Principios sobre lo que es la iglesia.
Principio N°2 “La iglesia tiene como objetivo cumplir la
Algunas iglesias de Estados Unidos establecieron distintos tipos
de clases de discipulado que intencionalmente incluían este crecimiento. Desde
la clase 1 en adelante, abarcando variados tipos de contenidos, pasando desde
la comprensión básica del evangelio, doctrina y una capacitación para cumplir un
ministerio en la iglesia. De hecho, esta
estrategia dio resultados muy positivos, trayendo el fenómeno de las mega
iglesias. Hay dos nombres de pastores
que pueden ser un referente de esta estrategia exitosa. En Korea el pastor David Yonggi Cho, llegó a
tener una iglesia de más de 800.000 miembros.
El éxito de Yonggi Cho, se basó en un plan de grupos células y
discipulado. El otro pastor es Rick
Warren, quien lideró la Iglesia Saddleback Church, California, y que cuya membresía
también era grande. Al igual que Cho, Warren
trabajó con grupos células, considerando las necesidades de las personas, según
un estudio que él mismo realizó, basado en un plan de discipulado.
Hemos señalado que la misión de la iglesia no es más que la
misión que Cristo estableció con el propósito de alcanzar a las personas a la
salvación. Para alcanzar esta acción,
Jesús nos dejó estrategias de este plan de evangelización. Una de estas estrategias es dada al grupo de
los setenta (Lc 10: 1-12), allí podemos encontrar que el trabajo es de dos en
dos, y que al cumplir dicha acción serían acompañados y capacitados por el
poder divino. Sin embargo, esta estrategia
es complementada con lo que se conoce como la gran comisión (Mt 28: 18, 19), y
que como ya se ha señalado anteriormente, son acciones continuas que se
desarrollan en paralelo, en este caso por la iglesia. Las acciones que se desarrollan en paralelo y
permanentemente, son ‘id (yendo)’, ‘bautizando’, ‘enseñando’, y ‘discipulando’ (haced
discípulos). Podríamos pensar que
discipular, es una acción independiente de las otras, sin embargo, es un
todo. Mientras vamos, enseñamos, y
mientras enseñamos, bautizamos y mientras bautizamos, hacemos discipulado.
La pregunta lógica ahora es ¿qué es el discipulado?, ¿qué es
ser discípulo? Por supuesto que no pretendemos dar la respuesta de mayor
elaboración, porque ello sería muy pretencioso. Se han escrito muchos libros
sobre discipulado trayendo a la discusión variados elementos que pasan desde lo
filosófico, teológico y diversos planes de discipulado que se han estructurado
y convertido en manuales de discipulado.
Desde nuestra mirada, el discipulado es más sencillo de lo
que tal vez lo hemos hecho. El
discipulado habla de un maestro y un discípulo, o un seguidor. En realidad, la
definición más sencilla de un discípulo es esa: seguidor. Tal vez lo complejo de esto es que el alumno
o seguidor, debe tener una buena razón para seguir a alguien y transformarse en
un seguidor. La sociedad está llena de
seguidores y maestros. Algunos incluso los llaman gurú, utilizando una terminología
de la sociedad oriental.
En liderazgo hoy encontramos las mentorías y los coaching,
que es un tipo de enseñanza personalizada, pero que es útil para alcanzar
tareas y metas. El discipulado incluye un elemento transformador, que no existe
en las mentorías y coaching, y que veremos en este capítulo.
La Biblia en tanto entrega orientaciones importantes sobre
este aspecto. Antes de iniciar nuestra reflexión
en relación con el discipulado, debemos considerar el lugar que el seguimiento
ocupa en el plan de Dios desde que fuimos creados.
Al crear a Adán y Eva, Dios estableció una manera de
comunicarse y de fortalecer plenamente la vida de sus nuevas criaturas. La declaración divina que los primeros padres
de la humanidad fueron hechos a ‘imagen y semejanza’ de Él (Gn 1:26, 27),
supone por parte de Adán y Eva una contemplación, admiración, sumisión
reverente y un permanente crecimiento en el Creador.
En la comunión personal y en el acompañamiento divino para
con la humanidad se le permitía a Adán y Eva permanecer en un estado de armonía
con Dios, sin la división que posteriormente vino a causa del pecado.
