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viernes, 28 de junio de 2019

Principios sobre lo que es la iglesia.

Principio N°2 “La iglesia tiene como objetivo cumplir la
misión establecida por Cristo”



Recuerdo que a fines de los noventa, en Latinoamérica se comenzó a hablar de discipulado.  Experiencias que se estaban desarrollando en distintas iglesias evangélicas, en base a grupos células, o grupos pequeños.  Aparecieron diversos materiales en español con el objetivo de sistematizar una escuela de crecimiento espiritual a partir del discipulado.  De estos materiales podemos destacar varios de ellos que podían conducir al nuevo creyente a una madurez espiritual.

Algunas iglesias de Estados Unidos establecieron distintos tipos de clases de discipulado que intencionalmente incluían este crecimiento. Desde la clase 1 en adelante, abarcando variados tipos de contenidos, pasando desde la comprensión básica del evangelio, doctrina y una capacitación para cumplir un ministerio en la iglesia.  De hecho, esta estrategia dio resultados muy positivos, trayendo el fenómeno de las mega iglesias.  Hay dos nombres de pastores que pueden ser un referente de esta estrategia exitosa.  En Korea el pastor David Yonggi Cho, llegó a tener una iglesia de más de 800.000 miembros.  El éxito de Yonggi Cho, se basó en un plan de grupos células y discipulado.  El otro pastor es Rick Warren, quien lideró la Iglesia Saddleback Church, California, y que cuya membresía también era grande.  Al igual que Cho, Warren trabajó con grupos células, considerando las necesidades de las personas, según un estudio que él mismo realizó, basado en un plan de discipulado.

Hemos señalado que la misión de la iglesia no es más que la misión que Cristo estableció con el propósito de alcanzar a las personas a la salvación.  Para alcanzar esta acción, Jesús nos dejó estrategias de este plan de evangelización.  Una de estas estrategias es dada al grupo de los setenta (Lc 10: 1-12), allí podemos encontrar que el trabajo es de dos en dos, y que al cumplir dicha acción serían acompañados y capacitados por el poder divino.  Sin embargo, esta estrategia es complementada con lo que se conoce como la gran comisión (Mt 28: 18, 19), y que como ya se ha señalado anteriormente, son acciones continuas que se desarrollan en paralelo, en este caso por la iglesia.  Las acciones que se desarrollan en paralelo y permanentemente, son ‘id (yendo)’, ‘bautizando’, ‘enseñando’, y ‘discipulando’ (haced discípulos).  Podríamos pensar que discipular, es una acción independiente de las otras, sin embargo, es un todo.  Mientras vamos, enseñamos, y mientras enseñamos, bautizamos y mientras bautizamos, hacemos discipulado. 

La pregunta lógica ahora es ¿qué es el discipulado?, ¿qué es ser discípulo? Por supuesto que no pretendemos dar la respuesta de mayor elaboración, porque ello sería muy pretencioso. Se han escrito muchos libros sobre discipulado trayendo a la discusión variados elementos que pasan desde lo filosófico, teológico y diversos planes de discipulado que se han estructurado y convertido en manuales de discipulado.

Desde nuestra mirada, el discipulado es más sencillo de lo que tal vez lo hemos hecho.  El discipulado habla de un maestro y un discípulo, o un seguidor. En realidad, la definición más sencilla de un discípulo es esa: seguidor.  Tal vez lo complejo de esto es que el alumno o seguidor, debe tener una buena razón para seguir a alguien y transformarse en un seguidor.  La sociedad está llena de seguidores y maestros. Algunos incluso los llaman gurú, utilizando una terminología de la sociedad oriental. 

En liderazgo hoy encontramos las mentorías y los coaching, que es un tipo de enseñanza personalizada, pero que es útil para alcanzar tareas y metas. El discipulado incluye un elemento transformador, que no existe en las mentorías y coaching, y que veremos en este capítulo.

La Biblia en tanto entrega orientaciones importantes sobre este aspecto.  Antes de iniciar nuestra reflexión en relación con el discipulado, debemos considerar el lugar que el seguimiento ocupa en el plan de Dios desde que fuimos creados. 

Al crear a Adán y Eva, Dios estableció una manera de comunicarse y de fortalecer plenamente la vida de sus nuevas criaturas.  La declaración divina que los primeros padres de la humanidad fueron hechos a ‘imagen y semejanza’ de Él (Gn 1:26, 27), supone por parte de Adán y Eva una contemplación, admiración, sumisión reverente y un permanente crecimiento en el Creador.

En la comunión personal y en el acompañamiento divino para con la humanidad se le permitía a Adán y Eva permanecer en un estado de armonía con Dios, sin la división que posteriormente vino a causa del pecado.

Fue Dios quien le enseñó a los primeros padres sobre la vida, sobre como vivirla, sobre sus cuerpos, sobre la creación, sobre como vivir cada día.  Para ellos Dios lo era todo, Dios era su creador, y junto a los ángeles eran a los únicos seres a quienes ellos podían acercarse y establecer relación social.  Adán y Eva eran también discípulos de Dios, porque estaban siendo moldeados por Él. 

Una vez que el pecado entró en este mundo y condenó a la humanidad a la separación de Dios y a la muerte (Gn 3:7, 15, 24), y aunque la condición en lo relativo a la relación del hombre con Dios cambió, porque ya no podía hacerlo como antes; Dios continúo cerca de ellos, para conducir y guiar sus vidas.  Los guió en cuanto a cómo solucionar el problema del pecado, los guió en cuanto al plan de salvación, les enseñó sobre la comunión, la adoración, la oración, los altares, continúo siendo Dios el Maestro. 

