Principio N°5. “Los miembros de la iglesia
experimentan un sano y saludable crecimiento espiritual que incluye su comunión
y comprensión adecuada de la enseñanza de Cristo”
He oído a muchas personas decir que la doctrina no es
necesaria cuando hablamos de ser seguidores de Cristo. Otros señalan que seguir a Cristo, tampoco
requiere de religión, asignando un estigma social e histórico a la religión y
la doctrina. Es verdad, Jesús se opuso
al tipo de religión y doctrina de su tiempo, sin embargo, dicha religión y
doctrina se distanciaba diametralmente a los parámetros establecidos por el
mismo Dios en las Sagradas Escrituras.
Es posible que la religión y la doctrina hoy sufra el mismo estigma a
causa de interpretaciones particulares y también por el negativo testimonio de
algunos líderes religiosos.
No obstante ello, cuando pensamos en la iglesia,
debemos asumir que incluye la doctrina; porque la iglesia es compuesta por
discípulos que tienen que desarrollarse hacia la madurez espiritual, en este
proceso la enseñanza y la doctrina juegan un rol muy importante.
Esta realidad se hace muy visible en la iglesia
apostólica. Podemos visualizar a los
apóstoles, preocupados de la enseñanza, la edificación, el fortalecimiento en
la fe, de la mano con el crecimiento en número que aumentaba día a día.
El crecimiento en la iglesia apostólica, incluía
también el crecimiento de cada creyente en su relación con Cristo. Dicho crecimiento está relacionado con la
salvación. Ya hemos señalado que, en el discipulado, se incluye la
transformación y renovación espiritual, haciendo una relación entre la
justificación y la santificación. Entonces
los discípulos también crecen y fortalecen su vida a partir de la enseñanza o
la doctrina bíblica.
El crecimiento espiritual tiene la lógica del
crecimiento físico; es decir, nacemos crecemos y maduramos. Lo mismo acontece con los discípulos, nacen
para Cristo, crecen y deben madurar. Si
entendemos que un niño que no crece, tiene problemas de salud, lo mismo
acontece con un seguidor de Cristo que deja de crecer y sólo queda con las
primeras impresiones del Maestro.
En el capítulo anterior, nuestro principio N°4, trató
sobre la comunión entre los hermanos y como esta koinonía establecía los nexos
necesarios para el crecimiento tan explosivo de la iglesia. Sin embargo, la sección que brevemente
analizamos de Hechos 2, inicia con un imperativo en el crecimiento, este
imperativo es tan importante que aparece como el que inicia cualquier
crecimiento. El texto señala que los
creyentes “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos
con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2: 42), cada
una de estas acciones se hacían de manera continua, es decir, era un estilo de
vida de la koinonía. Sobre la comunión y
las oraciones, ya lo tratamos anteriormente, sin embargo, nos parece importante
dedicar un tiempo para hablar de la primera parte como es el hecho que
“perseveraban en la doctrina de los apóstoles” como un elemento fundamental en
el proceso de maduración de todo discípulo.
Esto nos hace entender que primero, los apóstoles sí
se ocupaban sobre este tema de la confirmación doctrinal de los nuevos discípulos,
y segundo que en la vida cristiana es esencial el crecimiento espiritual hacia
la madurez. Los creyentes,
‘perseveraban’, como una acción continua en la doctrina, en el partimiento del
pan y en las oraciones, continuamente eran koinonía. Si lo relacionamos con la comisión
evangélica, también visualizamos que Jesús indicó las acciones para cumplir con
la misión que nos encomendó, entonces también de manera continua, vamos,
enseñamos, bautizamos y hacemos discípulos (Mt 28: 19). En la comisión evangélica Jesús va a destacar
el hecho de ‘enseñar’ que guarden o sigan u obedezcan las cosas que fueron
enseñadas por él (v. 20), es decir la enseñanza de Cristo como doctrina se hace
fundamental en el proceso de crecimiento hacia la madurez espiritual.
