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domingo, 14 de julio de 2019

Principios sobre lo que es la Iglesia.Principio N°3.

“La iglesia no solo cree en el discipulado, sino que mutuamente sus miembros se discipulan”



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Hasta aquí hemos señalado dos cosas. Primero que la misión de la iglesia, no es otra más que atender la orden de Jesucristo de evangelizar y ser los instrumentos para que las personas sean salvas.  La gran comisión es, ‘ir’, ‘enseñar’, ‘bautizar’ y ‘discipular’.  El discipulado aparece como la estrategia divina para cumplir esta tarea tan importante y trascendental. 

Ser discípulo es haber experimentado las tres fases del discipulado. La primera es haber aceptado la invitación al seguimiento, la segunda es ser transformado por el Espíritu Santo, proceso sin embargo que dura toda la vida, pero que, en este contexto la transformación es un indicador de haber aceptado en obediencia la invitación del Maestro a ser su discípulo.  La tercera etapa es la reproducción, es decir, todo discípulo instila e inspira un estilo de vida a seguir en otro.  Dicho de otra manera, el discípulo ‘hace’ que otro sea también un discípulo de Cristo.  Este último elemento vale la pena destacar, ya que los discípulos tienen el deber de conducir a los nuevos discípulos al Maestro.  Los elementos de personalidad y espiritualidad serán un importante aporte al inspirar a otros en este tema, sin embargo, no podemos olvidar que el Maestro es sólo uno, Jesús. 

El concepto de discipulado podrá determinar las acciones misionales a seguir.  La indicación de Cristo fue avanzar con el evangelio, diríamos, avanzar con el evangelio transformador de vidas.  Aquí tenemos que señalar que podemos utilizar diversas estrategias de ‘discipulado’, pasando desde el ejemplo que nos dejó Jesús eligiendo a un grupo de personas o grupos de estudio, etc.

Un indicador que la iglesia tiene vida es el tipo de movilización misionera que pueda desarrollar.  Como señalamos anteriormente, la iglesia no puede ser estática, sino que continuamente debe estar en movimiento misionero.  De lo contrario sucederá como en algunas regiones del mundo que el último miembro murió de manera natural y ya no hay más miembros porque no se cumplió con los objetivos divinos de evangelizar a otras personas. 

Las iglesias que tienen vida y signos de alta vitalidad son aquellas que tienen una alta participación de sus miembros, y que, mantienen un alto índice de cordialidad entre ellos.  Un buen ambiente social es indispensable para elaborar y desarrollar cualquier programa misionero o de evangelización. 

Las relaciones sociales
Todo grupo humano se ve sometido a situaciones que en algún momento pueden llegar a quebrar las relaciones.  No podemos estar ajenos a ello, aconteció incluso en el cielo, cuando un ángel, el más exaltado después de Dios, decidió romper la paz y la armonía celestial.  No cabe la menor duda que una de las razones para que la iglesia no cumpla su tarea de evangelizar, radica en un mal relacionamiento entre sus miembros.  En esto podemos incluir por lo menos dos tipos de problemas que son latentes. El espíritu de crítica y las divisiones entre los miembros.

Espíritu de crítica.  Los humanos tenemos la no virtud de criticar todo.  Más aún en esta época donde tomamos el palco de las redes sociales para opinar y en muchos casos definir de acuerdo a una especie de ‘democracia’ que se ejerce bajo un post.  El espíritu de crítica es común verlo en grupos humanos como lo son las iglesias locales.  Allí se puede observar como muchas veces en base a supuestos se construyen ‘verdades’ inexistentes que poco a poco van dañando al grupo en general, esto es conocido como la posverdad, que es una verdad distorsionada de la realidad, que se ha construido en base a supuestos y no de acuerdo con datos fidedignos. 

Uno de los riesgos de los grupos pequeños o mejor dicho de iglesias pequeñas que se pueden llevar muy bien y establecer gratos momentos de comunión entre ellos, es el peligro de un problema interpersonal que amenaza a todo el grupo social, ya que será muy fácil tomar partido, sea por una parte o la otra parte del conflicto.  Recuerdo en una iglesia que había un grupo de cuatro familias que compartían no solo en la iglesia, sino que fuera de ella.  Parecían una verdadera familia, hasta que, en una reunión social en casa de uno de ellos, se perdió una bicicleta.  Esta situación y la sucesiva ‘investigación’ de que es lo que sucedió, trajo como consecuencia que el grupo de disolviera, ya que los que perdieron la bicicleta quedaron dolidos por el caso y quien fue acusado del extravío también.  Al fin no hubo acuerdo entre ellos. 