Como ya se ha señalado la definición más sencilla de discípulo es seguidor, aprendiz, también puede ser alumno, o sencillamente un seguidor.  El diccionario Kittel, hace un interesante resumen sobre esta palabra y su significado.  La expresión no es original del cristianismo, sino que tanto en el mundo griego como en el judaísmo esta expresión era muy conocida.  Para el pensamiento socrático y platónico esta relación ‘maestro discípulo’ llegó a ser la formalidad de la educación de hasta 8 años.  En el judaísmo en tanto la relación ‘maestro discípulo’ comprendía en el sentido secular, la obtención de un oficio.

En tanto el discipulado que se inicia con Cristo, que toma la misma base de un maestro y algunos discípulos, en este caso 12, parte de una base invertida, es decir, es el maestro quien elige a los discípulos y no son los discípulos quienes escogen al maestro con quien desean ser educados.[1]

Una definición que nos parece englobadora y que aporta a una comprensión más integral del concepto, nos la entrega Gary W. Kuhne. El señala que el discípulo “es un cristiano que está creciendo en conformidad con Cristo, que está logrando fruto en el evangelismo, y que está trabajando en la consolidación para conservar su fruto”.[2]  Por lo que el discípulo no solo es quien acepta a Jesús y lo señala como su salvador, sino es quien permite que el Salvador modifique su vida y le permita crecer como discípulo.

El movimiento evangélico relacionado al crecimiento de iglesia, que señalamos al inicio de este capítulo, comenzó a fortalecerse con el liderazgo y el aporte de Donald McGavran, quien mucho antes que Warren comenzó a investigar lo que necesitaban las personas y basado en ello comenzó un plan de discipulado urbano, en su libro “Comprendiendo el crecimiento de la iglesia”, dedicó un capítulo al discipulado en las zonas urbanas.  MacGavran señalo que los creyentes debían ser discípulos fructíferos y miembros de las iglesias locales, para que de esta manera la evangelización pueda llegar a todos.  Esto tiene mucha validez, ya que como el propósito divino es llevar la salvación a cada ser humano, el discipulado aparece como la estrategia divina de mayor alcance.

Para Russel Burril, el aporte de MacGavran es incompleto, porque el discípulo va en crecimiento y no sólo se queda en la aceptación de Jesús como Salvador[3].  La concepción de una salvación estática no es bíblica porque una vez que el creyente acepta a Jesús como su Salvador, comienza el proceso de la nueva vida. Puesto esto ante la soteriología es como decir que la justificación es solitaria, sin sus resultados en quien ha sido beneficiado; entendiendo que los resultados no nos son meritorios para la salvación.  Hablamos de justificación y santificación, es como decir, si no existen resultados de la santificación, es porque nunca hubo justificación.  El discipulado no es estático, es en crecimiento.  Burril lo describe muy bien, el dice que el “discípulo nunca es completamente discipulado, sino que siempre está en el proceso del discipulado”.[4] 

Bonhoeffer señala que el llamado al discipulado es vinculación a la persona de Jesucristo, y que existe porque Cristo existe[5], porque si la experiencia con Cristo requiere un resultado en cuanto a la salvación, esa misma experiencia es la que se requiere para el discipulado.

Gregory Ogden describe tres etapas del discipulado.  La primera es la invitación a ver y descubrir quién es él, para ello utiliza la boda de Caná, registrada en Juan capítulo 2 y el milagro que allí realizó, convirtiendo el agua en un delicioso vino. La segunda etapa es el llamado a los 12, es aquí donde Ogden puntualiza la existencia de una relación entre Jesús, el Maestro y los llamados (discípulos). La tercera etapa es que entre la multitud los 12 reciben un papel de liderazgo, porque ahora los nombra sus apóstoles[6]. 

Este liderazgo que plantea Ogden confirma también que el discipulado no es estático, sino que es permanente su crecimiento en el tiempo, diríamos mientras vivamos.

Discipulado: Llamado, transformación y reproducción
El llamado.  El discipulado a nuestro entender tiene tres elementos fundamentales.  El primero de ellos es el llamado.  La invitación es realizada directamente por el Maestro a personas que están en condición de tomar una determinación.  Este es el caso de los 12, los relatos que tenemos señalan que fueron invitados y dejando todo siguieron a Jesús (Mt 4:18-20; Mc 1:19, 20; Lc 5:11). El caso de Mateo (Lc 5: 27-29) o Pedro es elocuente, dejando todo, siguieron al Maestro.  No puede haber un discipulado sin dejar atrás todo lo que nos ate a este mundo; a fin de cuentas, el llamado al discipulado es para conquistar al mundo para el reino de Dios, que no es de este mundo.

Este primer elemento del discipulado no puede ser mirado en menos por tratarse de la primera etapa, porque es el punto de inflexión de la vida, es el instante en el que decidimos seguir a Cristo, porque nuestros caminos son limitados, turbulentos, débiles y pecaminosos. Esta decisión arrastra un elemento muy difícil para los humanos que es la obediencia. Sin embargo, los discípulos estuvieron dispuestos a ser obedientes, claro, fue en crecimiento, pero es evidente que su vida a partir de ahora estuvo marcada por la obediencia a su Maestro. Un caso de ello es la pesca milagrosa, los discípulos que en su mayoría eran pescadores y conocían perfectamente como cumplir su labor cotidiana. Pedro no duda en obedecer, aún contra lo que siempre él creyó a la palabra de Cristo, él echó la red sólo porque Jesús lo había dicho (Lc 5:4-6).  Sin lugar a duda La decisión de Pedro y Mateo y los demás discípulos fue la mejor. 

