Pecado el mal y sus consecuencias
El pecado original – (Jan Brueghel El Viejo) |
Para muchos tal vez hablar del pecado y del mal pueda ser que no sea un tema relevante. A fin de cuenta el mundo se desarrolla en un contexto donde las personas tienen hábitos y costumbres buenas y malas. En este sentido estas acciones pueden ser explicadas bajo distintas ciencias humanas haciendo la distinción que muchas acciones que reconocemos como negativas o incluso nocivas son producto de un error en la configuración genética o bien un resultado directo de una formación que produjo un desequilibrio psiquiátrico o conductual.
Desde la teología se hace importante comprender el mal y su naturaleza porque presenta la figura de un Salvador que viene desde el cielo para rescatar a una humanidad que está literalmente quebrada o rota en su naturaleza; que está impedida para vivir en paz y armonía consigo mismo, con sus semejantes e incluso con la naturaleza y el medio ambiente. Una humanidad que permanentemente está en conflicto y en una inherente autodestrucción y que busca esperanza en un mañana distinto a la desesperanza natural que lo conflictúa y no le permite experimentar paz y descanso.
Además, desde la teología y su aplicación también es fundamental conocer y comprender la naturaleza del pecado, el mal y sus consecuencias porque de su comprensión será también la comprensión del tipo de salvación y la acción de Jesús como Salvador; quien vino desde el cielo para rescatarnos. Como es ese rescate y la manera en que obra en los rescatados va a ser condicionado también si no comprendemos correctamente qué es el pecado, el mal y sus consecuencias.
En este artículo nos proponemos intentar exponer en el mismo orden de nuestro enunciado. En una primera parte esperamos definir lo que es el pecado en su naturaleza de total oposición a Dios como lo que la Biblia describe sobre el mal, la íntima y necesaria conexión entre el pecado y el mal que hace necesario que Dios haya establecido un plan de salvación que incluyó la vida de un ser divino quien debió humanizarse para así poder morir y abrir la posibilidad de una solución al problema del pecado; bajo esta acción se entiende que el pecado y el mal por naturaleza alejan a los individuos de Dios condenando a muerte a los pecadores.
En segundo lugar, queremos identificar la conexión de las consecuencias del pecado y el mal ya sea en los individuos, en las personas, en la naturaleza y en la vida en sí, más allá de lo que pueda ser una determinada acción pecaminosa.
El pecado
Cuando iniciaba mi ministerio estudiaba la Biblia con una linda familia. Él era un trabajador destacado en su empresa con varios privilegios que había ganado con su esfuerzo y responsabilidad. Su esposa era matrona, una bella dama, distinguida y respetada en el hospital donde trabajaba, estaba muy bien evaluada también. Juntos tenían dos niñas una de 12 años y la menor de 9, las niñas tenían un comportamiento normal a su edad, no se observaban acciones negativas en ellas, ambas alegraban a sus padres y los llenaban de gozo y sano orgullo, porque además sus calificaciones en la escuela eran muy buenas. La casa era una bella construcción, en el barrio destacaba por estar limpia, ordenada y muy bien presentada; en resumen, mis estudiantes tenían una vida de máxima calificación.
Un día el esposo me comenta que en su trabajo un colega también estaba conociendo el evangelio y me contó su historia. El testimonio del colega fue muy claro, él comentó que hasta antes de conocer a Jesús llevaba una vida desordenada de vicios y de violencia e infidelidad a su mujer, de muchas penas y dolores, entonces una vez que había conocido al Señor su vida había cambiado rotundamente. Cuando oí esta historia quedé feliz, porque esto es lo que hace el evangelio, cambia la vida de las personas, sin embargo, no estaba preparado para la pregunta que mi estudiante hizo luego que me contar el testimonio de su colega.
La pregunta contenía en sí lo que cada persona debería comprender cuando busca la salvación. Él me dice, ¿de qué debo arrepentirme yo? Debo reconocer que esta pregunta he tratado de responder por más de 30 años. Arrepentirse es fundamental si deseamos la salvación, pero mi alumno en comparación con su colega llevaba una vida que, desde un punto de vista muy humano, no requería de mucho arrepentimiento porque su vida era diametralmente distinta a la de su colega. Sus acciones, decisiones, determinaciones eran positivas; su experiencia sensorial en el sentido de lo bueno y lo malo lo ponía en una situación de superioridad con su colega, que a todas luces sí necesitaba arrepentirse y cambiar de vida.