Podemos observar que para los apóstoles era muy
importante desempeñarse como conductores de las iglesias y sus creyentes -todos
nuevos- hacia la confirmación en la fe y la madurez espiritual. Esta fue la
razón por la que, “convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: no es
justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas” (Hch
6:2). Este no es un argumento para no
hacer nada o no atender a las personas. Queda más que claro que dedicaron su
vida al servicio de los demás, siguiendo el ejemplo de Cristo; la preocupación
se relacionaba con una mejor atención, por lo que había que diversificarla,
entonces nombraron a siete diáconos (v.3) con el fin de cumplir las tareas
necesarias y que ellos no podían hacer, para no desviar su atención en lo que
para ellos era fundamental como la oración y “el ministerio de la palabra” (v.
4).
El ministerio de Pablo también se avocaba a esta
importante tarea, sus visitas a distintas iglesias tenían la finalidad de
fortalecerles en el Señor, pero también aclarar puntos doctrinales que irían
dando una identidad al cristianismo.
Sobre el trabajo pastoral de Pablo de confirmación en la fe se dice que
“las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas,
andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu
Santo” (Hch 9:31). Que las iglesias o los creyentes fueran ‘edificados’, tiene
un sentido de construcción sobre un fundamento, dicho fundamento que es Cristo,
se establecía en un cuerpo de creencias y doctrinas que eran necesarias para
que las iglesias crecieran y fueran lideradas por el Espíritu Santo.
Una vez que Pablo reclutó a Timoteo, que es descrito como
un discípulo de quien había buen testimonio (Hch 16:2), pasaban por las
distintas ciudades, donde había iglesias, congregaciones a las que “les
entregaban las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y los ancianos que
estaban en Jerusalén, para que las guardasen. Así las iglesias eran confirmadas
en la fe, y aumentaban en número cada día” (v. 4,5).
En este proceso no podemos dejar de lado a la
comunidad, la koinonía, donde sus miembros aprenden a pastorear y discipular
mutuamente. El apóstol Pablo al escribir
la carta a los Romanos establece esta relación.
La carta está dividida en dos partes, la primera tiene que ver con un
tema doctrinal, necesario para su tiempo y clave para nuestros días (Ro 1-11).
Comprender el concepto de la salvación es fundamental para optar a la
salvación. La segunda parte considera a la iglesia en lo práctico. Comprender
el concepto de la salvación es fundamental para optar a la salvación, esto es
comprender la doctrina; la enseñanza de Jesús y los apóstoles como una cuestión
vital para el fortalecimiento de todo lo práctico, como se observa en la
segunda parte de la carta.
Pablo dice “hermanos, os ruego por las misericordias
de Dios” (Ro 12:1), la pregunta es ¿Cuáles son las misericordias de Dios?, el apóstol
ha tratado en la primera parte de la carta sobre la enseñanza, la doctrina, la
salvación, la santificación, ¿cómo es que el hombre es salvo?, ¿cómo es que la
gracia de Cristo es real en la vida de cada creyente? Las misericordias de Dios son los actos
divinos en pro de la salvación del hombre, son las profecías que anunciaron al
redentor, es la protección que Israel tuvo a través de la historia por Dios, su
liberación sobrenatural de Egipto, su paso por el mar rojo, el maná, toda estas
son las misericordias de Dios. En resumen, toda la enseñanza de la salvación,
el que Dios se hubiera humanado y dado su vida de manera sustitutiva por el
hombre. Esto es enseñanza, doctrina; para
que el pecador pueda ser salvo debe entender que está perdido y recurrir al
salvador, que las oraciones son respondidas cuando el creyente sabe comunicarse
con Dios, todo esto es enseñanza. Por
ello las misericordias de Dios son elementales para la iglesia apostólica,
decimos también que lo son para la iglesia contemporánea.
Es necesario antes de iniciar el camino hacia la
madurez, decir que es responsabilidad pastoral primeramente y luego de los
líderes locales, el confirmar en la enseñanza bíblica a ellos mismos y luego a
los nuevos creyentes. Ningún crecimiento
espiritual ni numérico será guiado por el Espíritu Santo, sin un fundamento
bíblico, así fue la experiencia de la iglesia apostólica.
