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viernes, 7 de junio de 2019

Jesús les dijo: pasemos al otro lado



La tormenta en el mar de Galilea de Rembrandt 


Generalmente enfrentamos la vida con temor a muchas cuestiones que aquejan al hombre desde siempre.  Los temores pasan desde lo físico hasta cuestiones de tipo emocional e incluso espiritual.  El área espiritual también es foco permanente de temor, debido posiblemente por la falta de conocimiento del carácter de Dios.

Aprender a asociarnos con Jesús puede ser el gran factor que determine una vida que pueda enfrentarse con tranquilidad y confianza; no basada en cualidades o fortalezas humanas, sino en el poder sobrenatural que Jesús ha prometido para sus hijos. 

El episodio de los discípulos junto a Jesús en el mar de Galilea (Lucas 8: 22-25), nos ofrece algunos elementos que nos van a ayudar a mirar la invitación que el Maestro nos realiza a seguirlo y cumplir su voluntad, con la certeza y seguridad que esperamos seres humanos debilitados no solo por el pecado sino también por circunstancias adversas.

Observemos en tres etapas lo que aquí sucede y que nos pueda ayudar a mirar de manera ordenada para así poder replicar a nuestra experiencia personal.  Primero está la invitación por parte de Jesús y la obediencia por parte de los discípulos, luego la acción de ir a despertar al Señor en medio de la tormenta y por último su poder sobrenatural.

La invitación y obediencia.  Luego de una jornada cansadora y de mucha satisfacción cuando Ya había llegado la noche, Jesús invita a sus discípulos a navegar por el mar de Galilea, “Pasemos al otro lado del lago” (v.22). Es mas que destacable la reacción de los discípulos en aceptar, sin poner discusión a la invitación hecha por el Maestro, “y partieron” (v.22,up). Mateo lo describe con un detalle interesante, si lo miramos en el contexto del discipulado, “Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron” (Mt 8:23).  El discipulado no es independiente de la obediencia al Maestro, porque los discípulos, sin poner objeción u obstáculo accedieron a su invitación inmediatamente.

Me gustaría que consideremos un par de cuestiones sobre este punto.  Primero, el mar de Galilea tiene ciertas características especiales. Por ejemplo, suele ser calmo, sin embargo, se levantan tempestades fuertes, como la que describen los evangelistas.  “Pero mientras navegaban, él se durmió. Y se desencadenó una tempestad de viento en el lago” (Lucas 8:23).  Consideremos que entre los discípulos había pescadores que conocían perfectamente la manera como se comportaba el lago, este hecho resalta aún más el accionar de los discípulos, ya que estaban aprendiendo a confiar y depender de la indicación del Maestro por sobre sus propias experiencias y expectativas personales.  Esto puede ser de gran ayuda a la hora de considerar la invitación que hoy el Señor pueda hacernos a seguirlo, sin considerar el riesgo que ello pueda tener.

En ocasiones el seguimiento puede incluir experiencias poco afortunadas y no planificadas, como una tempestad en medio de una noche quieta y segura.  Las tempestades en la vida de un cristiano aparecen sin previo aviso.  Las tempestades vienen a seguidores y no seguidores de Jesús, sin embargo, la diferencia está en la confianza que depositamos en aquel que realiza la invitación.

El mar de Galilea perfectamente puede representar nuestras vidas, ya que, al avanzar con seguridad y tranquilidad, nos podemos ver enfrentados a situaciones que no estamos en condiciones de controlar, por ejemplo, como una tormenta, una gran tormenta como esta que aquí se describe.

Despertando al Señor. Es probable que los discípulos y Jesús no tenían contemplado para esa noche una tormenta como esta.  Este pensamiento es muy común en todos nosotros ya que no estamos preparados para enfrentarnos a lo desconocido.  Esto no tienen nada que ver con la improvisación o la no planificación; tiene que ver con aquello que no podemos controlar.

¿Cuántas situaciones incontroladas hemos vivido?  ¿Cómo las enfrentamos?  El mal no es atribuido a Dios, el mal es producto del pecado en que vivimos, y que lamentablemente no podemos evitar.  Pero, la buena noticia es que Dios, sí está al control de todo como es el caso de esta historia.

