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domingo, 27 de abril de 2025



La segunda venida de Cristo como esperanza

La Segunda venida como esperanza
(La Bendita esperanza, Nathan Green)

Toda mi vida he mantenido la creencia que un día Jesús regresará en las nubes de los cielos tal como lo prometió. Es indudable que el tiempo ha transcurrido y muy rápido y no hemos sido partícipes aún de esta maravillosa promesa.  Pertenezco a ese grupo de tercera generación adventista que se ha desvelado por un sinfín de noticias políticas y de catástrofes que darían un indicador del pronto regreso de nuestro Señor. 

Recuerdo cuando era niño haber visto una película maravillosa, “La Victoria final” (Está en YouTube) que concluía con la imagen de Jesús y los ángeles aparecer desde el cielo, allí los redimidos junto a los resucitados alzaban sus manos y eran recibidos por el Señor en el aire. Agradezco a esos hermanos por inspirarme en mi niñez sobre esta promesa. Recuerdo que junto a mis padres regresamos a casa y debíamos ir por un largo trayecto, era de noche, aún no existía la contaminación lumínica que hoy tenemos en Santiago y podía ver las estrellas y donde me habían señalado que estaba la constelación de Orión, donde vendría Jesús y era emocionante pensar que un día por allí veríamos al Señor y nos llevaría al cielo.

Al pasar el tiempo he podido observar distintos tipos de creyentes de una misma esperanza. Todos esperando el regreso del Señor, pero una buena cantidad de ellos se desvela por los acontecimientos proféticos catastróficos debilitando así a nuestro juicio el énfasis en la esperanza que es Jesús por los eventos calamitosos.

Es verdad que Jesús señaló que antes de su regreso acontecerían hechos en diversas áreas, como los son lo social, político, en lo religioso y por supuesto grandes catástrofes que señalarían el regreso del Señor, Jesús lo ilustró incluso con el tiempo de Noé previo al diluvio (Mt 24: 37; Lc 17: 26, 27).  El mismo señaló con la parábola de la higuera lo bueno que es observar las señales que anuncian el tiempo del fin de esta etapa del mundo (Mc 13:28, 29), por lo que observarlos bajo una lupa cristocéntrica se hace muy recomendable.

Debo reconocer que se hace fascinante seguir las noticias y catástrofes si por ello fuera por lo que Jesús ya está regresando; sin embargo, podríamos olvidar tal como lo hicieron nuestros pioneros antes del chasco o la decepción de 1844 la indicación del Señor que “el día y la hora nadie la sabe” (Mt 24:36; Mr 13:32). Aquí en la advertencia que Jesús realiza sobre este punto hay un detalle importante referente al día y la hora porque dice él que ni los ángeles lo saben y sólo el Padre es quien tiene la autoridad sobre el tiempo en que acontecerá este evento. Jesús asume incluso un desconocimiento a priori de este misterio. Es seguro por la respuesta del Maestro que no era el momento para entregar esta información por parte de él o simplemente no era su cometido hacerlo . La trascendencia que el día y la hora nadie la sabe fortalece la idea de velar, orar y estar vigilantes porque desconocemos el día de su segunda venida o el día final de nuestras vidas , porque la salvación no es una cuestión con la que debamos improvisar. La segunda venida será en el tiempo exacto que el Padre conoce, tal como fue el tiempo cuando vino por primera vez el Salvador (Ga 4:4).  

En el caso de Lucas, no agrega esta advertencia en el discurso escatológico de su evangelio, pero si destaca la advertencia del Señor que vendrán muchos en su nombre engañando “diciendo Yo soy el Cristo, y: El tiempo está cerca” (Lc 21:8). 

Lucas hace la advertencia sobre saber el tiempo de la segunda venida en el libro de los Hechos. Es Cristo quién antes de ascender al cielo y respondiendo a la pregunta sobre cuando sería la ‘restauración del reino’ (Hch 1:6) les advierte a sus discípulos nuevamente que saber el día y la hora de su regreso no es una cuestión humana porque “no os toca a vosotros saber los tiempos y las sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Hch 1:7). Aquí al parecer se repite la idea que encontramos en Mateo y Marcos, dejando al Padre como el responsable de el plan de salvación y puntualmente del día y hora de la segunda venida de Cristo . Una cosa sí es clara aquí, y es que la segunda venida ocurrirá efectivamente porque él lo prometió y porque en Jesús se cumplieron las profecías de su primera venida, siendo el mismo la garantía que todo acontecerá de acuerdo con lo que la Trinidad planificó en relación con la salvación de la humanidad (1Pe 1:19, 20; Ap 13:8). 

Los evangelistas nos orientan además que debemos ser tan cautos para no permitir que seamos engañados sobre el tema, porque vendrán en nombre de Cristo haciéndose pasar por Él, y que a muchos engañarán (Mt 24:5). Esta advertencia, que ‘el día y la hora nadie sabe´ y ´que no nos toca a nosotros saber’ tiene mucha trascendencia y debe ser considerada con mucha seriedad, porque somos sensibles al engaño. Dios conoce muy bien la manera como nuestra mente puede ser condicionada; somos sensibles a la especulación a las conspiraciones.

La segunda venida de Jesús de acuerdo con la indicación del mismo Señor está rodeada de eventos, ello es innegable. Pensemos sólo en el hecho cuando aparezca en nuestro cielo; ello va a afectar nuestra atmósfera de tal manera como jamás hemos sido testigos como humanidad.  Piense que este gran evento astronómico será visto en todo el mundo en el mismo instante. Esta es una cuestión que no podemos explicar astronómicamente, sin embargo, Jesús señaló que así sería, que “todo ojo le verá” (Ap 1:7). Jesús y sus millones de ángeles causarán un efecto similar a lo que sería que un cuerpo celeste inmenso se acercara al planeta, ello afectaría las mareas de los océanos y causaría grandes terremotos. De hecho, la Biblia señala que habrá un gran terremoto, cual nunca hubo (Ap 16:18) cuando acontezca su regreso. Entonces definitivamente la segunda venida de Cristo estará acompañada de eventos que serán capaces de eliminar la vida en el planeta.

Durante los últimos años y puntualmente después de la pandemia que bien podríamos definirlo como uno de los ‘fin de mundo’ que hemos experimentado a través de la historia, en cierto grupo de creyentes se ha acrecentado poner énfasis en los eventos como esperanza, más que en la segunda venida y en Cristo como la real esperanza.

Fin de mundo

Desde que el pecado se introdujo en el planeta, los registros históricos señalan momentos que podríamos señalar como ´fin de mundo’. Para nuestra reflexión vamos a usar este concepto como ilustración sobre lo que las distintas percepciones humanas pueden interpretar ciertos hechos que hoy observamos a través del registro histórico. La Biblia nos entrega al inicio de la historia humana dos momentos que se relacionan con un fin del mundo o fin de la vida. El primero nos parece que es el más dramático de todos, es cuando Adán y Eva deciden acceder al fruto prohibido; para ellos literalmente llegó la muerte y su final de existencia como seres santos y con la capacidad de vivir y no morir, una irreparable separación de su creador (Gn 2:17). Agradecemos porque Dios inicia el plan de salvación planificado en caso de que esto sucediera, pero debemos concordar que ese evento fue un fin de la existencia como originalmente estaba diseñado, un fin de mundo.

El segundo y más conocido fin de mundo fue el diluvio, porque Dios decidió eliminar toda vida (Gn 6:7). Aquí conocemos la historia de Noé, de su llamado y como Dios lo salvó a él junto a su familia y los animales seleccionados para preservar la vida en lo que sería literalmente un nuevo mundo con características algo distintas a la creación original, ya que la inundación dejó huellas en todo el planeta. Estos dos eventos como señalamos están al inicio de nuestra historia, en ambos hubo una salida para una nueva oportunidad de vida. Entre las razones podemos encontrarlas en el plan divino que el Padre en su potestad tiene.

A medida que la historia humana avanzó y avanza, varios ‘fin de mundo’ han quedado en la historia. Piense en lo que fue para quienes vivieron la Primera y Segunda Guerra Mundial. Literalmente para Europa fue un ‘fin de mundo’, la esperanza era limitada porque las fuerzas bélicas y de poderío totalitario impedían proyectar la vida. Para muchos fue el fin del mundo, para los miles que experimentaron los campos de concentración y que no vieron la luz de la salida, el mundo acabó allí.

La pandemia es a nuestro juicio el evento catastrófico de mayor trascendencia después de la segunda guerra mundial. Nunca, por ejemplo, los ciudadanos de todo el planeta estuvimos prisioneros en nuestros hogares como lo fue durante mucho tiempo en la pandemia.  Todo lo relacionado con las redes sociales, magnificó aún más lo terrible que fue ese tiempo, sin embargo, ya han pasado un par de años que vivimos nuevamente en una neo normalidad de la vida. No imagino como habríamos enfrentado la Segunda Guerra Mundial en los días de las redes sociales, indudablemente para muchos habría sido cuestión de tiempo para que apareciera Jesús en las nubes, pero por alguna razón que sólo Dios conoce, ello no aconteció ni ha ocurrido hasta hoy.

Otro ejemplo de ‘fin de mundo’ puede ser el cambio climático que la evidencia científica nos señala que el mundo tendrá que acomodarse a una nueva realidad; ya que para muchos, sus efectos son irreversibles; por lo que estamos siendo testigos de catástrofes climáticas en todos los continentes, grandes inundaciones, nevadas en lugares que no son frecuentes, alzas anormales de temperatura, incendios catastróficos que barren literalmente con barrios e incluso ciudades y un sinfín de fenómenos que verdaderamente son aterradores.

También podríamos señalar las amenazas de una tercera guerra mundial y la utilización posible de ojivas nucleares que podrían causar la desaparición del planeta, pero en este aspecto nuevamente tenemos la seguridad en la palabra de Jesús quien señaló categóricamente que el fin no sería por guerras (Mt 24:6). 

No podemos dejar de lado la Ascención de un líder como Donald Trump que de una u otra manera para algunos llegó amenazando libertades y para otros casi como un mesías capaz de regresar no solo a Estados Unidos sino al mundo al orden y a la cordura en lo relativo a una moral cristiana y para otros bien podría ser aquel que cumpla parte de la profecía de Apocalipsis 13.

Entonces ¿no son señales del fin del mundo? Podemos señalar en positivo, no obstante, desde que entró el pecado nuestro planeta ha estado sufriendo los embates de una batalla de tipo espiritual por el control de los humanos que conocemos como el conflicto entre el bien y el mal; entonces sí podemos observar señales proféticas, pero sin olvidar las advertencias que él mismo Jesús nos dejó.  

El Señor dijo que son cuestiones que acontecerían en este mundo antes de su regreso, pero también son eventos que durante toda la historia del planeta bajo el pecado como hemos señalado se han vivido. La certeza en Jesús está que el fin del mundo es una cuestión que Dios determina o determinará como una acción de gozo y bendición para que aquellos que hemos aceptado a Jesús como Salvador y Señor avancemos en la vida tomados de su mano y aunque experimentamos los signos del mal, nuestra mirada no está en los signos del mal, sino que en su promesa. Dan Carlin, en su libro “El fin siempre está cerca”, describe de manera asombrosa algo que deberíamos comprender como creyentes en Dios y en un plan de salvación. Aunque bajo un prisma ateísta, Carlin postula que la humanidad ha enfrentado un auge y caída de distintas civilizaciones y que siempre se ha reinventado y podido salir adelante para continuar con la humanidad. Se declara admirador de la época de bronce presentando mucha argumentación de su poderío y fortaleza, sin embargo, es un imperio caído. Carlin señala que el “colapso de la Edad del Bronce es una transformación del calibre de la caída del Imperio romano de Occidente, pero que lo causó se ha convertido en uno de los grandes misterios del pasado, un suspense que pone a los historiadores en el papel de detectives que tratan de determinar la causa de la muerte de uno de los períodos de mayor esplendor de la humanidad” . Ese suspense que habla Carlín no es nada más ni menos que lo que los evangelistas han señalado dejando al Padre el control de la historia y no a nosotros, porque Dios es quien interviene, lo ha hecho en el pasado y lo hará en el futuro cuando regrese Jesús por segunda vez.

A nombre de la fe hay muchos que pululan anunciando fechas, desastres y una salvación por obras con el objetivo de librarse de los males de las catástrofes y no a una disposición de permanecer en Jesús como un Salvador amante y cercano. Recuerdo siendo un joven pastor que un grupo de hermanos muy fervientes en los eventos se preparaba para el fin que ocurriría el 31 de diciembre del año 1999.  Esa noche las computadoras serían afectadas por un problema denominado Y2K. Este ‘error’ informático una vez que el reloj pasara de las 12:59 a las 00:00 del 01 de enero del año 2000 provocaría que los misiles que las grandes potencias tienen sean lanzados sin intervención humana, sino por este ‘error’ informático. Mi respuesta no fue de mucho agrado para ellos, porque señalé dos cosas. Primero antes de las 00:00 horas ya sabremos porque en nuestro huso horario el nuevo año lo celebramos varias horas después que en Oceanía; entonces ya sabremos si alguna bomba destruyó una de las ciudades importantes del mundo, por otro lado, mi respuesta se centró en las promesas que Jesús y la Biblia nos presentan, como la resurrección. Si cae en Santiago una bomba, ¿cuál es el problema si fuera ese el fin del mundo? ¿acaso no crees en la resurrección? Allí acabó nuestra discusión, ya han pasado más de dos décadas y seguimos esperando la promesa de Jesús que regresará.

La abundancia de predicadores anunciando el fin destacando no lo importante, sino que el aspecto aterrador ha traído como efecto dos posiciones que aparentemente avanzan hacia un mismo objetivo, pero que el énfasis es diametralmente distinto y nos parece que una de ellas lo hace bajo la premisa del miedo y la otra bajo la dirección de Dios.

Por un lado, podemos avanzar en nuestra vida caminando de la mano del Señor con el objetivo de encontrarnos con Él cuando regrese, sea porque estemos vivos cuando aparezca por segunda vez o bien porque participemos de la resurrección. Y por otro lado podemos vivir como creyentes especuladores ante cualquier noticia que a nuestro juicio nos indica que Jesús ya viene.  

Este sentido de vida en nuestra opinión tiene dos cuestiones que nos merecen la atención. En primer lugar, centramos la esperanza en las calamidades y posibles persecuciones que los fieles deberán enfrentar. Estos eventos mantienen un sello en acciones humanas y como ya señalamos el foco está en una salvación por obras. Una mirada escatológica así nos pone en lo que llamaremos un antropocentrismo escatológico porque deja de lado el centro de la escatología que es Jesús.

Por otro lado, se hace ver la vida como una experiencia muy negativa y ello no siempre es así para todas las personas. Es verdad que todos somos afectados por las consecuencias del pecado y que hay muchas personas que por diversas circunstancias han tenido que sufrir por distintos motivos, la muerte de los padres siendo menores, una enfermedad de base, violencia intrafamiliar, abusos de todo tipo, frustraciones, lucha de clase, fracaso en distintos ámbitos de la vida; pero ello tampoco puede ser el énfasis de la esperanza, porque la esperanza bíblica no está centrada en la humanidad, sino en Dios y podríamos señalar que la esperanza que Dios nos propone debe ser teocéntrica. 

De pronto entonces la segunda venida aparece como el consuelo de los que sufren, y en realidad no son todos los humanos quienes sufren de manera tan cruel, hay personas que tienen un muy buen pasar en la vida; entonces quienes no sufren patológicamente no tienen motivos de esperanza, porque si el énfasis es que Jesús va a cambiar estas circunstancias, posiblemente alguno tiene circunstancias que son muy positivas, por lo que la segunda venida no tendría mucho sentido. Este aspecto es importante también cuando hablamos de evangelismo y lo hacemos como un discurso populista, ya que la oferta divina es un cambio de vida, un nuevo nacimiento (2Co 5:17) para convertirnos en seguidores de Jesús.

La Biblia señala que la humanidad y este mundo está afectada por el pecado, cuestión que Dios proveyó de la solución cuando Jesús vino a la tierra por primera vez; dando su vida como una ofrenda expiatoria, vicaria y representativa. El autor de la carta a los Hebreos señala que Cristo vendrá por segunda vez, ahora sin relación con el pecado porque vino una vez antes a solucionar el problema del pecado; entonces Jesús literalmente ganó el derecho a regresar por una segunda vez para brindar lo que Él ganó para los que redimió (He 9:28). 

La esperanza de la segunda venida

La Biblia nos entrega abundante información sobre la segunda venida de Cristo, los juicios, el fin del mundo y los nuevos cielos y tierra. Sería un error separar la segunda venida del plan de salvación, porque está incluido en el programa de redención para los que así lo aceptan.

El Antiguo Testamento contiene una importante cantidad de profecías que abarcan hasta el fin del mundo. El anuncio del triunfo de Dios y la nueva creación es la más grande esperanza que fortalece la fe de los creyentes y ha sido uno de los elementos de mayor trascendencia para mantener viva la fe. La profecía de Zacarías por ejemplo (Zac 14:4) señala eventos que pudieron haber sido una realidad si Israel hubiese cumplido su parte del pacto y que no fue, pero también es una descripción de lo que acontecerá cuando Dios establezca cielos y tierra nueva (Ap 21: 1, 2).

El Nuevo Testamento abunda de profecías relacionadas con la segunda venida, como hemos señalado; fue el mismo Cristo quien detalló lo que acontecería a través de la historia hasta el final esperado.  Los apóstoles hablaron del regreso del Señor, fueron muy claros en cuanto a la esperanza que mantenían.

El foco de los apóstoles se centraba en el inminente regreso de Cristo. La venida de Jesús ocurriría en cualquier momento incluso de sus vidas. El apóstol Pedro señala de manera muy oportuna diciendo que " el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración (1Pe 4: 7).  En la carta a los Hebreos encontramos una invitación a estar preparados y en armonía en la comunidad eclesiástica,  “considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca… Todavía un poco, y el que ha de venir vendrá, y no tardará" (Hb 10:24-25, 37).  Juan, quien debe haber quedado impresionado con las visiones en Patmos señala que estas cosas deben suceder pronto (Ap 1:1). 

El anhelo de los discípulos de Cristo fue volver a encontrarse con Él después de su ascensión. Por esta razón es que el énfasis era marcado en la esperanza de su pronto regreso. En principio la iglesia neotestamentaria mantenía la fe y esperanza de ver a Jesús en sus días.  Este elemento debe transformarse a nuestro juicio en un principio para quienes esperamos el fin de todas las cosas y una segunda venida. El problema que podemos observar son los motivos por que podrían distorsionar la esperanza, centrándola en el miedo o las necesidades humanas y no en el maravilloso plan de salvación.

Esperanza

Cuando hablamos de esperanza en el ámbito religioso y puntualmente cristiano, se hace necesario revisar en qué y qué es lo que motiva esa esperanza.  Volvemos al tema de la escatología antropocentrista y teocentrista, una centrada en las expectativas humanas y la otra en Cristo; la primera centra la visión escatológica en las necesidades del hombre y la segunda en la planificación redentora que nace en Dios y es ejecutada por Él, principalmente en la persona de Jesús.

Sobre la esperanza se ha escrito principalmente bajo la lupa de la desesperanza. Viktor Frankl a partir de su horrorosa experiencia en los campos de concentración en Auschwitz, mantuvo la esperanza que no moriría y que le esperaba su esposa al terminar su martirio, sin embargo cuando fue liberado ni ella ni su familia habían sobrevivido. La experiencia de Frankl lo hizo establecer una terapia psiquiátrica, propuso que era necesario buscar un sentido en la vida y no centrarse en los dolores, así lograr superar los propios dolores. Si bien es cierto que los cristianos tenemos una ayuda extra, la propuesta de Frankl es positiva y asertiva para la experiencia de todo individuo. En el caso nuestro esa esperanza se centra en Jesús, puntualmente en su obra redentora que nos obsequia un camino seguro bajo su amparo y fortaleza, un triunfo definitivo sobre el pecado, el mal y su autor y por supuesto la muerte que tanto nos incomoda.