Si bien es cierto que la espiritualidad no es medible
de manera empírica, los resultados de tipo práctico en la vida de los
discípulos se hacen evidentes, porque al asociarse con otros discípulos que
mantienen una comunión estrecha con Jesús, serán motivados e inspirados a pasar
tiempo con el Señor, quien en una relación de tipo comunión y gracias a la
acción sobrenatural del Espíritu Santo realizará cambios de todo tipo en la
experiencia de los nuevos discípulos.
El camino hacia la madurez espiritual es ascendente desde
el nacimiento, pasando por las etapas naturales del crecimiento. Ogden, en su libro “Discipulado que
transforma” propone dos modelos en este trayecto, el primero lo denomina modelo
de Jesús, y el segundo el modelo de Pablo.
El modelo de Jesús se inicia a partir de una etapa de
prediscipulado, donde Jesús es quien invita, mientras que los que serán
invitados también están buscando, quieren saber si Jesús es o no el mesías. La
siguiente etapa, la primera, los discípulos observan insitu, el ejemplo vivo
del maestro, observan e imitan, luego están listos para observar a Jesús y la
naturaleza de su ministerio y misión. En la segunda etapa el maestro es
provocador, los discípulos aprenden y preguntan, están listos para interactuar
con Jesús y se identifican públicamente con él. La tercera etapa el maestro es
alentador y los discípulos salen a ministrar, están listos para probar la
autoridad de Jesús por medio de ellos. La cuarta etapa Jesús delega y los
discípulos ahora son apóstoles y están dispuestos a asumir la responsabilidad
de hacer discípulos.
El modelo de Pablo en tanto, se inicia con la etapa
infantil donde existe la necesidad de ejemplo y dirección y el discípulo imita
al modelo a seguir -en este caso es Pablo-, la segunda etapa la denomina
primaria, donde la necesidad es de amor incondicional y protección, el
discípulo se identifica y el modelo a seguir es un héroe. La tercera etapa es de adolescencia, allí la
necesidad es de libertad creciente y formación de la identidad, el discípulo es
exhortado y el modelo es un capacitador. La cuarta y última etapa es de adulto,
el discípulo es edificado, pero también edifica recíprocamente y el modelo
ahora es un igual.
Nuestra propuesta consta de cuatro etapas, la primera
es el nuevo nacimiento, al que ya nos hemos referido, la segunda etapa es la de
niños, la tercera la hemos denominado crecimiento continuo y la última es la
madurez. En todas las etapas, nos parece
necesario e indispensable que la koinonía sea el centro de toda operación. Hemphill pone el énfasis en el aspecto y la
figura de la familia, por lo que el discipulado mutuo es indispensable para el
desarrollo espiritual en la koinonía de los nuevos discípulos
Etapa del nuevo nacimiento
Los niños llegan al mundo como un resultado de un
milagro, el nacimiento viene precedido por la gestación y la formación
intrauterina. El proceso de unas 40
semanas en promedio consiste en la madurez del embrión para la vida
natural. Dicha madurez se puede observar
en que sus órganos están en condiciones para poder respirar y vivir. Al nacer todo bebé necesita irremediablemente
del auxilio de sus padres, ya que no está en condiciones de vivir por sí
mismo. Es decir, un bebé que recién
nació necesita de la madre para alimentarse, necesita de un lugar adecuado para
dormir, de una temperatura propicia, de ropa y otros cuidados
indispensables. Un bebé que nace y no
tiene estos cuidados, lamentablemente está condenado a morir.
Esta paradoja también es una realidad con el nuevo
nacimiento de los nuevos creyentes.
Jesús le dijo a Nicodemo que debía nacer de nuevo si quería ser parte
del reino de Dios (Jn 3:5). El nuevo
nacimiento tiene que ver con un cambio de vida, literalmente se acuerdo a Pablo
es un milagro sobrenatural, al igual que el nacimiento a la vida física que es
un verdadero milagro, “de modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es”
(2Co 7:17). Los creyentes de la iglesia
apostólica estaban conociendo al Señor y se realizaba el milagro del nuevo
nacimiento, tal cual como acontece en la vida de los nuevos creyentes. Los recién nacidos para el reino de los
cielos entonces no pueden ser abandonados, porque requieren cuidado parental
para su crecimiento.
Es una tremenda responsabilidad que tiene la koinonía
con los nuevos creyentes o discípulos, ya que han nacido por el Espíritu a una
nueva vida. Por la fe estos nuevos
discípulos, han dejado una vida de acciones contrarias a la vida espiritual y
posiblemente muchas de ellas serán abandonadas en el camino hacia la madurez
espiritual. Lo importante en este
sentido es a no dejarlos solos y conducirlos en un tipo de relación maestro
aprendiz que incluirá compromisos en cuanto a tiempo y dedicación personalizada
que serán esenciales para que el nuevo discípulo no solo se integre a la
koinonía, sino que en un tiempo cercano también pueda fortalecer y conducir a
otros hacia la madurez espiritual.
Con una delicadeza que podemos comparar a la que los
padres tienen por sus hijos que recién han nacido, los discípulos que
participan y viven en la koinonía deben atender con dedicación a los recién
nacidos.
En resumen, de esta primera etapa podemos decir que el
nuevo discípulo responde al cuidado parental que recibe su maestro, y que
juntos participan activamente de la koinonía. El maestro en tanto provee de la
atención parental requerida en la etapa de un recién nacido.
Etapa de niños
La crianza de los hijos incluye del apoyo de los
padres, hasta que ellos aprendan a desarrollarse solos, o hacia la madurez; lo
mismo debe acontecer en el contexto de la iglesia. La iglesia apostólica, no olvidemos que
crecía en gran manera y no dejaban de apoyarse mutuamente.
La segunda etapa la hemos denominado niños, por las
características naturales que poseen los niños. Los niños son inocentes, son
crédulos, no cuestionan las indicaciones de sus padres, en cuanto a sus
maestros de escuela, llegan a ser casi una ley infranqueable lo dicho por
ellos. Estas características también
acontecen en los nuevos discípulos, por ello es que es indispensable que en el
contexto de la koinonía los ‘niños’ espirituales no permanezcan solos, ya que
por su inocencia es posible que sean presa fácil de cualquier viento de
doctrina adulterada.
Regresando a Romanos, luego que el apóstol señala la
importancia de la doctrina y la enseñanza, continúa con recomendaciones hacia
la comunidad eclesiástica. Pablo inicia
con una serie de recomendaciones de tipo práctica que nos parecen importantes “No
os conforméis a este siglo” “transformaos”, que nadie “tenga más alto concepto
de sí que el que debe tener” y una orientación a servir a partir de los dones
espirituales entre otras recomendaciones de tipo práctica que fortalecen la
koinonía (Ro 12:2-8).
Los nuevos discípulos deben aprender a crecer y ser
fortalecidos, primero por la enseñanza de la doctrina de los apóstoles y las
directrices que Jesús dejó y también es necesario que los nuevos discípulos en
su etapa de niños, sean acompañados en un proceso de discipulado. No podemos tener koinonía, sin la enseñanza y
sin un crecimiento. El camino hacia la
madurez se relaciona con dos cuestiones que interactúan en el proceso. El
primero es de tipo relacional con Cristo, y el segundo es de tipo cognitivo con
la asimilación de la doctrina. Algunos
pueden asimilar sólo lo doctrinario; sin embargo, su crecimiento carecerá del
poder divino que en este proceso es fundamental, porque no existe crecimiento
espiritual, sin la fuente original de poder como lo es el Espíritu Santo.
En nuestro recorrido vamos a observar primero las
etapas del crecimiento y en una segunda parte veremos cómo actúan las
decisiones humanas influenciados por el Espíritu Santo.
Para los apóstoles, que ya señalamos su preocupación
incluía que los creyentes fueran confirmados en la fe, es decir, que las
enseñanzas de Cristo fueran asimiladas y llegaran a ser un sello distintivo en
la vida de cada uno. Los apóstoles manifestaron tal vez su preocupación, porque
posiblemente muchos habían quedado en la etapa primera, del nuevo
nacimiento. Otros probablemente habían
avanzado y llegado al nivel de niño y aprendiz, quedando en dicha etapa para
siempre. Esto conlleva una preocupación sobre los creyentes, ya que se
conforman con ser parte de la iglesia, sin optar a ningún tipo de compromiso
con la misión.