Una concepción del cristianismo basada en acciones buenas o malas probablemente nos va a conducir a una ruta equivocada en cuanto a la salvación. Se hace necesario conocer lo que es el pecado y su naturaleza no sólo en lo relacionado con las consecuencias punitivas; es necesario comprender el pecado como la rebelión que separa a las criaturas de Dios y los condena a pena de muerte.
Entonces ¿qué es pecado? ¿cuál es su naturaleza? ¿por qué necesitamos ser librados de él? Por pecado entendemos que son “acciones por las cuales los seres humanos se rebelan contra Dios, no cumplen el propósito divino para sus vidas, sucumben ante el poder del maligno y no ante el de Dios, y se separan de Dios. El pecado es una actitud de rebelión contra Dios”. (1) El Tratado de Teología Adventista, dice que uno de los énfasis más claros en cuanto a lo que es pecado se relaciona con “un estado de rebelión de los seres humanos contra Dios, lo cual los induce a desobedecer la voluntad divina” (2), por lo que la idea de relacionar el pecado con una rebelión adquiere mucho sentido en su identidad y esencia. En el Antiguo Testamento se lo asocia a fracaso, aberración, criminalidad y rebeldía respecto a las normas que Dios ha prescrito (3).
En el Nuevo Testamento el acento está puesto en lo grave que es el pecado y su costo para Dios; no obstante, el enfoque primordial está en la seguridad en cuanto al logro obtenido por Dios en la persona de su Hijo al dar un golpe mortal y definitivo sobre el pecado (4).
El pecado en el Nuevo Testamento también es rebelión contra el señorío y soberanía de Dios, un rechazo a su autoridad en la vida, en la conducta. El pecado es el resultado de una acción activa y consciente por parte del ser humano, el pecado no es la ausencia del bien, sino que es no alcanzar las expectativas de Dios, el pecado en resumen es rebelión contra Dios (5).
Hasta aquí podemos comprender que el pecado es ir contra la voluntad de Dios en una acción de rebelión directa con sus ordenanzas. Ello explica los inicios tanto en el cielo como en la tierra. Dicha rebelión no puede ser un proceso de aprendizaje de la vida en sí, sino que un proceso que condujo a la consumación del pecado.
Más allá de lo aterrador que es el pecado como una acción que contradice la voluntad divina, éste es de tal gravedad que movió a la divinidad a involucrarse en una vía de rescate y de solución al pecado y sus consecuencias. John Stott al describir lo irreparable del pecado y la no solución de algún ser creado sea santo o ya pecador dice que es “Dios mismo el que, en la persona de su Hijo, murió como propiciación por nuestros pecados” (6), así lo considera Pablo señalando que al ser justificados por fe “tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro 5:1). Elena White dice que los ángeles en el cielo se ofrecieron para morir, sin embargo, el sacrificio de ningún ángel o ser celestial creado era útil para solucionar el problema, debía ser el Hijo quien diera su vida para así alcanzar la salvación a los que ya estaban contaminados con el pecado (7).
Debemos comprender por lo tanto que el pecado además de una mala determinación o un mal uso del libre albedrío como lo dice John Peckham (8) no queda sólo en ello. No es una cuestión de dar vuelta la página como podemos hacer en nuestras relaciones humanas cuando buscamos una solución y nos perdonamos los unos a los otros; el pecado produce separación, sufrimiento y finalmente la muerte y la solución a este problema no queda en manos humanas sino en Dios porque las consecuencias son de separación y de muerte; lo humano es aceptar la solución que Dios ha propuesto y presentado.
Separación de Dios
Entonces el pecado más allá de una acción de rebelión produce también separación de Dios y finalmente la muerte como consecuencia final. De acuerdo con la interpretación tradicional sobre el inicio del pecado tanto en el cielo como en la tierra.
En ambos casos incluyó una expulsión y pérdida de un estado de pureza a uno de impureza con la imposibilidad de solución a partir de buenas decisiones, cuestión que sí era posible antes de la caída tanto para Lucifer y los ángeles en el cielo y Adán y Eva en el Edén; es decir, antes de la determinación, decisión y elección en acceder al pecado era posible mantener un estado de alineación con Dios.
