barra

viernes, 10 de julio de 2020




Principio N°10. “La iglesia necesita más de un dinamismo carismático y no uno basado en la personalidad”





Es más que común en todo grupo humano, la búsqueda incesante de liderazgos con el fin de aportar al proyecto de todos. En el caso de una empresa, pueden ser los desafíos de crecimiento y alcance tanto en calidad como en cantidad.  Generalmente se trabaja con algún tipo de perfil capaz de cumplir un desempeño según la tarea a encomendar.  Entre estas, se considera la personalidad y habilidades como también la historia y desempeño en otras empresas con requerimientos similares.

Al describir esta estrategia, en ningún caso estamos señalando que sea negativo, muy por el contrario, es necesario que todo grupo humano, y esto incluye también la iglesia, cuente con las mejores y más capacitadas personas con el fin de cumplir con la misión que Jesús ha encomendado.  Tampoco es malo que el liderazgo en la iglesia sea ejercido por personas cuyo historial señala que ha sido una bendición en una u otra función o ministerio en la iglesia local.  El problema no es saber elegir a quien califique de mejor manera; es más Dios espera que desarrollemos un ministerio abarcante, completo y de la mejor manera, por lo que es necesario que los mejores calificados en todas las áreas puedan aportar de la mejor forma.

El problema en cuestión radica en no atender a la indicación del Espíritu Santo, quien es el que capacita y desarrolla los dones en los miembros de toda iglesia. Entonces es posible que una personalidad dinámica, pueda esconder a otras personas que podrán cumplir también un liderazgo de bendición a la iglesia, pero que al ser opacados es posible que no identifiquemos los dones con los que el Señor los ha dotado.  Entonces se hace necesario seguir rigurosamente la estrategia apostólica para que de esta manera en la iglesia podamos tener, tanto aquellos rasgos de personalidad atrayentes, como también los dones espirituales al servicio de la misión.

Hechos 6 lo describe de manera clara.  Primero existe una necesidad, la iglesia había crecido y había un grupo que al parecer no estaba siendo atendido (v.1), luego los apóstoles convocaron a la congregación y expresaron el problema (v.2); entonces buscaron a siete varones que cumplieran con algunas características que nos parece son aplicables a toda elección de liderazgo en la iglesia hasta nuestros días.

Las características incluían dos cuestiones fundamentales, la primera, de buen testimonio y la segunda llenos del Espíritu Santo y sabiduría (v.3).  Estas características podrían ser comprendidas como competencias personales. Mathew Henry señala que “no era suficiente que fuesen honestos y espirituales; habían de ser también competentes, no sólo en el conocimiento de las Escrituras”[1]. Al introducirnos en esta temática que puede incluso ser incómoda, es necesario que lo hagamos entendiendo que la iglesia, a pesar de ser un grupo humano que es liderado al igual que cualquier empresa, definitivamente no es una empresa.  Esta es una verdad sin objeción, por lo tanto, nuestra aproximación en el liderazgo eclesiástico debe asumir que los objetivos y metas no pueden centrarse en los sueños personales, sino en los propósitos divinos para el presente y futuro de la iglesia.

Al asumir que es el Espíritu Santo quien guía y conduce los destinos de la iglesia, asumimos también que en su inmensa bondad el Espíritu Santo, que como hemos señalado en el capítulo anterior capacita con poder; también lo hace con los dones espirituales, que son los regalos con los que la iglesia es capacitada para avanzar de la mano del Señor en la proclamación del mensaje de salvación.

En lo que sigue de este último capítulo, vamos a intentar responder sobre los dones del Espíritu, ¿Qué son? ¿Cuál es su propósito? ¿Cómo la iglesia puede experimentar la bendición de los dones espirituales?

Los dones del Espíritu ¿Qué son?
Los dones espirituales son regalos con los que el Señor capacita a cada miembro de la iglesia cristiana. La manifestación del Espíritu Santo en el contexto apostólico y de proclamación de la salvación en Jesucristo, tuvo su manifestación inicial en el Pentecostés cuando la naciente iglesia clamaba por la promesa que Jesús les hiciera antes de ascender al cielo (Hechos 1:8).  La manifestación poderosa convirtió a los presentes en agentes transformadores de otros en seguidores de Jesús.  La experiencia de pentecostés acompañó con eventos sobrenaturales que no solo les hizo experimentar a ellos el poder sobrenatural del Espíritu, sino que también quienes los observaron pudieron testificar de lo acontecido y el tipo de acción no humana a la que asistían, como por ejemplo el que los hombres pudieran hablar en los idiomas nativos de todos los presentes (Hechos 2:7, 8).