Ya señalamos que Hemphill pone el acento en el aspecto
de familia en el desarrollo hacia la madurez, y en este mismo sentido destaca
el hecho en poner atención a un crecimiento primero, no forzado y segundo que
respete al igual que el crecimiento en los niños su edad. El sustento del crecimiento se fundamenta en
la adecuada nutrición de los primeros años de vida, ya que, así como los
infantes son totalmente dependientes, los cristianos infantes “son igualmente
dependientes y necesitan atención constante y cuidadosa”, donde también debe considerarse la inspiración y motivación
que el maestro entrega al nuevo discípulo y que traerá como resultado en una
imitación de vida o lo que hemos señalado anteriormente como la
reproducción. En este sentido el ejemplo
y testimonio del maestro es vital para que el nuevo creyente adquiera un
compromiso de vida con Cristo.
La etapa de niños requiere urgentemente que el nuevo
creyente logre un conocimiento sobre el Hijo de Dios, ya que esto traerá como
resultado una intimidad profunda con Cristo y su palabra. El objetivo es
alcanzar una madurez en el tiempo de manera permanente[6].
Es a lo que Pablo lo ocupó con dedicación. Para el apóstol este proceso de
crecimiento no solo incluye la relación discípulo maestro, sino que de manera
intencionada señala que este proceso de inducción y apoyo a los nuevos
discípulos debe realizarse en función y de acuerdo a los dones que cada
creyente ha recibido por el Espíritu Santo.
El fin del apóstol es “perfeccionar a los santos… para la edificación”
(Ef 4:12), con el fin “que todos lleguemos a la unidad de la fe y del
conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto” (v.13). Con el propósito
que exista un crecimiento espiritual y pasar desde la niñez hacia la madurez, “para
que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de
doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las
artimañas del error” (Ef 4:14).
El apóstol espera que un crecimiento que incluye el
apoyo de la relación discípulo maestro, conduciendo el crecimiento desde niño
hacia la madurez debe tener el ingrediente de los dones espirituales. Esta asociación tiene la finalidad de dar
vigor al creyente o discípulo con el fin de fortalecerlo cuando vengan
dificultades de tipo doctrinal[7]. Ogden destaca en esta asociación entre
maestro discípulo y los dones espirituales como indispensables para el
fortalecimiento de los nuevos creyentes, a lo que describe como un desarrollo
de un liderazgo que sea capaz de aportar a la koinonía.
En resumen, de esta etapa podemos señalar que el
discípulo aprende por imitación y es conducido a descubrir su don, en cuanto al
maestro, está dispuesto a ser un modelo para el discípulo y fortalece el
liderazgo del nuevo discípulo ayudándole a descubrir su don.
Etapa de crecimiento continuo
El camino hacia la madurez a nuestro juicio debe
incluir una etapa de crecimiento continuo.
El paso desde la niñez a la madurez no es automático y tampoco sólo es
físico, también es emocional. La etapa
de la juventud no siempre es de madurez plena, porque está en proceso hacia la
madurez integral. Hay algunos que llegan
a la adultez, no obstante, lo físico no es congruente con lo emocional, por lo
que no podríamos decir que son maduros como personas. Algo similar acontece con el creyente, el
paso de la niñez a la madurez en algunos casos puede tardar más que en
otros. El problema se centra en que
algunos pasan toda una vida en la koinonía siendo niños o adultos inmaduros
espirituales, cuestión que les impide alcanzar la plenitud de la bendición que
Dios espera y desea para ellos.
Una etapa de crecimiento continuo es necesaria en todo
el proceso, y decimos proceso, porque el crecimiento espiritual es un proceso
de toda la vida. No obstante, el peligro
que corremos es a conformarnos y quedarnos en un estado estático, lo que
impediría la madurez espiritual.
La etapa de niños al igual que el crecimiento físico,
debe conducir a los creyentes a la madurez, ya que el peligro que vislumbraron
los apóstoles era quedarse en una constante niñez espiritual y no permitir
crecer constantemente hacia la madurez.
Existen advertencias como la registrada en la carta a los Hebreos. “Porque
debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se
os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios;
y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento
sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de
justicia, porque es niño” (He 5:12-13).
La preocupación es a no enredarse o conformarse con
los primeros pasos de la niñez, el creyente debe crecer en armonía con la
voluntad de Dios; el alimento sólido es apropiado para hombres maduros, quienes por la
práctica constante tienen sus facultades ejercitadas para discernir el bien y
el mal[9].
F.F. Bruce comentando este texto dice que en la iglesia apostólica, la
influencia de la moral griega, era un estorbo para asimilar lo importante de la
doctrina, entonces dice Bruce, aquí hay reprensión al respecto, ya que “han
sido cristianos durante tanto tiempo, que deberían ser capaces de enseñar a
otros; pero como están las cosas, ustedes mismos necesitan ser enseñados”,
la inmadurez espiritual, producto de la falta de estudio serio, los había
llevado incluso a considerar teorías que no tenían sustento bíblico. Esta misma cuestión acontece en las
congregaciones contemporáneas, ya que al ser débil su aproximación con la
doctrina, son presa fácil de especuladores y son arrastrados según el vaivén de
la embarcación social los conduzca, anteponiendo cualquier elemento por sobre
la Palabra de Dios.
Entonces en esta etapa, se requiere continuar creciendo en la
aproximación con el texto bíblico, con la doctrina, tal cual iniciamos nuestro
principio N°5, la doctrina de los apóstoles y la enseñanza de Cristo es
fundamental para todo crecimiento espiritual, por ello es que Pedro pone el
énfasis en este aspecto, al instar en todo el proceso de crecimiento a una
búsqueda incansable como “recién nacidos”, la leche espiritual para así poder
crecer de manera permanente (1Pe 2:2).
El apóstol Pablo hablando sobre las limitaciones de los judíos que no
aceptaban a Cristo como el redentor, exhorta a los Corintios a buscar, ya sin
un velo que obstaculiza la mirada hacia Dios, como acontecía en el santuario
terrenal (2Co 3:13); ahora la promesa había sido cumplida en Cristo, por lo que
el crecimiento como resultado de una comunión directa con la fuente de poder
como los el Salvador, es una realidad.
El velo ha sido quitado por el sacrificio de Cristo (v. 14), y aquellos
que lo acepten y se conviertan, dicho velo se quitará (v.16). Entonces, el crecimiento hacia la madurez
espiritual es una consecuencia de la aceptación de Jesús como el salvador. “Por
tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria
del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por
el Espíritu del Señor” (2Co 3:17).
Aquí hay una alusión a la experiencia de Moisés cuando pasó 40 días en
la presencia de Dios y bajó con las tablas de la ley. Su rostro resplandecía,
entonces Moisés, debía poner un velo en su rostro cuando hablaba con los
hombres, y solo se lo quitaba, cuando estaba en la presencia de Dios (Ex 34:32,
33). Pablo señala que la gloria de los
cristianos es como la de Moisés, es un reflejo de la gloria del Señor. Dicha
gloria se manifiesta por medio del Espíritu Santo, es la experiencia de la
salvación que conduce a los creyentes en el proceso de la salvación que incluye
la justificación, la santificación y la glorificación final[12].
Entonces el creyente o discípulo, debe buscar intencionalmente una
comunión tal que le permita crecer de manera permanente; esta es una condición
indispensable camino hacia la madurez.
El problema que se puede generar es el conformismo espiritual, es creer
que se está suficientemente bien, debido a que las acciones posiblemente no
están en confusión con los parámetros cristianos, sin embargo, ello no
significa un total crecimiento espiritual.
En resumen, de esta tercera etapa podemos señalar que el discípulo debe
estar atento a la enseñanza siempre, también es necesario buscar a Dios de
manera permanente. En su relación con el maestro, continúa un discipulado que
ahora es mutuo de fortalecimiento. En cuanto al maestro, debe ser un conocedor
de la doctrina, tiene que continuar conduciendo a sus discípulos y ser un
ejemplo de comunión con Dios.