Por el contrario, en el cielo y en la tierra, la caída provocó una limitante para los caídos en cuanto a su condición espiritual que le impidió esa comunión directa con la divinidad.
Aquí debemos señalar que no hay culpa en Dios al respecto, porque no es él quien impide la comunión con las criaturas desalineadas producto del pecado. En definitiva, es el pecado el que produce dicha irreparable separación.
Cuando estudiaba el pregrado, un profesor nos habló de una brecha, una sima que obstaculizó la comunión y el poder permanecer en armonía con Dios.
Los relatos que identificamos como el origen del pecado en el cielo nos señalan directamente una rebelión, una mirada paralela a la voluntad divina, una nueva forma, un nuevo idealismo que sólo trajo un quiebre en medio de la armonía y paz que siempre existió.
Aunque existe un conflicto en cuanto al relato de Isaías 14: 12-14 sobre si es o no aplicable a la caída de Satanás, lo cierto es que hay mucha armonía en su aplicación al accionar soberbio rey de Babilonia y su caída por su orgullo como un símil de lo acontecido con Lucifer en el cielo.
Podemos aplicar varios elementos a lo que el pecado produjo una vez que determinó ir contra Dios e iniciar la era de independencia forzada por el mismo a raíz del pecado. El lenguaje usado en Isaías es alusivo al origen del mal en el cielo mediante un “querubín caído, para describir las aspiraciones humanas del rey, que encarnaban las intenciones y los sentimientos del querubín caído. Este ángel o querubín se ensoberbeció y buscó ponerse en el lugar de Dios, pero fue derribado” (9).
Otro relato veterotestamentario que, aunque también ha sido desviado de su representación máxima como lo es la caída en el cielo es Ezequiel 28, allí se cuenta la historia del rey de Tiro un monarca que es descrito con características que también podemos aplicar a Lucifer cuando se rebeló. Se lo describe como querubín protector (v.14) ya que el monarca tenía un gran prestigio, se lo representa como hermoso sabio arrogante y soberbio (v. 4-6). Estas características identifican al querubín que se rebeló en el cielo.
La singularidad de la descripción del rey de Tiro y el relato nos conducen a un paralelo de lo que ocurrió en el cielo una vez que se inició el pecado. El que haya sido perfecto no evitó que en su libertad Lucifer traspasara la línea que demarcaba la seguridad en Dios; su orgullo y soberbia lo llevó a la búsqueda de un camino paralelo que sólo trajo destrucción y división y en la tierra los mismos efectos incluida la muerte, entendida como la consecuencia final del pecado aparecieron a raíz de la caída de Adán y Eva. Lucifer es descrito como expulsado una vez que se encontró en él maldad (v.15). Este elemento de expulsión se repite en la narración de Ezequiel, es decir el pecado produce expulsión, inhabilidad de poder mantener un estado de plenitud con Dios.
El tercer relato descrito sobre el inicio del pecado en el cielo es el de Apocalipsis 12. Aquí la descripción es sin un tipo representativo como lo fue Nabucodonosor en el caso de Isaías 14 o el rey de Tiro de Ezequiel 28. Apocalipsis habla directamente de una guerra en el cielo donde los caudillos son Miguel y sus ángeles contra el dragón y sus ángeles (v.7), el dragón que es identificado como la serpiente antigua como el diablo y Satanás (v.9), el querubín que se rebeló por su soberbia. En Apocalipsis entonces también se describe una expulsión, “no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera… el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (v.8,9).
Los tres textos aquí presentados hablan de una rebelión en el cielo y como consecuencia de la separación o la ruptura de la comunión con Dios a causa del pecado, es decir, el pecado trajo como resultado primario el alejamiento natural de la criatura con su Creador.
En los tres relatos podemos observar que luego de haber acontecido el incidente de la rebelión, Satanás es expulsado de la presencia de Dios, Apocalipsis nos da el dato que incluso los ángeles que lo siguieron fueron expulsados. Esta expulsión no debe interpretarse como una acción negativa por parte de Dios, la separación se produce por causa del pecado y no por un antojo divino, es que el pecado produce separación natural de la criatura con Dios.