Los discípulos nuevamente reaccionan bien. Disculpe si ha escuchado sermones sobre la falta de fe de ellos en esta historia, pero cuando el ser humano se ve enfrentado a situaciones que lo sobrepasan, necesitan pedir ayuda y esa ayuda debe ser solicitada adecuadamente.  Un principio necesario para solicitar la ayuda es primero saber en que debo ser ayudado.  Los discípulos sabían muy bien el motivo de su desesperación, ya que la tormenta era tan fuerte que amenazaba no solo la estabilidad del barco, sino que las posibilidades de morir eran de un alto porcentaje.  El clamor de ellos es descrito por tres de los evangelios, “Señor, ¡sálvanos que perecemos!” (Lc 8: 24; Mt 8:25), “Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?” (Mc 4:38). 

Por esta razón es que los discípulos que entendían perfectamente por su oficio de pescadores (quienes eran), que la embarcación no sería capaz de enfrentar y salir airosa de dicha tormenta.  Por ello es que acuden al Señor.  El relato señala que el Maestro dormía (v.23).  puede ser un tanto frustrante acudir a la única solución que existe y que esté durmiendo. ¿Duerme el Señor mientras estamos en nuestras propias tormentas?  Pareciera que sí, eso pareciera.  Siempre me ha inquietado esta cuestión, ¿por qué el Señor pareciera que no escucha cuando la desesperación es más rauda?  Cuando Lazaro, el amigo de Jesús enfermó, el Señor estaba a unos 40 kilómetros de distancia, en nuestros días esa distancia la podemos recorrer en unos 30 minutos o un máximo de una hora, sin embargo, en los días de Jesús había que caminar.  Cuando Jesús fue avisado que Lázaro estaba muy enfermo, tampoco acudió inmediatamente a ver a su amigo, Jesús quedó allí por dos días más (Jn 11:6).  Cuando Jesús llega a ver a su amigo habían pasado cuatro días que estaba en el sepulcro (v.17).  La pregunta que viene a nuestra mente es ¿por qué?  ¿Por qué Jesús demoró seis días desde que supo que Lázaro estaba enfermo?  ¿Por qué permitió que muriera? 

Sin lugar a dudas no tenemos respuesta a todo, pero si sabemos que la historia de Lázaro concluyó muy bien, ya que Jesús lo resucitó de entre los muertos (v.43).

Los discípulos en la embarcación fueron a despertar al Maestro.  Este detalle es muy decidor sobre la correcta actitud que debemos tener cuando enfrentamos situaciones incontroladas.  Es en la oración insistente que podemos entregar toda debilidad e incapacidad en nuestras facultades.  Sin embargo, nunca podremos ser ayudados, sin saber de que debemos ser ayudados.  En este caso era obvio, estaban por morir.

Para los discípulos la solución estaba cerca de ellos, pero el Señor dormía, entonces había que despertarlo.  Al igual que con Lázaro, Él siempre llega, porque no se demora ni duerme. Él es Dios y por ello siempre está a nuestro lado, jamás estamos solos.  Pero podemos mantener la misma urgencia que mostraron los discípulos en acudir a Él con insistencia para ‘despertarlo’.

Poder sobre la naturaleza.  El relato dice que Jesús al despertar calmó la tempestad, “reprendió al viento y a las olas; y cesaron, y se hizo bonanza” (Lc. 11:24).  El poder de Dios es incalculable, no tiene límite, por ello la naturaleza le obedeció.  Los milagros no pueden ser explicados, porque son milagros.  Cualquier situación incontrolada puede ser controlada por el poder divino.  Nada está tan lejos que su mano no pueda alcanzar, ello incluye cualquiera de nuestros más oscuros temores, sean estos físicos emocionales o espirituales.

El Maestro los reprendió “¿Dónde está vuestra fe?”, y esa reprensión también es para nosotros hoy. Necesitamos fortalecer nuestra fe en Dios, necesitamos fortalecer nuestra comunión y dependencia en el poder divino que se ha ofrecido para los seguidores modernos como lo somos nosotros. 

Cualquier experiencia en medio del turbulento mar de la vida queda sometida al soberano poder del Maestro, del Señor, de Jesús.  Entonces vamos con certeza y seguridad a ‘despertar’ al Señor quien calmará el viento, las olas, la tempestad, y traerá bonanza con toda certeza.
                                                                  
Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología

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