He conocido a muchas personas tomar la decisión por Cristo, muchos de ellos han perseverado y han visto como han sido enriquecidos por la santa presencia divina en sus vidas y en medio de todo su quehacer.  Por el contrario, también he conocido a personas que han aceptado a Jesús tan solo como un talismán de buena suerte y no han perseverado, por cierto, que, al dejar de seguir a Cristo, sus vidas no tuvieron el destino que habrían tenido si se hubieran mantenido de la mano del señor.

La transformación.  Hemos señalado que el discipulado nunca es estático y que estamos continuamente siendo discipulados por el Señor.  La Biblia es muy clara en relación con el cambio de vida de un creyente, esa misma acción es asociada al discípulo. En realidad, no podríamos separar a un creyente de un discípulo, ya que el verdadero creyente es un discípulo. 

La pregunta que podemos hacernos en este punto es ¿Por qué necesitamos ser transformados?, esto tiene una respuesta que proviene de la soteriología, ya que como nacemos con una naturaleza espiritual muerta, la recomendación de Cristo es a nacer de nuevo (Jn 3:3). Nicodemo entendía que era lo suficientemente aceptable para el reino de Dios, no obstante, el Señor le dice que debe nacer otra vez (v.6,7).    

La transformación del creyente es indispensable, está en la ruta de la salvación. Pablo lo describió de manera elocuente, “de modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2Co 5:17), una nueva creación, un milagro; el milagro de la regeneración espiritual que solo es lograda por la intervención divina.  Cuando Jesús le señaló a Nicodemo que debía nacer de nuevo, literalmente le decía que debía nacer desde arriba, porque dicho milagro sólo lo realiza el Espíritu Santo en el creyente o discípulo que así lo permita.

Los discípulos de Cristo también experimentaron esta transformación.  Algunos pasaron de ser llamados ‘hijos del trueno’ (Mc 3:17) como es el caso de Santiago y Juan, o el iracundo y temperamental Pedro que pasó a ser un influyente pastor y evangelista de la iglesia que Cristo instauró con ellos. 

Nuevamente insistimos en la idea que el proceso justificación-santificación, es el proceso de todo discípulo.  El camino lógico para el creyente es la transformación, y en esa ruta, ninguno permanece solitario en una tarea que sin Cristo es imposible. Para ello Él mismo ha propiciado su vida y el auxilio sobrenatural del Espíritu Santo, “porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer” (Fil 2:13), “por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2Co 3:18).

La reproducción.  El tercer elemento del discipulado es la reproducción.  No podemos dejar a un lado nuestro principio N°2: “La iglesia tiene como objetivo cumplir la misión establecida por Cristo”. Hemos señalado que esta misión es alcanzar a las personas con la salvación.  Dicho de una manera, tal vez un poco soberbia, los discípulos de Cristo son sus manos para llevar a las personas a una experiencia de salvación y vida.  También podemos ver la generosidad de Dios, en permitirnos participar de esta bondad, de poder ver milagros de salvación en muchas personas, cuyas vidas son transformadas.

En este sentido el llamado del discipulado es a la reproducción o la multiplicación. Nos parece interesante el concepto de reproducción, porque esto es lo que Jesús hace con nosotros.  La contemplación que podemos experimentar al estudiar su Palabra, la oración y la adoración ya sea en el aspecto congregacional y testimonial, nos permite conocer cada día más a nuestro Maestro y reflejar su vida en la nuestra.

La razón de ser de la iglesia no es solo relacional, aunque en ese aspecto es un tremendo aporte a la salud emocional de las personas, sobre todo en la sociedad individualista y envuelta en la hipermodernidad que nos ha tocado vivir.  La razón máxima de la iglesia es la de involucrarse en la salvación de las personas.  No podemos concebir una iglesia estática y que sólo existe para sí misma.  Esta característica es más patológica que eclesiástica, y sería solo una característica del individualismo, antes ya señalado; porque no vivimos para los que somos, sino que vivimos para cumplir el propósito divino de alcanzar a las personas para Cristo.

La razón de la iglesia es salvar almas.  ¿Cómo? Por medio de un sano discipulado.  Elena White lo describe de manera elocuente. “el servicio que se hace para Dios incluye el ministerio personal. Mediante el esfuerzo individual, hemos de cooperar con él en la salvación del mundo. La orden de Cristo: ‘Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda criatura’ (Mc 16:15) se dirige a cada uno de sus seguidores”.[7]

En uno de los discursos entregados a los discípulos y que lo da a pocos días de su sacrificio, el Señor deja muy claro que la evangelización era tarea de ellos, pero que nada lograrían de manera solitaria, ya que cualquier fruto en la evangelización si se realiza de manera independiente de la fuente de poder, sería nula, “porque separados de mi nada podéis hacer” (Jn 15:5).  La comisión de ‘ir’, ‘enseñar’, ‘bautizar’ y ‘discipular’ para evangelizar al mundo es la base para alcanzar los propósitos divinos en cuanto a la salvación de las personas, y desde nuestro planteamiento es labor de cada discípulo.  Por ello hablamos de reproducción. 