Sin embargo, si cada uno es capaz de velar para cuidar las relaciones y respetar la intimidad de cada uno, entonces los pronósticos son muy favorables.

Para Pablo y Pedro esta cuestión era muy importante, ya que ambos entregan a distintas comunidades eclesiásticas, recomendaciones en cuanto al buen trato y la buena armonía entre los hermanos.  Quisiéramos instalar el concepto de “mutuo discipulado” entre los hermanos.  Este mutuo discipulado se observa generosamente en la iglesia apostólica. Por ello es que Pablo, por ejemplo, en la segunda parte de la carta a los Romanos, dedica tiempo a la iglesia.  Les recuerda las razones teológicas que dan base a la fe y la iglesia y les dice a los hermanos en la fe, que deben aprender a vivir en armonía.  Pablo pone este énfasis porque la unidad de la iglesia es básica para cumplir la tarea de la evangelización.  Por ello habla de compartir para satisfacer las necesidades de los demás, siendo hospitalarios, practicar la empatía gozándose con los que se gozan y llorando con los que lloran (Ro 12:13-21).  En la carta a los Efesios, el apóstol hablando sobre los dones espirituales, y haciendo una aplicación concerniente al cuerpo y sus miembros, señala que este debe estar unido “entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Ef 4:16). 

El relacionamiento entonces en la iglesia apostólica aparece como una virtud indispensable para el crecimiento y su funcionamiento adecuado, por lo que debería ser un elemento para considerar con mayor atención en nuestras iglesias contemporáneas.

En este tema del relacionamiento, tanto Pablo como Pedro, que parece han sacado lecciones prácticas de su propia experiencia, y que los ha llevado a la madurez espiritual; por lo que ambos destacan el valor de la humildad. Pablo dice que en este contexto de humildad los cristianos que se discipulan mutuamente, aprenden a soportarse los unos a los otros (Col 3:13).  Aprender a soportarse no es tan negativo como podría parecerlo, sencillamente es aprender a relacionarnos respetando nuestras identidades propias, cuestión que veremos más adelante.

El apóstol Pedro nos entrega una diadema del relacionamiento.  Es un secreto que nos cuesta mucho poder hacerlo una realidad, “apacentad la grey de Dios… no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey (1 Pe 5:2,3).  Desde nuestro planteamiento el discípulo que ha sido transformado por el Espíritu Santo es capaz de apacentar a los otros, o como lo hemos planteado ahora, se discipulan unos a otros; no teniendo superioridad de ninguno. Pedro sabe muy bien por experiencia propia, que la suficiencia y creerse superior no es buena.  Él vivió las consecuencias de su propia superioridad, hasta que entendió que quien sostenía su vida espiritual no era el, sino que el don divino que llegó para capacitar, guiar, acompañar y dar triunfo al mensaje de salvación como lo es el Espíritu Santo.

En nuestra reflexión, no podemos olvidar entonces lo trascendental que es mantener un relacionamiento sano y proactivo.  Pablo y Pedro, y aunque Pablo no estuvo con el Maestro, sabían muy bien lo que Cristo había señalado en cuanto a la importancia de un buen relacionamiento entre los hermanos.  Aún más Jesús a sus discípulos les dijo que el mayor debía servir al menor (Mt 20:26).
Cuando el Señor les dijo a sus discípulos que iría a preparar lugar para ellos en el cielo, les puso el ejemplo suyo con el Padre.  Dicho ejemplo es de unidad, no de división, ya que la división no es de Dios, sino que nació en el engañador.  Jesús les habló sobre la unidad que existía entre él y el Padre, dicha unidad permitía que los discípulos en Jesús pudieran ver al Padre (Jn 14: 7). Aún más el Señor señaló que si mantenían esta comunión en unidad, por medio de la santa promesa, él y el Padre, vendrían a morar en la vida de ellos y de cada creyente (Jn 14: 23). 

Para Jesús la unidad de la iglesia es fundamental para el cumplimiento de sus propósitos evangelísticos, porque no existe fuerza en medio de la desunión, sino que solo confusión. La fuerza se produce con la sinergia, cuando todos aportamos hacia el mismo objetivo y la carga que para uno puede ser imposible, cuando se unen todos, entonces la carga es liviana.   Así es que si consideramos esta recomendación de Jesús podemos atender a sus palabras para que como iglesia podamos cumplir con sus propósitos.  Jesús hablando a su Padre dijo, “yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Jn 17: 23)

División entre los hermanos.  Las divisiones entre los hermanos pueden deberse a distintos ítems.  Uno de ellos tiene que ver con algunos preconceptos y prejuicios sociales que vienen incluso de la formación de cada uno.  No podemos olvidar que en la iglesia convergemos distintos tipos de personalidades, distintos tipos sean estos sociales, académicos y económicos. Por lo que muchas cuestiones, muchas de ellas de tipo culturales o de ‘costumbres’ son posibles detonantes para un conflicto.  En psicología social se puede estudiar los distintos tipos de grupos sociales.  Ante esto vale la pena antes de emitir un juicio investigar y conocer a todo tipo de persona, para que de esta manera los prejuicios no nos obnubilen lo más importante que es la comunión. No podemos olvidar la recomendación de Pablo de ‘soportarse unos a otros’.  Aprender a soportarse tiene que ver con aprender a amar al otro tal como es.  No es un secreto que no todos vamos a coincidir, por ejemplo, en el mismo equipo de futbol. Tampoco vamos a tener la misma opinión sobre el aroma a uno y otro perfume.  Los paisajes de un cuadro pueden tener mayor valoración en un tipo de persona y en otros no. Las diferencias son parte de nuestra sana convivencia.  Dios nos hizo diferentes y únicos.  Incluso en el milagro de la concepción podemos ver que el embrión que se formó es único y ningún otro embrión fecundado sería igual, ello incluye a los gemelos.  Si observamos en la naturaleza, encontraremos que las hojas de los árboles, aunque nos parezcan iguales, son únicas.  Esto también es una realidad en la iglesia, incluso en la familia, los hijos son distintos, únicos y crecemos en el amor con ellos, valorando sus individualidades.

El apóstol recomienda vestirse con el vínculo del amor y que la “palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales” (Col 3:15, 16)
En la iglesia también es necesario que aprendamos a valorar las individualidades, al fin y al cabo, Dios lo hace así.  Ya que la iglesia neotestamentaria se caracterizaba por su carismatismo, es decir, por los dones que el Espíritu Santo entregó a cada uno, y esos dones son diversos según cada individuo, considerando y respectando sus características que lo hacen único. (1Co 12:7, 12: Ef 4:7; Ro 12:3,4)

Si hablamos de un mutuo discipulado y de un relacionamiento sano y proactivo, debemos agregar el apoyo mutuo y la ausencia de una competencia egoísta.        

La competencia en sí no es negativa. Nos parece que podemos competir con nosotros mismos, para que cada vez nuestro servicio alcance a una mayor cantidad de personas beneficiadas.  Lo negativo de la competencia tiene que ver con denegar a los otros el privilegio de cumplir un ministerio según sus dones, esta es una cuestión que puede traer negativas consecuencias tanto en los individuos como en el grupo y potencialmente puede afectar la salvación de alguna persona cuya fe esté en los inicios, aún más con esta actitud, creemos se desecha la voluntad de Dios y se participa de un camino pavimentado por el diablo. 

Hay iglesias donde hay grupos que siguen a un líder y la otra mitad, sigue a otro líder. El resultado de esto es que cuando uno de los líderes realiza un programa en la iglesia, solo es apoyado por sus seguidores y por los otros no, manifestando sólo crítica al otro grupo contrario y con ello a la iglesia.  Este proceder dista mucho de lo que tanto Pablo y Pedro nos han recomendado, es más se aleja diametralmente de lo que Cristo señaló.  Nuestro principio N°3, señala que la iglesia no sólo cree en el discipulado, sino que también sus miembros se discipulan los unos a los otros.  Competir entre los hermanos por el liderazgo no es discipularse los unos a los otros.  En el último capítulo, nos avocaremos a diferenciar lo que es el poder conferido por el Espíritu Santo y el poder que mueve la competencia.

El apoyo mutuo tiene la virtud de ser redentivo, es modelador, transformador.  Las iglesias que mantienen un alto índice de buena comunión los unos con los otros, son iglesias capaces de adorar armoniosamente y de cumplir con la evangelización, ya que evangelizar y traer a los nuevos creyentes a un ambiente nocivo, nos parece un tremendo error que finalmente será un trampolín para que los nuevos creyentes se desilusionen de la iglesia. 