El pecado en la tierra
En el caso del inicio del pecado en la tierra se presenta de manera similar. Dios ha creado a Adán y Eva y los ha puesto en un hermoso e idílico lugar como es el jardín del Edén. Todo perfecto, hermoso, Dios observa lo creado en esos días, la primera semana y dice que todo era bueno y en gran manera (Gn 1:31). Aquí se evidencia que la creación era buena y que niega la existencia de cualquier cosa maligna a partir de la obra divina, además refuta cualquier idea que se preparaba el ambiente para que el hombre sucumbiera en el mal (10).
Encontramos una similitud en el estado de pureza espiritual tanto en Lucifer y los ángeles rebeldes como en Adán y Eva antes del inicio del pecado; porque tanto los seres celestiales como los recién creados compartían un estado de impecabilidad, es decir no había corrupción pecaminosa por defecto; cuestión que de manera natural les era posible su comunión sin interrupción con Dios. De Lucifer se lo describe antes de la rebelión como “perfecto en todos sus caminos” (Ez 28: 15) y de Adán y Eva junto a toda la creación que era bueno en gran manera y que no había maldad ni interrupción espiritual. Dicha interrupción sólo se produjo una vez que en su libertad determinaron desalinearse de su Creador.
Sin embargo, debemos reconocer una diferenciación en cuanto al inicio de la caída entre Lucifer y luego los ángeles y los humanos. En el caso de Lucifer no podemos explicar de manera lógica su caída, la Biblia lo describe como el misterio de la iniquidad (2Tes 2:7). La primera ignición que dio a luz la independencia de Dios dando origen a lo que conocemos como pecado, la primera rebelión en un ser inteligente y perfecto, los ángeles que lo siguieron fueron instigados por él y conducidos a determinar desobedecer a Dios, pero lo misterioso es cómo se originó en Lucifer el pecado; ello se mantiene como un enigma. Dicho de otra manera, Lucifer no fue inducido por nadie para caer en tentación y pecado; el pecado misteriosamente nace en él, siendo en todo caso una responsabilidad exclusiva suya en cuanto a no haber usado de buena manera su libre albedrío, tampoco aquí hay responsabilidad de Dios.
Expulsión como consecuencia del pecado
En el caso de Adán y Eva de acuerdo con el relato bíblico habiendo sido creados bajo perfección física y espiritual fueron conducidos y tentados a acceder el pecado, cuestión que se hizo realidad cuando mal usaron su libre albedrío, accediendo a la propuesta hecha por la serpiente.
La tentación fue elaborada de manera muy inteligente donde los sentidos son los que fueron estimulados. Un elemento importante en la tentación en Edén se refiere a la advertencia que Dios dio respecto a no comer del fruto del “árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn 2:17), este argumento incluso lo recordó la serpiente cuando fue la tentación, por supuesto tergiversando las palabras de Dios (Gn 3:1).
El día que ellos comieran del árbol cambiarían su estatus de vida, pasarían a ser mortales y limitados por la paga de su transgresión, la muerte. Al comer del fruto Eva y luego Adán quedaron sometidos a una desventaja a la que Dios nunca propuso para ellos. La muerte tampoco la podían comprender debido a que aún nadie había muerto. La consecuencia de la rebelión se pudo observar por la sensación de desnudez que vino sobre ellos una vez que desobedecieron. “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos” (Gn 3:7), posterior a esto fueron expulsados del paraíso (Gn 3: 23, 24).
Esta experiencia de miseria y expulsion es explicada por Pablo cuando describe la nueva naturaleza humana; “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro 3:23), la destitución de la gloria de Dios es la desnudez de Adán y Eva; porque el pecado más allá de una mala decisión separa a la criatura de Dios quedando desprovisto de la protección e impide un acceso libre al creador. Adán y Eva habían hecho sus propios ropajes, sin embargo, no cubrían su desnudez, no era suficiente para cubrir la vergüenza e indignidad (Gn 3:7). Aun todo su esfuerzo para no sentirse desamparados y desnudos, no les fue útil, se necesitó el accionar de Dios para que ellos no sintieran esa nueva y nefasta sensación, entonces Dios actuó para cubrir su indignidad con pieles de animales que fueron sacrificados para ellos (Gn 3:21).