La reproducción es la multiplicación de creyentes discípulos que lleguen a experimentar la gracia salvadora. Es como describe Keith Phillips, “el discipulado cristiano es una relación entre maestro y alumno… en la que el maestro transmite de tal forma lo que significa la plenitud en Cristo, que el alumno llega a ser capaz de enseñar a otros para que éstos, a su vez enseñen a otros”[8].

La reproducción de un discípulo permite que podamos hacer que los nuevos creyentes sean también transformados en discípulos de Cristo, pero esta acción, tiene un componente no menor, como lo es la testificación.

La testificación.  Antes de su ascensión, Jesús les dijo a sus discípulos, que ya no eran 12, sino por lo menos unas 120 personas, que la evangelización tendría dos elementos básicos e indispensables.  El primero es el poder sobrenatural del Espíritu Santo, es la capacitación que recibirían para poder cumplir con la misión divina de evangelizar y buscar la salvación de las personas. Este poder es descrito como uno que es capaz de romper cualquier valla y duro corazón, es el único capaz de convencer de pecado, de juicio y de justicia (Jn 16: 8-11), la expresión utilizada es la base de la palabra dinamita, por lo que la misión a cumplir sería fortalecida por la santa presencia del Espíritu Santo siempre.  El otro elemento que también es estratégico, y que se relaciona directamente con la vida íntima de cada discípulo es la testificación. Jesús dijo, “y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hch 1:8).

Si el tercer elemento del discipulado que estamos proponiendo es la reproducción, la testificación se hace indispensable.  No sólo es enseñar la doctrina, que es muy bueno, es vivirla.  La testificación también es un sinónimo de predicación, sin embargo, esta predicación es con la vida de cada discípulo.  Aquí cabe reflexionar en la responsabilidad sobre la vida ética de cada discípulo, ¿es nuestra vida una hoja abierta? ¿es nuestra vida un testimonio veraz de una comunión personal e íntima con Jesús?  Quienes nos rodean, ¿pueden decir que parecemos un discípulo de Cristo?, ¿vivimos lo que predicamos? 

Elena White hablando sobre la obra de los discípulos señala que “todo cristiano debe ser un misionero”[9], y que “cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero”[10].  El énfasis está puesto en un verdadero discipulado y no solo en un cristianismo estático.  El discipulado no sólo se queda en lo contemplativo y místico, que lamentablemente pareciera es más común de lo que debiera.  La iglesia no puede ser estática, si permanece estática, no puede cumplir con la misión que dejó Cristo a los primeros discípulos.  Si consideramos que los primeros discípulos se entregaron por el evangelio, hasta dar sus propias vidas, eso debería hacernos reflexionar en que lado estamos cada uno.

Si nuestro objetivo como iglesia es cumplir con la misión que nos dejó Cristo, entonces debemos tomarnos en serio el discipulado.  No el discipulado de slogan, sino el discipulado que nos dejó el Señor.  Si cada hijo de Dios es un discípulo, entonces podrá en su nivel de acción, compartir lo que Dios ha hecho y está haciendo en su vida. No simplemente en lo reflexivo o contemplativo, sino en lo práctico, en su vida diaria, porque es allí, donde los discípulos de Cristo cuentan como es su Dios, Salvador y Señor.

Pr. Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología



[1]Gerhar  Kittel y Gerhard Friedrich, Compendio del Diccionario teológico del Nuevo Testamento (Grand Rapids: Desafío, 2002), 542-552.
[2] Gary W. Kuhne, La Dinámica de adiestrar discípulos (Nashville: Caribe, 1980 , 11
[3] Russel Burril, Discípulos modernos para iglesias revolucionadas (Florida: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2014), 24
[4] Ibid, 26.
[5] Dietrich Bonhoeffer, El precio de la gracia, el seguimiento (Salamanca: Sígueme, 2007), 29.
[6] Gregory J. Ogden, Discipulado que transforma: El modelo de Jesús (Barcelona: Clíe, 2002), 70
[7] Elena White, Palabras de vida del Gran Maestro (Florida: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1991), 242.
[8] Ogden, Ibid, 138.
[9] Elena White, El Ministerio de curación (Florida: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1993), 71
[10] Elena White, El Deseado de todas las gentes (Florida: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2003), 166

viernes, 14 de junio de 2019


Principios sobre lo que es la iglesia.
Principio N° 1: “La iglesia es un organismo vivo cuya mayor acción es la de alcanzar a personas para la salvación”



Hoy por hoy, la iglesia avanza por un camino dificultoso en medio de una sociedad secularizada y que pareciera que por fin dará el golpe definitivo a la fe.  Este pensamiento no es más que el cumplimiento de las palabras de Cristo quien señaló que cuando el regresara una de las señales sería la falta de fe, la pregunta es retórica, ya que, al venir por segunda vez, describe la ausencia de la fe en las personas, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc 18:8). 

Es evidente que la nueva sociedad se caracteriza por su independencia de la fe, por lo menos la fe en un ser trascendente y personal como lo es Dios. La nueva sociedad está en condiciones de experimentar lo espiritual en cuanto a la meditación y otros elementos provenientes de culturas orientales, sin embargo, cada vez se distancia del Dios creador y redentor de la humanidad.