Los conflictos son reales y más comunes de lo que desearíamos en la iglesia, de hecho, la iglesia apostólica también los tuvo, es el caso de Pablo y Bernabé, quien quería llevar en un viaje misionero a Marcos y a Pablo no le pareció, pero que supieron resolver cristianamente, lo que trajo consecuencias positivas para la iglesia (Hch 15:36-41).  El creer que no tendremos conflictos es no comprender la naturaleza humana.  El asunto es como los resolvemos, nos parece que Jesús dejó una estrategia de resolución de conflicto muy acertada para que la comunión entre los hermanos sea efectiva y que los conflictos tengan un buen diagnóstico y consecuencia.

Regla de oro
Como se ha señalado, los conflictos son habituales en grupos sociales, y las iglesias son grupos sociales.  La iglesia está compuesta por personas, individuos, únicos, con caracteres y personalidades distintas el uno del otro.  Aunque exista afinidad entre algunos, lo más seguro es que se van a generar conflictos.

Un conflicto no necesariamente debe tener un destino negativo, algunos conflictos son oportunidades de crecimiento y en la comunidad eclesiástica, el crecimiento debe darse también en este sentido. 

Ante un conflicto lo peor que podemos hacer es ignorarlo y no enfrentarlo; la solución viene a partir de la identificación del conflicto.  Existen mediadores, que son expertos que intervienen en un conflicto con el fin de establecer una solución.  Muchas empresas utilizan esta estrategia para brindar un ambiente grato entre los trabajadores. 

Jesús estableció un método de resolución de conflicto que a nuestro juicio es de mucho valor a la hora de solucionar un quiebre entre hermanos de una congregación.

Dicha estrategia divina consta de cuatro pasos a aplicar en la iglesia.  Mateo 18: 15-17 está en un contexto de iglesia y de relaciones humanas.  No olvidemos que una de las más importantes enseñanzas de Jesús se relaciona con las relaciones entre los discípulos, siendo un ‘deber’ buscar tener buenas relaciones interpersonales, por lo que Mateo 18 constituye casi un manual de solución de problemas.

El primer paso es hablar con la persona con quien ha ocurrido el incidente, sea el que sea, “por tanto si tu hermano peca contra ti, ve y reprenderle estando tú y él solos” (v.15).  El elemento que nos entrega Jesús es tratar el problema directamente con la persona en cuestión, dicha conversación se hace en solitario, sin testigos y sin repercusiones en las redes sociales.  ¿Por qué es tan importante este primer paso? Porque posiblemente el problema no era lo que creíamos o durante la conversación aparecerán datos desconocidos que nos van a dar un contexto más completo a la situación.  Si por el contrario al tener un problema y llevamos el tema a otras personas, no hacemos más que agrandar un conflicto que tal vez no tenía las características de ser tan grande.

El segundo paso es traer un testigo, si el primer paso no fue efectivo, “más si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra” (v.16).  Notemos que traer un testigo es sólo si el primer paso no dio resultado.  Lamentablemente los testigos ya han sido partícipe del problema, cuando nunca debieron haberse enterado, si en el paso uno la situación quedaba solucionada.

El tercer paso es llevarlo a la iglesia, “si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia” (v.18).  Para evitar que un problema pueda romper la armonía en medio de la congregación, debemos respetar cada uno de estos pasos para la resolución de un conflicto, que nos entregara nuestro Señor.  El texto concluye con el último paso, “si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano”.  Es decir, antes de cualquier juicio o veredicto sobre una cuestión que involucre a un miembro de la iglesia, necesitamos dar estos pasos. 

Cada hijo de Dios es una joya que vale la sangre de Jesús, no tenemos la autoridad para determinar y juzgar a las personas. Tenemos la responsabilidad de aportar, para establecer el mejor de los ambientes en medio de la congregación.  Como hemos señalado nuestro principio N°3 “La iglesia no solo cree en el discipulado, sino que mutuamente sus miembros se discipulan”. No olvidemos que un ambiente de proactividad y unidad, de fortalecimiento y cuidado mutuo es propicio para el crecimiento y la evangelización, que es nuestro mayor anhelo, al estar involucrados en la misión que Cristo nos ha encomendado.

Pr. Aarón A. Menares Pavez©
Doctor en Teología