Principio N°4.
“Los miembros de la
iglesia experimentan alegría en la comunión los unos con los otros”
He tenido la bendición de ministrar distintos tipos de
iglesias, todas muy buenas; porque no existen las malas iglesias, posiblemente
existan iglesias con algún tipo de enfermedad que requieren atención para buscar
soluciones al respecto. De todas las
iglesias, que ya señalé que disfruté ministrando cada una, recuerdo dos de
ellas cuya característica y singularidad radicaba en la comunidad.
Una de estas iglesias parecía una verdadera familia, hacía
muy grato ser pastor de dicha comunidad eclesial, ya que existía armonía entre
los hermanos; no había divisiones egoístas. Los hijos eran como hijos de todos,
ya que pudieron verlos crecer. Recuerdo
que esta característica hacía muy fuerte la evangelización, ya que los hermanos
que no eran miembros o venían de otra latitud, se quedaran felices de continuar
congregándose allí, porque el ambiente que se generaba era grato y familiar.
La otra iglesia, también poseía una característica de amor
fraternal; permitía ser una plataforma de auxilio para quienes asistían por
primera vez. No puedo olvidar que un grupo de hermanos que participaban en una
clase de escuela sabática utilizaban una estrategia poco convencional para
hacer la misión. En una especie de
investigación secreta, ellos averiguaban que hermano había llegado a la ciudad
y que aún no asistían
permanentemente a ninguna iglesia, lo invitaban a participar de algún culto, especialmente el del sábado, pero la invitación incluía un delicioso almuerzo; lo mismo acontecía con algún estudiante de la Biblia, o una persona que comenzaba a asistir a la iglesia, y que aún no pertenecía a la comunidad. El almuerzo consistía en una rica lasaña, y una torta característica de la ciudad con todo el grupo. Cada familia llevaba ensaladas, jugos y postres diversos para ese almuerzo misionero. Como resultado, tanto las personas que pertenecían a la iglesia, pero que por alguna razón no estaban asistiendo, se quedaban allí y los estudiantes o interesados de la Biblia posteriormente se bautizaban, porque antes de su bautismo, ya pertenecían a la comunidad eclesiástica.
permanentemente a ninguna iglesia, lo invitaban a participar de algún culto, especialmente el del sábado, pero la invitación incluía un delicioso almuerzo; lo mismo acontecía con algún estudiante de la Biblia, o una persona que comenzaba a asistir a la iglesia, y que aún no pertenecía a la comunidad. El almuerzo consistía en una rica lasaña, y una torta característica de la ciudad con todo el grupo. Cada familia llevaba ensaladas, jugos y postres diversos para ese almuerzo misionero. Como resultado, tanto las personas que pertenecían a la iglesia, pero que por alguna razón no estaban asistiendo, se quedaban allí y los estudiantes o interesados de la Biblia posteriormente se bautizaban, porque antes de su bautismo, ya pertenecían a la comunidad eclesiástica.
Podríamos mencionar muchas iglesias con características
puntuales al respecto, sin embargo, el mejor ejemplo lo encontramos en el libro
de los Hechos. Necesitamos pensar en la iglesia apostólica como el mejor
ejemplo para las iglesias contemporáneas.
La experiencia apostólica, fue acompañada por un denominador común que
por lo menos en nuestros días es distinto.
Ellos fueron discriminados y perseguidos por reunirse y adorar el nombre
de Jesús, incluso a riesgo de sus propias vidas. Sin embargo, en cierta medida hoy también los
cristianos son discriminados y ‘perseguidos’ de alguna manera por seguir a
Jesús, ya que nuestra sociedad cada vez se condiciona a ser altamente
secularizada.
Se ha mencionado en capítulos anteriores que la iglesia como
comunidad, está enfocada en cumplir con la misión que Cristo dejó, y que ésta
se centra en la evangelización, en la salvación de las personas. También hemos dicho que la comunidad
eclesiástica debe vivir una buena experiencia en sus relaciones humanas;
estableciendo esto como un deber y condicionante para que el Espíritu Santo se
manifieste en medio de la iglesia.
Los primeros cristianos, que en su mayoría eran judíos
convertidos a Cristo, habían aceptado a Jesús como el Salvador y siendo muchos
de ellos testigos de su muerte, resurrección y ascensión al cielo, se gozaban
en la proclamación de su mensaje.
La comunidad eclesial llegó a tener ciertas características
que deben ser un modelo para las comunidades eclesiales de nuestro tiempo. Es verdad que se hace un tanto difícil por
estar imbuidos en una sociedad que le cuesta relacionarse y que también le
cuesta mucho el altruismo.
Pablo describe a la iglesia y sus miembros como un cuerpo
armónico y que juntos cumpliendo cada uno sus respectivas funciones, dan como
resultado la vida de la iglesia. “De
quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas
que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su
crecimiento para ir edificándose en amor” (Ef 4: 16). En este mismo sentido, quisiéramos abocarnos a
tres prácticas de la iglesia apostólica como comunidad, que nos parece
necesario que repliquemos en nuestros días.
Existe coincidencia entre Wagner, Hemphill y Schwartz, sobre
la importancia y relevancia que tiene el amor mutuo entre los hermanos. Lo podemos observar en la experiencia que la
primera iglesia tuvo y como esta característica le permitió alcanzar objetivos
misionales, nunca vistos hasta ahora.
Nuestro principio N°4, “Los miembros de la iglesia
experimentan alegría en la comunión los unos con los otros”, intenta describir
dicha experiencia y propone buscar replicarlo en nuestro tiempo. Una experiencia de alegría y comunión entre
los hermanos no solo será una plataforma adecuada para la misión, o para
establecer cualquier plan de discipulado; también proveerá un ambiente sólido y
restaurador entre las personas que participan activamente de dicha
iglesia.
En este capítulo veremos tres características de la iglesia
apostólica, la comunión entre los hermanos, la oración de comunidad y de
intercesión y cómo la misión se llevaba en la comunidad de la iglesia.
La comunidad entre los hermanos
El registro de Lucas en el libro de los Hechos contiene la
historia de la primera iglesia. Entre
ellas sus luchas, conflictos, anhelos sufrimientos y esperanzas, que se
resumían en el anhelo de ver nuevamente a Jesús. En la sección de Hechos 3: 42 al 47, existen
algunas características del grupo eclesiástico, entre ellas podemos observar,
crecimiento en la doctrina, que veremos más adelante, milagros, comunión,
koinonía, crecimiento de iglesia, solidaridad y altruismo. Finalmente, la participación
en reuniones, la alabanza permanente a Dios y la misión, “porque se añadía cada
día a la iglesia los que serían salvos” (v.47).
Estar unidos puede llegar a tener más de una interpretación. En medio de la sociedad que vivimos, estar
unidos es casi una virtud que cuesta lograr, ya que posiblemente se privilegian
los asuntos personales más que los del grupo, por motivos egoístas o de lucha
por el poder, incluso en la misma iglesia.
Esto se aplica a todo el quehacer eclesiástico, sea este en temas misionales,
de funcionamiento o de responsabilidad como mayordomos o también en cuanto a
temas financieros como las ofrendas y los diezmos. Nuestra sociedad es egoísta, hedonista y a la
carta; porque se busca lo que nos acomode personalmente, más que una búsqueda
de la voluntad de Dios en cuanto a los propósitos misionales y en el que desea
involucrarnos.
Entonces estar juntos no necesariamente será estar unidos,
porque la tendencia es a estar en el grupo social, pero estar solos. En este sentido la iglesia apostólica tiene
mucho para entregarnos, ya que, según el registro bíblico, ellos permanecían
unidos en comunión, eran koinonía, que en sí es más que un grupo social. La
koinonía es un grupo indivisible, que mantiene su fortaleza porque los une un
propósito más grande que cualquier motivo humano.
Las estadísticas señalan un aumento en suicidios y
enfermedades de tipo emocionales como la depresión. Esto en gran medida se puede deber al tipo de
sociedad que se ha construido, una sociedad solitaria, de mucho trabajo, de
exigencias sociales que obligan a la competencia insana. Entonces, la comunidad o la koinonía de la
iglesia trae en sí un componente totalmente distinto a lo que nuestra sociedad
pregona.
Hechos señala que “todos los que habían creído estaban juntos,
y tenían en común todas las cosas” (Hech 3:44). Ken Hemphill, en su libro “El
modelo de Antioquía”, describe que el tipo de relación en la iglesia de
Antioquía tenía una base tipo familia.
Una familia que se ha construido sobre una sólida base afectiva y de
protección; permite que sus hijos se desarrollen adecuada y armoniosamente. Lo
mismo acontece con la iglesia, si esta logra tener un relacionamiento altruista
y de armonía entre sus miembros, es el mejor lugar para que las personas con
problemas de soledad o cualquier tipo de situación que los aflija, encuentren
un hogar que provea esperanza; ya que podrán los nuevos creyentes fortalecer su
vida tanto espiritual como emocional.
Hemphill también hace una alusión a la expresión hermanos, asignando con
ello un valor especial a la familia eclesiástica[1].
Los creyentes compartían incluso en la mesa, se sustentaban
los unos a los otros; haciendo de esta práctica una verdadera expresión de amor
entre los hermanos. Hemphill, hace una
importante aclaración, en cuanto el versículo 45, “y vendían sus propiedades y
sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno”. No es que los creyentes quedaron sin
propiedades de manera particular, sino que algunos de ellos aportaron con
bienes para el sustento de los más necesitados.
Esto es lo más cercano a lo que hoy podrían ser las ofrendas que son distribuidas
para las necesidades de la iglesia y también para atender a familias necesitadas.
El versículo 46, añade que perseveraban en el templo, es
decir vivían y experimentaban la liturgia del templo y también perseveraban en
sus casas, comían juntos con alegría y sencillez; haciendo de esto un estilo de
vida que tal vez llenaba las horas que no estaban en sus actividades seculares.
Hasta aquí hemos observado un estilo de vida práctica que
puede orientarnos para encontrar algunas acciones para realizar y cumplir en
nuestras iglesias contemporáneas. De las
acciones de los versículos 42 y 43, nos avocaremos en el siguiente capítulo,
que se relacionan con el crecimiento en el conocimiento de la Palabra y en el
crecimiento en el relacionamiento para con Dios.
La base social para que la iglesia pueda crecer y permanecer
viva en el tiempo está en sus miembros y en la cohesión que éstos tengan los
unos con los otros. La unidad de tipo
koinonía, en ningún caso anulaba ni la individualidad de cada uno, ni sus dones
espirituales. Anular estar dos virtudes, sería transformar la iglesia, en algo
parecido a una secta, donde solo algunos serían los privilegiados de aportar y
los demás estarían asignados para escuchar y obedecer. El secreto del éxito en la iglesia apostólica
radicaba en su dependencia del Espíritu Santo, en el aporte que cada uno
entregaba con su don y por supuesto en permanecer unidos. La unidad en este caso estaba bajo un supremo
motivo que no es más que la promesa de Cristo de su regreso. El perdón de los pecados, la nueva vida en
Cristo y la esperanza en una resurrección y ascensión al cielo, hizo que los
anhelos terrenales quedaran escondidos en las promesas del Salvador.
Existe abundante información neotestamentaria que describe a
la iglesia como una comunidad unida y que sus miembros se apoyan mutuamente. El
apoyo no solo es de comida, también es espiritual y emocional.
Pablo señala “Y el Señor os haga crecer y abundar en amor
unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con
vosotros” (1Tes 4:12), “por tanto, alentaos los unos a los otros” (1Tes 4:18),
“Exhortaos los unos a los otros” (Heb 3:13), aún más, el apóstol insiste, “animaos
unos a otros, y edificaos unos a otros” (1Tes 5:11).
Si la familia eclesiástica aprende a cuidar de cada uno de
sus miembros, entonces posiblemente estaremos en condiciones de ser testigos de
milagros sorprendentes, tal como acontecía en la iglesia que naciera con la
esperanza de Jesús resucitado.
En este capítulo nos hemos propuesto señalar tres cuestiones
importantes para la iglesia de hoy que podemos visualizar en la iglesia de
Antioquía, el primero ya ha sido presentado, el segundo es la oración mutua y
por último el sentido de misión.
Oración mutua
¿Qué podemos decir de la oración en el contexto de la
iglesia? Nuestra pregunta se transforma en elemental cuando intentamos llevar
una vida de oración. Entendemos que cada
seguidor de Cristo ha aprendido a mantener una comunión personal con Dios por
medio de la oración. La oración es más
importante y trascendental de lo que podemos imaginar. La oración literalmente nos pone en contacto
con Dios. Los orientales tienen
distintos y exigentes rituales para comunicarse con lo que para ellos es dios,
y hacemos la distinción con dichas prácticas porque nuestro objetivo como
cristianos es comunicarnos con el Dios verdadero, quien es un ser personal, que
está en el cielo y no buscar una comunicación dentro de nosotros para
conectarnos con un todo que es el dios panteísta de muchas religiones.
Pensar en la oración, sin reflexionar sobre quien es Dios
también puede ser un error, ya que la disposición al orar quedará remitida a
quien o a qué vamos a orar. La Biblia
señala que Dios es Excelso, grande, Todopoderoso, Omnisapiente, Omnipresente,
creador del cielo y de la tierra, creador de nuestro hábitat, de nosotros, es
quien sustenta nuestras vidas. Por ello
decimos con claridad que la oración es un regalo divino que nos pone a los
humanos finitos y limitados por el tiempo y el pecado en contacto directo con
Dios.
Al hablar de comunicarnos con Dios, no estamos apoyando
experiencias sobrenaturales que son características de afectaciones emocionales
y la pérdida de la realidad. Tampoco
estamos hablando de la experiencia que llegaron a tener los profetas, porque no
lo somos, porque la revelación necesaria para la salvación, la obtenemos en la
Biblia.
El hecho que la oración sea la manera como nos comunicamos
con Dios, hace de ella un elemento poderoso en toda experiencia cristiana. Los seguidores de Cristo buscan tiempo de
calidad para hablar con Dios sobre sus vidas, sobre como recibir ayuda
sobrenatural para vencer acciones pecaminosas y que los separan de Él.
Esto entonces en cuanto a la oración privada, sin embargo,
el registro bíblico nos orienta a unirnos en oración por otras personas y con
otras personas también. Si la oración
privada tiene poder, la oración de comunidad debe tener mucho poder también. El apóstol Santiago señala a la oración como
importante en la vida del creyente, primero en lo íntimo, luego en la koinonía,
¿“está alguno de vosotros afligido? Haga oración” (Stgo 5:13), si está enfermo,
entonces debe llamar a los ancianos para que oren por él y lo unjan, y la
oración de fe actuará (v. 15), luego añade … “confesaos vuestras ofensas unos a
otros, y orad unos por otros” (Stgo 5:16), estableciendo una práctica
necesaria para la comunidad eclesial, puesto que orar por otros en unidad con
los otros le permite a la koinonía experimentar y ver como Dios responde.
La oración entre los hermanos, o bien la oración en la
comunidad eclesiástica es una bendición que cuenta con la promesa de la
presencia de Cristo y del Espíritu Santo. “Jesús dijo: “Porque donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos” (Mt 18:20). La presencia de Cristo en la comunidad
se da dónde están dos o tres congregados en su nombre, por lo que el orar con
otros nos pone en contacto con la divinidad según su promesa. “La congregación
cristiana es una forma de sociedad o de agregación humana muy especial, porque
en ella se encuentra Cristo. El que autoriza, faculta y habilita una
congregación cristiana es Dios a través de la presencia del Espíritu Santo en
cada uno de los congregados”[2]
Si consideramos la oración como un regalo divino, una bondad
de Dios para que nosotros a pesar de nuestra finitud y limitación, podamos
comunicarnos con él, entonces en nuestras congregaciones debemos gastar más
tiempo para orar los unos por los otros y orar juntos por motivos puntuales de
la iglesia. Mathew Henry comentando el texto de Santiago señala que al creyente
“la oración le pone en comunicación
con nuestro Padre Celestial, en quien se halla la fuente de todos los bienes y,
por tanto, de todos los remedios”.[3]
Siempre recuerdo mi iglesia cuando era niño. La iglesia era unida, las reuniones
permanecían con mucha asistencia, incluso en días de frio y lluvia. Recuerdo que llegaron muchos jóvenes, en
realidad eran unos seis años más que yo, que tenía unos 11 años. También
asistían jóvenes universitarios, lo que le dio a la iglesia vida y todas las
actividades mantenían la koinonía.
Al pasar el tiempo, tres jóvenes dejaron de asistir a la
iglesia. Entonces se organizó una
vigilia de oración, para pedir a Dios que tocara el corazón de estos jóvenes y
que regresaran. No recuerdo los temas,
incluso no recuerdo haber estado en las reuniones, sino que junto a otros niños
estaba afuera. En la entrada del templo
estaba Marcos, un joven de la iglesia que miró hacia el sur, y allí venía Cecilia
una de las chicas por las que la iglesia estaba orando, quien se reintegró a la
comunidad, para no irse nunca más. Yo
quedé muy impactado porque ante mis ojos era testigo de la respuesta a las
oraciones de la iglesia. La historia de
Marcos y Cecilia no concluyó allí, ya que hoy llevan cerca de 40 años casados.
La oración en la comunidad eclesiástica es real y necesaria,
fortalece la fe tanto de los que oran y de aquellos por los que oramos. Juntos somos testigos de grandes milagros que
Dios realiza, así lo vivió la iglesia apostólica, así lo ha vivido la iglesia a
través de toda la historia, incluyendo en los momentos más oscuros como han
sido las terribles persecuciones que le ha tocado vivir.
La historia de Pedro en la cárcel y la iglesia orando por
él, es un claro ejemplo del poder que tiene la oración en medio de la koinonía
de los hermanos. Herodes había matado a
Santiago y metió preso a Pedro, bien custodiado y pretendía liberarlo luego de
la fiesta de la pascua. Sin embargo, Dios estaba dispuesto a manifestar su
poder para fortalecer la fe de su iglesia.
“Así que Pedro estaba custodiado en la cárcel; pero la iglesia hacía sin
cesar oración a Dios por él” (Hch 12:5).
Posiblemente hemos explorado muy poco este tema de la
oración, pero, lo cierto es que hay poder sobrenatural cuando oramos por algún
motivo especial como iglesia. No puedo
imaginar esa iglesia orando de manera somera, imagino a esa iglesia orando con
el corazón afligido y apelando a la grandeza divina que es capaz de realizar el
milagro, porque hacía “sin cesar oración” por Pedro, esta iglesia sabía que
Dios tenía el poder de actuar y clamaban por ello.
La oración tampoco es un talismán, ni un juego, la oración
es comunión directa con Dios. Elena
White señala que la oración es como hablar con un amigo, donde se puede abrir
el corazón de manera clara a Dios[4],
también ella dice que la oración es la llave en la mano de la fe que abre el
almacén del cielo, donde están atesorados recursos infinitos[5]. Aún más ella señala que “por medio de la
oración sincera nos ponemos en comunicación con la mente del Infinito”[6],
nos parece esta última declaración importante, de esta manera confirma el gran
privilegio que tenemos al comunicarnos con Dios directamente por medio de la
oración, así también la oración en medio de la comunidad apunta a lo mismo. La iglesia en conjunto clama por un motivo
especial y específico, ya que siendo la iglesia que integra dos componentes,
como son el divino y el humano, se debe asumir que cualquier acción que los
humanos congregados en la iglesia se propongan alcanzar, requiere del
ingrediente divino para poder cumplir la misión establecida por Cristo.
El milagro de la liberación de Pedro (Hch 12:5-11) tiene
características sorprendentes, sobrenaturales y poderosas. Las trabas humanas representadas por las
cadenas y las puertas cerradas no significaron nada para el poder de Dios. En todo el proceso, Pedro nunca estuvo sólo,
ya que vino un ángel del Señor para guiarlo, siendo esta una acción especial de
parte de Dios para con sus hijos. Dios
lo liberó de las cadenas, no permitió que los soldados lo retuvieran, las
puertas tampoco fueron un impedimento para que el apóstol fuera liberado. De la misma manera Dios puede obrar en
nuestras congregaciones, puesto que los componentes son los mismos; el humano y
el divino, nuestro único y verdadero Dios.
De esta manera, no existen límites para que Dios pueda actuar a favor de
la comunidad eclesial, porque es la voluntad de Dios bendecir y apoyar en todo
lo que se refiere a la iglesia, aún más en el cumplimiento de la misión.
Mientras tanto la iglesia oraba por Pedro, por su
protección, clamando insistentemente, pudo ser testigo de cómo Dios había
respondido sus plegarias. El apóstol llegó a la casa de Marcos, ya que en su
casa se reunía la iglesia, allí llamó y lo atendió una muchacha, Rode, quien se
sorprendió que el apóstol estaba libre (v.14).
Como podemos observar, la iglesia debe buscar
intencionalmente una comunión mutua, en esta comunión, no solo está el
partimiento del pan, o la preocupación por los demás, también está la oración
en comunidad, el orar unos por otros, el orar por las necesidades misionales
que tenga la iglesia, el orar por la conversión de las personas. Al fin y al cabo, Dios sacó a Pedro de manera
sorprendente, un milagro, y la conversión de las personas también es un
milagro. Orar en la comunidad de la
iglesia permite que los creyentes puedan crecer y ser fortalecidos en su fe y
ser testigos de los milagros; así como cuando yo era niño, y me quede
sorprendido de ver regresar a la iglesia a Cecilia.
Misión
El último de estos tres elementos que vamos a considerar es
lo referente a la misión. Los miembros
experimentan alegría en la comunión y esta comunión incluye el estar juntos,
ayudarse mutuamente y también compartir, vivir y alegrarse en la misión. Perdón si recuerdo mi iglesia de niño, pero,
es imposible olvidar el trayecto que transcurría desde que se contactaba una
persona para compartir un curso bíblico, hasta el momento solemne y emotivo de
su bautismo. Aquella persona
desconocida, ahora pasaba a ser nuestro hermano, miembro de la familia de la
iglesia.
Hemos señalado anteriormente que no podemos concebir un
evangelio estático, la iglesia es más que una organización; es un organismo
vivo que mantiene de manera permanente una disposición positiva en cuanto a la
evangelización y el crecimiento natural.
La iglesia apostólica se caracterizó por el crecimiento. En
la sección que hemos estudiado, se describe que no solo los creyentes vivían la
koinonía, la comunión de hermanos, no solo participaban en la oración, también
recibían a nuevos conversos. La
expresión natural de la iglesia era la evangelización, y esta tenía fruto de
gozo, porque “el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser
salvos” (Hch 2:47).
Existen voces en nuestros días que irrumpen con críticas al crecimiento
de iglesia, pero, podemos señalar con claridad que la iglesia nació para por lo
menos dos cosas: evangelizar y crecer. Dicho crecimiento es el resultado de un
trabajo armonioso, transformando el crecimiento en uno sano y que se
corresponde con los esfuerzos realizados.
Existe el crecimiento artificial, que sólo ayuda a
fortalecer egos, por lo que dicho crecimiento antinatural no debería ser una
práctica en nuestras congregaciones, por ser inútil en la conversión de las
personas.
Cuando hablamos de evangelizar no podemos olvidar el sentido
de salvación de las personas. Por que quienes aceptan el evangelio, son
alcanzados con la salvación que Jesús ofrece a todas las personas. Por ello es por
lo que no creemos en una iglesia como algo social solamente, sino que la
iglesia es una agencia ganadora de almas, porque su función más importante es
cumplir con la misión dejada por Cristo de anunciar las buenas nuevas de
salvación.
Por otro lado, y muy ligado a la evangelización está el
crecimiento de iglesia. Una iglesia que
no concibe el crecimiento tiene un problema espiritual y de identidad, ya que
la razón de ser de la iglesia que es la evangelización trae como consecuencia
el crecimiento.
Según lo descrito por Lucas, la koinonía también veía como
se añadían muchos nuevos conversos a quienes también denominaron
discípulos. “Así que los que recibieron
su palabra fueron bautizados y se añadieron aquel día como tres mil personas”
(Hch 2:41), se reunían entonces “todos los que habían creído” (v. 44). Como
vemos el número de los creyentes había pasado los miles, se la describe en
crecimiento como “la multitud de los que habían creído” (Hch 4:32), la misma
idea aparece más tarde cuando “los doce convocaron a la multitud de los
discípulos” (Hch 6:32), para organizarse e iniciar el ministerio del diaconado
(v.3). Como podemos observar, la
naciente iglesia se enfrentaba a un ‘problema’ pastoral, para así poder atender
de una mejor manera a la iglesia que crecía y crecía. “Y el número de los discípulos se multiplicaba
grandemente en Jerusalén” (v 7).
Creer que la función de la iglesia es sólo fortalecimiento
espiritual interno, sin considerar la misión, es un error. El resultado natural de la iglesia es la
evangelización, y el resultado natural de la evangelización son nuevos
creyentes, o nuevos discípulos como lo señala el libro de los Hechos.
Tanto la evangelización como el crecimiento de la iglesia es
una bendición como también un regalo de la acción del Espíritu Santo, ya que es
quien comanda toda labor misional en la iglesia. Por ello es por lo que la iglesia local (nos
avocaremos en un capítulo futuro a tratar la importancia de la iglesia local)
es la gran responsable para cumplir con el cometido que Cristo entregó.
Pensar que la iglesia no debe gastar tiempo en evangelizar
es un pecado, por desobedecer la indicación del Señor de ir y anunciar las
buenas nuevas de salvación. Las
congregaciones que se reúsan en evangelizar son iglesias que se auto condenan a
morir en el tiempo. La vida de una
iglesia radica, no solo en sus programas atractivos, o en la koinonía centrada
en sus miembros, la vida de la iglesia radica en una koinonía que se apoya, que
oran los unos por los otros y que también cumplen la misión encomendada por
Cristo.
Como consecuencia natural de la iglesia apostólica, fue que
la sociedad los identificó como los seguidores de Cristo, ya que según señala
el relato, se reunían muchos en esta koinonía y “a los discípulos se les llamó
cristianos por primera vez en Antioquía” (Hch 11:26).
Pr. Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología
Pr. Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología
[1]
Ken Hemphill, El modelo de Antioquía, características de una iglesia efectiva
(El Paso TX: Casa Bautista de Publicaciones, 1996), 105.
[2] Juan
Carlos Cevallos, Comentario bíblico Mundo Hispano (El paso, TX: Mundo Hispano,
2006), 23:294.
[3]
Matthew Henry, Comentario bíblico de Matthew Henry (Clie: Barcelona,
1999),1838.
[4]
Elena White, El Camino a Cristo (Santiago: Servicio Educacional Hogar y Salud,
1992), 92
[5] Ibid,
94
[6]
Ibíd, 96.