Por esta razón es que se hace muy necesario reflexionar en cuanto a lo que es verdaderamente la iglesia, buscar en la experiencia neotestamentaria principios que puedan ser ilustrativos para aportar a la iglesia contemporánea.  Es casi una necesidad preguntarnos sobre ¿qué es la iglesia? ¿cómo se vive en la iglesia? ¿Cómo se comporta la iglesia? En este aspecto el hecho testimonial, que nos referiremos más adelante aparece como fundamental a la hora de conformar y contextualizar la iglesia.  Algunos han pensado que la mejor manera de cumplir dicha contextualización es un cambio radical en el tipo de música, maneras de adorar o incluso cuestiones ornamentales en los templos.  Sin embargo y en este aspecto, no es nuestra intención realizar un análisis al respecto, creemos importante revisar y reflexionar en una ontología sobre lo que es la iglesia y de esa manera a partir de la búsqueda de principios, buscar propuestas que la ayuden y fortalezcan.

Aunque alguno podría encontrar otros principios, nos parece que, en la reflexión y la praxis personal, poder aportar a la discusión al respecto considerando desde la base para luego buscar una estructura que sostenga una búsqueda de una iglesia centrada en Cristo, su misión y del ejemplo de la iglesia apostólica.

En esta búsqueda reflexiva nuestro primer principio es el siguiente: “La iglesia es un organismo vivo cuya mayor acción es la de alcanzar a personas para la salvación”. 

Por mucho tiempo en esferas eclesiásticas, se ha discutido sobre la misión de la iglesia.  ¿Cuál es? ¿En qué consiste? El problema sobre la misión de la iglesia, no está en lo que pueda o no ser, el problema se centra en quien es el origen y originador de la misión.  Cuando Jesús entregó las directrices sobre el accionar futuro de sus discípulos, fue claro al señalarlas.  “Ir”, “enseñar y bautizar”, todo esto centrado en la orden de “hacer discípulos” de Cristo (Mateo 28:19). Nos parece que esta discusión ya ha sido clarificada por especialistas en iglecrecimiento, definiendo a la misión conferida a la iglesia como parte del programa redentor establecido por la Trinidad para la salvación de la humanidad. En este sentido, la Biblia es la historia de la misión y los medios que Dios ha provisto para la salvación humana[1]  En este relato aparece el Hijo como el primer misionero, enviado a este mundo desde el cielo, para proveer la salvación. 

Pero antes de continuar sobre este punto, quisiéramos referirnos a la primera parte de nuestro enunciado.

Iglesia como organismo vivo. La iglesia como organismo y no como organización.  Esta cuestión no significa que la estrategia neotestamentaria, no incluya una organización; ya que decir eso sería desconocer todo el trabajo, lleno de estrategias misionales y organizativas que podemos identificar en la iglesia apostólica.  Un ejemplo de esto es el nombramiento de los siete diáconos en apoyo a los apóstoles que se encargaban de la predicación (Hch 7).  O lo sucedido en Jerusalén y las resoluciones de tipo teológica a la que llegaron tras el concilio que los reunió en dicha ciudad (Hch 15).  El trabajo coordinado de Pablo y sus viajes misioneros, Pedro, Aquila y Priscila, y tantos más, dan cuenta de una organización.  En esta incipiente pero fuerte organización, incluía la recolección de fondos para aportar a quienes dedicaban su tiempo a la evangelización como también en la ayuda mutua en tiempos muy difíciles para el cristianismo.

Referirnos a la iglesia como un organismo, más que una organización nos parece mucho más cercano a la iglesia neotestamentaria.  La diferencia entre uno y el otro radica en que la organización es más estructura y el organismo que incluye estructura es un ente con vida.  Cuando pensamos en la iglesia, no podemos pensar en algo solo estructural, aunque la estructura es necesaria para avanzar en cuanto a lo indicado por Cristo.  Sin embargo, necesitamos pensar en la iglesia como un todo que tiene vida y se reproduce como la célula.  Este último punto es lo que identifica a la iglesia como un organismo y que tiene vida. 

Christian Schwarz, hace la distinción y define el principio que denominó como ‘biótico’ para referirse a un crecimiento de iglesia sano y natural.  La estructura que sería la organización es robótica y persigue resultados mecanizados, sin embargo, el biótico es natural y su crecimiento es lógico y consecuencia de la vida; ya que como es vivo lo lógico es un crecimiento natural[2]. Entonces en este sentido hablamos de una iglesia carismática (dones), inspirada, liderada y conducida por el Espíritu Santo.

La propuesta de Schwarz considera seis elementos sobre la lógica de la biología, aplicada a la iglesia; de este modo la iglesia como un organismo vivo es capaz de desarrollarse de manera natural considerando estos principios: interdependencia, la multiplicación, la transformación de la energía, los efectos múltiples, la simbiosis y la funcionalidad[3].

Entonces la iglesia, como organismo es más cercana a la iglesia neotestamentaria que una iglesia como organización.  Aunque el hecho que sea un organismo no reniega que esta deba ser organizada en función de la misión que Cristo estableció. 

La misión de la iglesia es la misión de Dios. Volvamos a la discusión sobre la misión de la iglesia.  En liderazgo organizacional aprendemos que toda empresa y todo individuo debe tener una visión y una misión. Cuando hablamos de visión nos referimos a la proyección futura ya sea en la empresa u organización o individual.  En cuanto a la misión se refiere a lo que es y lo que lo distingue de otras empresas u otro individuo, si hablamos de una misión personal. 