Fue Dios quien le enseñó a los primeros padres sobre la
vida, sobre como vivirla, sobre sus cuerpos, sobre la creación, sobre como vivir
cada día. Para ellos Dios lo era todo,
Dios era su creador, y junto a los ángeles eran a los únicos seres a quienes
ellos podían acercarse y establecer relación social. Adán y Eva eran también discípulos de Dios,
porque estaban siendo moldeados por Él.
Una vez que el pecado entró en este mundo y condenó a la
humanidad a la separación de Dios y a la muerte (Gn 3:7, 15, 24), y aunque la
condición en lo relativo a la relación del hombre con Dios cambió, porque ya no
podía hacerlo como antes; Dios continúo cerca de ellos, para conducir y guiar
sus vidas. Los guió en cuanto a cómo
solucionar el problema del pecado, los guió en cuanto al plan de salvación, les
enseñó sobre la comunión, la adoración, la oración, los altares, continúo
siendo Dios el Maestro.
Como ya se ha señalado la definición más sencilla de
discípulo es seguidor, aprendiz, también puede ser alumno, o sencillamente un
seguidor. El diccionario Kittel, hace un
interesante resumen sobre esta palabra y su significado. La expresión no es original del cristianismo,
sino que tanto en el mundo griego como en el judaísmo esta expresión era muy
conocida. Para el pensamiento socrático
y platónico esta relación ‘maestro discípulo’ llegó a ser la formalidad de la
educación de hasta 8 años. En el
judaísmo en tanto la relación ‘maestro discípulo’ comprendía en el sentido
secular, la obtención de un oficio.
En tanto el discipulado que se inicia con Cristo, que toma
la misma base de un maestro y algunos discípulos, en este caso 12, parte de una
base invertida, es decir, es el maestro quien elige a los discípulos y no son
los discípulos quienes escogen al maestro con quien desean ser educados.[1]
Una definición que nos parece englobadora y que aporta a una
comprensión más integral del concepto, nos la entrega Gary W. Kuhne. El señala
que el discípulo “es un cristiano que está creciendo en conformidad con Cristo,
que está logrando fruto en el evangelismo, y que está trabajando en la
consolidación para conservar su fruto”.[2] Por lo que el discípulo no solo es quien
acepta a Jesús y lo señala como su salvador, sino es quien permite que el
Salvador modifique su vida y le permita crecer como discípulo.
El movimiento evangélico relacionado al crecimiento de
iglesia, que señalamos al inicio de este capítulo, comenzó a fortalecerse con
el liderazgo y el aporte de Donald McGavran, quien mucho antes que Warren
comenzó a investigar lo que necesitaban las personas y basado en ello comenzó
un plan de discipulado urbano, en su libro “Comprendiendo el crecimiento de la
iglesia”, dedicó un capítulo al discipulado en las zonas urbanas. MacGavran señalo que los creyentes debían ser
discípulos fructíferos y miembros de las iglesias locales, para que de esta
manera la evangelización pueda llegar a todos.
Esto tiene mucha validez, ya que como el propósito divino es llevar la
salvación a cada ser humano, el discipulado aparece como la estrategia divina
de mayor alcance.
Para Russel Burril, el aporte de MacGavran es incompleto,
porque el discípulo va en crecimiento y no sólo se queda en la aceptación de
Jesús como Salvador[3]. La concepción de una salvación estática no es
bíblica porque una vez que el creyente acepta a Jesús como su Salvador,
comienza el proceso de la nueva vida. Puesto esto ante la soteriología es como
decir que la justificación es solitaria, sin sus resultados en quien ha sido
beneficiado; entendiendo que los resultados no nos son meritorios para la
salvación. Hablamos de justificación y
santificación, es como decir, si no existen resultados de la santificación, es
porque nunca hubo justificación. El
discipulado no es estático, es en crecimiento.
Burril lo describe muy bien, el dice que el “discípulo nunca es
completamente discipulado, sino que siempre está en el proceso del discipulado”.[4]
Bonhoeffer señala que el llamado al discipulado es
vinculación a la persona de Jesucristo, y que existe porque Cristo existe[5],
porque si la experiencia con Cristo requiere un resultado en cuanto a la
salvación, esa misma experiencia es la que se requiere para el discipulado.
