaz de realizar el milagro, porque hacía “sin cesar oración” por Pedro, esta iglesia sabía que Dios tenía el poder de actuar y clamaban por ello. 

La oración tampoco es un talismán, ni un juego, la oración es comunión directa con Dios.  Elena White señala que la oración es como hablar con un amigo, donde se puede abrir el corazón de manera clara a Dios[4], también ella dice que la oración es la llave en la mano de la fe que abre el almacén del cielo, donde están atesorados recursos infinitos[5].  Aún más ella señala que “por medio de la oración sincera nos ponemos en comunicación con la mente del Infinito”[6], nos parece esta última declaración importante, de esta manera confirma el gran privilegio que tenemos al comunicarnos con Dios directamente por medio de la oración, así también la oración en medio de la comunidad apunta a lo mismo.  La iglesia en conjunto clama por un motivo especial y específico, ya que siendo la iglesia que integra dos componentes, como son el divino y el humano, se debe asumir que cualquier acción que los humanos congregados en la iglesia se propongan alcanzar, requiere del ingrediente divino para poder cumplir la misión establecida por Cristo.

El milagro de la liberación de Pedro (Hch 12:5-11) tiene características sorprendentes, sobrenaturales y poderosas.  Las trabas humanas representadas por las cadenas y las puertas cerradas no significaron nada para el poder de Dios.  En todo el proceso, Pedro nunca estuvo sólo, ya que vino un ángel del Señor para guiarlo, siendo esta una acción especial de parte de Dios para con sus hijos.  Dios lo liberó de las cadenas, no permitió que los soldados lo retuvieran, las puertas tampoco fueron un impedimento para que el apóstol fuera liberado.  De la misma manera Dios puede obrar en nuestras congregaciones, puesto que los componentes son los mismos; el humano y el divino, nuestro único y verdadero Dios.  De esta manera, no existen límites para que Dios pueda actuar a favor de la comunidad eclesial, porque es la voluntad de Dios bendecir y apoyar en todo lo que se refiere a la iglesia, aún más en el cumplimiento de la misión.

Mientras tanto la iglesia oraba por Pedro, por su protección, clamando insistentemente, pudo ser testigo de cómo Dios había respondido sus plegarias. El apóstol llegó a la casa de Marcos, ya que en su casa se reunía la iglesia, allí llamó y lo atendió una muchacha, Rode, quien se sorprendió que el apóstol estaba libre (v.14). 

Como podemos observar, la iglesia debe buscar intencionalmente una comunión mutua, en esta comunión, no solo está el partimiento del pan, o la preocupación por los demás, también está la oración en comunidad, el orar unos por otros, el orar por las necesidades misionales que tenga la iglesia, el orar por la conversión de las personas.  Al fin y al cabo, Dios sacó a Pedro de manera sorprendente, un milagro, y la conversión de las personas también es un milagro.  Orar en la comunidad de la iglesia permite que los creyentes puedan crecer y ser fortalecidos en su fe y ser testigos de los milagros; así como cuando yo era niño, y me quede sorprendido de ver regresar a la iglesia a Cecilia.

Misión
El último de estos tres elementos que vamos a considerar es lo referente a la misión.  Los miembros experimentan alegría en la comunión y esta comunión incluye el estar juntos, ayudarse mutuamente y también compartir, vivir y alegrarse en la misión.  Perdón si recuerdo mi iglesia de niño, pero, es imposible olvidar el trayecto que transcurría desde que se contactaba una persona para compartir un curso bíblico, hasta el momento solemne y emotivo de su bautismo.  Aquella persona desconocida, ahora pasaba a ser nuestro hermano, miembro de la familia de la iglesia. 

Hemos señalado anteriormente que no podemos concebir un evangelio estático, la iglesia es más que una organización; es un organismo vivo que mantiene de manera permanente una disposición positiva en cuanto a la evangelización y el crecimiento natural.

La iglesia apostólica se caracterizó por el crecimiento. En la sección que hemos estudiado, se describe que no solo los creyentes vivían la koinonía, la comunión de hermanos, no solo participaban en la oración, también recibían a nuevos conversos.  La expresión natural de la iglesia era la evangelización, y esta tenía fruto de gozo, porque “el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hch 2:47). 

Existen voces en nuestros días que irrumpen con críticas al crecimiento de iglesia, pero, podemos señalar con claridad que la iglesia nació para por lo menos dos cosas: evangelizar y crecer. Dicho crecimiento es el resultado de un trabajo armonioso, transformando el crecimiento en uno sano y que se corresponde con los esfuerzos realizados. 

Existe el crecimiento artificial, que sólo ayuda a fortalecer egos, por lo que dicho crecimiento antinatural no debería ser una práctica en nuestras congregaciones, por ser inútil en la conversión de las personas.

Cuando hablamos de evangelizar no podemos olvidar el sentido de salvación de las personas. Por que quienes aceptan el evangelio, son alcanzados con la salvación que Jesús ofrece a todas las personas. Por ello es por lo que no creemos en una iglesia como algo social solamente, sino que la iglesia es una agencia ganadora de almas, porque su función más importante es cumplir con la misión dejada por Cristo de anunciar las buenas nuevas de salvación.

Por otro lado, y muy ligado a la evangelización está el crecimiento de iglesia.  Una iglesia que no concibe el crecimiento tiene un problema espiritual y de identidad, ya que la razón de ser de la iglesia que es la evangelización trae como consecuencia el crecimiento.

Según lo descrito por Lucas, la koinonía también veía como se añadían muchos nuevos conversos a quienes también denominaron discípulos.  “Así que los que recibieron su palabra fueron bautizados y se añadieron aquel día como tres mil personas” (Hch 2:41), se reunían entonces “todos los que habían creído” (v. 44). Como vemos el número de los creyentes había pasado los miles, se la describe en crecimiento como “la multitud de los que habían creído” (Hch 4:32), la misma idea aparece más tarde cuando “los doce convocaron a la multitud de los discípulos” (Hch 6:32), para organizarse e iniciar el ministerio del diaconado (v.3).  Como podemos observar, la naciente iglesia se enfrentaba a un ‘problema’ pastoral, para así poder atender de una mejor manera a la iglesia que crecía y crecía.  “Y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén” (v 7). 

Creer que la función de la iglesia es sólo fortalecimiento espiritual interno, sin considerar la misión, es un error.  El resultado natural de la iglesia es la evangelización, y el resultado natural de la evangelización son nuevos creyentes, o nuevos discípulos como lo señala el libro de los Hechos. 

Tanto la evangelización como el crecimiento de la iglesia es una bendición como también un regalo de la acción del Espíritu Santo, ya que es quien comanda toda labor misional en la iglesia.  Por ello es por lo que la iglesia local (nos avocaremos en un capítulo futuro a tratar la importancia de la iglesia local) es la gran responsable para cumplir con el cometido que Cristo entregó. 

Pensar que la iglesia no debe gastar tiempo en evangelizar es un pecado, por desobedecer la indicación del Señor de ir y anunciar las buenas nuevas de salvación.  Las congregaciones que se reúsan en evangelizar son iglesias que se auto condenan a morir en el tiempo.  La vida de una iglesia radica, no solo en sus programas atractivos, o en la koinonía centrada en sus miembros, la vida de la iglesia radica en una koinonía que se apoya, que oran los unos por los otros y que también cumplen la misión encomendada por Cristo.

Como consecuencia natural de la iglesia apostólica, fue que la sociedad los identificó como los seguidores de Cristo, ya que según señala el relato, se reunían muchos en esta koinonía y “a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Hch 11:26). 

Pr. Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología




[1] Ken Hemphill, El modelo de Antioquía, características de una iglesia efectiva (El Paso TX: Casa Bautista de Publicaciones, 1996), 105.
[2] Juan Carlos Cevallos, Comentario bíblico Mundo Hispano (El paso, TX: Mundo Hispano, 2006), 23:294.
[3] Matthew Henry, Comentario bíblico de Matthew Henry (Clie: Barcelona, 1999),1838.
[4] Elena White, El Camino a Cristo (Santiago: Servicio Educacional Hogar y Salud, 1992), 92
[5] Ibid, 94
[6] Ibíd, 96.

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