En el caso de la iglesia volvemos a plantear las preguntas antes referidas, ¿Cuál es su misión?  ¿Enseñar, predicar, bautizar, hacer discípulos? Los verbos antes señalados en forma de pregunta, son válidos, bíblicos y son muy positivos.  Cuando la iglesia se propone enseñar, predicar, bautizar y hacer discípulos no podemos decir que sea una propuesta negativa, muy por el contrario, es parte de la vida de iglesia cumplir con ello.  Sin embargo ¿son estos la misión de la iglesia?

En iglecrecimiento hemos aprendido a identificar el verdadero enfoque sobre la misión.  La misión en primera instancia no es humana, aunque participamos de ella.  La misión es de carácter divino. Como hemos señalado nace en Dios, en la Trinidad.  Las tres personas de la divinidad han tomado parte en el establecimiento de esta misión.  Ya lo señaló Pedro que el Hijo “fue ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1Pe1:20) como rescate y salvación a la humanidad. El apóstol Juan declara que Jesús fue un regalo del Padre para que todo aquel que en él crea sea salvo (Jn 3:16).  La salvación es una cuestión que sólo otorga Dios a los hombres y mujeres que le buscan con humildad.  Es él quien ha propiciado la estrategia de salvación, Cristo vino a este mundo como embajador del cielo para abrir los portales de esperanza gracias a su sacrificio sustitutivo. 

Jesús dice que nadie viene al Padre si no es por él (Jn 14:6). El Señor va a dejar esto muy claro, “ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Jn 6:44). El énfasis del Señor está en que él ha sido enviado a salvar con su propia vida en un acto de sustitución, tomando el lugar del pecador. “El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió… porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar” (Jn 12:44, 45, 49).

Entonces, al nacer la misión en el corazón de Dios, la misión es ‘Misión de Dios’; en la que los humanos, que hemos aceptado la salvación por gracia, somos invitados a participar e involucrarnos para colaborar en la salvación de las personas. Eso quiere decir que “la iglesia es el instrumento especial de la misión de Dios, más aún, la iglesia es misión”,[4] siendo el agente de la misión.[5]

Van Engen, dice que “así como la iglesia emerge en forma natural, pero con características sobrenaturales; es una entidad sociológica con naturaleza espiritual”.[6] Nos parece importante destacar este último punto, puesto que la iglesia, que participa de la misión, aunque es integrada por individuos, su fuerza no radica en las personas, sino que en Dios.  Esto le da a la iglesia como organismo la posibilidad de avanzar en la evangelización de manera sorprendente por contar con un poder sobrenatural que lidera la evangelización.

En este sentido la evangelización, el anuncio de las buenas nuevas de salvación son parte activa de esta asociación humana en el plan de salvación. 

La evangelización.  La iglesia como organismo vivo tiene el privilegio de compartir el mensaje de salvación a las personas, quienes en su libertad tienen la posibilidad de aceptarla y hacer suya la salvación maravillosa de nuestro Dios (Heb 2:3).  Si consideramos que Jesús vino a este mundo para brindarnos la vida eterna, dicha oferta está disponible para todo quien desee aceptarla.  La aceptación de Cristo como salvador es tan trascendental que literalmente los que aceptan la invitación del Señor, son trasladados desde las tinieblas a su luz admirable (1Pe 2:9).  Es un paso de muerte a vida, “porque el que me halle, hallará la vida, Y alcanzará el favor de Jehová (Prov 8:35).

El argumento sobre este punto en las Sagradas Escrituras es muy claro, en Cristo hay vida, así lo podemos ver en el testimonio de Juan, “y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1Jn 5:11). El apóstol Pablo describe de manera elocuente lo que es el pecado como agente del mal y lo que produce en el individuo que acepta a Jesús como Salvador, “porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Ro 6:23).

Jesús en el contexto de la oración sacerdotal alude con claridad la misma acción, porque en él hay vida. “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn 17:3).

Salvación a los hombres.  La obra de salvación se la describe como una de tipo regeneradora. Las personas que han aceptado la salvación, aceptando a Jesús como el redentor son justificados, y hechos nueva criatura (1Co 5:17). La justificación es una acción divina que no solo es forense, también tiene un agente transformador en la vida del creyente.  La justificación es un regalo divino que se puede explicar de una manera muy sencilla como decir, declarar justo a quien no lo es, o no puede serlo por sus propios méritos. Por lo tanto, es justificado por los méritos de otro, en este caso los méritos de Cristo que tiene la virtud de ser el único justo (1Jn 2:9).

Pablo relaciona la justificación con la paz.  Es decir, quien es justificado por fe, recibe no solo el perdón, sino que también la paz, gracias a Jesucristo, nuestro salvador. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro 5:1).

Vale la pena relacionar el que la iglesia sea un organismo vivo, y cómo ésta, colabora para que las personas puedan experimentar la gracia.  Al estar involucrada la iglesia en la misión de Cristo, también se involucra en la salvación de las personas.  Este es un tremendo privilegio que tal vez no hemos considerado a cabalidad. Cada vez que la iglesia se involucra en cualquier acción evangelizadora, debe considerar que se involucra en la misión de Dios, y que en esta acción habrá personas que aún están en las tinieblas del diablo y que con la testificación realizada por algunos de ellos, esperamos muchos, serán arrebatados de dicho estado y pasarán a la luz admirable, conocerán a Jesús y serán salvos. ¿No le parece que este es un privilegio?  ¿No le parece que es muy grande dicho privilegio?