Para los apóstoles y la iglesia neotestamentaria, la esperanza fue centrada en la persona de Cristo, esa fue la predicación, ese también fue el motivo por el cual fueron incluso perseguidos y dieron sus vidas. Predicaban a Cristo porque Él les había cambiado la vida, les había dado una confirmación de la esperanza de Israel, cumplida en Jesús. Pablo argumenta sobre esa esperanza cuando habla de la resurrección de los muertos, ya que si esperamos que ello acontezca es sólo porque Cristo había resucitado, entonces si el Señor no hubiera resucitado, la predicación de esperanza y la fe serían vanas (1Co 15:14). El apóstol aquí está destacando la esperanza de gloria, dicha esperanza no sólo es una cuestión de vivir únicamente en el presente, sino que es el gran motivo de la predicación de la iglesia , porque le da a la predicación un sentido de esperanza en la obra redentora de Cristo. Jürgen Moltmann hablando sobre la esperanza coincide con Pablo al establecer que la base de la esperanza está en Cristo.  Fue el Señor quien entregó el mayor e irremplazable argumento de la esperanza cuando en cumplimiento profético vino a este mundo para recibir de manera representativa la paga del pecado y triunfar garantizando así el camino para que la humanidad vuelva a Dios. Moltmann dice que “las apariciones del resucitado fueron percibidas como promesas y anticipaciones de un futuro que está realmente por llegar” . Esto es más que contundente porque al resucitar Cristo aseguró una resurrección escatológica para quienes mientras vivían lo aceptaron como su Salvador, por lo que toda esperanza escatológica entonces no debe centrarse en los eventos catastróficos, sino que en el cumplimiento ya realizado en su muerte y resurrección.

Orientando nuestra esperanza

No podemos concluir aquí sin declarar que la segunda venida de Cristo es la promesa más sorprendente y maravillosa que podamos experimentar. Antes de los últimos momentos previos a la crucifixión Jesús animó a sus discípulos a fortalecer su esperanza, “no se turbe vuestro corazón; creed en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn 14: 1-3).  Esta es la esperanza que dio vida a la iglesia de los apóstoles que crecía y crecía, volver a encontrarse con su Señor y Salvador. Esta es la gran motivación de los primeros cristianos y también debe ser la nuestra.  Cuando el grupo de discípulos presenció la ascensión de Cristo, vinieron los ángeles a consolarles y a confirmar lo que el Señor les había señalado en cuanto a la segunda venida. “Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hch 1:11).

La segunda venida de Cristo está en el ADN de todo adventista y todo cristiano, es la promesa que está incluida en el plan de salvación. Por lo que no podemos más que esperar y anunciar.

Una correcta aproximación a la segunda venida de Cristo debe centrarse en él porque él es la esperanza, porque la ganó con su sangre derramada en la cruz. Una esperanza centrada en Dios y no en miedos o terrores por los eventos o posibles persecuciones; en el caso de los discípulos nunca fue el miedo lo que los motivó, ellos mantuvieron su esperanza y fortaleza en las promesas que habían recibido del Maestro. Los discípulos enfrentaron momentos difíciles no pensando en su presente sino en su encuentro con el Señor, sus motivaciones fueron anunciar tal como él les señaló a todas las personas que Jesús es el redentor, que en él hay salvación, cumpliendo esta misión sabían que estaban más cerca de encontrarse nuevamente con él en su segunda venida (Mt 24:14).

La obra redentora de Cristo garantiza toda esperanza, por lo que se constituye en el único motivador que debe ser anunciado. Por otro lado, las catástrofes de todo tipo profetizadas por Jesús son reales; pero nunca deben estar por sobre el fundamento de la esperanza que es el Señor. Entonces una proclamación de la segunda venida de Cristo debe centrarse en la esperanza que es él mismo, una predicación teocéntrica y nunca antropocentrica.

Pr. Aarón A. Menares Pavez© (Th.D)