Gregory Ogden describe tres etapas del discipulado. La primera es la invitación a ver y descubrir
quién es él, para ello utiliza la boda de Caná, registrada en Juan capítulo 2 y
el milagro que allí realizó, convirtiendo el agua en un delicioso vino. La
segunda etapa es el llamado a los 12, es aquí donde Ogden puntualiza la
existencia de una relación entre Jesús, el Maestro y los llamados (discípulos).
La tercera etapa es que entre la multitud los 12 reciben un papel de liderazgo,
porque ahora los nombra sus apóstoles[6].
Este liderazgo que plantea Ogden confirma también que el discipulado
no es estático, sino que es permanente su crecimiento en el tiempo, diríamos
mientras vivamos.
Discipulado: Llamado, transformación y reproducción
El llamado. El discipulado a nuestro entender tiene tres elementos fundamentales. El primero de ellos es el llamado. La invitación es realizada directamente por el Maestro a personas que están en condición de tomar una determinación. Este es el caso de los 12, los relatos que tenemos señalan que fueron invitados y dejando todo siguieron a Jesús (Mt 4:18-20; Mc 1:19, 20; Lc 5:11). El caso de Mateo (Lc 5: 27-29) o Pedro es elocuente, dejando todo, siguieron al Maestro. No puede haber un discipulado sin dejar atrás todo lo que nos ate a este mundo; a fin de cuentas, el llamado al discipulado es para conquistar al mundo para el reino de Dios, que no es de este mundo.
El llamado. El discipulado a nuestro entender tiene tres elementos fundamentales. El primero de ellos es el llamado. La invitación es realizada directamente por el Maestro a personas que están en condición de tomar una determinación. Este es el caso de los 12, los relatos que tenemos señalan que fueron invitados y dejando todo siguieron a Jesús (Mt 4:18-20; Mc 1:19, 20; Lc 5:11). El caso de Mateo (Lc 5: 27-29) o Pedro es elocuente, dejando todo, siguieron al Maestro. No puede haber un discipulado sin dejar atrás todo lo que nos ate a este mundo; a fin de cuentas, el llamado al discipulado es para conquistar al mundo para el reino de Dios, que no es de este mundo.
Este primer elemento del discipulado no puede ser mirado en menos
por tratarse de la primera etapa, porque es el punto de inflexión de la vida,
es el instante en el que decidimos seguir a Cristo, porque nuestros caminos son
limitados, turbulentos, débiles y pecaminosos. Esta decisión arrastra un
elemento muy difícil para los humanos que es la obediencia. Sin embargo, los
discípulos estuvieron dispuestos a ser obedientes, claro, fue en crecimiento,
pero es evidente que su vida a partir de ahora estuvo marcada por la obediencia
a su Maestro. Un caso de ello es la pesca milagrosa, los discípulos que en su
mayoría eran pescadores y conocían perfectamente como cumplir su labor cotidiana.
Pedro no duda en obedecer, aún contra lo que siempre él creyó a la palabra de
Cristo, él echó la red sólo porque Jesús lo había dicho (Lc 5:4-6). Sin lugar a duda La decisión de Pedro y Mateo
y los demás discípulos fue la mejor.
He conocido a muchas personas tomar la decisión por Cristo,
muchos de ellos han perseverado y han visto como han sido enriquecidos por la
santa presencia divina en sus vidas y en medio de todo su quehacer. Por el contrario, también he conocido a
personas que han aceptado a Jesús tan solo como un talismán de buena suerte y
no han perseverado, por cierto, que, al dejar de seguir a Cristo, sus vidas no
tuvieron el destino que habrían tenido si se hubieran mantenido de la mano del señor.
La transformación.
Hemos señalado que el discipulado nunca es estático y que estamos
continuamente siendo discipulados por el Señor.
La Biblia es muy clara en relación con el cambio de vida de un creyente,
esa misma acción es asociada al discípulo. En realidad, no podríamos separar a
un creyente de un discípulo, ya que el verdadero creyente es un discípulo.
La pregunta que podemos hacernos en este punto es ¿Por qué
necesitamos ser transformados?, esto tiene una respuesta que proviene de la
soteriología, ya que como nacemos con una naturaleza espiritual muerta, la
recomendación de Cristo es a nacer de nuevo (Jn 3:3). Nicodemo entendía que era
lo suficientemente aceptable para el reino de Dios, no obstante, el Señor le
dice que debe nacer otra vez (v.6,7).
La transformación del creyente es indispensable, está en la
ruta de la salvación. Pablo lo describió de manera elocuente, “de modo que si
alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2Co 5:17), una nueva creación, un
milagro; el milagro de la regeneración espiritual que solo es lograda por la
intervención divina. Cuando Jesús le señaló
a Nicodemo que debía nacer de nuevo, literalmente le decía que debía nacer
desde arriba, porque dicho milagro sólo lo realiza el Espíritu Santo en el
creyente o discípulo que así lo permita.
Los discípulos de Cristo también experimentaron esta
transformación. Algunos pasaron de ser llamados
‘hijos del trueno’ (Mc 3:17) como es el caso de Santiago y Juan, o el iracundo y
temperamental Pedro que pasó a ser un influyente pastor y evangelista de la iglesia
que Cristo instauró con ellos.
Nuevamente insistimos en la idea que el proceso
justificación-santificación, es el proceso de todo discípulo. El camino lógico para el creyente es la
transformación, y en esa ruta, ninguno permanece solitario en una tarea que sin
Cristo es imposible. Para ello Él mismo ha propiciado su vida y el auxilio
sobrenatural del Espíritu Santo, “porque Dios es el que en vosotros produce así
el querer como el hacer” (Fil 2:13), “por tanto, nosotros todos, mirando a cara
descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de
gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2Co 3:18).
La reproducción.
El tercer elemento del discipulado es la reproducción. No podemos dejar a un lado nuestro principio
N°2: “La iglesia tiene como objetivo cumplir la misión establecida por Cristo”.
Hemos señalado que esta misión es alcanzar a las personas con la
salvación. Dicho de una manera, tal vez
un poco soberbia, los discípulos de Cristo son sus manos para llevar a las
personas a una experiencia de salvación y vida. También podemos ver la generosidad de Dios, en
permitirnos participar de esta bondad, de poder ver milagros de salvación en muchas
personas, cuyas vidas son transformadas.
En este sentido el llamado del discipulado es a la
reproducción o la multiplicación. Nos parece interesante el concepto de
reproducción, porque esto es lo que Jesús hace con nosotros. La contemplación que podemos experimentar al
estudiar su Palabra, la oración y la adoración ya sea en el aspecto congregacional
y testimonial, nos permite conocer cada día más a nuestro Maestro y reflejar su
vida en la nuestra.
La razón de ser de la iglesia no es solo relacional, aunque
en ese aspecto es un tremendo aporte a la salud emocional de las personas,
sobre todo en la sociedad individualista y envuelta en la hipermodernidad que
nos ha tocado vivir. La razón máxima de
la iglesia es la de involucrarse en la salvación de las personas. No podemos concebir una iglesia estática y
que sólo existe para sí misma. Esta característica
es más patológica que eclesiástica, y sería solo una característica del
individualismo, antes ya señalado; porque no vivimos para los que somos, sino
que vivimos para cumplir el propósito divino de alcanzar a las personas para
Cristo.
La razón de la iglesia es salvar almas. ¿Cómo? Por medio de un sano discipulado. Elena White lo describe de manera elocuente. “el
servicio que se hace para Dios incluye el ministerio personal. Mediante el
esfuerzo individual, hemos de cooperar con él en la salvación del mundo. La orden
de Cristo: ‘Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda criatura’ (Mc
16:15) se dirige a cada uno de sus seguidores”.[7]
En uno de los discursos entregados a los discípulos y que lo
da a pocos días de su sacrificio, el Señor deja muy claro que la evangelización
era tarea de ellos, pero que nada lograrían de manera solitaria, ya que
cualquier fruto en la evangelización si se realiza de manera independiente de
la fuente de poder, sería nula, “porque separados de mi nada podéis hacer” (Jn
15:5). La comisión de ‘ir’, ‘enseñar’, ‘bautizar’
y ‘discipular’ para evangelizar al mundo es la base para alcanzar los
propósitos divinos en cuanto a la salvación de las personas, y desde nuestro planteamiento
es labor de cada discípulo. Por ello
hablamos de reproducción.
La reproducción es la multiplicación de creyentes discípulos
que lleguen a experimentar la gracia salvadora. Es como describe Keith
Phillips, “el discipulado cristiano es una relación entre maestro y alumno… en
la que el maestro transmite de tal forma lo que significa la plenitud en
Cristo, que el alumno llega a ser capaz de enseñar a otros para que éstos, a su
vez enseñen a otros”[8].