Faltando poco para que Jesús fuera crucificado, pasó por Jericó, las acciones de Cristo no eran casuales, no olvidemos que su anhelo era cumplir con la misión encomendada; esa misión era la salvación de las personas, restaurar a personas que habían sido atormentados por el pecado.

Es en este contexto que podemos citar el encuentro con Zaqueo. Este hombre había llevado una vida nefasta, abusando de los demás, dichas acciones le habían traído consecuencias en lo social. Por lo que el pecado no solo había traído para él una separación abierta con Dios, sino también el desprecio social.  El Señor se dio el tiempo para atender la intención de Zaqueo, que solo se conformaba con ver de cerca a Jesús, sin embargo, y para sorpresa de Zaqueo, el Maestro se detiene y le habla, no solo le habla, sino que va a su casa, manifestando un detalle especial hacia Zaqueo. 

El atribulado, pero ahora esperanzado hombre, da una cena al Señor y Jesús señala que “hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc 19: 9, 10).

Este es el privilegio que tiene la iglesia.  La iglesia como organismo, no como organización o estructura tiene el privilegio de alcanzar a las personas para llevarlos a la salvación, cumpliendo las indicaciones del Maestro de ‘ir’, ‘enseñar’, ‘bautizar’ y ‘discipular’ de manera continua, hasta alcanzar la meta propuesta por Cristo como señal de su segunda venida; que el evangelio alcance a toda criatura (Mt 24:14).  La iglesia es parte activa del plan de salvación, ya que en todo su accionar su único fin es la salvación de las personas.

La iglesia como organismo vivo, tiene el privilegio de estar involucrada en la salvación de las personas, entregando la oportunidad a todos de ser rescatados, restaurados y salvados del pecado por Cristo, nuestro Salvador.

Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología

[1] Jonatán P. Lewis, Misión Mundial (Miami: Miami: 1990), 1: 12
[2] Christian Schwarz, Las 8 características Básicas de una iglesia saludable (Barcelona: Clíe, 1996), 62, 63.
[3] Ibid, 66-79.
[4] Daniel Rode, Fundamentos de crecimiento de iglesia (Libertador San Martín: Universidad Adventista del
  Plata, 2008), 11.
[5] Ibid.
[6] Carlos Van Engen, El pueblo misionero de Dios (Michigan: Desafío, 2004), 48.

viernes, 7 de junio de 2019

Jesús les dijo: pasemos al otro lado



La tormenta en el mar de Galilea de Rembrandt 


Generalmente enfrentamos la vida con temor a muchas cuestiones que aquejan al hombre desde siempre.  Los temores pasan desde lo físico hasta cuestiones de tipo emocional e incluso espiritual.  El área espiritual también es foco permanente de temor, debido posiblemente por la falta de conocimiento del carácter de Dios.

Aprender a asociarnos con Jesús puede ser el gran factor que determine una vida que pueda enfrentarse con tranquilidad y confianza; no basada en cualidades o fortalezas humanas, sino en el poder sobrenatural que Jesús ha prometido para sus hijos. 

El episodio de los discípulos junto a Jesús en el mar de Galilea (Lucas 8: 22-25), nos ofrece algunos elementos que nos van a ayudar a mirar la invitación que el Maestro nos realiza a seguirlo y cumplir su voluntad, con la certeza y seguridad que esperamos seres humanos debilitados no solo por el pecado sino también por circunstancias adversas.

Observemos en tres etapas lo que aquí sucede y que nos pueda ayudar a mirar de manera ordenada para así poder replicar a nuestra experiencia personal.  Primero está la invitación por parte de Jesús y la obediencia por parte de los discípulos, luego la acción de ir a despertar al Señor en medio de la tormenta y por último su poder sobrenatural.

La invitación y obediencia.  Luego de una jornada cansadora y de mucha satisfacción cuando Ya había llegado la noche, Jesús invita a sus discípulos a navegar por el mar de Galilea, “Pasemos al otro lado del lago” (v.22). Es mas que destacable la reacción de los discípulos en aceptar, sin poner discusión a la invitación hecha por el Maestro, “y partieron” (v.22,up). Mateo lo describe con un detalle interesante, si lo miramos en el contexto del discipulado, “Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron” (Mt 8:23).  El discipulado no es independiente de la obediencia al Maestro, porque los discípulos, sin poner objeción u obstáculo accedieron a su invitación inmediatamente.

Me gustaría que consideremos un par de cuestiones sobre este punto.  Primero, el mar de Galilea tiene ciertas características especiales. Por ejemplo, suele ser calmo, sin embargo, se levantan tempestades fuertes, como la que describen los evangelistas.  “Pero mientras navegaban, él se durmió. Y se desencadenó una tempestad de viento en el lago” (Lucas 8:23).  Consideremos que entre los discípulos había pescadores que conocían perfectamente la manera como se comportaba el lago, este hecho resalta aún más el accionar de los discípulos, ya que estaban aprendiendo a confiar y depender de la indicación del Maestro por sobre sus propias experiencias y expectativas personales.  Esto puede ser de gran ayuda a la hora de considerar la invitación que hoy el Señor pueda hacernos a seguirlo, sin considerar el riesgo que ello pueda tener.

En ocasiones el seguimiento puede incluir experiencias poco afortunadas y no planificadas, como una tempestad en medio de una noche quieta y segura.  Las tempestades en la vida de un cristiano aparecen sin previo aviso.  Las tempestades vienen a seguidores y no seguidores de Jesús, sin embargo, la diferencia está en la confianza que depositamos en aquel que realiza la invitación.