Etapa de la
madurez
Es muy difícil hacer la
separación entre la etapa anterior y esta, ya que es muy difícil determinar la
madurez espiritual. La espiritualidad es
imposible medirla, no existe un estudio que determine si una persona es o no
espiritual. Lo que podemos vislumbrar
son los resultados que el evangelio realiza en un individuo, y aunque ello
puede ser tangible, no lo podemos medir. Por ejemplo, ¿Quién puede señalar el
porcentaje de espiritualidad que tiene Ud., o yo? Las percepciones pueden ser muy subjetivas,
incluso el tema cultural también podría jugar a favor o en contra. Por ejemplo, una persona convertida de
oriente, tendrá una aproximación a la reverencia, distinta de uno de occidente
en cuanto a sus acciones. Lo mismo
podríamos señalar en cuanto a las épocas, posiblemente una persona de hace dos
siglos atrás, tendrá una aproximación en cuanto a lo cultural distinto en
relación a la adoración. La manera de
orar en el contexto bíblico es con las manos alzadas, la manera de orar en
nuestro tiempo generalmente es de rodillas, ojos cerrados y la cabeza
escondida. Sin embargo, no podríamos
señalar cuál de las dos es más espiritual que la otra.
Podemos decir que el tipo
de comunión que alcancemos a tener con Dios va a determinar el nivel espiritual
del creyente. Entonces en este sentido
dependerá de cada uno permitir que el Espíritu Santo realice una obra de
regeneración y restauración, pero ello continúa siendo singular. La madurez espiritual otorga certeza de fe,
en la medida que se aprende a confiar en Dios.
Así lo podemos visualizar en varios personajes bíblicos. Por ejemplo, Daniel, aunque joven, lo
descrito en la Biblia de su historia nos señala que espiritualmente era una
persona madura. Daniel, no se ufanaba de
su espiritualidad con los demás, Daniel simplemente dependía de Dios, porque
había sustentado su experiencia en la comunión con Dios, eso hacía de él un
creyente espiritualmente íntegro y cuyo testimonio así lo manifestaba.
Nos parece relevante la
recomendación que Pablo le entrega al joven Timoteo en relación a su
crecimiento espiritual. La Biblia es necesaria para muchas cosas de tipo
práctico y de enseñanza, como hemos tratado en este capítulo, entonces el
apóstol le dice a su joven discípulo que la Biblia es inspirada por Dios, es
útil para enseñar, para conducir a una persona “a fin de que el hombre de Dios
sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2Ti 3:16, 17).
Posiblemente Pablo nos está entregando la clave de la madurez espiritual. Una
persona madura espiritualmente es aquella que está ‘enteramente preparada’, al
igual que Daniel, para enfrentar los desafíos de la vida, manifestando de
manera natural y no forzada; es decir hablamos de una experiencia de madurez
espiritual.
El estudio de la Biblia lleva al creyente a una regeneración del ser. Para
poder permanecer en dicho estado y llevar fruto, debemos buscar en ella una
comunión personal e íntima con Dios (Jn 15: 5-7). El hombre perfecto es aquel que por medio del
estudio de la Escritura y de una comunión íntima con Dios, está bien equipado
para todo trabajo al que sea llamado[13].
La parábola de la vid y los pámpanos es una invitación a la permanencia
en Cristo. A permanecer en Cristo se
aprende, y dicho aprendizaje nunca acaba, porque se transforma en el sustento
de la vida espiritual.
En este crecimiento al permanecer, Jesús dice que el resultado será que
habrá fruto y que en el proceso es necesario primero, aceptar la acción divina
y la toma de decisiones que lo fortalecerán.
La parábola pone el acento en el crecimiento espiritual a tal nivel de
llegar a una permanencia en Jesús. En
este proceso, algunas ramas deben ser cortadas o enmendadas para que así los
pámpanos puedan llevar frutos (Jn 15: 2).