Peter Wagner, define el don espiritual como “un atributo especial que el Espíritu Santo da a cada miembro del cuerpo de Cristo según la gracia de Dios para usarlo dentro del contexto de su cuerpo”[2].  En realidad, lo que hizo Wagner es poner en orden lo que la Biblia dice sobre los dones espirituales, que siempre están y estarán en función del cuerpo de Cristo; es decir de la iglesia.  Los objetivos para alcanzar son dos, uno interno y el otro externo. El interno se debe al crecimiento espiritual de cada creyente, y cómo los dones espirituales permiten que los seguidores de Cristo puedan crecer en armonía con la voluntad de Dios. El segundo se debe al crecimiento y fortalecimiento de la iglesia en relación con la proclamación del evangelio.  El que exista crecimiento de iglesia se debe a la acción del Espíritu Santo como agente capacitador y líder de la iglesia y también al hecho que los creyentes son usados por el poder divino en su calidad de testigos de Cristo.
Aunque la acción del Espíritu Santo la podemos observar en toda la Biblia, tanto como agente regenerador y capacitador, es en el Nuevo Testamento que nos entrega a manera práctica y descriptiva la manera como los dones llegan a ser una bendición para la iglesia en el contexto de la misión encomendada por Cristo.

El tratado de Teología Adventista al definir los dones del Espíritu destaca las tres palabras con las que el Nuevo Testamento usa para referirse a ellos.  La primera es Járis, jarismata, gracia o favor, un ‘don de gracia’ usado por Pablo. La segunda es pneumatikós, un adjetivo, ‘espiritual’ como Jarísmata es usada por Pablo para referirse a ‘cosas espirituales’, la tercera es doreá, don, porque cuando el Espíritu Santo está presente en la vida le siguen los jarismata de 1 Corintios 12. Esta expresión se encuentra en Hechos cuando se promete el don del Espíritu Santo (2:38), también los creyentes recién convertidos en Samaria recibieron el Espíritu Santo cuando Pedro Pablo les impusieron sus manos (8:17-20), allí fue cuando Simón el mago deseo comprar ese ‘don’, también cuando Cornelio y su familia creyeron, recibieron el don ‘doreá’ (10:44-46)[3]. En resumen, el don es descrito como una gracia, un favor, que es espiritual, un don, un regalo que se relaciona íntimamente con la gracia de Dios[4].

Los dones del Espíritu
Los textos en donde encontramos los dones espirituales son, Romanos 12: 3-8, 1Corintios 12: 4-11, Efesios 4: 12-16, 1Pedro 4: 10, 11.  Cada uno aporta entre sí y deben ser asumidos como un todo en relación con el cuerpo de Cristo. 

Romanos inicia la segunda parte de la carta para hablar de lo práctico, la primera parte el apóstol entregó argumento sólido sobre la salvación, la fe, la santificación y el estilo de vida. En la segunda parte su preocupación es aplicar en la iglesia la enseñanza y lo más importante el crecimiento tanto interno como externo.

No es casualidad que el apóstol antes de hablar de los dones espirituales destaque el hecho que nadie “tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino… conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (v.3).  Para el apóstol es imperioso poner este énfasis, porque al conocer la naturaleza humana, asumía también la posibilidad de disputarse los liderazgos de manera inapropiada.  Luego Pablo destaca con la ilustración del cuerpo, lo que Dios espera de la Iglesia. De ahí entonces el concepto de cuerpo de Cristo.  “Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de os otros. De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada… úsese conforme a la medida de la fe” (v. 4-6).

La figura del cuerpo es muy ilustrativa, porque ningún miembro del cuerpo es más importante que otro, siendo cada uno un verdadero complemento entre sí para un funcionamiento perfecto.  El énfasis de Pablo en Romanos es cómo los dones pueden beneficiar a la iglesia.  Elena White hablando de la importancia sobre este tema de la distribución de dones, dice que en el contexto de la iglesia los creyentes “no reciben los mismos dones, pero se promete algún don del Espíritu a cada siervo del Maestro”[5]. 

La ilustración paulina del cuerpo es esencial para el éxito en la evangelización, porque sólo de esta manera se puede producir lo que se denomina sinergia, es decir, que, unidas todas las fuerzas, la iglesia puede avanzar con mayor facilidad, porque no existen miembros que están velando por su propio interés, sino que por el contrario, han abandonado dichos intereses, para aportar al interés general de la iglesia.

Los dones presentados en Romanos son: Profecía, servicio, enseñanza, exhortación, liberalidad, presidir, misericordioso.

En 1 Corintios 12, el apóstol presenta tres categorías funcionales en relación con los miembros, asumiendo que en todos es el mismo Dios quien opera (v. 4). Estas categorías son:
a.      Diversidad de dones (v.4)
b.     Diversidad de ministerios (v.5)
c.      Diversidad de operaciones (v.6)

En esta apreciación para el apóstol es importante que podamos asumir que es “Dios, que hace todas las cosas en todos” (v.6), y para “provecho” (v.7), para el apóstol es así; si se recibe algo es para que todos sean beneficiados, de esta manera se identifica que es un don del Espíritu Santo.[6]

Estas manifestaciones que son para ‘provecho’ y ‘edificación de los demás’[7], cuestión que observaremos en Efesios 4, deben estar bien asumidas por todos, ya que es un principio de acción en el contexto de una iglesia donde los dones espirituales son relevantes.  Las manifestaciones aquí descritas son: palabra de sabiduría, palabra de ciencia, fe, dones de sanidades, dones otorgados por el “mismo Espíritu” (v.9).  Los dones descritos en 1Corintios son: sanidad, hacer milagros, profecía, discernimiento de espíritu, diversos géneros de lenguas, interpretación de lenguas.  El versículo 11 Pablo enfatiza nuevamente que es el “Espíritu quien reparte a cada uno en particular como él quiere”.  El énfasis en este punto es importante y debería hacernos reflexionar en el hecho que no somos nosotros quienes determinamos un don u otro, una tentación con la que debemos lidiar en todas las esferas eclesiásticas. Lo más seguro es aprender a depender del Espíritu Santo en lo referente a la conducción y guía de la iglesia. Probablemente nos ahorraríamos más de un dolor de cabeza si permitiéramos su influencia de manera permanente. 

En Efesios 4, el contexto es la unidad, “un cuerpo, un Espíritu, como fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios” (v.4, 5). Es Cristo quien da los dones “subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres” (v. 8).  Podemos concluir entonces que para el apóstol la cuestión de unidad es indispensable en la recepción adecuada de los dones en la iglesia.  Si no existe unidad de propósito y cohesión en el grupo, entonces la iglesia se privaría de este regalo y bendición.

Pablo en Efesios pone un acento importante con relación a la edificación de los miembros, dicha edificación está orientada en su comunión con Cristo y también en el adquirir herramientas necesarias en el contexto de la predicación. En otras palabras, el apóstol espera que los miembros sean equipados con el fin que sean capaces de cumplir su misión con el don que Dios les ha concedido.

Los dones en Efesios son los siguientes: Apóstoles, profetas, evangelistas y pastores-maestros.  El apóstol hace una descripción en cuanto a los propósitos de los dones.
a.      Perfeccionar a los santos (v.12)
b.     Edificar a los miembros (v.16)
c.      Brindar solidez doctrinal (v.14)
d.     Mantener la unidad (v.13)

Podemos concluir en lo que respecta a Pablo, que su énfasis al presentar los dones espirituales es claro, primero, solo en un contexto de unidad es posible que la iglesia pueda avanzar como un cuerpo.  Los miembros de la iglesia deben velar por abandonar su egoísmo y ambición personal porque sólo así podrán disfrutar del don que Dios les ha dado.  El ministerio eclesiástico es altruista y es indispensable que todas las personalidades sean escondidas en la de Cristo, para que sólo él prevalezca.

En 1 Pedro 4, el objetivo es que todo sea para “glorificar a Jesucristo, a quién pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos” (v.11).  Al igual que en Pablo, el apóstol Pedro va a destacar el reconocimiento por parte de los miembros de su incapacidad para cumplir la misión encomendada, para depender del Espíritu Santo en la administración de la iglesia.  Aquí los dones señalados son los siguientes: el habla, (conforme a la Palabra de Dios), y ministrar, (conforme al poder que Dios otorga).

Los dones y la iglesia
Regresemos al doble propósito de los dones espirituales, señalamos que primero son para fortalecer la vida y crecimiento espiritual de cada creyente y en segundo lugar para el crecimiento de la iglesia.  En cuanto al crecimiento espiritual los dones tienen un rol fundamental porque afianzan la comunión y dependencia en Dios y puntualmente en la conducción del Espíritu Santo.  La esencia de la vida cristiana radica en depender, como ya se ha señalado, sólo depende quien reconoce sus limitaciones y debilidades.  Ninguna persona con características de autosuficiencia espiritual está en condiciones de depender. Esto es porque cree tener las habilidades necesarias para enfrentar los desafíos espirituales, sin embargo, si asumimos una total pecaminosidad en el hombre también debemos asumir una total y absoluta incapacidad para enfrentar los desafíos de la vida espiritual. 

La siguiente declaración de Elena White describe en el contexto del pentecostés, cómo el Espíritu Santo fortifica la vida espiritual por medio de las habilidades que Él entrega a los creyentes. “Bajo la obra del Espíritu Santo, aun los más débiles, ejerciendo fe en Dios, aprendían a desarrollar las facultades que les habían sido confiadas y llegaron a ser santificados, refinados y ennoblecidos. Mientras se sometían con humildad a la influencia modeladora del Espíritu Santo, recibían de la plenitud de la deidad y eran amoldados a la semejanza divina”[8].

Lo que White está señalando acá son los dos elementos básicos para que el Espíritu Santo realice su obra. Ella señala que los más débiles aprendían a desarrollar facultades que se les habían confiado, y en segundo lugar habla de un sometimiento en humildad a la influencia modeladora del Espíritu Santo.  En lo referente al crecimiento personal por medio de los dones del espíritu, se relaciona al gozo que experimenta el creyente o discípulo cuando es usado para la honra y gloria de Dios. Esta vivencia le permite al creyente ver y experimentar como el poder divino se manifiesta en él y es capaz también de observar los milagros que fluyen en su propia vida y a través suyo.  Así se fortalece su comunión personal con Dios, buscando con mayor ahínco la oración y el estudio de la Biblia, porque sólo así puede estar más conectado con la fuente de poder espiritual y que comienza a dar sentido a su caminar con Dios.

Wagner señala algunas de las bondades de los dones espirituales en las personas.  El señala en primer lugar que le permite al creyente ser un mejor cristiano y le brinda una mayor capacidad de permitir a Dios que lo use para su obra, en segundo lugar, el creyente encuentra su lugar en la iglesia con más facilidad, brindando así la posibilidad de integración con el grupo y desarrollar su don, en tercer lugar agrega un elemento que fortalece no solo la vida espiritual, sino la vida emocional y social, porque al creyente que descubre su don, tiende a desarrollar una autoestima sana, cuestión sumamente importante en un grupo social y también en la iglesia. Por último, Wagner pone el énfasis que conocer los dones espirituales le permite al creyente glorificar a Dios (1Pedro 4: 10,11)[9].

El gozo de servir al Señor es invaluable, y el gozo de servirlo con el don que el Señor ha otorgado, no solo glorifica al Señor, sino que produce alegría y salud emocional. Por esta razón es que debemos tener cuidado de no ser obstáculos cuando un creyente crece y glorifica a Dios con su don. Los resultados son maravillosos tanto para él como para la iglesia. Esta era la razón por la que tanto insistió Jesús con respecto a la manifestación del Espíritu Santo en los discípulos.  White señala que, desde el momento de la llegada del Consolador, “Cristo había de morar continuamente por el Espíritu en el corazón de sus hijos. Su unión con ellos era más estrecha que cuando Él estaba personalmente con ellos… de tal manera que los hombres, mirándolos, se maravillaban; y al fin los reconocían, que eran de los que habían estado con Jesús”[10], ella continúa señalando que lo que sucedió con esos discípulos puede acontecer también con los seguidores de nuestros días[11]. 

Si los dones espirituales colmaron la vida de la naciente iglesia cristiana e imbuidos por el poder sobrenatural del Espíritu Santo se gozaron con los dones que les fueron concedidos y por supuesto que los pusieron al servicio de Dios y de la iglesia, eso quiere decir que dicha experiencia también puede ser nuestra hoy. Los ingredientes son los mismos, estamos los discípulos modernos y es el mismo Espíritu que concede los dones y capacita, por lo que también podemos estar atentos a descubrir como Dios cumple su promesa en medio nuestro.

Ahora vamos a ver el segundo objetivo que tienen los dones, el primero tenía que ver con la vida espiritual de los creyentes, el segundo se relaciona con la misión y la evangelización.

Es esencial que este segundo objetivo sea visto a la luz de la ilustración paulina sobre el cuerpo.  el cuerpo humano cuenta con muchos órganos, algunos que visiblemente son más notorios que otros, también están los órganos de los sentidos como por ejemplo los ojos y la vista, aunque algunas personas carecen de la visión, la mayoría de las personas pueden disfrutar de ella.  Los otros sentidos también cobran relevancia, como el tacto, el olfato o el gusto.  Están los órganos internos que cumplen una función tremendamente importante, por ejemplo, el corazón, el hígado o el cerebro.  Definitivamente ningún cuerpo podría funcionar sin el cerebro, o un corazón sano, o un hígado que realice el trabajo químico de desintoxicación.

Entre los miembros externos, están los brazos, las manos, las piernas y los pies; tanto las manos como los pies cuentan con dedos, y cada uno de ellos son importantes en el funcionamiento total del cuerpo.  Por ello es que la ilustración del cuerpo para describir la iglesia es muy clara y concreta, porque, así como todos los miembros del cuerpo se complementan y se necesitan mutuamente para que el cuerpo funcione adecuadamente.  Los miembros del cuerpo de Cristo, es decir, la iglesia, también se deben complementar y mutuamente necesitar, para así poder avanzar en los propósitos que Cristo tiene para con la ella.

Christian Schwarz, hablando de ministerios en la iglesia basados en los dones espirituales hace una de las declaraciones más acertadas sobre los resultados en el contexto eclesiástico. Él señala que “cuando los creyentes viven en consonancia con sus dones espirituales, no trabajan por fuerza propia, sino que el Espíritu se Dios obra en ellos. De tal manera, cristianos totalmente normales pueden tener un rendimiento extraordinario”[12]. Esto definitivamente es así, porque no es el componente humano el que florece, sino que el componente humano queda bajo la tutela, control y dirección del divino.  Schwarz señala que es importante para los creyentes descubrir su don espiritual, que como ya se ha señalado todos hemos sido bendecidos por lo menos con un don. La importancia de descubrir el o los dones espirituales se relaciona directamente con llevar a la práctica el sacerdocio de todos los creyentes[13], que de una u otra manera responsabiliza a los discípulos contemporáneos a desarrollar un ministerio bajo la conducción del Espíritu Santo; y todo ministerio se lleva a cabo a partir de los dones espirituales.

La Doctora Silvia Scholtus presenta tres principios sobre la administración de los dones espirituales: 1) El Espíritu Santo es quien administra los dones, 2) Es el Espíritu Santo el que se encarga de generar un organismo, un cuerpo ordenado, que permite la expresión de los dones otorgados para la misión, 3) En el otorgamiento de los dones no hay distinción racial, social o de género[14].  Nos parece que este orden de principios abarca la finalidad y describe de manera ordenada y práctica los dones en el contexto eclesiástico. 

Existe la tentación de intentar determinar a partir de los sentidos los dones recibidos o que se cree haber recibido.  Existe también la tentación doble cuando los creyentes no están en armonía y bajo el control del Espíritu Santo, de los celos y el intento de debilitar el liderazgo de otro, porque su don, puede ser tal vez más notorio que otros.  Es cierto que el que canta bien y alaba a Dios con ello, tendrá una vitrina más visible que aquel que está con una sonrisa en la puerta de entrada del templo dando la bienvenida a los asistentes.  O tal vez incluso en el cuerpo de ministros puede existir este tipo de celos que trae consecuencias nefastas a la conducción de la iglesia y lo más dramático es que damos al Espíritu Santo argumentos para no acompañar nuestro trabajo misionero.