La reproducción de un discípulo permite que podamos hacer
que los nuevos creyentes sean también transformados en discípulos de Cristo,
pero esta acción, tiene un componente no menor, como lo es la testificación.
La testificación.
Antes de su ascensión, Jesús les dijo a sus discípulos, que ya no eran
12, sino por lo menos unas 120 personas, que la evangelización tendría dos
elementos básicos e indispensables. El
primero es el poder sobrenatural del Espíritu Santo, es la capacitación que
recibirían para poder cumplir con la misión divina de evangelizar y buscar la
salvación de las personas. Este poder es descrito como uno que es capaz de
romper cualquier valla y duro corazón, es el único capaz de convencer de
pecado, de juicio y de justicia (Jn 16: 8-11), la expresión utilizada es la
base de la palabra dinamita, por lo que la misión a cumplir sería fortalecida
por la santa presencia del Espíritu Santo siempre. El otro elemento que también es estratégico, y
que se relaciona directamente con la vida íntima de cada discípulo es la
testificación. Jesús dijo, “y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea,
en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hch 1:8).
Si el tercer elemento del discipulado que estamos
proponiendo es la reproducción, la testificación se hace indispensable. No sólo es enseñar la doctrina, que es muy
bueno, es vivirla. La testificación
también es un sinónimo de predicación, sin embargo, esta predicación es con la
vida de cada discípulo. Aquí cabe
reflexionar en la responsabilidad sobre la vida ética de cada discípulo, ¿es
nuestra vida una hoja abierta? ¿es nuestra vida un testimonio veraz de una
comunión personal e íntima con Jesús? Quienes
nos rodean, ¿pueden decir que parecemos un discípulo de Cristo?, ¿vivimos lo
que predicamos?
Elena White hablando sobre la obra de los discípulos señala
que “todo cristiano debe ser un misionero”[9],
y que “cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero”[10]. El énfasis está puesto en un verdadero
discipulado y no solo en un cristianismo estático. El discipulado no sólo se queda en lo
contemplativo y místico, que lamentablemente pareciera es más común de lo que
debiera. La iglesia no puede ser
estática, si permanece estática, no puede cumplir con la misión que dejó Cristo
a los primeros discípulos. Si consideramos
que los primeros discípulos se entregaron por el evangelio, hasta dar sus
propias vidas, eso debería hacernos reflexionar en que lado estamos cada uno.
Si nuestro objetivo como iglesia es cumplir con la misión
que nos dejó Cristo, entonces debemos tomarnos en serio el discipulado. No el discipulado de slogan, sino el
discipulado que nos dejó el Señor. Si cada
hijo de Dios es un discípulo, entonces podrá en su nivel de acción, compartir
lo que Dios ha hecho y está haciendo en su vida. No simplemente en lo reflexivo
o contemplativo, sino en lo práctico, en su vida diaria, porque es allí, donde
los discípulos de Cristo cuentan como es su Dios, Salvador y Señor.
Pr. Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología
Pr. Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología
[1]Gerhar
Kittel y Gerhard Friedrich, Compendio
del Diccionario teológico del Nuevo Testamento (Grand Rapids: Desafío, 2002),
542-552.
[2] Gary
W. Kuhne, La Dinámica de adiestrar discípulos (Nashville: Caribe, 1980 , 11
[3]
Russel Burril, Discípulos modernos para iglesias revolucionadas (Florida:
Asociación Casa Editora Sudamericana, 2014), 24
[4]
Ibid, 26.
[5]
Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia, el seguimiento (Salamanca: Sígueme,
2007), 29.
[6]
Gregory J. Ogden, Discipulado que transforma: El modelo de Jesús (Barcelona:
Clíe, 2002), 70
[7]
Elena White, Palabras de vida del Gran Maestro (Florida: Asociación Casa
Editora Sudamericana, 1991), 242.
[8]
Ogden, Ibid, 138.
[9]
Elena White, El Ministerio de curación (Florida: Asociación Casa Editora
Sudamericana, 1993), 71
[10]
Elena White, El Deseado de todas las gentes (Florida: Asociación Casa Editora
Sudamericana, 2003), 166