Este sacrificio significó que por primera vez se experimentara in situ lo que era la consecuencia del pecado, la muerte. Nunca Dios había sido testigo que una criatura suya inocente muriera, en toda la eternidad pasada se había derramado sangre de ningún ser.
Hasta aquí hemos visto que el pecado se inició como un mal uso del libre albedrío, pero también se ha identificado no solo como una decisión negativa que trajo mala consecuencia. El pecado es también el mal porque al ser rebelión contra Dios, separa a los ahora pecadores de la fuente de vida como el Señor, no porque Dios lo desea, sino porque el pecado de manera natural lo provoca. Por lo que cuando hablamos del pecado también hablamos del mal, así como fue la maldición a Lucifer una vez que pecó “espanto serás” (Ex 28:19) por su carácter profundo de maldad.
La siguiente sección de nuestro artículo considerará las consecuencias del pecado que incapacitan a la criatura a la búsqueda natural de Dios.
Consecuencias del pecado
El efecto natural que produjo el pecado es una naturaleza pecaminosa y enajenada de Dios. Pablo nos habla sobre las consecuencias del pecado que se inauguró en lo que conocemos como la caída. “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres por cuanto todos pecaron” (Ro 5:12). Aquí encontramos una discusión interesante que puede determinar y definir distintas posturas en cuanto a la salvación. La concepción del pecado original se hace fundamental para poder comprender la acción de Cristo como salvador. En este mismo sentido no podemos dejar a un lado las túnicas que Dios proveyó para que Adán y Eva no sintieran vergüenza, porque serán un símbolo de la acción de Cristo al morir en la cruz y cubrir con su justicia a los pecadores.
Pablo en Romanos está argumentando sobre la justificación por la fe (Ro 3:21), la justicia de Dios y la salvación; de qué somos salvos, es la respuesta a la pregunta de mi alumno de Biblia, ¿de qué debo arrepentirme? El argumento del apóstol es claro, “toda la raza humana quedó contaminada de pecado y separada de Dios” (11). Por otro lado, en Romanos 3:23, “por cuanto todos pecaron” “no apunta a que todas las personas pecan, sino a que todas las personas están en una posición igualmente catastrófica” (12) marcando un énfasis en una condición pecaminosa inherente.
Elena White al comentar la caída señala que la naturaleza se había depravado por el pecado (13), además de describir la brecha o separación que el pecado provocó entre Dios y los ahora pecadores que antes de la caída estaban capacitados para una libre comunicación sin impedimentos con Dios (14), pero ahora el pecado incluso había reconfigurado su mente y sus emociones (15).
White está en la misma línea del apóstol; es decir, la caída trajo a Adán, Eva y sus descendientes una condición de depravación natural contraria a la pureza con la que habían sido creados los primeros padres. El comentario Andrews señala que aquí Pablo alude a un fracaso humano para responder a Dios (16). Esta nueva naturaleza caída no agrada a Dios (Ro 8: 7, 8) porque somete a las personas a la muerte y al mal, por eso el apóstol señala que lo que no quiero eso hago (Ro 7: 17, 19, 29).
Antes ya David lo había señalado que “en maldad he sido formado” (Sal 51:5), asumiendo su propia incapacidad humana a causa del pecado. La condición humana es de debilidad espiritual, incapacidad y separación, ya que “el intento del corazón del hombre es malo” (Gn 8:21).
Teorías sobre como el pecado afectó al hombre
Sobre el pecado original se han planteado algunas teorías intentando explicar lo que significa y representa, pero no podemos dejar de asociar el proceso del pecado que es rebelión, que es también el mal y que trae consecuencias que hasta ahora hemos visto dos; la muerte, aquí en este punto podemos incluir las enfermedades físicas, emocionales también y la segunda una condición de separación de Dios, una naturaleza desvinculada con Dios.
El pecado entonces inicia a causa de la desobediencia de Eva y Adán tal como aparece en el relato bíblico, pero, en cuanto a las consecuencias del mal se ha dicho algunas cosas interesantes. Para la iglesia primitiva no fue objeto de problema la consecuencia misma del pecado en los descendientes de Adán al nacer en una condición de desventaja y condenación, requiriendo la intermediación de Cristo y con la ayuda del Espíritu Santo buscar la regeneración espiritual; siendo esta la enseñanza antes de las controversias de Agustín con Pelagio en torno al pecado original y lo relativo a las consecuencias en la humanidad que conocemos como pecaminosidad (17).
Pelagio y Agustín
Pelagio (360-422) un monje británico introdujo en el siglo V una herejía con relación al pecado original y sus consecuencias. Planteó que la libertad no podía estar afectada a causa del pecado, en este caso los hijos de Adán están en condiciones de hacer actos justos, es decir todos nacen en la misma condición que fue creado Adán; no existe un pecado original o corrupción inherente o heredada, incluso en su argumento llegó a señalar que si la naturaleza es pecaminosa entonces Dios sería el autor del mal.
El pecado de Adán sólo fue un mal ejemplo y que en eso dañó a la descendencia. Pelagio negó cualquier relación entre el pecado de Adán y la pecaminosidad de su raza, o que la muerte sea un mal penal. El que Adán haya muerto es porque era así su naturaleza, cuestión que no habría variado si hubiera pecado o no.
Adán no era el representante de su raza, cada hombre es probado y justificado o condenado en base a sus actos personales. Entonces los descendientes de Adán no comparten una contaminación natural y pueden incluso llegar a vivir sin pecado (18).
Agustín (354-430) va a reaccionar a esta herejía y establece un sistema sobre el pecado para que desde su punto de vista describir como este afectó a Adán y sus descendientes; toda la raza humana. Avanzó en varios puntos de manera acertada, como el reconocimiento de una perfección al ser creado el hombre y una afectación que lo dejó en un estado totalmente contrario al estado de santidad anterior al pecado. Los resultados fueron la pérdida de la imagen divina y una corrupción en toda la naturaleza, quedando la humanidad muerta espiritualmente.
En su argumento también señala que no existe solución al pecado a menos que Dios sea el que intervenga, limitando así la voluntad y libertad del hombre y que el pecado original sólo sería quitado por medio del bautismo (19), porque heredamos la culpa de Adán por su pecado. No estamos en condiciones de elegir el camino de salvación sin la ayuda de la gracia divina; esta gracia debe ser irresistible en el sentido que no puede ser cambiada por la decisión humana; entonces algunas personas -quienes se pierden- no son escogidas para la salvación y si no es así entonces fueron escogidos para la perdición (20).
Mucho tiempo después Calvino (1509-1564) va a señalar que el pecado afectó de manera íntegra a Adán y su descendencia, considerando una depravación total, tan plena que no le da al individuo la posibilidad de utilizar su libertad de elección, porque al igual que Agustín presentó una doble predestinación.
Es la gracia soberana la que determina la regeneración en el hombre, porque el individuo a causa de su plena degradación es incapaz de “extender su mano para recibir la salvación” (21).
Por otro lado, Arminio (1560-1609) va a diferir de Calvino y por cierto de Agustín, asumiendo también una total degradación a causa del pecado; pero dejando en el individuo la determinación de aceptar o no la salvación ofrecida por Cristo. La desviación desde el pensamiento de la iglesia primitiva hasta ahora parece encausarse adecuadamente.
Arminio defiende un llamado único y universal, para todos no sólo para algunos; esto quiere decir que la gracia no es irresistible y que los que la aceptan serán salvos y quienes no la aceptan se perderán. “la gracia puede ser rechazada: y aunque sea aceptada, uno puede caer de ella más tarde” (22).
Quienes se opusieron al pensamiento de Agustín llegaron a ser conocidos como semipelagianos rechazando la doble predestinación y en el caso de los protestantes semipelagianos se abandonó la idea del pecado original como acto heredado, pero si la depravación o la condición de pecador. Nacemos con propensiones o tendencias al mal (23), nacemos pecadores.
Pecado como una condición en la humanidad
Entonces el pecado como tal es más que una mala determinación, porque en su esencia es una rebelión natural con la que no podemos luchar. No es que nos transformamos en pecadores cuando accedemos al pecado como señaló Pelagio, porque nacemos como pecadores.
El efecto negativo de la caída de Adán arrastró a toda su descendencia virtualmente a la perdición, nacemos pecadores, por lo tanto, necesitados de un salvador. Pablo es claro al señalar que la muerte entró por un hombre, Adán (1Co 15:22) a partir de su desobediencia se lo condenó y por defecto a nosotros todos sus descendientes a la pena de muerte (Ro 5:12). La corrupción natural del pecador le impide sin un intercesor ser agradable a Dios, aunque esto no limita su amor por el pecador y deseo de redimirlo, “¿quién hará limpio a lo inmundo?” (Job 14: 4) inquirió Job en medio de su desesperación. Jeremías se preguntó algo similar, ¿mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? (Jer 13:23) estando habituado a hacer el mal (24).
Pablo señala que nuestra naturaleza es contraria a los designios de Dios, “porque no se sujeta a la ley, ni tampoco puede” (Ro 8:7), además que reconoce que los descendientes de Adán mantenemos una discordia con Dios, “porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago… de manera que no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Ro 7: 15, 18-20).
Entonces asumimos que al nacer y luego al crecer aprendemos una conducta pecaminosa; las acciones pecaminosas por imitación. No obstante “heredamos nuestra pecaminosidad básica. La pecaminosidad universal de la humanidad es evidente de que por naturaleza nos inclinamos hacia el mal, y no hacia el bien” (25).
Por esta razón es que la Dios en su plenitud trazó un plan altamente riesgoso para él mismo, como determinar que uno de ellos se humanizara para recibir el castigo o la paga del pecado (1Pe 1:19, 20; Ap 13:8).
La salvación o la perdición no está determinada como Agustín y Calvino lo señalaron, tampoco cargamos con la culpa de Adán, sino que su mala decisión lo arrastró a él y a su descendencia a la pena de muerte, a una condición pecaminosa. Eso quiere decir que tampoco Pelagio tiene razón, porque no nos transformamos en pecadores cuando accedemos y pecamos por primera vez, ni tampoco en seres impecables al no acceder a actos pecaminosos como alguno podría interpretar.
Jesús le señaló a Nicodemo que él había venido al mundo como humano perfecto a tomar el lugar de los pecadores, ser levantado en una cruz para que los que lo aceptaban y creyeran en él como Salvador tengan vida eterna (Jn 3:15, 16). Esto nos presenta un panorama en el que aun teniendo una condición pecaminosa mantenemos nuestra capacidad de decidir y elegir; nuestro libre albedrío es una virtud que mantenemos aun siendo pecadores.
Cuando Jesús asistió a una cena en casa de Zaqueo, declaró ante las críticas de los asistentes por compartir con pecadores que “el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido” (Lc 19:10). En este caso puntual era Zaqueo, pero en él se simboliza a todos los descendientes de Adán en una condición de perdidos, a todos nosotros incluso. Es evidente que Zaqueo fue perdonado de sus acciones pecaminosas por las que transgredió la ley de Dios o porque conociendo la voluntad de Dios no la hizo(1Jn 3:4; Stgo 4.17).
De acuerdo con el relato bíblico Zaqueo abandonó estas prácticas pecaminosas y continuó un discipulado de dependencia y servicio con Jesús (Lc 19: 8), no obstante ello, Nicodemo continúo siendo pecador hasta su muerte. La salvación abarca aún más que los actos pecaminosos; incluye la restauración o recuperación de una persona para Dios.
Fin de la condición pecaminosa
Pablo es claro al señalar que esta naturaleza caída o condición pecaminosa solo se terminará cuando Cristo regrese por segunda vez; eso quiere decir que hasta ese instante seremos pecadores, pero ello no quiere decir que debamos estar cometiendo acciones pecaminosas. Será la culminación de la ruta que se inicia cuando el creyente acepta a Jesús como su Salvador (2Co 5:17).
El apóstol describe que en la resurrección se produce el milagro de transformación de la naturaleza mortal a inmortal, del fin a una naturaleza caída y pecaminosa, tanto para quienes participan de ella o para quienes estén vivos porque son transformados con otra naturaleza, una incorruptible, y Pablo quien pensaba estar vivo para la parusía declara con gozo “y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1Co 15: 52, 53)
Cuando Jesús pendía en la cruz, antes de morir declara en su agonía “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27:46). Ese desamparo fue la separación que el pecado provoca entre la criatura y Dios, en este caso la criatura fue sustituida por el Creador quien toma de manera representativa su lugar para recibir el resultado de la desobediencia de Adán en Edén para ser el Salvador suyo y de toda la descendencia pecadora, porque “en Cristo todos serán vivificados” (1 Co 15:21,22).
Elena White describe esta separación causada por el pecado: “A causa de la transgresión el hombre fue separado de Dios; la comunión entre ambos quedó interrumpida. Ahora bien, Jesucristo murió en la cruz del Calvario, llevando en su cuerpo los pecados del mundo, y aquella cruz fue un puente sobre el abismo entre el cielo y la tierra” (26).
La pregunta de mi estudiante de la Biblia concluyo está mal formulada, y posiblemente es el problema de muchos hoy día, ¿de qué debo arrepentirme? Es posible que muchos se esfuercen por hacer bien las cosas, ya sea por agradar a Dios o por cuestión de tipo cultural. La pregunta debería ser, ¿por qué debo ser salvado?, ¿de qué debo ser salvo?
La respuesta queda en una comprensión adecuada sobre lo que es el pecado y el mal y sus consecuencias, que los descendientes de Adán necesitamos ser salvados por ser pecadores.
De esta manera no sólo observamos lo superficial como serían los actos buenos o malos, sino que profundizamos en la génesis del problema porque el pecado como rebelión es algo natural en los descendientes de Adán; no necesitamos cometer un acto pecaminoso para transformarnos en pecadores, nacemos en esa condición y por esto necesitamos de un Salvador y debemos ser salvados, no es algo que podamos hacer por nuestra propia cuenta.
El relato del joven rico ilustra lo que hemos intentado decir aquí. En su opinión mantenía una vida impecable, guardando la ley, por lo tanto no pecaba, no realizaba acciones pecaminosas, en su pregunta a Jesús se denota la intención victoriosa de quien está capacitado ya para la vida eterna (Mt 19:16), porque ante la respuesta de Jesús sobre guardar los mandamientos él señaló que era su hábito desde la niñez (v.17-20). La respuesta del Señor fue más allá de lo que él esperaba, porque lo que le faltaba se relacionaba con comprender que la salvación era un regalo que se otorga a quien reconoce su necesidad de salvación (v.21-23) y no algo que se obtenga por esfuerzo humano.
La pregunta correcta es la que hizo el carcelero de Filipo ¿qué debo hacer para ser salvo?, cuya inmediata respuesta fue “cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”(Hch 16:33, 34).
Elena White entrega lo que podemos identificar como el gran secreto en esta cuestión. Considerando que aún somos capaces de tomar nuestras decisiones y que nadie ha nacido ni para perdición o salvación y que el futuro con Dios está en las manos de cada uno, porque nuestro libre albedrío se mantiene incondicionado; que somos libres para determinar y decidir. Ella señala que “todo lo que el hombre tiene la posibilidad de hacer por su propia salvación es aceptar la invitación” (27), invitación que hace de manera permanente el Señor, “he aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3:20).
Para que esta entrega sea una realidad debe ocurrir un reconocimiento que mi estudiante de la Biblia no lograba entender y me parece que muchos no lo entienden que es la incapacidad humana en cuanto a la salvación. “Tú no puedes cambiar tu corazón, tú no puedes servirlo. Puedes darle tu voluntad; entonces él obrará en ti tanto el querer como el hacer de acuerdo con su voluntad” (28).
La respuesta entonces al pecado es una sola Jesús, Cristo como nuestro sustituto y representante es quien nos salva y redime, es él quien tiene todo el honor y derecho de perdonar, de restaurar y de salvar no solo de los actos pecaminosos por los que podamos acceder (1Jn 1:9). Él es nuestro Salvador y Redentor el que descendió del cielo para restaurar el camino a Dios y la eternidad.
Aarón A. Menares Pavez (Th.D) ©
Referencias:
1. B&H Español, «PECADO», en Diccionario Bíblico Conciso Holman (Nashville, TN: B&H Español, 2001), 513.
2. Tratado de Teología Adventista (Buenos Aires: Asociación Casa Editora, 2009), 270.
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18. Ibid, 530, 531.
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23. Ibid.
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