Cuando los miembros de una congregación logran aprender a depender primero de Dios, y luego a permitir que cada uno desarrolle su don, entonces la iglesia es la que se verá beneficiada y por supuesto que la obra del Señor que es salvar a más personas para el cielo.

La segunda tentación sobre esto se relaciona con obstaculizar el ministerio de otros a causa de los celos.  En ello nos parece que caemos en un pecado de gran magnitud, aunque reconocemos que ante Dios todos los pecados le ofenden.  Ambas acciones (celos y limitar a otros en sus dones) que son más que frecuentes, deben ser erradicadas de toda congregación.

Es un deber tanto de los ministros que vivimos de la iglesia, como de los ministros locales y que dedican un servicio como ofrenda a Dios y que no viven de la iglesia, intentar buscar una armonía y motivar a que cada miembro clame en humilde y sincera oración que lo capacite en el don que se le ha conferido.  Entonces como ya se ha hecho referencia, nuestras iglesias pasarán a ser extraordinarias.  Peter Wagner señala que los dones cuando obran en conjunto en una congregación que quiere crecer, en todas las áreas, y está dispuesta a pagar el precio del crecimiento, esa iglesia verá la bendición divina y sí crecerá[15].

Lo que hemos planteado en este capítulo es que la iglesia necesita más de un dinamismo carismático y no uno basado en la personalidad, se refiere más que a deconstruir un liderazgo que se base en la persona, es a la búsqueda de un movimiento eclesiástico guiado por el Espíritu Santo.  Mientras más miembros asuman su responsabilidad en el contexto de la misión, más miembros buscarán de manera incansable como servir al Señor, y la manera de servirlo, glorificarlo y honrarlo es por medio de la obra que Él hace en cada creyente, y esto incluye los dones. 

Ningún miembro está demás en la iglesia, cada creyente debe asumir su parte que le corresponde en la proclamación de la verdad.  Nadie es tan ignorante o neófito para no ser usado por Dios; no podemos olvidar que es Dios quien otorga los dones, y que en ese otorgamiento no existen barreras de tipo racial de edad o de género, porque es Él quien en su inmensa sabiduría los confiere.

El problema humano es su orgullo y la tentación para no depender de Dios.  Si logramos abandonar nuestros propios intereses y caer de rodillas ante Dios en una sincera y honesta búsqueda de su dirección, con seguridad cada miembro encontrará su lugar de acción en la iglesia.  La iglesia necesita de miembros consagrados y que dependan de Dios, que entreguen sus dones al servicio.  En este camino no estamos solos, porque es Él quien escoge y capacita.  “El Señor escoge sus propios agentes, y cada día, bajo diferentes circunstancias, los prueba en su plan de acción. En cada esfuerzo hecho de todo corazón para realizar su plan, él escoge a sus agentes, no porque sean perfectos, sino porque mediante la relación con él, pueden alcanzar la perfección”[16].

Pr. Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en teología


[1] Mattew Henry, Comentario Bíblico de Mathew Henry (Barcelona: Clíe, 1999), 1518
[2] Peter Wagner, Sus dones espirituales (Barcelona: Clíe, 1980), 38
[3] Tratado de Teología Adventista, 689, 690.
[4] Wagner, Ibid, 40.
[5] Elena White, Palabras de Vida del Gran Maestro, 263.
[6] Arnoldo Canclini, Comentario bíblico del Continente Nuevo: 1Corintios (Puebla México: Unilit, 1996), 196.
[7] John Walvoord, (El conocimiento bíblico, un comentario expositivo: Nuevo Testamento, tomo 3: 1Corintios-Filemón (Puebla, México: Edición Las Américas, 1996, 49.
[8] Elena White, Los hechos de los apóstoles (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Suramericana, 1997), 41.
[9] Wagner, 45-47.
[10] White, Camino a Cristo, 75.
[11] Ibid.
[12] Schwarz, Las ocho características básicas de una iglesia saludable, 24.
[13] Ibid.
[14] Silvia Schoutus, “El Espíritu de Dios y los dones” Kerygma, Engenheiro Coelho, SP, Vol 14, , NÚMERO 1, P. 35-54.
[15] Wagner, Sus dones espirituales pueden ayudar a crecer a su iglesia, 55.
[16] Elena White, Palabras de vida del gran Maestro, 265.