El mar de Galilea perfectamente puede representar nuestras vidas, ya que, al avanzar con seguridad y tranquilidad, nos podemos ver enfrentados a situaciones que no estamos en condiciones de controlar, por ejemplo, como una tormenta, una gran tormenta como esta que aquí se describe.

Despertando al Señor. Es probable que los discípulos y Jesús no tenían contemplado para esa noche una tormenta como esta.  Este pensamiento es muy común en todos nosotros ya que no estamos preparados para enfrentarnos a lo desconocido.  Esto no tienen nada que ver con la improvisación o la no planificación; tiene que ver con aquello que no podemos controlar.

¿Cuántas situaciones incontroladas hemos vivido?  ¿Cómo las enfrentamos?  El mal no es atribuido a Dios, el mal es producto del pecado en que vivimos, y que lamentablemente no podemos evitar.  Pero, la buena noticia es que Dios, sí está al control de todo como es el caso de esta historia.

Los discípulos nuevamente reaccionan bien. Disculpe si ha escuchado sermones sobre la falta de fe de ellos en esta historia, pero cuando el ser humano se ve enfrentado a situaciones que lo sobrepasan, necesitan pedir ayuda y esa ayuda debe ser solicitada adecuadamente.  Un principio necesario para solicitar la ayuda es primero saber en que debo ser ayudado.  Los discípulos sabían muy bien el motivo de su desesperación, ya que la tormenta era tan fuerte que amenazaba no solo la estabilidad del barco, sino que las posibilidades de morir eran de un alto porcentaje.  El clamor de ellos es descrito por tres de los evangelios, “Señor, ¡sálvanos que perecemos!” (Lc 8: 24; Mt 8:25), “Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?” (Mc 4:38). 

Por esta razón es que los discípulos que entendían perfectamente por su oficio de pescadores (quienes eran), que la embarcación no sería capaz de enfrentar y salir airosa de dicha tormenta.  Por ello es que acuden al Señor.  El relato señala que el Maestro dormía (v.23).  puede ser un tanto frustrante acudir a la única solución que existe y que esté durmiendo. ¿Duerme el Señor mientras estamos en nuestras propias tormentas?  Pareciera que sí, eso pareciera.  Siempre me ha inquietado esta cuestión, ¿por qué el Señor pareciera que no escucha cuando la desesperación es más rauda?  Cuando Lazaro, el amigo de Jesús enfermó, el Señor estaba a unos 40 kilómetros de distancia, en nuestros días esa distancia la podemos recorrer en unos 30 minutos o un máximo de una hora, sin embargo, en los días de Jesús había que caminar.  Cuando Jesús fue avisado que Lázaro estaba muy enfermo, tampoco acudió inmediatamente a ver a su amigo, Jesús quedó allí por dos días más (Jn 11:6).  Cuando Jesús llega a ver a su amigo habían pasado cuatro días que estaba en el sepulcro (v.17).  La pregunta que viene a nuestra mente es ¿por qué?  ¿Por qué Jesús demoró seis días desde que supo que Lázaro estaba enfermo?  ¿Por qué permitió que muriera? 

Sin lugar a dudas no tenemos respuesta a todo, pero si sabemos que la historia de Lázaro concluyó muy bien, ya que Jesús lo resucitó de entre los muertos (v.43).

Los discípulos en la embarcación fueron a despertar al Maestro.  Este detalle es muy decidor sobre la correcta actitud que debemos tener cuando enfrentamos situaciones incontroladas.  Es en la oración insistente que podemos entregar toda debilidad e incapacidad en nuestras facultades.  Sin embargo, nunca podremos ser ayudados, sin saber de que debemos ser ayudados.  En este caso era obvio, estaban por morir.

Para los discípulos la solución estaba cerca de ellos, pero el Señor dormía, entonces había que despertarlo.  Al igual que con Lázaro, Él siempre llega, porque no se demora ni duerme. Él es Dios y por ello siempre está a nuestro lado, jamás estamos solos.  Pero podemos mantener la misma urgencia que mostraron los discípulos en acudir a Él con insistencia para ‘despertarlo’.

Poder sobre la naturaleza.  El relato dice que Jesús al despertar calmó la tempestad, “reprendió al viento y a las olas; y cesaron, y se hizo bonanza” (Lc. 11:24).  El poder de Dios es incalculable, no tiene límite, por ello la naturaleza le obedeció.  Los milagros no pueden ser explicados, porque son milagros.  Cualquier situación incontrolada puede ser controlada por el poder divino.  Nada está tan lejos que su mano no pueda alcanzar, ello incluye cualquiera de nuestros más oscuros temores, sean estos físicos emocionales o espirituales.

El Maestro los reprendió “¿Dónde está vuestra fe?”, y esa reprensión también es para nosotros hoy. Necesitamos fortalecer nuestra fe en Dios, necesitamos fortalecer nuestra comunión y dependencia en el poder divino que se ha ofrecido para los seguidores modernos como lo somos nosotros. 

Cualquier experiencia en medio del turbulento mar de la vida queda sometida al soberano poder del Maestro, del Señor, de Jesús.  Entonces vamos con certeza y seguridad a ‘despertar’ al Señor quien calmará el viento, las olas, la tempestad, y traerá bonanza con toda certeza.
                                                                  
Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología