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lunes, 1 de diciembre de 2025


Pecado el mal y sus consecuencias

El pecado original – (Jan Brueghel El Viejo)



Para muchos tal vez hablar del pecado y del mal pueda ser que no sea un tema relevante. A fin de cuenta el mundo se desarrolla en un contexto donde las personas tienen hábitos y costumbres buenas y malas. En este sentido estas acciones pueden ser explicadas bajo distintas ciencias humanas haciendo la distinción que muchas acciones que reconocemos como negativas o incluso nocivas son producto de un error en la configuración genética o bien un resultado directo de una formación que produjo un desequilibrio psiquiátrico o conductual.

Desde la teología se hace importante comprender el mal y su naturaleza porque presenta la figura de un Salvador que viene desde el cielo para rescatar a una humanidad que está literalmente quebrada o rota en su naturaleza; que está impedida para vivir en paz y armonía consigo mismo, con sus semejantes e incluso con la naturaleza y el medio ambiente. Una humanidad que permanentemente está en conflicto y en una inherente autodestrucción y que busca esperanza en un mañana distinto a la desesperanza natural que lo conflictúa y no le permite experimentar paz y descanso.

Además, desde la teología y su aplicación también es fundamental conocer y comprender la naturaleza del pecado, el mal y sus consecuencias porque de su comprensión será también la comprensión del tipo de salvación y la acción de Jesús como Salvador; quien vino desde el cielo para rescatarnos.  Como es ese rescate y la manera en que obra en los rescatados va a ser condicionado también si no comprendemos correctamente qué es el pecado, el mal y sus consecuencias.

En este artículo nos proponemos intentar exponer en el mismo orden de nuestro enunciado. En una primera parte esperamos definir lo que es el pecado en su naturaleza de total oposición a Dios como lo que la Biblia describe sobre el mal, la íntima y necesaria conexión entre el pecado y el mal que hace necesario que Dios haya establecido un plan de salvación que incluyó la vida de un ser divino quien debió humanizarse para así poder morir y abrir la posibilidad de una solución al problema del pecado; bajo esta acción se entiende que el pecado y el mal por naturaleza alejan a los individuos de Dios condenando a muerte a los pecadores. 

En segundo lugar, queremos identificar la conexión de las consecuencias del pecado y el mal ya sea en los individuos, en las personas, en la naturaleza y en la vida en sí, más allá de lo que pueda ser una determinada acción pecaminosa.

El pecado

Cuando iniciaba mi ministerio estudiaba la Biblia con una linda familia. Él era un trabajador destacado en su empresa con varios privilegios que había ganado con su esfuerzo y responsabilidad. Su esposa era matrona, una bella dama, distinguida y respetada en el hospital donde trabajaba, estaba muy bien evaluada también. Juntos tenían dos niñas una de 12 años y la menor de 9, las niñas tenían un comportamiento normal a su edad, no se observaban acciones negativas en ellas, ambas alegraban a sus padres y los llenaban de gozo y sano orgullo, porque además sus calificaciones en la escuela eran muy buenas. La casa era una bella construcción, en el barrio destacaba por estar limpia, ordenada y muy bien presentada; en resumen, mis estudiantes tenían una vida de máxima calificación.  

Un día el esposo me comenta que en su trabajo un colega también estaba conociendo el evangelio y me contó su historia. El testimonio del colega fue muy claro, él comentó que hasta antes de conocer a Jesús llevaba una vida desordenada de vicios y de violencia e infidelidad a su mujer, de muchas penas y dolores, entonces una vez que había conocido al Señor su vida había cambiado rotundamente. Cuando oí esta historia quedé feliz, porque esto es lo que hace el evangelio, cambia la vida de las personas, sin embargo, no estaba preparado para la pregunta que mi estudiante hizo luego que me contar el testimonio de su colega.

La pregunta contenía en sí lo que cada persona debería comprender cuando busca la salvación. Él me dice, ¿de qué debo arrepentirme yo? Debo reconocer que esta pregunta he tratado de responder por más de 30 años. Arrepentirse es fundamental si deseamos la salvación, pero mi alumno en comparación con su colega llevaba una vida que, desde un punto de vista muy humano, no requería de mucho arrepentimiento porque su vida era diametralmente distinta a la de su colega. Sus acciones, decisiones, determinaciones eran positivas; su experiencia sensorial en el sentido de lo bueno y lo malo lo ponía en una situación de superioridad con su colega, que a todas luces sí necesitaba arrepentirse y cambiar de vida.

Una concepción del cristianismo basada en acciones buenas o malas probablemente nos va a conducir a una ruta equivocada en cuanto a la salvación. Se hace necesario conocer lo que es el pecado y su naturaleza no sólo en lo relacionado con las consecuencias punitivas; es necesario comprender el pecado como la rebelión que separa a las criaturas de Dios y los condena a pena de muerte.

Rebelión contra Dios

Entonces ¿qué es pecado? ¿cuál es su naturaleza? ¿por qué necesitamos ser librados de él? Por pecado entendemos que son “acciones por las cuales los seres humanos se rebelan contra Dios, no cumplen el propósito divino para sus vidas, sucumben ante el poder del maligno y no ante el de Dios, y se separan de Dios. El pecado es una actitud de rebelión contra Dios”. (1) El Tratado de Teología Adventista, dice que uno de los énfasis más claros en cuanto a lo que es pecado se relaciona con “un estado de rebelión de los seres humanos contra Dios, lo cual los induce a desobedecer la voluntad divina” (2), por lo que la idea de relacionar el pecado con una rebelión adquiere mucho sentido en su identidad y esencia.  En el Antiguo Testamento se lo asocia a fracaso, aberración, criminalidad y rebeldía respecto a las normas que Dios ha prescrito (3). 

En el Nuevo Testamento el acento está puesto en lo grave que es el pecado y su costo para Dios; no obstante, el enfoque primordial está en la seguridad en cuanto al logro obtenido por Dios en la persona de su Hijo al dar un golpe mortal y definitivo sobre el pecado (4). 

El pecado en el Nuevo Testamento también es rebelión contra el señorío y soberanía de Dios, un rechazo a su autoridad en la vida, en la conducta. El pecado es el resultado de una acción activa y consciente por parte del ser humano, el pecado no es la ausencia del bien, sino que es no alcanzar las expectativas de Dios, el pecado en resumen es rebelión contra Dios (5).

Hasta aquí podemos comprender que el pecado es ir contra la voluntad de Dios en una acción de rebelión directa con sus ordenanzas. Ello explica los inicios tanto en el cielo como en la tierra. Dicha rebelión no puede ser un proceso de aprendizaje de la vida en sí, sino que un proceso que condujo a la consumación del pecado. 

Más allá de lo aterrador que es el pecado como una acción que contradice la voluntad divina, éste es de tal gravedad que movió a la divinidad a involucrarse en una vía de rescate y de solución al pecado y sus consecuencias. John Stott al describir lo irreparable del pecado y la no solución de algún ser creado sea santo o ya pecador dice que es “Dios mismo el que, en la persona de su Hijo, murió como propiciación por nuestros pecados” (6), así lo considera Pablo señalando que al ser justificados por fe “tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro 5:1). Elena White dice que los ángeles en el cielo se ofrecieron para morir, sin embargo, el sacrificio de ningún ángel o ser celestial creado era útil para solucionar el problema, debía ser el Hijo quien diera su vida para así alcanzar la salvación a los que ya estaban contaminados con el pecado (7).  

Debemos comprender por lo tanto que el pecado además de una mala determinación o un mal uso del libre albedrío como lo dice John Peckham (8) no queda sólo en ello. No es una cuestión de dar vuelta la página como podemos hacer en nuestras relaciones humanas cuando buscamos una solución y nos perdonamos los unos a los otros; el pecado produce separación, sufrimiento y finalmente la muerte y la solución a este problema no queda en manos humanas sino en Dios porque las consecuencias son de separación y de muerte; lo humano es aceptar la solución que Dios ha propuesto y presentado.

Separación de Dios

Entonces el pecado más allá de una acción de rebelión produce también separación de Dios y finalmente la muerte como consecuencia final. De acuerdo con la interpretación tradicional sobre el inicio del pecado tanto en el cielo como en la tierra. 

En ambos casos incluyó una expulsión y pérdida de un estado de pureza a uno de impureza con la imposibilidad de solución a partir de buenas decisiones, cuestión que sí era posible antes de la caída tanto para Lucifer y los ángeles en el cielo y Adán y Eva en el Edén; es decir, antes de la determinación, decisión y elección en acceder al pecado era posible mantener un estado de alineación con Dios.

Por el contrario, en el cielo y en la tierra, la caída provocó una limitante para los caídos en cuanto a su condición espiritual que le impidió esa comunión directa con la divinidad.

Aquí debemos señalar que no hay culpa en Dios al respecto, porque no es él quien impide la comunión con las criaturas desalineadas producto del pecado. En definitiva, es el pecado el que produce dicha irreparable separación. 

Cuando estudiaba el pregrado, un profesor nos habló de una brecha, una sima que obstaculizó la comunión y el poder permanecer en armonía con Dios.

Los relatos que identificamos como el origen del pecado en el cielo nos señalan directamente una rebelión, una mirada paralela a la voluntad divina, una nueva forma, un nuevo idealismo que sólo trajo un quiebre en medio de la armonía y paz que siempre existió.

Aunque existe un conflicto en cuanto al relato de Isaías 14: 12-14 sobre si es o no aplicable a la caída de Satanás, lo cierto es que hay mucha armonía en su aplicación al accionar soberbio rey de Babilonia y su caída por su orgullo como un símil de lo acontecido con Lucifer en el cielo. 

Podemos aplicar varios elementos a lo que el pecado produjo una vez que determinó ir contra Dios e iniciar la era de independencia forzada por el mismo a raíz del pecado. El lenguaje usado en Isaías es alusivo al origen del mal en el cielo mediante un “querubín caído, para describir las aspiraciones humanas del rey, que encarnaban las intenciones y los sentimientos del querubín caído. Este ángel o querubín se ensoberbeció y buscó ponerse en el lugar de Dios, pero fue derribado” (9).

Otro relato veterotestamentario que, aunque también ha sido desviado de su representación máxima como lo es la caída en el cielo es Ezequiel 28, allí se cuenta la historia del rey de Tiro un monarca que es descrito con características que también podemos aplicar a Lucifer cuando se rebeló.  Se lo describe como querubín protector (v.14) ya que el monarca tenía un gran prestigio, se lo representa como hermoso sabio arrogante y soberbio (v. 4-6). Estas características identifican al querubín que se rebeló en el cielo. 

La singularidad de la descripción del rey de Tiro y el relato nos conducen a un paralelo de lo que ocurrió en el cielo una vez que se inició el pecado. El que haya sido perfecto no evitó que en su libertad Lucifer traspasara la línea que demarcaba la seguridad en Dios; su orgullo y soberbia lo llevó a la búsqueda de un camino paralelo que sólo trajo destrucción y división y en la tierra los mismos efectos incluida la muerte, entendida como la consecuencia final del pecado aparecieron a raíz de la caída de Adán y Eva. Lucifer es descrito como expulsado una vez que se encontró en él maldad (v.15). Este elemento de expulsión se repite en la narración de Ezequiel, es decir el pecado produce expulsión, inhabilidad de poder mantener un estado de plenitud con Dios.

El tercer relato descrito sobre el inicio del pecado en el cielo es el de Apocalipsis 12. Aquí la descripción es sin un tipo representativo como lo fue Nabucodonosor en el caso de Isaías 14 o el rey de Tiro de Ezequiel 28. Apocalipsis habla directamente de una guerra en el cielo donde los caudillos son Miguel y sus ángeles contra el dragón y sus ángeles (v.7), el dragón que es identificado como la serpiente antigua como el diablo y Satanás (v.9), el querubín que se rebeló por su soberbia. En Apocalipsis entonces también se describe una expulsión, “no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera… el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (v.8,9).

Los tres textos aquí presentados hablan de una rebelión en el cielo y como consecuencia de la separación o la ruptura de la comunión con Dios a causa del pecado, es decir, el pecado trajo como resultado primario el alejamiento natural de la criatura con su Creador.

En los tres relatos podemos observar que luego de haber acontecido el incidente de la rebelión, Satanás es expulsado de la presencia de Dios, Apocalipsis nos da el dato que incluso los ángeles que lo siguieron fueron expulsados. Esta expulsión no debe interpretarse como una acción negativa por parte de Dios, la separación se produce por causa del pecado y no por un antojo divino, es que el pecado produce separación natural de la criatura con Dios.

El pecado en la tierra

En el caso del inicio del pecado en la tierra se presenta de manera similar. Dios ha creado a Adán y Eva y los ha puesto en un hermoso e idílico lugar como es el jardín del Edén. Todo perfecto, hermoso, Dios observa lo creado en esos días, la primera semana y dice que todo era bueno y en gran manera (Gn 1:31). Aquí se evidencia que la creación era buena y que niega la existencia de cualquier cosa maligna a partir de la obra divina, además refuta cualquier idea que se preparaba el ambiente para que el hombre sucumbiera en el mal (10).

Encontramos una similitud en el estado de pureza espiritual tanto en Lucifer y los ángeles rebeldes como en Adán y Eva antes del inicio del pecado; porque tanto los seres celestiales como los recién creados compartían un estado de impecabilidad, es decir no había corrupción pecaminosa por defecto; cuestión que de manera natural les era posible su comunión sin interrupción con Dios. De Lucifer se lo describe antes de la rebelión como “perfecto en todos sus caminos” (Ez 28: 15) y de Adán y Eva junto a toda la creación que era bueno en gran manera y que no había maldad ni interrupción espiritual. Dicha interrupción sólo se produjo una vez que en su libertad determinaron desalinearse de su Creador.

Sin embargo, debemos reconocer una diferenciación en cuanto al inicio de la caída entre Lucifer y luego los ángeles y los humanos. En el caso de Lucifer no podemos explicar de manera lógica su caída, la Biblia lo describe como el misterio de la iniquidad (2Tes 2:7). La primera ignición que dio a luz la independencia de Dios dando origen a lo que conocemos como pecado, la primera rebelión en un ser inteligente y perfecto, los ángeles que lo siguieron fueron instigados por él y conducidos a determinar desobedecer a Dios, pero lo misterioso es cómo se originó en Lucifer el pecado; ello se mantiene como un enigma. Dicho de otra manera, Lucifer no fue inducido por nadie para caer en tentación y pecado; el pecado misteriosamente nace en él, siendo en todo caso una responsabilidad exclusiva suya en cuanto a no haber usado de buena manera su libre albedrío, tampoco aquí hay responsabilidad de Dios.

Expulsión como consecuencia del pecado

En el caso de Adán y Eva de acuerdo con el relato bíblico habiendo sido creados bajo perfección física y espiritual fueron conducidos y tentados a acceder el pecado, cuestión que se hizo realidad cuando mal usaron su libre albedrío, accediendo a la propuesta hecha por la serpiente.

La tentación fue elaborada de manera muy inteligente donde los sentidos son los que fueron estimulados.  Un elemento importante en la tentación en Edén se refiere a la advertencia que Dios dio respecto a no comer del fruto del “árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn 2:17), este argumento incluso lo recordó la serpiente cuando fue la tentación, por supuesto tergiversando las palabras de Dios (Gn 3:1). 

El día que ellos comieran del árbol cambiarían su estatus de vida, pasarían a ser mortales y limitados por la paga de su transgresión, la muerte. Al comer del fruto Eva y luego Adán quedaron sometidos a una desventaja a la que Dios nunca propuso para ellos. La muerte tampoco la podían comprender debido a que aún nadie había muerto. La consecuencia de la rebelión se pudo observar por la sensación de desnudez que vino sobre ellos una vez que desobedecieron. “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos” (Gn 3:7), posterior a esto fueron expulsados del paraíso (Gn 3: 23, 24). 

Esta experiencia de miseria y expulsion es explicada por Pablo cuando describe la nueva naturaleza humana; “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro 3:23), la destitución de la gloria de Dios es la desnudez de Adán y Eva; porque el pecado más allá de una mala decisión separa a la criatura de Dios quedando desprovisto de la protección e impide un acceso libre al creador.  Adán y Eva habían hecho sus propios ropajes, sin embargo, no cubrían su desnudez, no era suficiente para cubrir la vergüenza e indignidad (Gn 3:7).  Aun todo su esfuerzo para no sentirse desamparados y desnudos, no les fue útil, se necesitó el accionar de Dios para que ellos no sintieran esa nueva y nefasta sensación, entonces Dios actuó para cubrir su indignidad con pieles de animales que fueron sacrificados para ellos (Gn 3:21). 

Este sacrificio significó que por primera vez se experimentara in situ lo que era la consecuencia del pecado, la muerte. Nunca Dios había sido testigo que una criatura suya inocente muriera, en toda la eternidad pasada se había derramado sangre de ningún ser. 

Hasta aquí hemos visto que el pecado se inició como un mal uso del libre albedrío, pero también se ha identificado no solo como una decisión negativa que trajo mala consecuencia. El pecado es también el mal porque al ser rebelión contra Dios, separa a los ahora pecadores de la fuente de vida como el Señor, no porque Dios lo desea, sino porque el pecado de manera natural lo provoca. Por lo que cuando hablamos del pecado también hablamos del mal, así como fue la maldición a Lucifer una vez que pecó “espanto serás” (Ex 28:19) por su carácter profundo de maldad.  

La siguiente sección de nuestro artículo considerará las consecuencias del pecado que incapacitan a la criatura a la búsqueda natural de Dios. 

Consecuencias del pecado

El efecto natural que produjo el pecado es una naturaleza pecaminosa y enajenada de Dios. Pablo nos habla sobre las consecuencias del pecado que se inauguró en lo que conocemos como la caída. “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres por cuanto todos pecaron” (Ro 5:12). Aquí encontramos una discusión interesante que puede determinar y definir distintas posturas en cuanto a la salvación. La concepción del pecado original se hace fundamental para poder comprender la acción de Cristo como salvador. En este mismo sentido no podemos dejar a un lado las túnicas que Dios proveyó para que Adán y Eva no sintieran vergüenza, porque serán un símbolo de la acción de Cristo al morir en la cruz y cubrir con su justicia a los pecadores.

Pablo en Romanos está argumentando sobre la justificación por la fe (Ro 3:21), la justicia de Dios y la salvación; de qué somos salvos, es la respuesta a la pregunta de mi alumno de Biblia, ¿de qué debo arrepentirme? El argumento del apóstol es claro, “toda la raza humana quedó contaminada de pecado y separada de Dios” (11). Por otro lado, en Romanos 3:23, “por cuanto todos pecaron” “no apunta a que todas las personas pecan, sino a que todas las personas están en una posición igualmente catastrófica” (12) marcando un énfasis en una condición pecaminosa inherente. 

Elena White al comentar la caída señala que la naturaleza se había depravado por el pecado (13), además de describir la brecha o separación que el pecado provocó entre Dios y los ahora pecadores que antes de la caída estaban capacitados para una libre comunicación sin impedimentos con Dios (14), pero ahora el pecado incluso había reconfigurado su mente y sus emociones (15). 

White está en la misma línea del apóstol; es decir, la caída trajo a Adán, Eva y sus descendientes una condición de depravación natural contraria a la pureza con la que habían sido creados los primeros padres.  El comentario Andrews señala que aquí Pablo alude a un fracaso humano para responder a Dios (16). Esta nueva naturaleza caída no agrada a Dios (Ro 8: 7, 8) porque somete a las personas a la muerte y al mal, por eso el apóstol señala que lo que no quiero eso hago (Ro 7: 17, 19, 29). 

Antes ya David lo había señalado que “en maldad he sido formado” (Sal 51:5), asumiendo su propia incapacidad humana a causa del pecado. La condición humana es de debilidad espiritual, incapacidad y separación, ya que “el intento del corazón del hombre es malo” (Gn 8:21).

Teorías sobre como el pecado afectó al hombre

Sobre el pecado original se han planteado algunas teorías intentando explicar lo que significa y representa, pero no podemos dejar de asociar el proceso del pecado que es rebelión, que es también el mal y que trae consecuencias que hasta ahora hemos visto dos; la muerte, aquí en este punto podemos incluir las enfermedades físicas, emocionales también y la segunda una condición de separación de Dios, una naturaleza desvinculada con Dios.

El pecado entonces inicia a causa de la desobediencia de Eva y Adán tal como aparece en el relato bíblico, pero, en cuanto a las consecuencias del mal se ha dicho algunas cosas interesantes. Para la iglesia primitiva no fue objeto de problema la consecuencia misma del pecado en los descendientes de Adán al nacer en una condición de desventaja y condenación, requiriendo la intermediación de Cristo y con la ayuda del Espíritu Santo buscar la regeneración espiritual; siendo esta la enseñanza antes de las controversias de Agustín con Pelagio en torno al pecado original y lo relativo a las consecuencias en la humanidad que conocemos como pecaminosidad (17).

Pelagio y Agustín

Pelagio (360-422) un monje británico introdujo en el siglo V una herejía con relación al pecado original y sus consecuencias. Planteó que la libertad no podía estar afectada a causa del pecado, en este caso los hijos de Adán están en condiciones de hacer actos justos, es decir todos nacen en la misma condición que fue creado Adán; no existe un pecado original o corrupción inherente o heredada, incluso en su argumento llegó a señalar que si la naturaleza es pecaminosa entonces Dios sería el autor del mal. 

El pecado de Adán sólo fue un mal ejemplo y que en eso dañó a la descendencia. Pelagio negó cualquier relación entre el pecado de Adán y la pecaminosidad de su raza, o que la muerte sea un mal penal. El que Adán haya muerto es porque era así su naturaleza, cuestión que no habría variado si hubiera pecado o no. 

Adán no era el representante de su raza, cada hombre es probado y justificado o condenado en base a sus actos personales.  Entonces los descendientes de Adán no comparten una contaminación natural y pueden incluso llegar a vivir sin pecado (18).

Agustín (354-430) va a reaccionar a esta herejía y establece un sistema sobre el pecado para que desde su punto de vista describir como este afectó a Adán y sus descendientes; toda la raza humana. Avanzó en varios puntos de manera acertada, como el reconocimiento de una perfección al ser creado el hombre y una afectación que lo dejó en un estado totalmente contrario al estado de santidad anterior al pecado. Los resultados fueron la pérdida de la imagen divina y una corrupción en toda la naturaleza, quedando la humanidad muerta espiritualmente. 

En su argumento también señala que no existe solución al pecado a menos que Dios sea el que intervenga, limitando así la voluntad y libertad del hombre y que el pecado original sólo sería quitado por medio del bautismo (19), porque heredamos la culpa de Adán por su pecado.   No estamos en condiciones de elegir el camino de salvación sin la ayuda de la gracia divina; esta gracia debe ser irresistible en el sentido que no puede ser cambiada por la decisión humana; entonces algunas personas -quienes se pierden- no son escogidas para la salvación y si no es así entonces fueron escogidos para la perdición (20).

Calvino y Arminio

Mucho tiempo después Calvino (1509-1564) va a señalar que el pecado afectó de manera íntegra a Adán y su descendencia, considerando una depravación total, tan plena que no le da al individuo la posibilidad de utilizar su libertad de elección, porque al igual que Agustín presentó una doble predestinación. 

Es la gracia soberana la que determina la regeneración en el hombre, porque el individuo a causa de su plena degradación es incapaz de “extender su mano para recibir la salvación” (21). 

Por otro lado, Arminio (1560-1609) va a diferir de Calvino y por cierto de Agustín, asumiendo también una total degradación a causa del pecado; pero dejando en el individuo la determinación de aceptar o no la salvación ofrecida por Cristo. La desviación desde el pensamiento de la iglesia primitiva hasta ahora parece encausarse adecuadamente. 

Arminio defiende un llamado único y universal, para todos no sólo para algunos; esto quiere decir que la gracia no es irresistible y que los que la aceptan serán salvos y quienes no la aceptan se perderán. “la gracia puede ser rechazada: y aunque sea aceptada, uno puede caer de ella más tarde” (22).

Quienes se opusieron al pensamiento de Agustín llegaron a ser conocidos como semipelagianos rechazando la doble predestinación y en el caso de los protestantes semipelagianos se abandonó la idea del pecado original como acto heredado, pero si la depravación o la condición de pecador. Nacemos con propensiones o tendencias al mal (23), nacemos pecadores.

Pecado como una condición en la humanidad

Entonces el pecado como tal es más que una mala determinación, porque en su esencia es una rebelión natural con la que no podemos luchar. No es que nos transformamos en pecadores cuando accedemos al pecado como señaló Pelagio, porque nacemos como pecadores.  

El efecto negativo de la caída de Adán arrastró a toda su descendencia virtualmente a la perdición, nacemos pecadores, por lo tanto, necesitados de un salvador. Pablo es claro al señalar que la muerte entró por un hombre, Adán (1Co 15:22) a partir de su desobediencia se lo condenó y por defecto a nosotros todos sus descendientes a la pena de muerte (Ro 5:12). La corrupción natural del pecador le impide sin un intercesor ser agradable a Dios, aunque esto no limita su amor por el pecador y deseo de redimirlo, “¿quién hará limpio a lo inmundo?” (Job 14: 4) inquirió Job en medio de su desesperación. Jeremías se preguntó algo similar, ¿mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? (Jer 13:23) estando habituado a hacer el mal (24).

Pablo señala que nuestra naturaleza es contraria a los designios de Dios, “porque no se sujeta a la ley, ni tampoco puede” (Ro 8:7), además que reconoce que los descendientes de Adán mantenemos una discordia con Dios, “porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago… de manera que no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Ro 7: 15, 18-20).  

Entonces asumimos que al nacer y luego al crecer aprendemos una conducta pecaminosa; las acciones pecaminosas por imitación. No obstante “heredamos nuestra pecaminosidad básica. La pecaminosidad universal de la humanidad es evidente de que por naturaleza nos inclinamos hacia el mal, y no hacia el bien” (25).

Por esta razón es que la Dios en su plenitud trazó un plan altamente riesgoso para él mismo, como determinar que uno de ellos se humanizara para recibir el castigo o la paga del pecado (1Pe 1:19, 20; Ap 13:8). 

La salvación o la perdición no está determinada como Agustín y Calvino lo señalaron, tampoco cargamos con la culpa de Adán, sino que su mala decisión lo arrastró a él y a su descendencia a la pena de muerte, a una condición pecaminosa. Eso quiere decir que tampoco Pelagio tiene razón, porque no nos transformamos en pecadores cuando accedemos y pecamos por primera vez, ni tampoco en seres impecables al no acceder a actos pecaminosos como alguno podría interpretar. 

Jesús le señaló a Nicodemo que él había venido al mundo como humano perfecto a tomar el lugar de los pecadores, ser levantado en una cruz para que los que lo aceptaban y creyeran en él como Salvador tengan vida eterna (Jn 3:15, 16). Esto nos presenta un panorama en el que aun teniendo una condición pecaminosa mantenemos nuestra capacidad de decidir y elegir; nuestro libre albedrío es una virtud que mantenemos aun siendo pecadores.

Cuando Jesús asistió a una cena en casa de Zaqueo, declaró ante las críticas de los asistentes por compartir con pecadores que “el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido” (Lc 19:10). En este caso puntual era Zaqueo, pero en él se simboliza a todos los descendientes de Adán en una condición de perdidos, a todos nosotros incluso. Es evidente que Zaqueo fue perdonado de sus acciones pecaminosas por las que transgredió la ley de Dios o porque conociendo la voluntad de Dios no la hizo(1Jn 3:4; Stgo 4.17). 

De acuerdo con el relato bíblico Zaqueo abandonó estas prácticas pecaminosas y continuó un discipulado de dependencia y servicio con Jesús (Lc 19: 8), no obstante ello, Nicodemo continúo siendo pecador hasta su muerte. La salvación abarca aún más que los actos pecaminosos; incluye la restauración o recuperación de una persona para Dios. 

Fin de la condición pecaminosa

Pablo es claro al señalar que esta naturaleza caída o condición pecaminosa solo se terminará cuando Cristo regrese por segunda vez; eso quiere decir que hasta ese instante seremos pecadores, pero ello no quiere decir que debamos estar cometiendo acciones pecaminosas. Será la culminación de la ruta que se inicia cuando el creyente acepta a Jesús como su Salvador (2Co 5:17). 

El apóstol describe que en la resurrección se produce el milagro de transformación de la naturaleza mortal a inmortal, del fin a una naturaleza caída y pecaminosa, tanto para quienes participan de ella o para quienes estén vivos porque son transformados con otra naturaleza, una incorruptible, y Pablo quien pensaba estar vivo para la parusía declara con gozo “y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1Co 15: 52, 53)

Cuando Jesús pendía en la cruz, antes de morir declara en su agonía “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27:46). Ese desamparo fue la separación que el pecado provoca entre la criatura y Dios, en este caso la criatura fue sustituida por el Creador quien toma de manera representativa su lugar para recibir el resultado de la desobediencia de Adán en Edén para ser el Salvador suyo y de toda la descendencia pecadora, porque “en Cristo todos serán vivificados” (1 Co 15:21,22). 

Elena White describe esta separación causada por el pecado: “A causa de la transgresión el hombre fue separado de Dios; la comunión entre ambos quedó interrumpida. Ahora bien, Jesucristo murió en la cruz del Calvario, llevando en su cuerpo los pecados del mundo, y aquella cruz fue un puente sobre el abismo entre el cielo y la tierra”  (26).

La pregunta de mi estudiante de la Biblia concluyo está mal formulada, y posiblemente es el problema de muchos hoy día, ¿de qué debo arrepentirme? Es posible que muchos se esfuercen por hacer bien las cosas, ya sea por agradar a Dios o por cuestión de tipo cultural. La pregunta debería ser, ¿por qué debo ser salvado?, ¿de qué debo ser salvo? 

La respuesta queda en una comprensión adecuada sobre lo que es el pecado y el mal y sus consecuencias, que los descendientes de Adán necesitamos ser salvados por ser pecadores.

De esta manera no sólo observamos lo superficial como serían los actos buenos o malos, sino que profundizamos en la génesis del problema porque el pecado como rebelión es algo natural en los descendientes de Adán; no necesitamos cometer un acto pecaminoso para transformarnos en pecadores, nacemos en esa condición y por esto necesitamos de un Salvador y debemos ser salvados, no es algo que podamos hacer por nuestra propia cuenta.

El relato del joven rico ilustra lo que hemos intentado decir aquí. En su opinión mantenía una vida impecable, guardando la ley, por lo tanto no pecaba, no realizaba acciones pecaminosas, en su pregunta a Jesús se denota la intención victoriosa de quien está capacitado ya para la vida eterna (Mt 19:16), porque ante la respuesta de Jesús sobre guardar los mandamientos él señaló que era su hábito desde la niñez (v.17-20). La respuesta del Señor fue más allá de lo que él esperaba, porque lo que le faltaba se relacionaba con comprender que la salvación era un regalo que se otorga a quien reconoce su necesidad de salvación (v.21-23) y no algo que se obtenga por esfuerzo humano.

La pregunta correcta es la que hizo el carcelero de Filipo ¿qué debo hacer para ser salvo?, cuya inmediata respuesta fue “cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”(Hch 16:33, 34).  

Elena White entrega lo que podemos identificar como el gran secreto en esta cuestión. Considerando que aún somos capaces de tomar nuestras decisiones y que nadie ha nacido ni para perdición o salvación y que el futuro con Dios está en las manos de cada uno, porque nuestro libre albedrío se mantiene incondicionado; que somos libres para determinar y decidir. Ella señala que “todo lo que el hombre tiene la posibilidad de hacer por su propia salvación es aceptar la invitación” (27), invitación que hace de manera permanente el Señor, “he aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3:20). 

Para que esta entrega sea una realidad debe ocurrir un reconocimiento que mi estudiante de la Biblia no lograba entender y me parece que muchos no lo entienden que es la incapacidad humana en cuanto a la salvación. “Tú no puedes cambiar tu corazón, tú no puedes servirlo. Puedes darle tu voluntad; entonces él obrará en ti tanto el querer como el hacer de acuerdo con su voluntad” (28). 

La respuesta entonces al pecado es una sola Jesús, Cristo como nuestro sustituto y representante es quien nos salva y redime, es él quien tiene todo el honor y derecho de perdonar, de restaurar y de salvar no solo de los actos pecaminosos por los que podamos acceder (1Jn 1:9). Él es nuestro Salvador y Redentor el que descendió del cielo para restaurar el camino a Dios y la eternidad.

Aarón A. Menares Pavez (Th.D) ©

Referencias:

  1. B&H Español, «PECADO», en Diccionario Bíblico Conciso Holman (Nashville, TN: B&H Español, 2001), 513.

  2.  Tratado de Teología Adventista (Buenos Aires: Asociación Casa Editora, 2009), 270.

  3.  Ibíd, 271.

  4.  Ibid.

 5.   Ibid., 272.

  6.  John R. W. Stott, La Cruz de Cristo (Barcelona: Certeza, 1996), 195.

  7.  Elena White, Patriarcas y profetas, 54.

  8.  John Peckham, Teodicea del amor (Trujillo, Alétheia, 2025), 31.

 9.  Ángel Manuel Rodríguez, ed. Comentario Bíblico Andrews: Antiguo Testamento (ACES - IADPA, 2024), 933.

10. Carl Friedrich Keil y Franz Delitzsch, Comentario al Texto Hebreo del Antiguo Testamento (Viladecavalls (Barcelona), España: Editorial CLIE, 2008), 41.

 11. William Barclay, Comentario Al Nuevo Testamento (Viladecavalls (Barcelona), España: Editorial CLIE, 2006), 574.

  12. Gary Shogren, «CARTA A LOS: ROMANOS», en Comentario Bíblico Contemporáneo: Estudio de toda la Biblia desde América Latina, ed. C. René Padilla, Milton Acosta Benítez, y Rosalee Velloso Ewell, Primera edición (La Paz, Bolivia; Barcelona, España; Buenos Aires; Lima: Certeza Unida; Andamio; Ediciones Puma; Ediciones Kairos; Certeza Argentina; Editorial Lampara, 2019), 1440.

  13.  Elena G. de White, Patriarcas y profetas, 46.

  14.  https://text.egwwritings.org/read/12558.177#12558.178

  15.  https://text.egwwritings.org/read/12558.177#12558.179

  16.  Comentario Bíblico Andrews, 464.

  17.  Charles Hodge, Teología Sistemática (Barcelona: Clíe, s/f), 529.

  18.   Ibid, 530, 531.

  19.   Ibid, 537, 538.

  20.   Tratado de Teología Adventista, 257.

  21.   E. F. Harrison, Diccionario de Teología: Calvinismo (Grand Rapids: Desafío, 1985), 94.

  22.   Tratado de Teología Adventista, 257.

  23.   Ibid.

  24.  Carroll Gillis, El Antiguo Testamento: Un Comentario Sobre Su Historia y Literatura, Tomos I-V, vol. 4 (El Paso, TX: Casa Bautista De Publicaciones, 1991), 93.

  25.  Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Creencias de los Adventistas del Séptimo Día (Florida. ACES, 2007), 101.

  26.   Elena G. de White, Sermones Escogidos (Buenos Aires: ACES, 2025), 2:179.

  27.   Elena White, Mensajes Selectos (Boise Idaho: Publicaciones Interamericanas, 1966), 1: 403.

  28.   White, El Camino a Cristo (Buenos Aires: ACES, 2020), 42.


domingo, 27 de abril de 2025



La segunda venida de Cristo como esperanza

La Segunda venida como esperanza
(La Bendita esperanza, Nathan Green)

Toda mi vida he mantenido la creencia que un día Jesús regresará en las nubes de los cielos tal como lo prometió. Es indudable que el tiempo ha transcurrido y muy rápido y no hemos sido partícipes aún de esta maravillosa promesa.  Pertenezco a ese grupo de tercera generación adventista que se ha desvelado por un sinfín de noticias políticas y de catástrofes que darían un indicador del pronto regreso de nuestro Señor. 

Recuerdo cuando era niño haber visto una película maravillosa, “La Victoria final” (Está en YouTube) que concluía con la imagen de Jesús y los ángeles aparecer desde el cielo, allí los redimidos junto a los resucitados alzaban sus manos y eran recibidos por el Señor en el aire. Agradezco a esos hermanos por inspirarme en mi niñez sobre esta promesa. Recuerdo que junto a mis padres regresamos a casa y debíamos ir por un largo trayecto, era de noche, aún no existía la contaminación lumínica que hoy tenemos en Santiago y podía ver las estrellas y donde me habían señalado que estaba la constelación de Orión, donde vendría Jesús y era emocionante pensar que un día por allí veríamos al Señor y nos llevaría al cielo.

Al pasar el tiempo he podido observar distintos tipos de creyentes de una misma esperanza. Todos esperando el regreso del Señor, pero una buena cantidad de ellos se desvela por los acontecimientos proféticos catastróficos debilitando así a nuestro juicio el énfasis en la esperanza que es Jesús por los eventos calamitosos.

Es verdad que Jesús señaló que antes de su regreso acontecerían hechos en diversas áreas, como los son lo social, político, en lo religioso y por supuesto grandes catástrofes que señalarían el regreso del Señor, Jesús lo ilustró incluso con el tiempo de Noé previo al diluvio (Mt 24: 37; Lc 17: 26, 27).  El mismo señaló con la parábola de la higuera lo bueno que es observar las señales que anuncian el tiempo del fin de esta etapa del mundo (Mc 13:28, 29), por lo que observarlos bajo una lupa cristocéntrica se hace muy recomendable.

Debo reconocer que se hace fascinante seguir las noticias y catástrofes si por ello fuera por lo que Jesús ya está regresando; sin embargo, podríamos olvidar tal como lo hicieron nuestros pioneros antes del chasco o la decepción de 1844 la indicación del Señor que “el día y la hora nadie la sabe” (Mt 24:36; Mr 13:32). Aquí en la advertencia que Jesús realiza sobre este punto hay un detalle importante referente al día y la hora porque dice él que ni los ángeles lo saben y sólo el Padre es quien tiene la autoridad sobre el tiempo en que acontecerá este evento. Jesús asume incluso un desconocimiento a priori de este misterio. Es seguro por la respuesta del Maestro que no era el momento para entregar esta información por parte de él o simplemente no era su cometido hacerlo . La trascendencia que el día y la hora nadie la sabe fortalece la idea de velar, orar y estar vigilantes porque desconocemos el día de su segunda venida o el día final de nuestras vidas , porque la salvación no es una cuestión con la que debamos improvisar. La segunda venida será en el tiempo exacto que el Padre conoce, tal como fue el tiempo cuando vino por primera vez el Salvador (Ga 4:4).  

En el caso de Lucas, no agrega esta advertencia en el discurso escatológico de su evangelio, pero si destaca la advertencia del Señor que vendrán muchos en su nombre engañando “diciendo Yo soy el Cristo, y: El tiempo está cerca” (Lc 21:8). 

Lucas hace la advertencia sobre saber el tiempo de la segunda venida en el libro de los Hechos. Es Cristo quién antes de ascender al cielo y respondiendo a la pregunta sobre cuando sería la ‘restauración del reino’ (Hch 1:6) les advierte a sus discípulos nuevamente que saber el día y la hora de su regreso no es una cuestión humana porque “no os toca a vosotros saber los tiempos y las sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Hch 1:7). Aquí al parecer se repite la idea que encontramos en Mateo y Marcos, dejando al Padre como el responsable de el plan de salvación y puntualmente del día y hora de la segunda venida de Cristo . Una cosa sí es clara aquí, y es que la segunda venida ocurrirá efectivamente porque él lo prometió y porque en Jesús se cumplieron las profecías de su primera venida, siendo el mismo la garantía que todo acontecerá de acuerdo con lo que la Trinidad planificó en relación con la salvación de la humanidad (1Pe 1:19, 20; Ap 13:8). 

Los evangelistas nos orientan además que debemos ser tan cautos para no permitir que seamos engañados sobre el tema, porque vendrán en nombre de Cristo haciéndose pasar por Él, y que a muchos engañarán (Mt 24:5). Esta advertencia, que ‘el día y la hora nadie sabe´ y ´que no nos toca a nosotros saber’ tiene mucha trascendencia y debe ser considerada con mucha seriedad, porque somos sensibles al engaño. Dios conoce muy bien la manera como nuestra mente puede ser condicionada; somos sensibles a la especulación a las conspiraciones.

La segunda venida de Jesús de acuerdo con la indicación del mismo Señor está rodeada de eventos, ello es innegable. Pensemos sólo en el hecho cuando aparezca en nuestro cielo; ello va a afectar nuestra atmósfera de tal manera como jamás hemos sido testigos como humanidad.  Piense que este gran evento astronómico será visto en todo el mundo en el mismo instante. Esta es una cuestión que no podemos explicar astronómicamente, sin embargo, Jesús señaló que así sería, que “todo ojo le verá” (Ap 1:7). Jesús y sus millones de ángeles causarán un efecto similar a lo que sería que un cuerpo celeste inmenso se acercara al planeta, ello afectaría las mareas de los océanos y causaría grandes terremotos. De hecho, la Biblia señala que habrá un gran terremoto, cual nunca hubo (Ap 16:18) cuando acontezca su regreso. Entonces definitivamente la segunda venida de Cristo estará acompañada de eventos que serán capaces de eliminar la vida en el planeta.

Durante los últimos años y puntualmente después de la pandemia que bien podríamos definirlo como uno de los ‘fin de mundo’ que hemos experimentado a través de la historia, en cierto grupo de creyentes se ha acrecentado poner énfasis en los eventos como esperanza, más que en la segunda venida y en Cristo como la real esperanza.

Fin de mundo

Desde que el pecado se introdujo en el planeta, los registros históricos señalan momentos que podríamos señalar como ´fin de mundo’. Para nuestra reflexión vamos a usar este concepto como ilustración sobre lo que las distintas percepciones humanas pueden interpretar ciertos hechos que hoy observamos a través del registro histórico. La Biblia nos entrega al inicio de la historia humana dos momentos que se relacionan con un fin del mundo o fin de la vida. El primero nos parece que es el más dramático de todos, es cuando Adán y Eva deciden acceder al fruto prohibido; para ellos literalmente llegó la muerte y su final de existencia como seres santos y con la capacidad de vivir y no morir, una irreparable separación de su creador (Gn 2:17). Agradecemos porque Dios inicia el plan de salvación planificado en caso de que esto sucediera, pero debemos concordar que ese evento fue un fin de la existencia como originalmente estaba diseñado, un fin de mundo.

El segundo y más conocido fin de mundo fue el diluvio, porque Dios decidió eliminar toda vida (Gn 6:7). Aquí conocemos la historia de Noé, de su llamado y como Dios lo salvó a él junto a su familia y los animales seleccionados para preservar la vida en lo que sería literalmente un nuevo mundo con características algo distintas a la creación original, ya que la inundación dejó huellas en todo el planeta. Estos dos eventos como señalamos están al inicio de nuestra historia, en ambos hubo una salida para una nueva oportunidad de vida. Entre las razones podemos encontrarlas en el plan divino que el Padre en su potestad tiene.

A medida que la historia humana avanzó y avanza, varios ‘fin de mundo’ han quedado en la historia. Piense en lo que fue para quienes vivieron la Primera y Segunda Guerra Mundial. Literalmente para Europa fue un ‘fin de mundo’, la esperanza era limitada porque las fuerzas bélicas y de poderío totalitario impedían proyectar la vida. Para muchos fue el fin del mundo, para los miles que experimentaron los campos de concentración y que no vieron la luz de la salida, el mundo acabó allí.

La pandemia es a nuestro juicio el evento catastrófico de mayor trascendencia después de la segunda guerra mundial. Nunca, por ejemplo, los ciudadanos de todo el planeta estuvimos prisioneros en nuestros hogares como lo fue durante mucho tiempo en la pandemia.  Todo lo relacionado con las redes sociales, magnificó aún más lo terrible que fue ese tiempo, sin embargo, ya han pasado un par de años que vivimos nuevamente en una neo normalidad de la vida. No imagino como habríamos enfrentado la Segunda Guerra Mundial en los días de las redes sociales, indudablemente para muchos habría sido cuestión de tiempo para que apareciera Jesús en las nubes, pero por alguna razón que sólo Dios conoce, ello no aconteció ni ha ocurrido hasta hoy.

Otro ejemplo de ‘fin de mundo’ puede ser el cambio climático que la evidencia científica nos señala que el mundo tendrá que acomodarse a una nueva realidad; ya que para muchos, sus efectos son irreversibles; por lo que estamos siendo testigos de catástrofes climáticas en todos los continentes, grandes inundaciones, nevadas en lugares que no son frecuentes, alzas anormales de temperatura, incendios catastróficos que barren literalmente con barrios e incluso ciudades y un sinfín de fenómenos que verdaderamente son aterradores.

También podríamos señalar las amenazas de una tercera guerra mundial y la utilización posible de ojivas nucleares que podrían causar la desaparición del planeta, pero en este aspecto nuevamente tenemos la seguridad en la palabra de Jesús quien señaló categóricamente que el fin no sería por guerras (Mt 24:6). 

No podemos dejar de lado la Ascención de un líder como Donald Trump que de una u otra manera para algunos llegó amenazando libertades y para otros casi como un mesías capaz de regresar no solo a Estados Unidos sino al mundo al orden y a la cordura en lo relativo a una moral cristiana y para otros bien podría ser aquel que cumpla parte de la profecía de Apocalipsis 13.

Entonces ¿no son señales del fin del mundo? Podemos señalar en positivo, no obstante, desde que entró el pecado nuestro planeta ha estado sufriendo los embates de una batalla de tipo espiritual por el control de los humanos que conocemos como el conflicto entre el bien y el mal; entonces sí podemos observar señales proféticas, pero sin olvidar las advertencias que él mismo Jesús nos dejó.  

El Señor dijo que son cuestiones que acontecerían en este mundo antes de su regreso, pero también son eventos que durante toda la historia del planeta bajo el pecado como hemos señalado se han vivido. La certeza en Jesús está que el fin del mundo es una cuestión que Dios determina o determinará como una acción de gozo y bendición para que aquellos que hemos aceptado a Jesús como Salvador y Señor avancemos en la vida tomados de su mano y aunque experimentamos los signos del mal, nuestra mirada no está en los signos del mal, sino que en su promesa. Dan Carlin, en su libro “El fin siempre está cerca”, describe de manera asombrosa algo que deberíamos comprender como creyentes en Dios y en un plan de salvación. Aunque bajo un prisma ateísta, Carlin postula que la humanidad ha enfrentado un auge y caída de distintas civilizaciones y que siempre se ha reinventado y podido salir adelante para continuar con la humanidad. Se declara admirador de la época de bronce presentando mucha argumentación de su poderío y fortaleza, sin embargo, es un imperio caído. Carlin señala que el “colapso de la Edad del Bronce es una transformación del calibre de la caída del Imperio romano de Occidente, pero que lo causó se ha convertido en uno de los grandes misterios del pasado, un suspense que pone a los historiadores en el papel de detectives que tratan de determinar la causa de la muerte de uno de los períodos de mayor esplendor de la humanidad” . Ese suspense que habla Carlín no es nada más ni menos que lo que los evangelistas han señalado dejando al Padre el control de la historia y no a nosotros, porque Dios es quien interviene, lo ha hecho en el pasado y lo hará en el futuro cuando regrese Jesús por segunda vez.

A nombre de la fe hay muchos que pululan anunciando fechas, desastres y una salvación por obras con el objetivo de librarse de los males de las catástrofes y no a una disposición de permanecer en Jesús como un Salvador amante y cercano. Recuerdo siendo un joven pastor que un grupo de hermanos muy fervientes en los eventos se preparaba para el fin que ocurriría el 31 de diciembre del año 1999.  Esa noche las computadoras serían afectadas por un problema denominado Y2K. Este ‘error’ informático una vez que el reloj pasara de las 12:59 a las 00:00 del 01 de enero del año 2000 provocaría que los misiles que las grandes potencias tienen sean lanzados sin intervención humana, sino por este ‘error’ informático. Mi respuesta no fue de mucho agrado para ellos, porque señalé dos cosas. Primero antes de las 00:00 horas ya sabremos porque en nuestro huso horario el nuevo año lo celebramos varias horas después que en Oceanía; entonces ya sabremos si alguna bomba destruyó una de las ciudades importantes del mundo, por otro lado, mi respuesta se centró en las promesas que Jesús y la Biblia nos presentan, como la resurrección. Si cae en Santiago una bomba, ¿cuál es el problema si fuera ese el fin del mundo? ¿acaso no crees en la resurrección? Allí acabó nuestra discusión, ya han pasado más de dos décadas y seguimos esperando la promesa de Jesús que regresará.

La abundancia de predicadores anunciando el fin destacando no lo importante, sino que el aspecto aterrador ha traído como efecto dos posiciones que aparentemente avanzan hacia un mismo objetivo, pero que el énfasis es diametralmente distinto y nos parece que una de ellas lo hace bajo la premisa del miedo y la otra bajo la dirección de Dios.

Por un lado, podemos avanzar en nuestra vida caminando de la mano del Señor con el objetivo de encontrarnos con Él cuando regrese, sea porque estemos vivos cuando aparezca por segunda vez o bien porque participemos de la resurrección. Y por otro lado podemos vivir como creyentes especuladores ante cualquier noticia que a nuestro juicio nos indica que Jesús ya viene.  

Este sentido de vida en nuestra opinión tiene dos cuestiones que nos merecen la atención. En primer lugar, centramos la esperanza en las calamidades y posibles persecuciones que los fieles deberán enfrentar. Estos eventos mantienen un sello en acciones humanas y como ya señalamos el foco está en una salvación por obras. Una mirada escatológica así nos pone en lo que llamaremos un antropocentrismo escatológico porque deja de lado el centro de la escatología que es Jesús.

Por otro lado, se hace ver la vida como una experiencia muy negativa y ello no siempre es así para todas las personas. Es verdad que todos somos afectados por las consecuencias del pecado y que hay muchas personas que por diversas circunstancias han tenido que sufrir por distintos motivos, la muerte de los padres siendo menores, una enfermedad de base, violencia intrafamiliar, abusos de todo tipo, frustraciones, lucha de clase, fracaso en distintos ámbitos de la vida; pero ello tampoco puede ser el énfasis de la esperanza, porque la esperanza bíblica no está centrada en la humanidad, sino en Dios y podríamos señalar que la esperanza que Dios nos propone debe ser teocéntrica. 

De pronto entonces la segunda venida aparece como el consuelo de los que sufren, y en realidad no son todos los humanos quienes sufren de manera tan cruel, hay personas que tienen un muy buen pasar en la vida; entonces quienes no sufren patológicamente no tienen motivos de esperanza, porque si el énfasis es que Jesús va a cambiar estas circunstancias, posiblemente alguno tiene circunstancias que son muy positivas, por lo que la segunda venida no tendría mucho sentido. Este aspecto es importante también cuando hablamos de evangelismo y lo hacemos como un discurso populista, ya que la oferta divina es un cambio de vida, un nuevo nacimiento (2Co 5:17) para convertirnos en seguidores de Jesús.

La Biblia señala que la humanidad y este mundo está afectada por el pecado, cuestión que Dios proveyó de la solución cuando Jesús vino a la tierra por primera vez; dando su vida como una ofrenda expiatoria, vicaria y representativa. El autor de la carta a los Hebreos señala que Cristo vendrá por segunda vez, ahora sin relación con el pecado porque vino una vez antes a solucionar el problema del pecado; entonces Jesús literalmente ganó el derecho a regresar por una segunda vez para brindar lo que Él ganó para los que redimió (He 9:28). 

La esperanza de la segunda venida

La Biblia nos entrega abundante información sobre la segunda venida de Cristo, los juicios, el fin del mundo y los nuevos cielos y tierra. Sería un error separar la segunda venida del plan de salvación, porque está incluido en el programa de redención para los que así lo aceptan.

El Antiguo Testamento contiene una importante cantidad de profecías que abarcan hasta el fin del mundo. El anuncio del triunfo de Dios y la nueva creación es la más grande esperanza que fortalece la fe de los creyentes y ha sido uno de los elementos de mayor trascendencia para mantener viva la fe. La profecía de Zacarías por ejemplo (Zac 14:4) señala eventos que pudieron haber sido una realidad si Israel hubiese cumplido su parte del pacto y que no fue, pero también es una descripción de lo que acontecerá cuando Dios establezca cielos y tierra nueva (Ap 21: 1, 2).

El Nuevo Testamento abunda de profecías relacionadas con la segunda venida, como hemos señalado; fue el mismo Cristo quien detalló lo que acontecería a través de la historia hasta el final esperado.  Los apóstoles hablaron del regreso del Señor, fueron muy claros en cuanto a la esperanza que mantenían.

El foco de los apóstoles se centraba en el inminente regreso de Cristo. La venida de Jesús ocurriría en cualquier momento incluso de sus vidas. El apóstol Pedro señala de manera muy oportuna diciendo que " el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración (1Pe 4: 7).  En la carta a los Hebreos encontramos una invitación a estar preparados y en armonía en la comunidad eclesiástica,  “considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca… Todavía un poco, y el que ha de venir vendrá, y no tardará" (Hb 10:24-25, 37).  Juan, quien debe haber quedado impresionado con las visiones en Patmos señala que estas cosas deben suceder pronto (Ap 1:1). 

El anhelo de los discípulos de Cristo fue volver a encontrarse con Él después de su ascensión. Por esta razón es que el énfasis era marcado en la esperanza de su pronto regreso. En principio la iglesia neotestamentaria mantenía la fe y esperanza de ver a Jesús en sus días.  Este elemento debe transformarse a nuestro juicio en un principio para quienes esperamos el fin de todas las cosas y una segunda venida. El problema que podemos observar son los motivos por que podrían distorsionar la esperanza, centrándola en el miedo o las necesidades humanas y no en el maravilloso plan de salvación.

Esperanza

Cuando hablamos de esperanza en el ámbito religioso y puntualmente cristiano, se hace necesario revisar en qué y qué es lo que motiva esa esperanza.  Volvemos al tema de la escatología antropocentrista y teocentrista, una centrada en las expectativas humanas y la otra en Cristo; la primera centra la visión escatológica en las necesidades del hombre y la segunda en la planificación redentora que nace en Dios y es ejecutada por Él, principalmente en la persona de Jesús.

Sobre la esperanza se ha escrito principalmente bajo la lupa de la desesperanza. Viktor Frankl a partir de su horrorosa experiencia en los campos de concentración en Auschwitz, mantuvo la esperanza que no moriría y que le esperaba su esposa al terminar su martirio, sin embargo cuando fue liberado ni ella ni su familia habían sobrevivido. La experiencia de Frankl lo hizo establecer una terapia psiquiátrica, propuso que era necesario buscar un sentido en la vida y no centrarse en los dolores, así lograr superar los propios dolores. Si bien es cierto que los cristianos tenemos una ayuda extra, la propuesta de Frankl es positiva y asertiva para la experiencia de todo individuo. En el caso nuestro esa esperanza se centra en Jesús, puntualmente en su obra redentora que nos obsequia un camino seguro bajo su amparo y fortaleza, un triunfo definitivo sobre el pecado, el mal y su autor y por supuesto la muerte que tanto nos incomoda.

Para los apóstoles y la iglesia neotestamentaria, la esperanza fue centrada en la persona de Cristo, esa fue la predicación, ese también fue el motivo por el cual fueron incluso perseguidos y dieron sus vidas. Predicaban a Cristo porque Él les había cambiado la vida, les había dado una confirmación de la esperanza de Israel, cumplida en Jesús. Pablo argumenta sobre esa esperanza cuando habla de la resurrección de los muertos, ya que si esperamos que ello acontezca es sólo porque Cristo había resucitado, entonces si el Señor no hubiera resucitado, la predicación de esperanza y la fe serían vanas (1Co 15:14). El apóstol aquí está destacando la esperanza de gloria, dicha esperanza no sólo es una cuestión de vivir únicamente en el presente, sino que es el gran motivo de la predicación de la iglesia , porque le da a la predicación un sentido de esperanza en la obra redentora de Cristo. Jürgen Moltmann hablando sobre la esperanza coincide con Pablo al establecer que la base de la esperanza está en Cristo.  Fue el Señor quien entregó el mayor e irremplazable argumento de la esperanza cuando en cumplimiento profético vino a este mundo para recibir de manera representativa la paga del pecado y triunfar garantizando así el camino para que la humanidad vuelva a Dios. Moltmann dice que “las apariciones del resucitado fueron percibidas como promesas y anticipaciones de un futuro que está realmente por llegar” . Esto es más que contundente porque al resucitar Cristo aseguró una resurrección escatológica para quienes mientras vivían lo aceptaron como su Salvador, por lo que toda esperanza escatológica entonces no debe centrarse en los eventos catastróficos, sino que en el cumplimiento ya realizado en su muerte y resurrección.

Orientando nuestra esperanza

No podemos concluir aquí sin declarar que la segunda venida de Cristo es la promesa más sorprendente y maravillosa que podamos experimentar. Antes de los últimos momentos previos a la crucifixión Jesús animó a sus discípulos a fortalecer su esperanza, “no se turbe vuestro corazón; creed en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn 14: 1-3).  Esta es la esperanza que dio vida a la iglesia de los apóstoles que crecía y crecía, volver a encontrarse con su Señor y Salvador. Esta es la gran motivación de los primeros cristianos y también debe ser la nuestra.  Cuando el grupo de discípulos presenció la ascensión de Cristo, vinieron los ángeles a consolarles y a confirmar lo que el Señor les había señalado en cuanto a la segunda venida. “Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch 1:11).

La segunda venida de Cristo está en el ADN de todo adventista y todo cristiano, es la promesa que está incluida en el plan de salvación. Por lo que no podemos más que esperar y anunciar.

Una correcta aproximación a la segunda venida de Cristo debe centrarse en él porque él es la esperanza, porque la ganó con su sangre derramada en la cruz. Una esperanza centrada en Dios y no en miedos o terrores por los eventos o posibles persecuciones; en el caso de los discípulos nunca fue el miedo lo que los motivó, ellos mantuvieron su esperanza y fortaleza en las promesas que habían recibido del Maestro. Los discípulos enfrentaron momentos difíciles no pensando en su presente sino en su encuentro con el Señor, sus motivaciones fueron anunciar tal como él les señaló a todas las personas que Jesús es el redentor, que en él hay salvación, cumpliendo esta misión sabían que estaban más cerca de encontrarse nuevamente con él en su segunda venida (Mt 24:14).

La obra redentora de Cristo garantiza toda esperanza, por lo que se constituye en el único motivador que debe ser anunciado. Por otro lado, las catástrofes de todo tipo profetizadas por Jesús son reales; pero nunca deben estar por sobre el fundamento de la esperanza que es el Señor. Entonces una proclamación de la segunda venida de Cristo debe centrarse en la esperanza que es él mismo, una predicación teocéntrica y nunca antropocentrica.

Pr. Aarón A. Menares Pavez© (Th.D)


viernes, 25 de febrero de 2022

 




Jesús la ofrenda perfecta

El desarrollo de la carta nos ha conducido a observar a Cristo como el eje central en todo el proceso de salvación.  Así como en el Antiguo Testamento era necesario de un sistema de sacrificios donde los penitentes debían acudir al templo para ofrecer sacrificio y así obtener el perdón y la reconciliación.  Este sistema de sacrificios se inició inmediatamente una vez que el pecado se introdujo en la tierra (Gn 3:21). El primer sacrificio fue útil para cubrir la ‘desnudez’ de Adán y Eva, llegando a ser un símbolo de la justicia que cubre al pecador, un manto de justicia que lo podemos observar incluso en los redimidos del fin del tiempo que describe Juan en el libro de Apocalipsis (Ap 7: 9, 13, 14). Esto quiere decir que desde que el pecado se introdujo en el planeta, la obtención del perdón y la justicia siempre ha requerido de un sacrificio.  En el caso de lo que conocemos como el Antiguo Testamento, fueron animales que, de manera simbólica, representaban al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1:29).

Lo que la carta a los Hebreos nos quiere dejar bien claro es que el sacrificio de Cristo es único e irrepetible. Los primeros versículos del capítulo 9 describen un recorrido de lo que era el templo y el uso tanto de los sacerdotes como los sumo sacerdotes (v. 1-8), dejando un hincapié importante relacionado con la ‘imperfección’ de dicho templo y uso. Esta imperfección en ningún caso se debe entender como ineficaz para obtener el perdón, porque los penitentes sí lo obtenían, pero imperfecto porque debía ser repetido diariamente. El sistema de ofrendas y sacrificios era imperfecto (v. 9), pero en el presente, Cristo entro en el santuario celestial, ya no por la sangre de los animales que eran sólo símbolo, sino por su propia sangre “habiendo obtenido eterna redención” (v.11, 12).

La perfección de la ofrenda de Cristo

Ya hemos señalado que el anuncio mesiánico de Cristo tenía un solo objetivo, la redención de la humanidad.  El pecado nos enajenó del lado de Dios y nos condenó a eterna muerte.  El pecado es aborrecido de manera natural por Dios. No estamos en condiciones de explicar dicha situación, sin embargo, es tan extensamente complicado el pecado que nada puede evitar que el penitente deba morir.  En este sentido el hombre, y cuando hablamos del hombre nos referimos a la humanidad, irremediablemente debía morir, no existía otra alternativa, porque la paga del pecado es muerte (Ro 6:23).  Como señalamos anteriormente en otro capítulo, la humanación de Cristo y su identificación con el hombre, lo transformó en un sustituto, es decir, vino a representar al hombre en lo que ninguno y por muy buenos que podría ser (aunque ello es imposible) podría enfrentar la paga del pecado. 

La sustitución se refiere a sustituir en todo sentido y de manera representativa al hombre.  Cristo entonces viene como hombre y lo sustituye recibiendo la paga del pecado, entonces en Cristo, la humanidad si recibió la paga del pecado.  Esta representación fue expiatoria, porque el fue quien recibe los requerimientos de la justicia divina que había sido quebrantada.  Cristo cubre de manera perfecta la justicia divina y por ello es por lo que tiene el ‘derecho’ de ser nuestro defensor y perdonador.

Los distintos servicios del antiguo templo cubrían de distintas maneras cualquier tipo de pecado o acción que ofendiera a Dios. Estas diversas ofrendas describen que nadie queda fuera de la posibilidad de obtener perdón y reconciliación. Cada día el altar estaba encendido, existía la ofrenda de mañana y de tarde, además de las ofrendas que los penitentes traían.  Incluso algunos podían traer una paloma o una efa de harina, representando así que hasta el más pobre en el pueblo podía acceder al perdón. De manera continua el pueblo podía acercarse y ser reconciliados con Dios.

Hebreos nos llama la atención ahora a Cristo, porque Él fue la ofrenda perfecta y el cumplimiento de todo el servicio veterotestamentario.  Su sacrificio en la cruz es el único que no requiere ser repetido, porque Él era la ofrenda anunciada y representada. 

Cuando Cristo muere y resucita, cubre los requerimientos de la justicia divina y entonces gana el derecho de perdonar y redimir.  Por esta razón es que hoy tenemos en Cristo a nuestro redentor, es quien cubrió la penalidad por nosotros, es quien realizó la expiación por el pecado.  Dicha expiación es completa, plena, no le falta nada, no requiere la ayuda de ninguno de nosotros, porque somos imperfectos y pecadores. Sin embargo, Jesús y aunque era humano como lo somos nosotros, no participo de una naturaleza pecaminosa. Cristo derrotó a Satanás como un hombre y no como Dios, aunque tenía todo el poder para hacerlo.  Su victoria en la cruz es un argumento que apunta a Satanás como el gran perdedor, señalando que jamás su rebelión en el cielo tuvo razón.  Cristo al representar al hombre y vencer en la cruz, entregó a toda la creación la mas potente vedad irrefutable que el carácter de Dios es justo y que esa justicia fue cumplida en Cristo. 

Un elemento importante lo encontramos en el versículo 23, “fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos”. Aquí encontramos una alusión a la purificación que se realizaba en el templo una vez al año conocido como el día del perdón.  Pero ¿existe algo impuro en el cielo que deba ser purificado?, indudablemente no, nada es impuro, pero, aquí encontramos una premisa a lo que nos toca como penitentes.  Permítame señalar que el sacrificio de Cristo no es efectivo, si no lo aceptamos a Él de manera personal, por ello es que nuestra decisión es tan importante.  Es necesario que podamos acudir de manera permanente a Jesús, para que Él nos limpie y así caminar y depender de su poder, porque no tenemos vida sin Él.  Cuando Cristo murió y resucitó, no solo ganó el derecho de perdonarnos, sino también de venir una segunda vez, sin relación con el pecado para que vivamos con Él (9:28)

Hoy tenemos en nuestras manos la posibilidad de disfrutar dicha justicia.  Cristo hizo lo imposible, lo que nos queda es aceptar y decidir por Él.  Quisiera compartir tres recomendaciones que nos parece importantes. Primero, agradezca a Dios por Jesús el sustituto, segundo dedique durante este día su vida a Jesús, y tercero, permita que el Espíritu Santo realice transformaciones en su vida.  Lamentablemente si nosotros no aceptamos y nos negamos a la acción del Espíritu Santo, no podremos disfrutar del logro de Cristo, por lo que hoy es tiempo de aceptar el maravilloso regalo divino.

 

Pr. Aarón A. Menares Pavez (Th.D)

 

jueves, 3 de febrero de 2022

 


Jesús nuestro sumo sacerdote

El servicio ritual de Israel fue la estrategia divina para ilustrar la condición de desventaja en que se encontraban como también la manera por la que ellos podían recibir perdón y reconciliación con Dios.  Dicho sistema, que incluía distintos tipos de ofrendas, era intermediado por los sacerdotes y sumo sacerdotes.  Ningún penitente estaba autorizado para oficiar en lo que conocemos como el Tabernáculo del desierto, a menos que perteneciera a la tribu de Levi, a quién se la había conferido dicho privilegio. Esta estrategia nos es útil también para que podamos comprender los mismos conceptos que los israelitas debían entender y asumir en su liturgia.

En el desarrollo de la carta a los Hebreos, se hace una relación interesante entre los sacerdotes del antiguo sistema y Jesús.  Es así como estos sacerdotes son tomados de entre los hombres “para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados, para que se muestre paciente con los ignorantes… puesto que él también está rodeado de debilidad... por la que debe ofrecer por los pecados, tanto por sí mismo como también por el pueblo” (Heb 5:1-3), el relato continúa y señala que dicha honra no la puede tomar cualquiera, sino quien es llamado por Dios como lo fue Aarón (v.4).

Un punto para considerar es que todo sacerdote o sumo sacerdote descendiente de Aarón, participaba de la debilidad innata producto de su propia naturaleza caída y pecaminosa, lo que le hacía indispensable, por ejemplo, el día de expiación, ofrecer un sacrificio por si mismo, para que de esa manera poder oficiar luego por el pueblo (Heb 5: 4; Lv 4:3; 9:7).

En el caso de Jesús se dice que tampoco se glorificó así mismo haciéndose sumo sacerdote, sino que fue declarado por Dios. Recordemos que el Hijo, quien fue ‘engendrado’ como tal, al momento de su resurrección, recibe el nombramiento por parte de Dios, al igual como lo fue la descendencia de Aarón. También debemos considerar en relación con Jesús que su condición era diferente a la de los sacerdotes y sumo sacerdotes que lo antecedieron, porque si bien, y como hemos señalado, ambos fueron llamados y dispuestos por Dios, Jesús no requirió de una ofrenda para sí, por ser “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores… que no tiene necesidad cada día como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados” (Heb 726, 27). Por lo que la similitud de los sacerdotes levitas y Cristo es que ambos fueron constituidos por Dios, pero los primeros eran deficientes a causa de su condición pecaminosa y Cristo no por ser perfecto.

El antiguo sistema ritual estaba lleno de una tipología que anunciaba a Cristo como el artífice de la salvación no solo de los israelitas, sino que, de toda la humanidad, proveyendo así y por si mismo el camino de la salvación.

Según el orden de Melquisedec

La figura de Melquisedec aparece por tercera vez en toda la Biblia. Una de ellas es la historia original cuando Abraham es bendecido por Melquisedec, y le entrega los diezmos (Gn 14:18-20), la segunda en el Salmo 110 y la tercer en Hebreos.  La referencia en la carta es de Salmos “como dice en otro lugar” refiriéndose a Jesús “tu eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (v. 6). ¿Quién fue Melquisedec? La Biblia no nos entrega mas información que la referida. Melquisedec en los días de Abraham era un rey y sacerdote, en este caso del Dios Altísimo (Gn 14:18). Esta figura es importante, ya que incluía características mesiánicas relacionadas con David (Sal 110: 1,2). En el caso de Melquisedec se identifican ambas, rey y sacerdote. Melquisedec era rey de Salém, una ciudad que se cree sería Jerusalén, la ciudad donde David reinó.

Jesús no podía ser parte del sacerdocio humano, porque no era descendiente de Aarón, sino de Judá (Mt 1:3), por ello también la identificación con Melquisedec que aparece también como un símbolo de Cristo. En Cristo se cumplen también las dos características de Melquisedec -rey y sacerdote-, descendiente directo del rey David y sacerdote del Altísimo, establecido directamente por Dios. Cuyo reino y sacerdocio es eterno.

La alusión a Melquisedec, por supuesto no es casual, sus características, son únicas. El nombre significa, “rey de justicia, u rey de Salem, esto es, rey de paz; sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios” (Heb 7:2, 3). En esta información, encontramos datos importantes sobre el tipo de Cristo como sumo sacerdote como lo fue Melquisedec.

Hay mucha especulación sobre su persona, desde que haya sido el Espíritu Santo, un ser angelical o una preexistencia de Jesús, en la literatura extraeconómica se cree que fue Sem, uno de los hijos de Noe, sin embargo, no podemos afirmar ninguna de estas posibilidades. Para el autor de Hebreos es importante continuar el pensamiento de David en relación con lo trascendental que fue en su historia con Abraham, el padre de los hebreos como pueblo.  En el relato bíblico las genealogías entregan los inicios y finales de las personas, por ejemplo, de Abraham se dice que fue hijo de Taré, se casó con Sara, tuvo hijos y murió. Este dato no existe de Melquisedec, ello entonces no quiere decir que no tenga un principio como si lo es en el caso de Dios.  Que Melquisedec, no tenga principio ni final de días es simplemente que no existe dicho registro.  En ese sentido es semejante al Hijo que, si bien como humano tiene un inicio y final, como Dios no lo tiene.  En esto entonces debemos identificar a Jesús con Melquisedec y hacer la diferencia con los sacerdotes que descendían de Aarón, que si tuvieron un final.

Por último, en la relación de Abraham con Melquisedec, el patriarca le entrega los diezmos y el rey de Salém lo bendice, y no solo ello, le da a Abraham ‘pan y vino’. Un interesante obsequio que algunos ven una relación con Cristo también.

Cristo como sumo sacerdote

En el relato hay una alusión directa a la experiencia de Cristo en el Getsemaní, donde el Señor determina morir por la humanidad. Allí “ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente” (5:7). El tema de su sacrificio no era solo morir, y decimos solo morir porque, aunque nadie quiere morir, la muerte de Cristo incluía recibir la paga del pecado y por consecuencia de ello experimentar la separación con su Padre. Este es el profundo significado de su muerte y su sacrificio, más allá de una muerte ‘común’.

Su identificación con el penitente lo hizo ser obediente (v.8) y dicha obediencia lo llevó incluso a la cruz (Fil 2:8).  Cristo aprendió la obediencia de acuerdo con su naturaleza humana, pero ello difiere un tanto de la obediencia de los humanos, porque él no tenía la rebeldía interior, ni tampoco existía una resistencia natural a oponerse a Dios. Ese no fue el problema de Cristo, su desafío consistió en ser obediente en los padecimientos incluida la muerte.  En Cristo se cumplieron las profecías mesiánicas, por ejemplo, las del siervo sufriente (Is 50:4, 53). Al venir y cumplir, fue obediente, porque era la única forma de restaurar a los perdidos.

Cristo es presentado como el gran sumo sacerdote, el único capaz de dar solución al problema del pecado. En este sentido ni los descendientes de Aarón que oficiaban en el tabernáculo del desierto, y tampoco Melquisedec, de quien se refiere como un símbolo, son suficientes para terminar y eliminar el pecado. La acción de perdonar, justificar y redimir siempre ha sido un derecho de Dios. por lo que, y aunque los antiguos israelitas acudían al tabernáculo con sus ofrendas, y ponían sus manos en la víctima a ser sacrificada, siempre el perdón ha venido de Dios.  No podemos olvidar este elemento, porque sólo Él tiene el derecho y es digno de perdonar.

Gracias a la obediencia de Cristo hasta la cruz, “vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (v.9), así y gracias a su obediencia, nosotros podemos de manera libre aceptar la invitación y obedecer a sus requerimientos como una consecuencia lógica de la entrega que los penitentes a la voluntad de Cristo como salvador y Señor.  Así lo señala Pablo como una obediencia a la fe (Ro 1:5; 16:26). En dicho proceso somos capacitados para que una vez aceptado el llamado de Cristo avancemos haciendo su voluntad (1Pe 1:2). Si bien es cierto que sólo el Señor es perfecto, somos perfeccionados por fe, gracias a su perfecto sacrificio. Ninguna persona se salva por su propia obediencia, sino por la de Cristo, sin embargo, cuando hemos recibido al Señor, somos perfeccionados en Él (1Ti2:5).

Nuevamente tenemos a Jesús como único. Nuestro sumo sacerdote, más excelso que nadie, declarado por Dios como sumo sacerdote, que es también la ofrenda perfecta, quien perdona, justifica, santifica y un día nos dará la redención final, cuando le veamos en las nubes de los cielos.

 Pr. Aarón A. Menares Pavez© Th.D