Entonces algunas cuestiones, experiencias o hábitos posiblemente están
impidiendo que nuestra vida espiritual pueda llegar a tener relevancia; por lo
que habrá en algunos casos que abandonar y en otros enmendar, ya que, de lo
contrario, según la parábola, no permitimos que la obra de regeneración se
realice.
Es probable que en este proceso experimentemos incomodidad, en el caso
que una ‘rama’ sea limpiada y levantada o incluso dolor cuando la ‘rama’ sea
quitada. Esta acción del labrador, que
según nos entrega la parábola es el Padre (v.1), cumple la finalidad que el
creyente lleve fruto en una primera etapa, para luego llevar más fruto (v.2). Es necesario tomar decisiones personales que
puedan involucrar cuestiones que puedan estar muy arraigadas en nuestra vida,
pero que a todas luces nos están impidiendo una cercanía con Dios y a la ves están
impidiendo que como creyentes llevemos fruto.
Jesús quien se auto proclama como la Vid, señala que una vez iniciado
este proceso de limpieza están las condiciones para que el creyente comience a
permanecer en Él, y de esta manera el creyente no solo podrá llevar fruto en
una primera etapa, o más fruto en una segunda, sino que ahora puede llevar mucho
fruto (v.5).
En este mismo sentido la experiencia del creyente alcanza una intimidad
con Cristo que le permite estar en armonía con la voluntad de Dios. Jesús describe esta experiencia de
permanencia en el, destacando el hecho que su voluntad está expresada en su
Palabra, “pedid todo lo que queréis y os será hecho” (v. 7), el Señor ya fue
claro que este proceso es el que conduce a la salvación y quien se resista a
caminar con Dios, su destino en el juicio no es bueno (v. 6).
En resumen, de lo que hemos señalado en este capítulo, podemos señalar que,
si los primeros creyentes en la iglesia apostólica cuantificaron como
importante el estudio de las enseñanzas y doctrinas de Cristo y los apóstoles,
nos pone como objetivo mirar con cuidado dichas enseñanzas que nos conducirán a
una experiencia de comunión y permanencia en Cristo y que nos permitirá vivir
en armonía con la voluntad de Dios.
En esta última etapa, tanto el maestro como el discípulo hacen de su
comunión por medio del estudio de la enseñanza de la Biblia, la doctrina el
fundamento de su vida y además experimentan y se gozan armónicamente en una
alabanza a Dios ofreciendo sus dones espirituales que son utilizados de
bendición ya sea para su propio crecimiento, para beneficio de la iglesia y
para el establecimiento del reino de Dios hasta el encuentro en la segunda
venida de Cristo. Es posible que los
dones de los discípulos conduzcan al nuevo discípulo a una labor de tal
trascendencia que llegue a ser incluso más visible que el maestro, cumpliendo
lo dicho por Cristo que los discípulos podrían llegar mayores obras (Jn 14:
12).
León Morris dice que este hecho es una realidad con la acción poderosa
del Espíritu Santo, ya que Jesús los había comisionado antes de ascender al
cielo. El libro de los Hechos es una clara evidencia de esto, un relato lleno
de milagros y poderosas conversiones
que dieron no solo el inicio, sino el crecimiento de la iglesia cristiana que
hasta este día continúa en el proceso de espera de la consumación de la
historia.
Pr. Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología
[6]
Carro, Daniel, Comentario bíblico mundo hispano (El paso, tex: Mundo Hispano,
1993), 174.
[7]
Walvoord, John F. and Zuck, Roy B, El conocimiento bíblico, un comentario
expositivo: Nuevo Testamento (Puebla: Las Américas, 1996), 3:178}
[9]
Matthew Henry, Comentario bíblico de Matthew Henry ( Terrasa: Clíe, 1999), 1799
[12]
John F. Walvoord, El conocimiento bíblico, un comentario expositivo: Nuevo
Testamento, tomo 3: 1 Corintios-Filemón (Puebla: Ediciones Las Américas, 1996),
85
[13] Vidal
Valencia, Comentario bíblico del continente nuevo: 1 Timoteo, 2 Timoteo, Tito
(Miami, Fl: Unilit, 1996), 170.